«NEMO»Gonzalo Hidalgo Bayal
(2016)
«porque, aunque se escribe mucho, ya no hay mucho sobre lo que escribir»
AUTOR DESAPERCIBIDO
«NEMO», la séptima novela de un casi desconocido escritor extremeño que publica en Tusquets (nada menos) y que ha sido galardonada con el XXXVIII Premio Tigre Juan (2016), merecería estar en las listas de los libros más importantes publicados en este siglo en España, donde por cierto nunca aparece. No es que Gonzalo Hidalgo Bayal sea un desconocido, pero, como no es un autor mediático, ni famoso ha pasado (y sigue pasando) casi totalmente desapercibido.
Gonzalo Hidalgo Bayal (GHB)
nació en Higuera de Albalat (Cáceres) el 12 de noviembre 1950. Licenciado en
Filología Románica y en Ciencias de la Imagen por la Universidad Complutense, durante
muchos años armonizó la escritura con su trabajo como profesor (catedrático) de
lengua y literatura en un instituto de enseñanza secundaria de Plasencia, donde
reside. Empezó publicando en pequeñas editoriales, para años más tarde pasar a
hacerlo en Tusquets, que recuperó sus dos primeras novelas (recluidas en un
catálogo provincial) y sacó las siguientes y los relatos de Conversación. Tal
revelación tardía, tras esa morosa trayectoria en editoriales de provincias,
así como su alejamiento de los centros culturales, llevó a que se le considerase
un autor de culto, un autor escondido, una especie de J. D.
Salinger extremeño. Calificación que él ha rechazado con contundencia
afirmando que «siempre ha estado ahí». Y la verdad es que siempre ha
contado con lectores fieles, como Luis Landero o Rafael Conte,
que han venido considerando su prosa «una de las más exquisitas de la
literatura actual en castellano».
Ha publicado un libro de poemas Certidumbre de invierno (1986). También una
novela corta Campo de amapolas blancas
(1977), un libro de pequeños cuentos y fábulas, La
princesa y la muerte (2001) y tres libros de relatos, Un artista del billar (2004) y Conversación (2011) y Hervaciana (2021). Asimismo, no hay que
olvidar sus prosas y ensayos (El desierto de
Takla Makán: prosas y ensayos, 2007), incluyendo su Prólogo a Kafka en La
metamorfosis de Farz Kafka (cuya
influencia se vislumbra en sus páginas). En efecto, ha tocado el ensayo
literario (Equidistancias, 1997) y
como ensayista se ha especializado en Rafael
Sánchez Ferlosio, con quien ha
recorrido Extremadura y el Portugal de los alrededores de Coria, de cuya
asiduidad son fruto: Camino de Jotán
(1994) y La razón narrativa de Ferlosio
(1994).
Pero destaca sobre todo en la
novela. Antes de NEMO (2016), había
publicado ya seis: Mísera fue, señora, la osadía
(1988), encuadrada en el género negro. El cerco
oblicuo (1993) encuadra la representación poética de una condena, la
de un nuevo Sísifo regido por la fatalidad y
el azar, cuyo destino consiste en deambular perpetuamente de casilla en casilla
sobre la espiral del tablero, cautivo en el inexorable veredicto que conduce
del laberinto al treinta y en la certeza geométrica de una proposición: «el
hombre experimenta ante la imagen de una cosa pasada o futura la misma afección
de gozo o de tristeza que ante la imagen de una cosa presente». Amad a la dama (2001) es una reescritura de un
texto de Miguel de Cervantes con el que obtuvo el Premio Extremadura
a la Creación. Paradoja del inventor
(2004) despliega una atmósfera enrarecida de reminiscencia kafkiana. Mientras El espíritu áspero (2010), novela muy extensa
y totalizadora, explora el lenguaje, lo que le permite al autor aplicar con
ironía sus conocimientos de latinista. La sed de
sal (2013) es una novela policíaca peculiar que con la prosa (densa
y clara) del autor narra la aventura de Travel,
un hombre que viaja a Murania (topónimo
inventado por el autor), tras la pista de un hispanista que en los años '30
había recorrido la región, donde será arrestado bajo sospecha de la
desaparición de una chica; trama mediante la que GHB
habla de la incertidumbre, la fatalidad y el sentimiento de culpa. Sus últimas
novelas publicadas son La escapada (2019)
y Arde ya la yedra (2024).
TRAMA NADA CONVENCIONAL
NEMO (2016) es una novela que carece de
una trama convencional: «La idea inicial era ver cómo podía escribir sobre
alguien que decide guardar silencio». De hecho su argumento puede sintetizarse
en pocas palabras: un hombre llega en tren a un pueblo y tras pasar unas
cuantas horas bajo la lluvia un vecino lo lleva finalmente a alojarse a la
Casona del pueblo. El forastero llega allí tras haber suscrito una especie de
contrato con una serie de normas, entre la que incluye el respeto a su
silencio, adoptado por voluntad propia. Un silencio riguroso y pertinaz. En
consecuencia, los vecinos pronto le van a apodar Nemo
(de ahí el título). Así transcurren días, semanas, estaciones, esperando los
vecinos (y los lectores) que Nemo hable algún
día, e incluso intentando arrancarle, por las buenas o por las malas, alguna
palabra. Surgen las cuestiones, siempre sin respuesta: ¿Será Nemo un ave de paso?, ¿será su silencio flor de un
día?, ¿qué ha motivado ese silencio?, ¿cuál es su pasado y su familia?...
Profundizando en el argumento vemos
como un hombre pide hospedaje en un pueblo con aires míticos de Extremadura,
que podría situarse en esa región de Murania
(creada por el autor), porque no se le pone nombre. El forastero no habla: no
por imposibilidad psíquica ni física, ni por penitencia ni por promesa;
simplemente no habla, no se comunica ni con gestos ni de ninguna forma.
En este lugar simbólico, nada ni
nadie tiene nombre propio, rigiendo los genéricos: la ama, el viejo, el
cazador, los gemelos, el bodeguero, el carretero, el buhonero; o de lugares: la
laguna, la fortaleza, el anillo, el llano o el palomar. Solo el misterioso
recién llegado, venido para a sacudir las certezas de los niños y los adultos, será
bautizado como Nemo (del nihil latino
o tal vez inspirado en la estratégica respuesta de Odiseo
a Polifemo).
El encargado de ir a buscarlo a la
estación de tren donde lleva esperando impávido buena parte del día bajo la
lluvia es el escribano (narrador que escribe la historia). Llegado al
pueblo los chiquillos se vuelven locos con la novedad y lo siguen como si emitiera
una fuerza magnética, poniendo el dedo en los labios, haciendo shhhh, y
corriendo tras él. El pueblo lo acoge inicialmente con amabilidad, pero con
morbosa curiosidad: las sospechas y las conjeturas sobre su persona y sus
razones van ganando protagonismo en la bodega. Curiosidad que va a desatar episodios
de insulto y agresión, sobre los que se desconoce a los culpables. El hombre
aguanta estoicamente, porque aún la defensa propia es comunicación.
Como no habla, tampoco tiene nombre,
a partir de una senecta (sentencia de la sabiduría añeja) del viejo le coloca el de Nemo
por el latín nadie, más que por alusión alguna a Julio Verne
(aunque se apunta también la coincidencia con el capitán del Nautilus, como
alguien que conduce hacia un futuro utópico, rebelándose contra un presente
inhumano). La crueldad infantil, y también la no tan candorosa de los adultos,
le impone variándolo el nombre de Nimú,
porque no dice ni-mú. aunque como tal crueldad no prospere tal nombre en
el trascurso del memorándum del narrador si no es para señalar la crueldad lugareña
ante lo diferente.
Toda la trama gira en torno a la
vida monótona del hombre y los porqué y los cómo de su actitud. Narración
que se desarrolla, como es propio de la vida pueblerina, en la bodega. Allí se
fraguan las conversaciones y el universo de relaciones, suposiciones,
contratiempos y confidencias: un mundo de hombres. El argumento adolece de
personajes femeninos. Solo dos tienen cierta, aunque escasa, presencia: el ama y la ventera.
Ya en La sed de sal (2013), una de las pocas mujeres que aparecen es
la desaparecida (quizá por eso mismo, no aparece).
TERRITORIO AUTORAL
Hay cierto amago de contagio de la
actitud de Nemo en los paisanos, pero sin
mayor trascendencia. La manida, sobre todo en el cine, historia del forastero
que llega a un lugar trastocándolo todo, como en Teorema
(1968) de Pier Paolo Pasolini o de otra forma El jinete pálido (1985) de Clint Eastwood, pero esta
novela plantea el tema de forma innovadora y, sobre todo, actual.
Todo Nemo
es un gran enigma, incluso en ese final no estrictamente inesperado, pero cargado
de cierta extrañeza. Un enigma para los vecinos del pueblo, pero también para
el lector. En un momento dado, el viejo, por
boca del narrador, dice: No es el
silencio sino el tedio lo que define la neminidad –lo propio de Nemo– (p. 128). El descubrimiento de que el único
equipaje del protagonista, conservado en cajas, es una infinidad de fotografías
de palomas hechas en varias ciudades europeas a lo largo de muchos años, más
una colección de relojes de pulsera, no precisamente antiguos ni valiosos,
parados en distintas horas, induce a recurrir a la simbología, a la metáfora, a
la reflexión metafísica.
Todos estos elementos citados
forman parte del territorio autoral, pues GHB
es uno de esos autores con universo propio. Quien
haya leído a GHB se dará cuenta enseguida
que esta novela tiene cierta afinidad con Paradoja
del inventor, donde también hay un forastero, el interventor,
que llega en tren a una localidad extraña, baja en la estación, pierde el tren
y decide entonces quedarse, rodeado de Cristo, la churrera, el afilador y
el barquillero. Personajes, que en Nemo
se trasmutan en el zapatero, el carpintero, el eremita, el bodeguero, los
gemelos, el guardián, el viejo o el escribano encargado de referir todo lo
relativo a ese Nemo, trasunto del interventor,
a su quehacer (que es un no-hacer) y a su elocuente y clamoroso silencio,
objeto de la atención de sus vecinos.
También encontrará resonancias de El espíritu áspero, en esa geografía murgueña
(adjetivo toponímico de Murania), con parajes
como la fortaleza, la laguna, el palomar, la ermita, la Sierra o la cruz del
agua; y analogías a la encina cazurra como el anillo, o al holito como la Tebra;
y como sucedía allí, aquí GHB va adelantando
términos, cuyo significado desconocemos y que solo el avance de la historia permitirá
esclarecer: por ejemplo, solo así sabremos el motivo del apodo de vinolento
aplicado al Fiat, a qué se debe la
denominación del anillo, cuál fue el trágico final dispuesto para el Petirrojo o que les pasó al párroco y al cazador.
LA MIRADA DEL ESCRIBANO
Las historias de GHB plasman la esencia más arraigada de pueblos o
ciudades pequeñas, alma que está lejos de ser un espíritu irreprochable,
cándido o inerme. Poseedor de una habilidad indiscutible para el retrato de ese
alma desconfiada, conservadora e incluso ladina ante lo foráneo, lo extraño, lo
distinto, en sus novelas bosqueja pueblos aburridos donde todo el mundo sabe
todo de todos: no idealiza el campo, ni ensalza la aldea, sino que expone la realidad
sin paliativos. Eso sí, narrada con una técnica y pericia muy por encima de la
media de la narrativa española actual.
Aquí, vuelve a reflejar ese
espíritu entre chismoso y ruin de las zonas rurales, que no deja de ser también
compasivo y, a veces, admirativo hacia quien ha sabido o querido llegar más
lejos que ellos.
Como se ha dicho, al igual que Paradoja del interventor comienza en una
estación de tren por donde se espera que llegue un forastero, situación arquetípica
de la ficción. Quien llega no tiene nombre verdadero, pero será el único que
recibirá uno, aunque inventado, Nemo, es
decir, Nadie como Ulises o como el capitán de Veinte mil leguas de viaje submarino (1869). Tampoco
lo tienen los personajes locales denominados genéricamente con los sustantivos correspondientes
a su oficio, a alguna peculiaridad (los gemelos,
el viejo e, incluso, la chiquillería, palabra que rescata GHB
del desuso y el olvido) o apodos (como el papagayo
o el petirrojo): todos esos nombres escritos
en minúscula. Excepto uno, el Fiat, nombre
que viene del latín (sea o hágase) y no de la marca italiana de
automóviles, aunque fuera el conductor de la camioneta antes del escribano. Quizá porque el
Fiat, en su bondad ingenua, es antecesor o introductor de la humanidad
de Nemo.
El relato viene escrito (es decir
contado en lenguaje escrito, no oral, lo que supone un ejercicio de estilo
distinto) por el escribano. Personaje que inicialmente no tiene esa labor y
por lo tanto no es un auténtico escribano, sino que va a verse compelido por el
pueblo para que escriba sobre las andanzas de forastero que viene a hospedarse
en el pueblo: Podrías ser escribano de verdad, dijo el viejo, al fin y al
cabo ya eres escribano de nombre y de aposento y serás el primero que trate con
el forastero, si es que viene. Así, añadió, estaríamos al tanto de los hechos.
(p. 25). De tal modo que sus escritos se convierten en una odisea inmóvil.
En realidad, en una penetrante reflexión sobre el parloteo, la verborrea en la
que las personas caemos a diario, ese ruido vacío, casi siempre vano en
que disipamos nuestras vidas. Palabras triviales de seres que vienen de la nada
y se dirigen a la nada y en ese trayecto, el ruido y la furia (que
referencia tan bien traída a William Faulkner en las páginas 169 y 278, por cierto), muy malas pulgas y un rencor
hereditario de generación a generación que se manifiesta con burlas, chistes u
ofensas (en ocasiones mortíferas), como una suerte (o mal agüero) de otredad
que se presupone imposible.
Porque el narrador es el escribiente, una especie de cronista o encargado de levantar acta sobre los avatares de la estancia de Nemo en el pueblo, estancia que abarca algo más de un año, es decir un ciclo natural campesino. La primera persona es, por tanto, la que lleva la sintaxis del relato, pero es una primera persona objetiva (solo al final es verdaderamente subjetiva) y común. El narrador, a quien se le atribuye un bachillerato (de los de antes) y nada más, tiene el habla del propio autor, de modo que la novela no cumple los principios bajtinianos de polifonía, excepto, quizá, cuando habla el viejo, un sentencioso que emite senectas, sentencias o aforismos apropiados a su condición de anciano, o lo que dice el ermitaño, que no da sermones sino especulaciones, por lo que apenas hay diferencia en la tonalidad de las palabras. En todo el texto solo hay dos momentos en que se rompe este proceder y se da voz oral a los niños: en los breves pasajes 79 (p. 176) y 87 (p.186) en los que un niño (no se sabe si el mismo o no) relata respectivamente el episodio de los petardos y el de la ropa de Nemo desparramada a lo largo del camino desde la laguna al pueblo.
Conviene aclarar que ʺbajtinianoʺ
es el adjetivo que hace referencia a la obra y pensamiento del filósofo,
crítico y teórico del lenguaje ruso Mijail Bajtín (1895-1975). Cuyo
enfoque se centra en la naturaleza dialógica de la vida humana y que aquí se
aplica en relación a su concepto de polifonía que consideraba como la
coexistencia de múltiples voces y conciencias independientes dentro de una obra
literaria y muy común en la novela.
El virtuosismo verbal, la variedad
de estilos, y la imaginería sintáctica así como la introspección continua no
buscan hallar las razones del silencio del protagonista, sino quizá sus efectos
en los diversos personajes del pueblo. Algunos incluso enmudecerán
temporalmente, como el bodeguero, acaso por
emular o intimar de verás con el foráneo.
Además de todo ello hay que hacer
referencia a algunas escenas memorables, como el caso de las palomas o la
antológica de los gatos con evidente relación con el cuento Los gatos de Ulthar, de H. P. Lovecraft,
junto a reflexiones de gran calibre, como en el capítulo 5, sobre el oficio del
escribano y la función de la escritura.
CONSTRUCCIÓN Y REFERENCIAS
En sus 131 capítulos (La sed de sal tenía
111) se puede decir que no hay un argumento sostenido ni línea cronológica, solo
fragmentos que o dan nuevas pistas sobre el retiro existencial y lingüístico de
Nemo, o especulan sobre ello o alojan versos
de los que se presume su autoría: pues el libro se articula en breves
fragmentos narrativos entre los que se van intercalando algunos poemas a modo
de reflexión, adagio, o resumen sobre lo relatado (Solución, resolución: /
rumiar el ayer/ y hacer / de tripas corazón: p. 145). Los capítulos abarcan
desde las tres o cuatro páginas hasta la media o aún menos, entre los que se
van intercalando esas (18) coplas, de 4 versos la mayoría de ellas (algunas hay
de 2 y de 6), como si ese hábito campesino de la trova o las coplillas también
debiera tener cabida en esta narración tan villana (en el sentido
clásico: propia de villa). Esas coplas están a intervalos casi regulares: cada
8 o 4 capítulos. Con una escritura intrincada y profundamente inteligente, cada
episodio tiene un significado inmerso en las palabras. Las que se dicen
y las que no.
Los cuentos que se entreveran, al
modo cervantino, constituyen una variedad de mitologías o leyendas del pueblo,
leyendas que mantienen su condición por cuanto su veracidad siempre queda en duda.
También los objetos son sagrados o míticos, como la jarra de vino del Fiat que pasa por herencia legítima a Nemo. Pero esas mitologías se acercan más a lo
bíblico que a lo clásico: «He sido muy lector de la Biblia. Creo que aporta
más una referencia bíblica o clásica que una invención en el vacío. Me
entretiene hacer esas referencias, aunque no sé hasta qué punto tienen sentido
para los jóvenes, que no tienen esas lecturas, pero uno es lo que ha leído, uno
lee más de lo que vive». Las alusiones literarias, incluso cinematográficas
o bíblicas, tanto del Viejo como del Nuevo Testamento, son abundantes sin llegar al
extremo de importunar u exigir al lector un conocimiento especial de teología o
de literatura universal.
Las referencias culturales son tan numerosas que no viene a cuento citarlas, simplemente dejar constancia de algunas más destacadas. Entre las de tono bíblico tenemos El Sermón del Monte en el Evangelio de San Matero (6. 26-30): como las avecillas del cielo, como los lirios del campo (p. 51 y 57); y El Eclesiastés 1: falsedad de falsedades y todo falsedad (p. 89), remedo del «vanidad de vanidades, todo es vanidad»; o el dicho de Salomón: Todo está escrito, dijo, nada nuevo acaece sobre la tierra ni bajo el sol –1:9-10– (p. 93). Y entre las de tono literario, aparte de las ya citadas, tenemos a Fiódor Dostoyevski: humillados y ofendidos, cuyo orden convendría tal vez aquí alterar, ofendido y humillado (p.28); a Joseph Roth y su Leyenda del santo bebedor (1939): Si el Fiat no hubiera sido antes y ya el Fiat, si hubiera debido el nombre a sus años de bodega, sin duda le habría correspondido ser el santo bebedor, pues tal fue durante esos años su condición entre nosotros: en el rincón de siempre, con su jarra en la mano, borracho, pero lúcido (p. 247); a Jorge Manrique: Cómo se pasa la vida, recuerdo de pronto, tan callando. Lo estudié en bachillerato (p. 50); a Miguel de Cervantes en la referencia a Cardenio, el personaje del El Quijote (p. 52); a Robert Louis Stevenson en el recuerdo de su vida en los Mares del sur al comienzo del capítulo 30 (p. 79). Aunque en ocasiones su referencia es indirecta, dejando al lector adivinar la cita, así en este pasaje del capítulo 36: El lenguaje es ruido: lo demás es silencio. Lo dijo el poeta universal, lo demostró el lógico prematuro, lo contó el aviador del sur, aquel granjero (p. 90), donde hace mención a William Shakespeare, Gottfried Wilhelm von Leibniz y Antoine de Saint-Exupéry respectivamente. Estrategia que repite sobre La educación sentimental (1869) de Gustave Flaubert: El rictus de la boca descubría, bajo los morros azulados, unos colmillos de marfil, leyó parsimoniosa, gravemente; en lugar del vientre, una masa de color terroso parecía palpitar, a tal punto bullían por debajo los gusanos. Éstos se agitaban, heridos por el sol, bajo el zumbido de las moscas, en aquel intolerable olor; olor horrible, diríase voraz. A tal punto bullían por debajo los gusanos, repitió. Y volvió a mostrar el libro, el título, el nombre del autor (p. 93)
Así,
el personaje de Nemo, que puede recordar al
personaje de Bartleby y su «preferiría no
hacerlo», se acerca más a un Precursor, a un Predecesor, o
más bien a un Redentor al modo Jesucristo, o al menos al de Juan
el Bautista, pues se reitera la frase de «aquel que clama en el desierto»:
es aquél en que se define al precursor como voz que clama en el desierto, la
voz del que clama en el desierto (p. 199), como símbolo paradójico del
silencio que colma la novela.
RASGOS DE UN ESTILO
GHB suele titular sus obras a partir
de paradojas, así como también desde su conocimiento de latín, lengua
donde nemo es sustantivo nominativo y neminis su genitivo, cuya significación
«nadie» linda con la de «nada». La paradoja está en que la
aventura por excelencia y su contrario, la no aventura, se convocan en el mismo
título: Nemo, Nadie, Nada.
Como se ha dicho se trata de una
novela en la que no ocurre nada extraordinario o, mejor dicho, en la que todo
lo que ocurre es tan extraordinario que sus 285 páginas están dedicadas a relatar
la aparición en ese simbólico pueblo sin nombre de un personaje que
tiene la peculiaridad de no hablar, no porque sea mudo, sino porque ha adoptado
la tenaz decisión del silencio: es decir, el libro se abre al dominio de la
conjetura: Nemo, neminis, dice. La ausencia, pues, antecede al silencio
(p. 12).
Siendo, posiblemente, la novela
menos narrativa del autor escrita, eso sí, con su estilo inconfundible, Nemo fluctúa entre la soterrada denuncia de una
noción muy real (la verborrea predominante) y un tono mítico y metafórico (el
escenario, ese pueblo innominado, que tiene algo de Celama, de Macondo, de Yoknapatawpha
con sus habitantes un tanto desconcertados y estrafalarios).
La novela contiene los estilemas característicos
de GHB del autor. El uso frecuente de
palíndromos y retruécanos dotados de relevante significado: somos pulcros,
discretos y sensatos. Pulcros y sepulcros, bromean los gemelos, entregados a
las consonancias que aprendieron del Fiat, no siempre, por ventura,
desventuradas (p. 13). La inclusión ajustada (y nada pedante) de locuciones
latinas (latinismos) y otros muchos recursos lingüísticos utilizados con
inteligencia y sensibilidad, así como toda una serie de referencias cultas que exigen
en el lector cierta atención. Y, sobre todo, una prosa pujante que despliega un
léxico castellano rescatador de voces casi extintas y que va del tenso desasosiego
de Franz Kafka a la pluralidad genérica de Rafael Sánchez
Ferlosio, sus autores predilectos. Además, está esa reflexión constante
sobre la escritura y el habla, entretejida con una fina ironía detentada por
algunos personajes (como el viejo, por
ejemplo). Aunque todo ello no califica la novela, que es mucho más que esto.
En cuanto a la filiación ferlosiana
de GHB parece conveniente recordar que el
autor ha dedicado algún ensayo, como se ha visto, a Rafael Sánchez Ferlosio,
con quien mantiene una dilatada amistad. Por otra parte, la crítica ha indicado
la influencia de éste en la prosa de GHB,
poniendo de manifiesto que su prosa recuerda a la de su maestro por su tono
sentencioso, sobre todo a la de sus ensayos. La crítica especializada habla de reminiscencias
de Samuel Beckett, y también se la ha relacionado, por su cuidado y pulcritud,
con la de los diarios de Ernst Jünger, o con la de Ángel Olgoso,
con la diferencia de que éste se ciñe a narraciones cortas, mientras GBH desarrolla novelas de cierta amplitud, por lo
que no puede permitirse desalentar al lector.
Sea como fuere, la literatura de GHB no se parece a la de ningún otro autor
español, solo forzando la referencia se podría pensar en Miguel Espinosa o
el citado Rafael Sánchez Ferlosio, en el sentido de que los tres se
vincularían por su alejamiento de la novela concebida como sucesión de
peripecias o aventuras intrínsecas, pues se decantan por un tipo de novela que
podría llamarse discursiva, donde trastocan la aventura de la acción por la
aventura del conocimiento, casi como elucubración, especulación y suposición.
GHB usa con soltura frases largas, sin
dificultar la lectura que, si no resulta suficientemente fluida, ello no es
achacable a defectos de redacción o sintaxis, sino al denso contenido de la
novela. Escrita con un uso preciso de las palabras y de las expresiones, GHB se sirve de ellas mediante el uso de
paronomasias, polisemias, palíndromos, etcétera, para lograr ese estilo sentencioso,
que le es habitual: pero como en el caso de las citas o alusiones, sin que ello
exija al lector especiales conocimientos.
Sin duda, como en cualquier novela
de GHB aquí están muy presentes el humor, la
ironía, las burlas y las veras, los adjetivos trinitarios, los juegos de
palabras, el ingenio, los latinismos, la prosa sorprendente y cantarina alejada
de los manidos lugares comunes de las insustanciales frases hechas. En efecto,
metáforas y aires míticos aparte, no falta tampoco un sentido del humor
soterrado y socarrón que siempre presente en GHB:
«Tengo la voluntad, no sólo en esta novela, de compensar lo sentimental y lo
intelectual con un cierto sentido del humor». En efecto, aquí también
aparece la socarronería e incluso la hilaridad: lo socarrón es pueblerino,
labriego; y lo hilarante está presente, por ejemplo, en la bufonada de la que
el bodeguero es víctima cuando le da también por el mutismo, hasta el extremo
de suscitar la risa del lector en ese capítulo.
Otro rasgo de estilo autoral es la
ausencia de diálogos. «Se me dan mal. Y si los hay, son informativos o
humorísticos, y están incluidos en el párrafo. Se me llevan los demonios con
esos diálogos que parecen mecanografía automática. No me gustan los diálogos en
líneas separadas; me incomoda que destaquen cosas secundarias en la tipografía.
En lo que escribo es como si cada capítulo pudiera ser oral, y en la oralidad
no hay separación entre palabras. Me gusta la página compacta, el párrafo
consistente. Sólo con abrir una novela y ver la página compacta, sé que me
gustará». Quizá por ello, las conversaciones no tienen un tono precisamente
popular sino que se manifiestan en el estilo (escrito) del narrador (ese alter
ego del propio GHB).
DEL SILENCIO Y LA LENGUA
«No sé si el término de serio es
el apropiado. Podemos decir que tengo libros que están en una dirección, como Paradoja
del interventor, Campo de amapolas, Nemo o Hervaciana. Y
otros que son más juguetones, como La sed de sal o Amad a la dama.
En realidad no es que sean divertidos, pero son una variación sobre un tema de
Cervantes, son menos míos en cierto modo. Luego está El espíritu áspero,
que contiene ambas vertientes.». En efecto, a nadie se le escapa que Nemo es una novela seria que se alza
como un homenaje al silencio, un análisis de
la afasia, y el mutismo, y por tanto un estudio sobre el lenguaje, la lengua,
las palabras y lo que usamos para comunicarnos de una u otra forma, incluso
para no comunicarnos en absoluto.
Novela metafórica, o mejor narración
metafísica (en recuerdo de la poesía metafísica del siglo XVII), por cuanto explora
la existencia, el tiempo y la dualidad alma-cuerpo mediante metáforas intrincadas
e intelectuales, a menudo paradójicas. La novela plantea las grandes
cuestiones, tradicionalmente tratadas por la filosofía. En ese sentido se
acerca a los recursos del Criticón,
de Baltasar Gracián o a cualquiera de las obras de Franz Kafka o incluso
de Thomas Bernhard. Libro pues que, como los anteriores del autor, puede
calificarse de lenta digestión, que no permite una lectura en una
sentada, que no engancha desde el principio pero que no se puede dejar,
porque Nemo atrae por su calidad, no
porque quiera uno saber cómo acaba.
Es decir, obra para meditar, donde
la reflexión (extensa y variada) sobre el lenguaje y su ausencia, sobre lo indigno
que resulta parlotear mucho para no decir nada, sobre la irreverencia en el uso
de las palabras, sobre el ultraje que supone utilizar el nombre en vano, sobre
la consideración que nos merecen los otros y la frecuente inutilidad de la
comunicación. Todo ello traído en estos tiempos en que estamos (aparentemente)
tan comunicados. Porque GHB prefiere
«pensar la novela hacia dentro que hacia fuera, hacia un propósito que se
entienda como alegoría de algo externo».
Un libro que se postula contra la obsesión
de la conversación ininterrumpida (vía móvil principalmente) para
no decir nada, para mantenerse cada uno en sus propios problemas reales. Contra
esa cada vez mayor falta, no ya de respeto, sino de consideración hacia los
demás, puesto que el otro ha dejado de reconocerse como persona: solo los amigos
de facebook, linkedin, twiter o cualquier otro engendro de
ese tenor merecen consideración. El otro, la persona de carne y hueso,
desde el momento en que no presenta problemas virtuales, no existe
(inexistencia propia y ajena, pues). Así cuando un personaje ni calla ni
escucha, el narrador afirma que el exceso de información, de
declaraciones, de confesiones, siempre genera confusión (p. 21).
Porque, en la novela, no sólo es
importante el silencio, sino el concepto de comunidad frente al otro, el
extraño, el forastero (exacerbado por el mutismo del
protagonista). Dado que, por una parte, detractamos a los triunfadores y censuramos
a los perdedores; y, por otra, nos importunan los charlatanes, pero nos exasperan
los silentes; el silencio de Nemo se puede
considerar una ofensa (como silencio hiriente o incluso ofensivo) o una ventaja
(como silencio esforzado y respetuoso). GHB aprovecha
tal coyuntura para postularse, a través del escribano,
que da fe de lo visto y añade sus reflexiones teológicas, sus devaneos (oraculares
o bíblicos), y las senectas filosóficas del viejo,
casi como un antropólogo amateur.
Escrita como una especie de odisea
sumida en la quietud, el mismo título subraya la continua presencia de la
ausencia. Y precisamente la ausencia de palabras por parte de Nemo la que mueve a los lugareños a plantearse un cúmulo
de cuestiones acerca de ese silencio; así pues, el silencio es el que lleva a
la acción: Venimos del silencio y vamos al silencio, dijo entonces. Por qué
y para qué hablar en el camino, concluyó. (p. 34). Obra pues sobre el
silencio y la capacidad de escuchar: esa virtud tan insólita tras el arribo del
palabreo. El ruido y la furia como contrapartida perversa de lo que postula
GHB por boca del viejo:
Que todo lo que ocurre ocurra, dijo, no es bastante razón para contarlo (p.
24).
Para plasmar todo ello, el autor desmenuza
poéticamente el lenguaje jugando con sus elementos, el latín, el griego, el
sentido de las palabras. Porque para él las palabras no nacen para contar algo
que se sabe, sino para cuestionar e indagar el secreto de todo aquello que no
puede explicarse con palabras.
Novela selecta y minoritaria, no
deja de ser un libro difícil, espléndidamente escrito pero que no deja de caer
en la repetición. Si el lector lo acaba es porque, seducido por el lenguaje, no
puede dejar de hacerlo por ese itinerario lleno de conjeturas sobre las causas
últimas del silencio, el ser y la nada que el lenguaje impone. Esta novela, más
que narrativa, es discursiva: en ella las referencias cultas combinan la
literatura grecolatina y la áurea española con las fábulas bíblica. Incluso
los poemillas que se va insertando remiten sobre todo al pensamiento, es decir a
las razones últimas del lenguaje. Su propósito parece ser aislar, a modo de los
tratados de filosofía, el momento en que la Nada, Nadie, Nemo,
representa a la vez el tiempo del origen y del destino
GHB en una entrevista en 2008 dijo: «Me gustaría escribir una novela en la que no ocurra nada, pero que obligue al lector a ser leída de forma compulsiva», pues bien no sé si con esta novela ha satisfecho su deseo, pero desde luego ha suscitado una lectura gozosa.
«Sólo del hombre es el silencio, dijo, sólo quien habla calla. El resto es ruido.»

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