miércoles, 25 de marzo de 2026

MIEMBRO FANTASMA

 

«MIEMBRO FANTASMA»
Fernanda Trias (2026)


«Las palabras y las piedras son la misma cosa.»


URUGUAYA EN COLOMBIA

MIEMBRO FANTASMA reúne diez relatos de Fernanda Trías (Uruguay, 1976) que ya forma parte del círculo de autoras latinoamericanas que están renovando la narrativa global tras la consagración internacional de su novela El monte de las furias (2025). Tras pasar un mes en la residencia de la Costa Brava de la Fundación Finestres, Fernanda Trías (FT) presenta este libro de relatos donde habla de las dolorosas ausencias y de los recuerdos que siguen condicionando el presente.

Con este libro vuelve al relato breve tras casi diez años desde su anterior libro de cuentos, No soñarás flores (2017), pues se había concentrado en la novela, y lo hace en la editorial Páginas de Espuma. Residente en Colombia, donde da clases de escritura creativa en la Maestría de Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo, la escritora viene de ganar por segunda vez el premio Sor Juana Inés de la Cruz que otorga la FIL de Guadalajara (México), esta vez por su novela El monte de las furias, que ya había obtenido en 2021 con la novela Mugre rosa, que también había recibido el Premio Nacional de Literatura en 2020, el Bartolomé Hidalgo en 2021 y el British PEN Translates Award en 2022, además de haber estado nominada a los National Book Awards 2024 en Estados Unidos. Anteriormente La azotea (2001) obtuvo el British PEN Translates Award en 2020. «El reconocimiento externo ayuda, pero no basta. Hasta que no tenés el convencimiento interno que te permite afirmarte como escritora no podés reservar tiempo para dedicarlo a la escritura. No terminas de estar convencida de que es a la escritura a lo que te debes dedicar. Esta lucha de tantos años es la que me ha llevado a reflexionar sobre esta cuestión y a introducirla en mis relatos.»

EL ESTILO FEMENINO

De extensión y desarrollo variable (de 4 a 21 páginas), los 10 cuentos que incluye el libro se ven vinculados por la metáfora del título: el síndrome del miembro fantasma, como todo aquello que, aunque ya no tenga existencia física, sigue doliendo. La latencia de ese dolor en estas relatos se mantiene por un duelo, la pérdida de un amor, el alejamiento de una amiga,  la huella de una injusticia o una historia no cerrada que se quiere recuperar. Pero estos relatos van más allá, pues también proclaman la posibilidad de transformar ese dolor en literatura, historia contada y a través de ese acto encontrar cierta redención.

Los diez cuentos están escritos con una prosa delicada y con un planteamiento inspirador, con tramas que presentan amputaciones mentales y físicas varias, relativas a carencias sentimentales, desgarros históricos o dependencias adictivas estupefacientes (como el alcoholismo que aparece en cuatro cuentos). En cada historia hay un doble protagonista subrepticio: el olvido y la memoria. Los personajes deambulan con dolores que quedan en lo más profundo; perdidos en la memoria, en su amplio espacio desconocido.

Se podría decir sin temor a equivocarse que estos cuentos tienen como principal cualidad el realismo: la mirada extraña o enrarecida que puede percibirse en novelas como La azotea o, de otra forma, en El monte de las furias, aquí está ausente. En efecto, la mayor parte de los cuentos se presenta de forma realista, con narradores que no hacen dudar de las convenciones o leyes del mundo. Y aunque algunas historias pueden estar próximas de la estética, desnuda y amarga, del realismo sucio de Raymond Carver o su admirado John Cheever, la escritura de FT responde más a una textura narrativa, inmediata y compasiva, como la de Lucia Berlin.

Sin embargo, ninguno de los cuentos responde a estructuras previsibles. No buscan complacer, sino solo invitar, honesta y pródigamente, a observar a unos personajes en momentos de epifanía (revelación íntima) que les lleva a tomar resoluciones tan comprometidas como efímeras. Porque un rasgo definitorio de sus relatos, así como obras suyas previas (como La Azotea, 2001) es la subjetividad de los personajes: «Me han dicho que en mis relatos suele haber un momento epifánico, y estoy de acuerdo en cuanto a que es cierto que en hay un momento en el que se produce un quiebre interno del personaje. A mí me gusta empujar a los personajes hasta un cierto límite, hasta que quedan arrinconados en una esquina y ya no puedan seguir mirando de costado. Entonces deben descubrir quiénes son.»

Ante esta postura autoral uno podría preguntarse si la trama es secundaria. Desde luego, siempre va a tener una función porque en cualquier cuento debe producirse una transformación. El personaje que empieza el cuento no puede ser el mismo que lo termina. Vive un camino de aprendizaje y de comprensión de sí mismo: «A mí me gustan los cuentos así, de construcción de personajes, personajes que nos acerquen a esa complejidad de la existencia más que una simple anécdota que sea buena o entretenida o en sí misma sorprendente. No es tanto la sorpresa lo que me interesa, sino que el lector se asome a esa complejidad, en líneas generales, siempre me ha interesado lo que está profundo no solo en literatura, sino también el en cine. No creo que a la hora de escribir se necesiten de hechos ni de peripecias. La vida de cualquier persona común puede ser un universo interesante de explorar literariamente.» En este sentido recuerda a esa gran cuentista norteamericana a la que admira, Deborah Eisenberg, por su predilección por los cuentos largos caracterizados por la construcción de personajes.

Otro rasgo de su escritura es la recurrencia al triángulo silencio, forma y fondo («Siempre he trabajado con el peso de lo no dicho»). En estos cuentos se percibe una doble historia: la que enuncian los personajes narradores y la que aparece entrelíneas, que apenas se percibe, se materializa gracias a la forma cuento, que posibilita varias lecturas, deja silencios abiertos y tiene una cara visible y otra entredicha. Con ello, FT consigue que, a veces, se tenga la sensación de asistir al momento de la propia escritura del cuento.

Finalmente, apuntar que, aparte del voseo, uso del pronombre "vos" en lugar de "tú" para dirigirse a una 2ª persona del singular de manera informal (¿Y vos qué?)FT no abunda en el uso de modismos hispanoamericanos en los diálogos de los personajes o en las descripciones del narrador. Sin embargo, sus cuentos están salpimentados por la inclusión de palabras que, a la vez que suscitan cierta dificultad de comprensión lectora, despiertan nuestra curiosidad y complacencia al comprobar la variedad de nuestro idioma común; además de percibir la enorme musicalidad de buena parte de esas palabras: buzo [sudadera con capucha], chifa [restaurante de fusión de gastronomía china-peruana], gurisa [niña o adolescente], firuletes [adornos superfluos y de mal gusto], noséquiéncito [una persona cualquiera, desconocida o de poca importancia, equivale fulanito o menganito)], ojito [bizcocho seco de forma circular con dulce en el centro], parlante [altavoz]; pendejo [tonto, estúpido], vereda [acera], entre otros.

También recurre a muchos extranjerismos (sobre todo anglicismos), algunos adoptados tal cual, backdrop [telón de fondo utilizado en fotografía, cine, teatro, eventos y otros medios visuales], backstage [zona situada detrás de un escenario o pasarela, donde se preparan y esperan su turno quienes actúan en ellos], bird-watching [observación de aves], grisín [voz italiana: colín o pico de pan crujiente y de forma alargada.]; mientras que otros los utiliza con su correspondiente adaptación gráfica y fonética españolas, como drypen [instrumento provisto de una punta de fibra y una carga de tinta para escribir o dibujar] palabra derivada de la unión en un solo vocablo de dos procedentes del inglés ('dry' y 'pen'), o salvataje [salvamento.] adaptación fonética del francés 'sauvetage'; e incluso introduce algún acrónimo como FOMO ['fear of missing out': miedo a ser el único que se lo pierda].

MIEMBRO A MIEMBRO

1. Personaje en construcción

En ese primer relato, empieza como una parodia y se va volviendo un discurso metaliterario. Un narrador en tercera persona sigue la vida cotidiana de un Escritor que quiere convertirse en un autor que no se estanque en un solo género o en una sola línea temática, sino que anhela moverse por un espectro mucho más rico de temas que el que maneja: solo escribe sobre treintañeros con vidas insatisfechas que hacen lagartijas (flexiones) junto a un vaso de whisky.

Para auto legitimarse intenta escribir un cuento sobre el Señor Escritor, describiendo una vida paralela a la suya. El cuento gira en círculo sobre sí mismo una y otra vez. Pero a medida que avanza el relato el escritor deviene escritora, y todo se restablece en una nueva clave de valoraciones. En un giro que recuerda a Virginia Woolf en Orlando, plantea un cambio de género del protagonista de escritora a escritor y viceversa, siguiendo el esquema: Escritor – Sr. Escritor - Escritor – Sr. Escritor - Escritor – escritora - Sr. Escritor – escritora - Escritor – Sr. Escritor – escritora - Sr. Escritor.

Este mecanismo invita a pensar cómo es necesario trastocarse para poder escribir ciertas cosas o sentirte legitimada, pues parece que no es lo mismo ser escritor o escritora. «En el relato planteo lo de disfrazarse, a través de la idea de escribir sobre un escritor como lo hacen los escritores. Se trata de burlarme de la idea neutra del escritor. No existe porque cuando pensamos en términos universales pensamos la figura del escritor en masculino

Plantea también la imposibilidad de salirse del yo y detenerse en otro, el ensimismamiento de la profesión: los escritores: hombres cuya máxima preocupación era crear una obra de valor literario.

Este tipo de cuento, no parece el más adecuado para servir de introducción a la colección, pues es sabido que como primer cuento de un libro de relatos se suele escoger alguno dinámico, impactante o que defina el tono general del libro para así enganchar al lector rápidamente. Éste, desde luego, no cumple esa función. El propio título ya apunta lo que el lector descubre con su lectura: un relato en construcción, que no conduce ninguna parte más allá del guiño metaliterario: Si pudiera escribir un cuento sobre otro escritor, pensó, lograría demostrar su solvencia en recursos metaliterarios (p. 11).

La propia FT lo califica de «divertimento para cuestionar los clichés sobre qué es ser un escritor serio A las mujeres se les asocia con la escritura de lo doméstico. Es como si la imaginación nos estuviera negada. Hay muchísimos ejemplos de escritores que han escrito sobre escritores: Bolaño, Piglia, Borges, Vila-Matas. Pero no se piensa que se trate de textos autobiográficos. Este relato es una forma de reflexionar sobre las cosas que se nos imponen como escritoras y la lucha que tenemos que llevar para escribir de lo que queremos escribir

2. El orador

¿Cuál fue tu fondo? (p. 29), pregunta el orador del título a la narradora subjetiva del cuento en el contexto de una conversación sobre la desintoxicación o la abstinencia de una adicción, pues el relato va sobre una reunión de adictos en recuperación. La narradora, que asiste por primera vez a este tipo de reuniones, no quiere estar en aquel salón subterráneo, escuchando la historia de ese orador cincuentón y su internamiento en una clínica tras haber llegado a su fondo. Sin embargo, no puede marcharse, pues ha prometido a su hermana Maite que iría, y siendo vecinas, estaba segura de que estaría pendiente del reloj, del chasquido de la llave y de sus pasos en la escalera.

En referencia al tema de la adicción, la narradora muestra un sentimiento íntimo que, aunque inicialmente parece poco trascendente, alcanza una cierta profundidad de cara al final: la negación (completa o parcial) a la sobriedad, como si ese insostenible la existencia bajo tales condiciones.

Tampoco este cuento parece conducir a nada, dando la sensación de ser un relato perdido que, como sus personajes, fluye poblado de frases perspicaces, pero que se detiene cuando la trama cambia de tercio.

3. Ciclón

Uno de los relatos más extensos (20 páginas) y quizá el mejor de todo el conjunto (podría haber sido una buena entrada al libro), rememora en tercera persona (narrador objetivo) una amistad de infancia que posibilita una iniciación sexual homoerótica en la pubertad.

En efecto, el cuento despliega una confusa historia (por sus diferentes apreciaciones) entre dos amigas de la infancia, Myriam y Ana María Andrade, que llegaría a convertirse en una novelista famosa (bajo el seudónimo de Úrsula). Se hizo famosa con la publicación de una novela autobiográfica, donde recoge la vivencia de un ciclón en el Campamento Artigas. Libro que se difundió en los medios (radio y televisión) y que fue adaptado después al cine, donde, según el punto de vista de Myriam, tergiversa los recuerdos del pasado.

Myriam es abuela, han pasado muchos años desde aquello. Myriam sigue creyendo que lo que Ana María relata en el libro no es cierto. Que ellas no se besaron, que no había ningún vínculo amoroso, que nada de lo que cuenta fue real: Ella había releído ese pasaje incontables veces en los últimos cuarenta o cincuenta años, y por más que hurgara en su memoria, no encontraba nada que verificara el episodio (p. 46).

Una llamada inesperada de la asistente de la escritora (pues ha llegado a tener incluso una asistente), que hospitalizada y en fase terminal, le solicita a Myriam la posibilidad de un reencuentro. Esta irrupción inesperada en su vida de la amiga de su infancia, activa la memoria de la protagonista sobre su pasado, pero también deja entrever sus mecanismos de olvido y la tergiversación de sus propios sentimientos, al tiempo que motiva que la verdad finalmente pueda abrirse paso y las amputaciones ocasionadas por el olvido puedan esclarecerse.

A medida que el cuento acomete esa experiencia adusta y especial consistente en rastrear los recuerdos y la memoria de una persona, la historia va tomando formas redondas y relevantes. Los saltos temporales no resultan un relleno, ni resultan exagerados. La figura inicial de Myriam (cuyo nombre desconocemos hasta que han pasado 17 páginas) se va desmoronando y el lector comprende que Myriam se delata a sí misma al querer borrar a Ana María, su amiga de la infancia, quien, al final de la secundaria, la trataba con resentimiento anquilosado que había ido mutando en superioridad (p. 47). Fue por su indiferencia.

Un relato donde lo importante es lo que se recuerda, lo que elegimos olvidar, las historias que no se cuentan y cómo determinados acontecimientos pueden llevar a replantear y reescribir toda una parte de la vida. Todo ello, como metáfora de la manera en que los escritores escriben una historia, la organizan, administran u ocultan la información, dosifican el modo en que van contando: porque lo que se dice es importante, pero lo que no se dice tiene incluso un peso mayor.

En suma, una historia atravesada por la ficción, que muestra en primer plano la potencia de la escritura para apropiarse del pasado, retenerlo o incluso transformarlo.

4. Miembro fantasma

Este relato aparte de dar título al libro y, sin duda, es el cuento corazón, el cuento base, donde los problemas alcanzan mayor complejidad. Ajusta cuentas con la dictadura militar uruguaya (1973-1985) y con el personaje interlocutor, dejando constancia de las desapariciones y traumas históricas que dejó: un exiliado superviviente de la dictadura (el narrador subjetivo) cuenta los recuerdos de su vida a un compatriota anónimo (incógnita que no se despeja, de forma sorprendente, hasta el final) en un bar de un lugar lejano. Mientras lo invita a varias copas de ginebra, le habla de su historia, de su infancia en la dictadura uruguaya, de su cuadra, de los silencios, de vecinos desaparecidos o exilados, de un culpable o responsable, de rencor y dolor pasado, el otro escucha.

El narrador alterna su historia de represaliado con la de su madre a la que han amputado una pierna a causa de la diabetes: ¿Le cuento un dato curioso? Mi madre puede sentir el pie amputado igual que antes en la operación. Al menos eso dice ella. Puede moverlo, dice, y hasta siente agujas invisibles. Le duele. Le duele horriblemente. ¡Dígame si la vida no es miserable! Le sacaron el pie, pero no pudieron amputarle el dolor. Los médicos tienen un nombre para eso, ¿sabe? Miembro fantasma. Así, un encuentro en apariencia casual termina suponiendo la posibilidad de saldar una deuda con la historia, con la memoria. El pasado reciente sigue doliendo cual si fuera un miembro fantasma; hay rastros psíquicos que siguen presentes, que necesitan ser reparados.

Es un relato con coordenadas espacio-temporales muy definidas: con calles y delimitaciones de la época de la dictadura. El narrador ve cómo su barrio, su ciudad, empiezan a desaparecer. Lo mismo sus compañeros de cuadra, su padre, él mismo. Todo se lo cuenta a un hombre, entre ginebras y chistes. Lo que no sabe el oyente es que él también forma parte de esa historia. El alcohol es el mejor psicólogo, dice el narrador. Él convida al psicoanálisis, el otro contrapone la resaca.

La historia política de Uruguay, con su dictadura y su represión es un tema bastante olvidado (incluso, ignorado) fuera del propio país. «Se escribió mucha literatura de la dictadura cuando se volvió a la democracia, libros de una generación mayor que yo que lo vivió de otra manera. Porque los que eran adultos durante la dictadura, que es la generación anterior a la mía, han escrito mucho sobre eso, pero desde otro lugar, porque la vivieron y la sufrieron de otra manera. (…). También hay mucha literatura en todo el Cono Sur de hijos de perseguidos, exiliados, desaparecidos o torturados. (…). Luego pude ir entendiendo hasta qué punto esa violencia permeaba todo el tejido social afectando a todo el mundo, incluso a los que la apoyaban.»

El cuento sacude, porque el alcance del relato no es solo individual, sino colectivo; no es solo local, sino universal. Trata sobre la dictadura militar de Uruguay, pero también sobre lo que hacemos con la memoria. El cuento parte de una experiencia vital: al narrador le pasó algo y fue testigo de las circunstancias que llevaron a que los vecinos de su cuadra fueran desapareciendo hasta que la comunidad de su barrio se redujera a lo que quedaba de su familia. Su historia es individual, pero alude a una memoria colectiva porque los hechos implicaron a un país. «Durante la dictadura, yo era una niña y no me daba mucha cuenta. No le podía poner nombre, no lo identificaba, yo no entendía qué es lo que estaba pasando. Entonces, claro, cómo hacerlo, cómo escribirlo, no era fácil. Lo difícil es ir encontrando otros ángulos para contar esos dolores. Intenté aquí ir por un lado diferente, encontrarle otra vuelta de tuerca a lo que ya sabemos. (…). Creo que en España se está escribiendo mucho sobre la guerra y la dictadura que ustedes tuvieron, y lo difícil sigue siendo eso, cómo no ser repetitivo, cómo arrojar una luz diferente. Ese es el desafío que tenemos.»

En efecto, este era un tema que la autora llevaba prácticamente toda la vida queriendo tocar, aunque no encontraba la manera, porque ciertamente no debía resultarle fácil abordarlo. «Es un cuento en el que llevaba muchos años trabajando y que me costó mucho escribir. Ha tenido muchas versiones previas; la primera es del 2016. Ha cambiado mucho salvo en lo que se refiere a las imágenes principales: la cuadra y los vecinos que desaparecen. Le di muchas vueltas al texto hasta entender cuál debía ser la estructura, qué historia tenía que contar y qué vinculo hay entre los personajes. Es uno de mis relatos más importantes.»

5. Una mujer de su época

La enfermedad es otro de los referentes temáticos de la autora. Otro cuento transicional, bien escrito, pero que no va más allá: narrado en tercera persona una mujer sin nombre (ella) internada en un hospital espera la muerte. Mientras mira por la ventana, observa a un perro tumbado al sol en una plaza y mediante comparaciones (con el perro y su vida) y evocaciones (de la suya) vamos sabiendo que todavía es joven: La enfermera saca la aguja, el cable. Mujer mayor. No digamos que anciana pero arriba de los sesenta. Desde que tiene la certeza de que nunca llegará a esa edad, ella también ha empezado a interesarse por la vejez (p. 68). Y que su vida amorosa no ha sido satisfactoria: Con las mujeres no le fue mejor. La primera, remota y solidaria. La segunda: temerosa y fatídica (p.69). Por eso se abandona a la pequeña conversación con su compañera de cuarto (Porque a veces un extraño puede [proporcionarcariño pasajero –p. 69–). Conversación que las lleva a preguntarse mutuamente cuánto tiempo les queda y ponerse a fumar y a reír como locas. En fin, ella, el perro, la vida.

6. Intimidad irremplazable

Segundo cuento (tras El orador) con el tema de la adicción como telón de fondo. El fracaso y sinsentido doméstico cotidiano de la protagonista (otro personaje innominado) solo puede contenerse a fuerza de la ingesta reiterada de alcohol (whi.sky, cerveza, vino…). En ese contexto, a lo largo del día en que transcurre el relato inicia un incidental vínculo (intimidad irremplazable) con un pichón de gorrión que se aloja en el alfeizar de la claraboya rectangular que da al pozo de aire del edificio. Trasunto que hace pensar en Mario Levrero y el pajarito de Diario de un canalla (1986-87) (o la paloma del Diario de la beca –2005–) y en cómo mediante ese vínculo especial los personajes de Levrero, y también el de FT, en el fondo buscan cierta forma de trascendencia, de sentido vital. Los personajes no quedan totalmente abandonados o desahuciados en la escritura; aunque no haya redención posible, parece siempre quedar un halo de esperanza.

Ciertamente el desarrollo del día de la protagonista (a lo largo de 21 páginas) resulta agobiante, la vaciedad de su vida: ni la relación con su marido, y sus hijos, ni la relación con sus amistades, personalizada en Aurora: Ella ni siquiera encontraba a Aurora interesante; no sabía por qué eran amigas y quería creer que el misterio estaba en esas confidencias que se hacían en el sofá, (…). Ese momento las unía, pero a la mañana siguiente ella despertaba sintiéndose sola y resentida, pensando que Aurora era una mujer sin gracia, conservadora, que al fin de cuentas se quedaba con ella porque se enorgullecía de ser una anfitriona de las de antes. Andá a saber qué dice de mí después... (p. 73). Por tanto sus reflexiones están preñadas de pesimismo y falta de confianza en sí misma, estado anímico que refuerza la adicción que es lo único que la calma. Ahí quedan sus juicios sobre el matrimonio, la maternidad, el trabajo y la vida en general… Y el día de mañana, otra redundancia.

7. Si el mundo parara de hacer lo que hace

Al igual que el anterior y El orador, este cuento, aunque incluye la posibilidad de ciertos momentos de redención, también trata el sufrimiento desde el punto de vista de la adicción.

Escrito en tercer apersona (narrador objetivo), presta la voz ocasionalmente a dos narradores subjetivos: Emilia y Julio, respectivamente. Ambos son adictos en recuperación: Emilia lleva once meses sin beber y Julio diez. Ambos viven en una decrépita (y deprimente) residencia en la que la vida no es precisamente fácil, como advierte Julio: A lo que voy es que dormí como un bebé, aunque no fueron más de cuatro horas, y a las siete ya estaba en el taller escuchando la radio a todo volumen y encolando patas de silla (p. 109).

Con el telón de fondo del atentado de las Torres Gemelas, ocurrido un año antes del presente del relato, un ultraje que aún atormenta queda esquematizado en la pregunta que Julio le hace a Emilia: ¿Vos qué estabas haciendo cuando cayeron las Torres? (p. 100): ahí se aclara la frustración, el fracaso amoroso o profesional, ahí se cuestiona el sentido de la vida. Porque ambos personajes, que vienen de una existencia sórdida, viven aferrándose a lo poco que tienen. Emilia a la idea de una tía y Julio a una admiración incondicional del Jefe. Personaje que remite al del orador: No pasa un mes sin que vuelva a contar que un día se arrodilló en medio de la calle, clamándole a su dios, y que desde entonces lleva una vida útil y feliz (…). Tuvo tiempo de emborracharse durante el funeral de su madre para no sentir dolor y luego relatar todo eso como parte de su fondo. (p. 103).

Pero bajo las apariencias todo se vuelve engaño, mentira: lo primero que aprendés no es que hay que esperar, sino que hay que mentir. (p. 112). Ahí está el nihilismo que se sustanciaba en el final de El orador y que muestra cómo la iniquidad y dureza de este mundo, sobre todo para ciertas personas, conlleva su escape a través de las adicciones. De ahí el título y el pasaje intencional al que remite: Volvemos caminando bajo las estrellas redondas y en la esquina del centro nos paramos a pintar el muro. Emilia saca su aerosol de la mochila y escribe: Si el mundo parara de hacer lo que hace... (p. 109).

8. Grupo de foco

Este cuento, el más corto (solo cuatro páginas) y quizá el más inadvertido del libro, no deja de sorprender por lo que esconde tras la apariencia de su aparente intrascendencia. Como su título indica se trata de un cuento coral (foco de grupo) en el que varias voces (no sabemos cuántas) en primera persona van interviniendo en frases cortas (puro diálogo) dotándolo la apariencia gráfica, el ritmo y el tono de una poesía dramática. Con el telón de fondo de la pandemia (ficcionado en la trama del cuento de la ficción: ¿De qué va el cuento? /De la lucha del virus por encontrar huéspedes que no se mueran –p. 114–) y partiendo de un tema metaliterario, pues se abre con una contundente pregunta: ¿Qué le falta a este cuento? (p. 113), se va desplegando como una guía de lectura del texto literario que denominamos cuento. Desde los ingredientes (actualidad, humor…), hasta sus componentes (diálogos, personajes, trama, enganche…), pasando por los finales (abiertos, sorprendentes…), las intenciones del autor (entretener, conmover, hacer pensar…), el punto de vista del lector, la calidad de los cuentos (Ya no hacen cuentos inolvidables –p. 115–), para acabar con un hilarante, aunque no menos caustico cierre relativo a la fama y el género. Para cuatro páginas, no está nada mal, ¿eh?

9. De frontera solo el aire

Los dos últimos relatos quizá puedan considerarse los más penetrantes del libro: son los que más dejan traslucir ese algo, esa atmósfera peculiar, que puede darse en un mundo más desacostumbrado: No obstante, en ellos no se llega a la ruptura; solo representan una muestra de cómo la realidad puede convertirse en algo extraño o incluso horrible en sus propias circunstancias. En ambos los rasgos biográficos de la autora parecen impregnar más la narración y sus narradoras podrían considerarse, de alguna forma, unos álter ego de la propia FT, aunque siempre bajo el paraguas de la ficción.

 En De frontera solo el aire, la narradora (subjetiva) vive en el límite entre dos barrios de Bogotá, uno rico y el otro pobre. El cuento se inicia siendo testigo de un asesinato por ajuste de cuentas a plena la luz del día, que deja un cuerpo abandonado (desgonzado) en mitad de la calle. En paralelo, la madre de la protagonista, que se encuentra en Uruguay en plena pandemia, cuida de las cenizas de la abuela y de su padre hasta que la familia pueda reunirse de nuevo. El cuento, dividido en siete capítulos titulados (Barrio - Cenizas -Superhéroes – Perro – Mensajes – Asombro - Empresario), analiza el contraste entre muertes que son objeto de duelo y aquellas en que ni siquiera los cadáveres son reclamados, entre las vidas que no valen nada, que ni siquiera son noticia y aquellas otras que se nominalizan, se publicitan y se justifican (aunque sean deleznables).

Con la pandemia de fondo se relata la muerte en el barrio pobre, frente a la del barrio rico. Tan distinta y tan distante: sobre el muerto en el barrio, nada en ningún momento; sobre el asesinado en el barrio rico, toda clase de detalles a lo largo de los días. Incluso entre la muerte del asesinado y las muertes de la pandemia: A este hombre le habían quitado la vida, mientras que los muertos del virus la habían perdido. (p. 123).

Luego están (otra vez) los perros. La discriminación de clase se traslada también a ellos. Los inquilinos de mi edificio salían a pasear a sus perros con máscaras N95 y cruzaban la calle cuando un vecino del barrio se acercaba en dirección opuesta con su perro. No permitían que los perros del edificio olisquearan a los perros del barrio, y las diferencias en cuanto al uso del tapabocas les daban ahora una excusa válida para alejarse sin sentir vergüenza de sí mismos (p. 125).

Es más se utilizan para dos metáforas esclarecedoras. En la primera, para mostrar la pronta falta de interés por la muerte del barrio pobre: El perro siguió olfateando el mismo lugar día tras día. (…). Luego vinieron unos días fríos, de lluvias fuertes, en que el perro tuvo que conformarse con caminar dentro del estacionamiento del edificio. Cuando volvimos a salir, el perro se mostró por completo desinteresado en olfatear el lugar donde había yacido el cuerpo, e incluso se negó a caminar en esa dirección (p. 127)

La otra tiene que ver también con el interés, pero en este caso de los medios de comunicación. Deja ver como recogen en sus noticias asuntos como el de los perros abandonados, pero no el de un pobre asesinado en la calle: Durante la pandemia, una buena cantidad de perros quedaron huérfanos de dueño. Después de la pandemia, otros cuantos fueron abandonados. Se habló mucho de eso en las noticias (p. 132)

La pandemia sirve también como marco para una interesante y aguda reflexión sobre los libros y su publicidad, como las editoriales han ido pasando de la adjetivación hiperbólica a la magia de los números de ejemplares vendidos: Imaginé el momento en que los editores entendieron que ya no se podía ganar la carrera de adjetivos: habíamos alcanzado el límite del lenguaje, el tope último de lo superlativo. Si ya no era posible destacar en lo cualitativo, sí quedaba la opción de destacar en lo cuantitativo. Ahora, sin ningún pudor, nos estampaban un número en la cara: treinta y cinco mil ejemplares vendidos, 12.ª edición, Más de un millón de lectores. Eso, parecía decir la fajilla, hablaba de la calidad del libro (p. 130).

Por último decir que se ha escrito que el cuento pueda encerrar una crítica a la autoficción, al realismo sucio como género prácticamente agotado (por no decir injuriado). No parece descartable (parece incluso una buena pregunta para la autora), incluso al principio se da cierto amago de tal rumbo, pero rápidamente parece abandonarse tal vía variando la atmósfera, el ritmo y la propia historia.

10. Última carta a Claudia

Este relato que cierra el volumen, también escrito en primera persona, es una carta de amor y de despedida donde se aborda el tema de las historias que necesitan un final. Una escritora se recupera en Bogotá del derrame producido por una caída y escribe una carta de despedida a una amante (la Claudia del título) que no llegó a novia y que está en Lima, donde han roto y se han despedido. Carta que es una excusa para comunicarse con ella: Te escribo esta carta, Claudia, para nombrarte con una excusa válida (p. 142), porque en realidad no ha dejado de quererla.

Carta que es también una terapia para la amnesia producida por el golpe: como un ayudamemoria, porque vos estás en Lima y yo no estoy en ninguna parte, que es el lugar del olvido. (p. 135). Mientras la protagonista hace ejercicios de recuperación, sabe que Claudia se ha casado: de hecho la carta contiene varios reproches, desde el sexual (después esperabas que reconociera la ofrenda –p. 138–) hasta el comunicativo (Lo que no le dijiste es que seguís tomando las pastillas anticonceptivas, mientras él sueña con mamaderas y rebozos. «La familia se elige», decías vos, pero nunca me elegiste a mí, y al parecer tampoco lo elegís a él  –p. 139–).

 La carta encierra además el borrador de un cuento inacabado: otra vez metaliteratura, un cuento dentro de otro cuento. Mecanismo que le sirve a FT para reflexionar sobre la literatura, en general, y los cuentos, en particular. Ahí está la reflexión sobre los orígenes incidentales de los cuentos: hasta le conté a Juanita una idea para un cuento: «Imaginate que al escanearte el cerebro pudieran ver tu pasado, tus ideas, tus pensamientos más secretos. O imaginate que solo pudieras escanear el cerebro de una persona, ¿a qué persona en el mundo elegirías vos?». (…): «Algún día voy a escribirlo» (p. 139). O la pulsión lectora hacia el final de las historias: Serías incapaz de dejar un libro sin terminar, como hago yo, y quién te dice que eso no me haya servido para retenerte un poco (p. 140). Incluso a través de las cita, en este caso de unos versos de El abismo de Mario Benedetti: no hay para qué imaginar ni inventar nada. / Con mirar basta (p. 143).

Ficción dentro de la ficción que se aborda en un territorio desplazado, donde la comparación de las montañas de Lima y las de Bogotá culmina con la potencia de una invocación poética en que la narradora, se siente montaña: Las montañas todavía se ven… Tienen esa dignidad de la roca que me abisma. Ese silencio. No como el mar, que siempre está diciendo algo (p. 145). Porque las montañas de este relato son las mismas montañas de El monte de las furias (2025): «Escribí lo cuentos mientras estaba con El monte de las furias, una novela en la que, igual que ese cuento, la presencia de Bogotá me permite introducir personajes fronterizos

En fin, todo un ejercicio de metaliteratura. No en vano es el relato que cierra el libro, pues se suelen elegir para ello cuentos que ofrezcan una sensación de conclusión, ya sea un final feliz, triste, abierto o un relato que resuma el tema central, como es el caso.

TEMÁTICA RECURRENTE

El alcoholismo ocupa la temática de al menos cuatro cuentos. Por cierto, la mencionada cercanía a Lucía Berlín no se reduce solo al estilo, sino sobre todo por el hecho de que Berlín ha escrito mucho sobre mujeres alcohólicas y adictas y fracasadas. La adicción, el alcoholismo o el consumo de sustancias ha sido poco abordados desde una perspectiva femenina: la sociedad acepta de modo muy diferente estos consumos en el caso de los hombres y en el de las mujeres (a las que castiga o al menos estigmatiza por ello). Para la Organización Mundial de la Salud las adicciones son enfermedades, pero la sociedad, sobre todo en el caso de las mujeres, las considera consecuencia de una falta de voluntad o una actitud hedonista, obviando que son resultado de un enorme sufrimiento interior.

En el caso de las mujeres las adicciones pueden resultar invisibles porque suelen producirse en el espacio doméstico. FT ha escrito mucho sobre el encierro y los interiores domésticos, porque siempre se ha interesado por la relación que la mujer tiene con la casa y las adicciones permiten abordar este asunto desde otra perspectiva. Las adicciones constituyen un tema tabú y un síntoma de que algo disfuncional. El ángulo de la adicción le permite a la autora explorar el dolor que, la mayoría de las veces, no se puede nombrar y que llevan a una persona a anestesiarse y evadirse de la realidad: «Me interesaba particularmente pensarlo en las mujeres, es un tema escaso en la literatura, mucho menos común que los hombres: el hombre borracho está ahí fuera haciendo desastres, se prestan para la aventura, también porque está socialmente aceptado. Mientras, la mujer borracha es un tema tabú, muy estigmatizado, un secreto familiar muy doloroso. Se convierte en una cosa de cajas chinas donde todos estamos ocultando todo. Me interesa todo lo que pasa dentro de las casas, cuando en vez de lugar seguro son escenario de microviolencias y dolores soterrados».

En sus cuentos y en algunas novelas (como Mugre rosa, 2020) deja claro que el mal que alguien padece individualmente tiene que ver con los demás, pues tienen que ver con las estrategias que la sociedad adopta para encarar la vida, la diversión, el descanso, el trabajo o la maternidad…. «Siempre he trabajado en un espacio fronterizo, como se ve en La azotea, entre lo personal y lo colectivo, entre el individuo y la naturaleza. Lo más interesantes es cuando estas fronteras se rompen y nos enfrentamos a decisiones que nos van a marcar toda la vida». Otro factor importante dentro del libro es la figura o la representación del calor. Es, al fin y al cabo, un hilo narrativo que retrata la asfixia que tan bien consigue FT. Igualmente las refeencias a los perros, que permiten, como se ha visto, potentes metáforas y agudas comparaciones. Lo mismo se puede decir de la aparición de balnearios como lugares de pausa y alivio. Y en cuanto a las relaciones, destacar que predominan las establecidas entre mujeres, desde la amistad al amor homoerótico. Por cierto, señalar también el frecuente anonimato de las narradoras femeninas, generalizando así sus circunstancias y peripecias.    

Pero sin duda alguna se puede decir que este es un libro de relatos relacionados con la escritura. Varios se inscriben en lo metaliterario, en varios cuentos aparecen escritores y escritura en el relato. Pero el interés de FT no solo se circunscribe a lo metaliterario. La reflexión sobre el quehacer literario, las posibilidades de escribir cobran una gran relevancia, porque no solo se trata de escribir, sino también de hacerlo siendo mujer: la metáfora del miembro ausente también puede verse, bajo una lectura psicoanalítica, como un dolor de género. Sea como fuere, la escritura es un tema central de los relatos y, en concreto, la escritura de las mujeres. Partiendo de la presunción de que lo que deben escribir las mujeres son diarios o textos autobiográficos, FT reivindica la escritura como algo propio de la mujer, reivindicación que tiene algo de generacional. «Parto de mi propia experiencia: la escritura es algo que me pertenece, pero donde nací no era algo que me fuera dado. Yo tuve que afirmarme como escritora. A pesar de haber publicado ya libros, no me definía como tal: decía que escribí o publiqué un libro, pero no como escritora, sino traductora o profesora. Un día mi pareja me dijo: ʺ Por qué no pones que eres escritora?ʺ»

«Nadie, ni presente ni ausente, es real. Todos somos creaciones en la imaginación de alguien más.»

lunes, 16 de marzo de 2026

EL RUIDO DE LAS COSAS AL CAER

 

«EL RUIDO DE LAS COSAS AL CAER»
Juan Gabriel Vásquez (2011)



«No hay manía más funesta, ni capricho más peligroso, que la especulación o la conjetura sobre los caminos que no tomamos.»

 

Cuando Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973), a los 38 años, recibe el premio Alfaguara 2011 había publicado con anterioridad un libro de relatos, Los amantes de Todos los Santos; dos novelas, Los informantes e Historia secreta de Cartagena; una colección de ensayos, El arte de la distorsión, donde e incluían el ensayo ganador del Premio Simón Bolívar en 2007 y una biografía corta de Joseph Conrad. Er columnista de El Espectador y desde 1999 residía en Barcelona.

EL RUIDO DE LAS COSAS AL CAER (2011) cuenta, a través de la historia de un solo individuo, la inopinada incorporación de Colombia en el hecatombe del narcotráfico: los personajes se ven introducidos en ese torbellino de forma gradual, apacible, con cierta naturalidad y casi inadvertidamente. El proceso se inicia, como suele ocurrir, con lo que no dejaba de ser una falta leve, una infracción menor (el menudeo de marihuana), pero la situación se irá agravando a medida que se convierta sin paliativos en tráfico de estupefacientes y el dinero obtenido por la acción delictiva se incremente exponencialmente. Las autoridades comenzarán entonces a intervenir y los peones de los grandes capos de la droga, como el personaje central, Ricardo Laverde, irán siendo detenidos la Agencia Antidroga Norteamericana (DEA) y encarcelados en prisiones estadounidenses por el comercio ilegal.

HISTORIA ÍNTIMA COLOMBIANA

Para ello, la trama parte de la vida de Antonio Yammara, un joven profesor universitario de Derecho que tiene frecuentes escarceos sentimentales con sus alumnas. Con una de ellas, Aura, formalizará la relación y tendrán una hija, Leticia. Incidentalmente entabla relación en un billar del centro de Bogotá con el misterioso Ricardo Laverde, un hombre ya maduro con el que conversa y del que se sabe poco sobre su pasado. Aunque la acción transcurra entre 1996 y 1999, en la narración se producen (especialmente en 1999) constantes retrocesos a los años '70 y '80. A través de las indagaciones realizadas por Antonio, se refiere la genealogía familiar (abuelos y padres) de Ricardo, así como también el mundo doméstico de este insondable personaje, es decir, el mundo de su mujer Elaine y el de su hija Maya, coprotagonistas de la novela. La trama se articula como un constante y desordenada analepsis (retrospectivas o flash-back) cuyas piezas Antonio necesita reordenar en su cabeza para dotar de sentido a su vida, que se ha visto alterada a raíz de su casual encuentro con Ricardo en 1966. Porque la incipiente y distante relación entre ellos tiene un punto de inflexión un día, cuando al salir de la Casa de la Poesía, la antigua residencia del poeta modernista José Asunción Silva (cuyos versos se integran al desarrollo de la acción), ambos serán tiroteados. Laverde, que había acudido allí para poder escuchar una cinta de audio, muere y el protagonista resultará gravemente herido.

Tras una larga temporada hospitalizado, en 1998 Antonio se ve impulsado a descubrir quién era en realidad aquel hombre que murió a su lado. Una primera aproximación le lleva a la pensión donde vivió y a una patrona que posee la cinta que Laverde escuchó poco antes de morir: se trata de la caja negra de un avión comercial que acaba estrellándose, muriendo todos los pasajeros: La cinta recoge la conversación de los pilotos entre ellos y con la torre de control.

A partir de ahí, Laverde pasa a convertirse en auténtico protagonista que, poco a poco se va desvelando, tanto a través de las pesquisas de Antonio como también a través de su hija Maya, convertida en apicultora en una pequeña hacienda, próxima al río Magdalena, que su padre le regaló a su madre: un auténtico paraíso, según Elaine se la describe a su familia en una de sus cartas.

Ambos van reconstruyendo, gracias a un baúl de papeles diversos, cartas y recuerdos, partes de la personalidad de Ricardo Laverde, un apasionado de la aviación, encarcelado durante 20 años en una prisión estadounidense, hecho que Elaine le ocultó a su hija, diciéndole desde niña, que había muerto.

Tan intenso es el deseo de Antonio de comprender lo que tres años antes le había sucedido en aquel atentado que se arriesga a perder la relación con su pareja y su hija, pese a que según dice, sean la razón de su vida. Es un amor sin excesiva pasión, narrado por alguien que huye de cualquier atisbo romántico. De hecho, sus difíciles relaciones culminarán con el abandono de Ariel y Leticia del domicilio familiar.

Aunque apenas se revela su vida interior o privada, Antonio y Maya se juzgan producto generacional de los inicios de la Colombia del narcotráfico, cuando Laverde viajaba en pequeños aviones cargados de droga al interior de Estados Unidos.

Por contra, se despliega con bastante más profundidad la vida de una incauta Elaine/Elena y de los Cuerpos de Paz norteamericanos que actúan en el interior del país colaborando en su desarrollo. En esta línea argumental entra el personaje del cooperante Mike Barbieri, uno de los instructores de Elaine y, años después, colaborador de Laverde en sus actividades delictivas. Quizá sea el personaje mejor caracterizado y desde luego el que vive, por una parte, un simbólico proceso inicial de adaptación y otro posterior de desapego al país.: y, por otra, un profundo amor por su marido, aun conociendo sus actividades (de hecho regresa junto a él cuando sufre el accidente mortal de aviación).

Resaltan en la trama dos guiños autorales curiosos. Por una parte, la apreciación que Elaine hace a sus padres sobre Cien años de soledad: título exagerado y melodramático/.../ he tratado de leerlo, juro que he tratado, pero el español es muy difícil y todo el mundo se llama igual. Y, por otra, la visita de Maya y Antonio a las antiguas posesiones de Pablo Escobar, que incluía un zoológico, en ese momento abandonado y custodiado por el ejército. Episodio que supone uno de los fragmentos más logrados de la obra.

ESTILEMAS Y VOCABLOS 

El ruido de las cosas al caer puede considerarse una novela compleja en cuanto a su estructura, narrada en tono de (falso) thriller (político) y con toda una serie de capas que van más allá de la mera anécdota: JGV utiliza una trama poliédrica para dejar vislumbrar, sin que el lector apenas llegue a advertirlo, el origen y desarrollo del tráfico de drogas en Colombia, adentrándose en un mundo y un tiempo ingenuos, pero viciados. Pretende, en un primer nivel, relatar una compleja historia sin desenlace, salvo el fracaso vital de al menos dos generaciones, mediante el uso de varios tiempos que se van entrecruzando, la sucesión de ambientes y paisajes y, sobre todo, un estilo siempre al servicio de lo narrado. Nunca se adorna ni pretende deslumbrar, aunque bien es cierto que no adolezca de momentos líricos

Sin duda, una de las características capitales de la literatura de JGV es el estilo tan particular de su prosa, donde las palabras fluyen y llevan de la mano al lector. Como en ese fragmento en que describe el súbito proceso de corrupción de los veteranos de los Cuerpos de Paz: esos lugares, donde unos veteranos de los Cuerpos de Paz, que acababan de pasar tres años en el Cauca y en Putumayo, se habían convertido de la noche a la mañana en expertos en éter y en acetona y en ácido clorhídrico, y donde se armaban ladrillos de producto que podrían alumbrar un cuarto oscuro con su fosforescencia. O aquel otro en que Antonio transmite su enamoramiento al hablar de lo que Aura está suponiendo para él: Aura, aquella mujer extraña que se acostaba conmigo en las noches y comenzaba a soltar anécdotas propias o ajenas, y al hacerlo fabricaba para mí un mundo absolutamente novedoso donde la casa de una amiga olía a dolor de cabeza, por ejemplo, o donde un dolor de cabeza podía perfectamente saber a helado de guanábana.

Pero además de la cuidada belleza formal, otro de los rasgos estilísticos del autor es el sentido del humor, también presente aquí. Pese a los graves temas que toca, intercala detalles de humor inteligente., como el nombre de la coprotagonista, Maya Fritts, que se dedica, cómo no, a la apicultura; o el episodio, un tanto iconoclasta, en que Antonio se duerme durante la proyección de Simón del desierto, película de culto de Luis Buñuel: había un ciclo de Buñuel, esa tarde daban, me dormí a los quince minutos.

Por otra parte, como nos suele ocurrir a los lectores españoles con la literatura hispanoamericana, los americanismos propios del habla de la zona geográfica del autor tienden a enriquecer, desde nuestro punto de vista comunicativo, el escrito. Como es lógico, la singularidad terminológica de JGV reside en el uso de modismos colombianos en los diálogos de los personajes o en las descripciones del narrador. Sin duda resulta gratificante esa profusión de palabras que, a la vez que nos suscitan cierta dificultad de comprensión lectora, despiertan nuestra curiosidad y complacencia al comprobar la variedad del idioma en el mundo; además de percibir la enorme musicalidad de buena parte de esas palabras: aventón (acercar a alguien a un lugar), bañadera (bañera), berma (arcén), remezón (terremoto suave), ruana (poncho sin mangas), timón (volante), trancón (embotellamiento), entre otros. También recurre a muchos anglicismos, algunos adoptados tal cual, como coach (entrenador), joint (porro) o site training (lugar de preparación para algo); mientras que otros los utiliza con su correspondiente adaptación gráfica y fonética españolas, como overol (mono de trabajo o de vestir), palabra derivada de la unión en un solo vocablo de dos procedentes del inglés ('over' y 'all').

REMINISCENCIAS 

Desde el mismo comienzo de la lectura, La novela me ha recordado al Roberto Bolaño de Estrella distante (1996) por su acusado paralelismo argumental y temático. Bolaño se servía de un narrador anónimo para contar la penetración del fascismo y el terror en Chile, a través de la historia de un misterioso y atrayente personaje, Alberto Ruiz-Tagle, que en realidad era un piloto (otra casualidad) de La Fuerza Aérea de Chile Carlos Wieder, al que se va desenmascarando a medida que avanza el libro y va desplegándose su historia.

Pero la lectura de esta novela no solo me ha llevado a pensar en Bolaño, también me ha resonado a Gabriel García Márquez. Desde frases que remiten a Crónica de una muerte anunciada –1981– (El día de su muerte, a comienzos de 1996, Ricardo Laverde había pasado la mañana caminando por las aceras estrechas de La Candelaria, en el centro de Bogotá) o a Cien años de soledad –1967– (Mucho más tarde, recordándolos para su hija o para sí misma, Elaine tendría que aceptar), entre otras. A algunas construcciones sintácticas, como las repeticiones de unas mismas frases para introducir oraciones sucesivas con la intencional pretensión estilística de producir un efecto rítmico, que evoca la escritura de García Márquez:

Bien lo sabía él.

Bien lo sabía él, que acompañó a Ricardo (...).

Bien lo sabía él, que estaba junto a Ricardo cuando (...).

Bien lo sabía él, que ayudó con sus propias manos a (...).

Bien lo sabía él, que vio despegar el Cessna y (...).

Bien lo sabía él.

Bien lo sabía él, que doce horas antes de llegar a (...).

De todos modos, el propio JGV suele repetir, cuando se le compara con Gabriel García Márquez (no hay que olvidar que una parte de la crítica en sus comienzos le consideró como el nuevo García Márquez): «ningún escritor colombiano que tenga un mínimo de ambición se atrevería a seguir por los caminos ya explorados por la obra de García Márquez; pero ningún escritor con dos dedos de frente despreciaría las puertas que esa obra nos ha abierto, las libertades que nos ha heredado

Si bien la estela de la novela no se reduce a García Márquez, sino que se inscribe en el marco de la literatura colombiana, a la que JGV claramente homenajea. Homenaje que, aparte de las alusiones que hace al premio Nobel y a su obra cumbre, se manifiesta en las referencias directas a consagrados escritores colombianos como León de Greiff; Aurelio Arturo, poeta al que hace referencia en la última de los seis partes que conforman el libro; o José Asunción Silva, cuyos versos (pertenecientes a su poemario Nocturno III –1891–) van entremezclándose con la audición privada que en ese momento Ricardo Laverde está haciendo de una cinta de audio, un instante central (y esencial) en el desarrollo de la trama. Una noche / una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas. (…).

POSTALES DESDE EL NARCOTRÁFICO

En cuanto a la temática del narcotráfico y sus consecuencias, conviene resaltar la notable distancia que media entre la novela de JGV y brillantes acercamientos anteriores como son Leopardo al sol (1993) de la colombiana Laura Restrepo, La virgen de los sicarios (1994) del colombiano Fernando Vallejo o El poder del perro (2005) del estadounidense Don Wislow, por citar las más sobresalientes.

La de Restrepo, considerada una de las mejores novelas colombianas sobre el narcotráfico, tienen como tema a dos familias enfrentadas cuyo motor es la venganza durante el momento de esplendor del tráfico de marihuana previo a la aparición de Pablo Escobar; abordados con un realismo con toques de superstición y magia como método literario: se puede decir que es una novela todavía cercana (y deudora) de la literatura de Gabriel García Márquez

La de Vallejo, se acerca al mundo de las drogas, mafias y violencia que caracterizaron el Medellín de lo '.90 a través de un intelectual cincuentón que, tras 30 años ausente, regresa a su ciudad natal y establece una relación sentimental con un adolescente, que resulta ser sicario de las comunas populares de Medellín, lo que da pie a la recreación de la atmósfera de violencia y homicidio causado por las guerras urbanas del narcotráfico; escrita en primera persona oscila entre un estilo casi poético en alternancia con el descarnado y crudo lenguaje local y la jerga de los sicarios: novela más alejada de la estela de García Márquez y más próxima al thriller negro.

Finalmente, la de Wislow, inscrita en el thriller norteamericano con elementos del literatura documental, cuenta las peripecias de una serie de personajes relacionados con el tráfico de drogas, los cárteles y la violencia en México desde ambos lados de la ley, donde los límites siempre resultan difusos; al tiempo que introduce una dura crítica a las políticas norteamericanas contra la industria de la droga y a la permisividad que se tiene con organizaciones que formando parte de la estructura criminal de los cárteles reconvierten sus operaciones mediante la modernización.

La de JGV, sin embargo, se centra en dos familias a las que el narcotráfico afecta profundamente a través del miedo en un tiempo donde la violencia va cediendo paso a la cicatrización de las heridas. En suma: un relato sobre el miedo contado con un realismo reflexivo, que incluye breves y significativos momentos de evocación. El miedo a salir de noche o salir a la calle; miedo de recordar; miedo cada vez que se ve una sombra o se oye un ruido; miedo a que el cuerpo no responda; miedo del futuro… Miedo a la vida. Miedo porque un buen día, paseando con un conocido por Bogotá, desde una motocicleta unos sicarios les dispararon, matando al acompañante y dejándole herido a él. Y luego el miedo como un eco permanente.

Ahí están plasmadas las tribulaciones de una generación que durante su infancia y adolescencia padeció el horror de la violencia del narcotráfico, y que intenta a desprenderse de él. Violencia legal y también paramilitar: violencia del Ejército contra los cárteles y contra el frente guerrillero, de éstos contra el Estado. Diez años, de la que apenas parecen salir. Porque parece que todo ha finalizado ya: la guerra tal vez acabó, pero el miedo y sus secuelas permanecen como cicatrices indelebles. Cuando la violencia ha decrecido, cuando el ruido de las bombas y la metralla en las calles solo es un recuerdo, El ruido de las cosas al caer supone un ejercicio de memoria histórica para los colombianos y una advertencia para todos los demás sobre lo que ocurre cuando nos dejamos llevar pensando que con pequeñas trasgresiones, pequeñas cesiones de derechos nada puede pasar. Ese es el valor de la literatura: mientras la memoria se va desvaneciendo, las obras literarias permanecen como testimonios elocuentes del presente que vivimos.

OTRAS CAPAS, OTROS TEMAS

En otro nivel, JGV toca un tema infrecuente, y para mí poco conocido más allá de la canción Who Needs the Peace Corps? de Frank Zappa (corte del álbum We’re Only in It for the Money de 1968): el relativo a los llamados Cuerpos de Paz norteamericanos, creados en 1961 por el presidente John Fitgerald Kennedy: [la historia] comenzaba en agosto de 1969, ocho años después de que el presidente John Fitzgerald Kennedy firmara la creación de los Cuerpos de Paz. Esa entidad formada por jóvenes voluntarios que se desplazaban a países en desarrollo para mejorar la vida de sus ciudadanos. Aquí representada por Elaine, que llega a Colombia en 1969 formando parte de una de las remesas de aquellos jóvenes idealistas. Paradójicamente, al estar muchos imbuidos de antiamericanismo por su oposición a Richard Nixon y a la sangrienta guerra de Vietnam, en muchas ocasiones hicieron causa con los campesinos colombianos y colaboraron con ellos en la mejora de los cultivos de marihuana para que su rendimiento fuese mayor (caso de Mike Bandini, otro personaje de Los Cuerpos de Paz:). Y lo mismo hicieron, instruyéndoles en la fabricación de la pasta de coca, cuando la droga solicitada por los narcotraficantes desde USA fue la cocaína.

Por otra parte, la novela ofrece, a diverso nivel, abundantes detalles sobre la vida y la historia de Colombia: desde la mención a algunos de los asesinatos políticos ejecutados por sicarios de los narcotraficantes, como Pablo Escobar al que se hace referencia en varias ocasiones: Yo tenía catorce años esa tarde de 1984 en que Pablo Escobar mató o mandó matar a su perseguidor más ilustre, el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla. Narcotraficante que, además de indudablemente temido, era también apreciado por muchos compatriotas (algunos de los cuales trabajaban para él). Entre las referencias a este personaje, la novela recoge una anécdota poco conocida fuera de Colombia y que da la medida de la colosal cantidad de dinero acumulada por Escobar con el tráfico: Era la Hacienda Nápoles, el territorio mitológico de Pablo Escobar, que en otros años había sido el cuartel general de su imperio y había quedado abandonada a su suerte desde la muerte del capo en 1993. La Hacienda Nápoles contenía una reserva zoológica con animales de todas las procedencias del mundo, que era visitada por excursionistas de todo tipo, niños incluidos

Otro aspecto, claramente reflejado e íntimamente relacionado con ese ambiente generalizado de violencia que vivió el país, reside en el progresivo proceso de envilecimiento de la ciudadanía, cuya manifestación palmaria fueron las toleradas y generalizadas mordidas, tal como se deja cuando las pesquisas indagatorias que realiza Antonio solo se hacen posibles dejando unos pocos billetes en manos de policías y funcionarios públicos. Por contra, la novela no hace referencia a las guerrillas y grupos paramilitares que han venido condicionado la vida del país durante décadas. Guerrillas que abiertamente sufragadas mediante del tráfico de drogas. Tampoco hace referencia a la implicación que los señores de la droga, como la del propio Escobar, en esos movimientos guerrilleros. Sobre todo, teniendo en cuenta que el tráfico de drogas resulta esencial para el desarrollo de lo que les ocurre a los personajes (tanto a la pareja Elena-Ricardo, como después a Maya y Antonio). Habrá que esperar más de un decenio para que, de la mano de la historia del cineasta colombiano Sergio Cabrera y su familia, JGV entre de lleno en la revisión del mundo de la guerrilla colombiana con (la que posiblemente sea su mejor novela) Volver la vista atrás (2024).

Ahora bien, un aspecto muy bien recogido es la plasmación literaria de su ciudad natal, Bogotá, que la convierte en un espacio dramático con matices que responden más a la caracterización de un personaje que a la descripción de un mero telón de fondo.

El ruido de las cosas al caer es una novela compleja de sugerentes cabos sueltos, pues no cierra los temas, permitiendo que el lector conjeture más allá de lo que se le relata. Una posible clave de lectura la proporciona el propio autor cuando dice que Recordar cansa, esto es algo que no nos enseñan, la memoria es una actividad agotadora, drena las energías y desgasta los músculos.

¿Qué ruido hacen las cosas al caer? Depende de qué sea lo que cae. El estruendo de un avión al caer es terrible, en esta novela donde caen varios aviones. El primero, en 1938, en una exhibición aérea, donde un héroe de la aviación colombiana intenta hacer una pirueta y estrella su avión, hiriendo en el rostro al padre de Ricardo Laverde. Otro avión es el que hace estallar Pablo Escobar creyendo que en él viajaba César Gaviria, heredero de los ideales de Lara Bonilla, un juez que se opuso a Pablo Escobar y fue asesinado. El tercero es la clave (por a quién lleva y a quién afecta) de la novela: cae alrededor de la página 83 y no deja de mantener su eco hasta el final. Es al que alude el título: Es el ruido de las cosas al caer desde la altura, un ruido interrumpido y por lo mismo eterno, un ruido que no termina nunca, que sigue sonando en mi cabeza desde esa tarde y no da señales de querer irse, que está para siempre suspendido en mi memoria, colgado en ella como una toalla de su percha. / Ese ruido es lo último que se oye en la cabina del vuelo 965.

 

«Colombia produce escapados, eso es verdad, pero un día me gustaría saber cuántos de ellos nacieron como yo y como Maya a principios de los años setenta, cuántos como Maya o como yo tuvieron una niñez pacífica o protegida o por lo menos imperturbada, cuántos atravesaron la adolescencia y se hicieron temerosamente adultos mientras a su alrededor la ciudad se hundía en el miedo y el ruido de los tiros y las bombas sin que nadie hubiera declarado ninguna guerra, o por lo menos no una guerra convencional, si es que semejante cosa existe.»

GRAN BAR DISTOPÍA

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