«MIEMBRO FANTASMA»
Fernanda Trias (2026)
«Las palabras y las piedras son la misma cosa.»
URUGUAYA EN COLOMBIA
MIEMBRO FANTASMA reúne
diez relatos de Fernanda Trías (Uruguay, 1976) que ya forma parte del círculo
de autoras latinoamericanas que están renovando la narrativa global tras la
consagración internacional de su novela El monte
de las furias (2025). Tras pasar un mes en la residencia de la Costa
Brava de la Fundación Finestres, Fernanda Trías (FT)
presenta este libro de relatos donde habla de las dolorosas ausencias y
de los recuerdos que siguen condicionando el presente.
Con este libro vuelve al relato breve tras casi diez años desde su anterior libro
de cuentos, No soñarás flores (2017), pues se había concentrado en la novela, y
lo hace en la editorial Páginas de Espuma. Residente en Colombia, donde da
clases de escritura creativa en la Maestría de Escritura Creativa del Instituto
Caro y Cuervo, la escritora viene de ganar por segunda vez el premio Sor Juana
Inés de la Cruz que otorga la FIL de Guadalajara (México), esta vez por su
novela El monte de las furias, que ya
había obtenido en 2021 con la novela Mugre rosa,
que también había recibido el Premio Nacional de Literatura en 2020, el
Bartolomé Hidalgo en 2021 y el British PEN Translates Award en 2022, además de
haber estado nominada
a los National Book Awards 2024 en Estados Unidos. Anteriormente La azotea (2001) obtuvo el
British PEN Translates Award en 2020. «El reconocimiento externo
ayuda, pero no basta. Hasta que no tenés el convencimiento interno que te
permite afirmarte como escritora no podés reservar tiempo para dedicarlo a la
escritura. No terminas de estar convencida de que es a la escritura a lo que te
debes dedicar. Esta lucha de tantos años es la que me ha llevado a reflexionar
sobre esta cuestión y a introducirla en mis relatos.»
EL ESTILO FEMENINO
De
extensión y desarrollo variable (de 4 a 21 páginas), los 10 cuentos que incluye
el libro se ven vinculados por la metáfora del título: el síndrome del miembro
fantasma, como todo aquello que, aunque ya no tenga existencia física, sigue
doliendo. La latencia de ese dolor en estas relatos se mantiene por un duelo,
la pérdida de un amor, el alejamiento de una amiga, la huella de una injusticia
o una historia no cerrada que se quiere recuperar. Pero estos relatos van más
allá, pues también proclaman la posibilidad de transformar ese dolor en literatura,
historia contada y a través de ese acto encontrar cierta redención.
Los
diez cuentos están escritos con una prosa delicada y con un planteamiento
inspirador, con tramas que presentan amputaciones mentales y físicas varias, relativas
a carencias sentimentales, desgarros históricos o dependencias adictivas estupefacientes
(como el alcoholismo que aparece en cuatro cuentos). En cada historia hay un
doble protagonista subrepticio: el olvido y la memoria. Los personajes
deambulan con dolores que quedan en lo más profundo; perdidos en la memoria, en
su amplio espacio desconocido.
Se podría decir sin temor a equivocarse que estos cuentos tienen como principal cualidad el realismo: la mirada extraña o enrarecida que puede percibirse en novelas como La azotea o, de otra forma, en El monte de las furias, aquí está ausente. En efecto, la mayor parte de los cuentos se presenta de forma realista, con narradores que no hacen dudar de las convenciones o leyes del mundo. Y aunque algunas historias pueden estar próximas de la estética, desnuda y amarga, del realismo sucio de Raymond Carver o su admirado John Cheever, la escritura de FT responde más a una textura narrativa, inmediata y compasiva, como la de Lucia Berlin.
Sin embargo, ninguno de los cuentos responde a estructuras previsibles. No buscan complacer, sino solo invitar, honesta y pródigamente, a observar a unos personajes en momentos de epifanía (revelación íntima) que les lleva a tomar resoluciones tan comprometidas como efímeras. Porque un rasgo definitorio de sus relatos, así como obras suyas previas (como La Azotea, 2001) es la subjetividad de los personajes: «Me han dicho que en mis relatos suele haber un momento epifánico, y estoy de acuerdo en cuanto a que es cierto que en hay un momento en el que se produce un quiebre interno del personaje. A mí me gusta empujar a los personajes hasta un cierto límite, hasta que quedan arrinconados en una esquina y ya no puedan seguir mirando de costado. Entonces deben descubrir quiénes son.»
Ante esta postura autoral uno podría preguntarse si la trama es secundaria. Desde luego, siempre va a tener una función porque en cualquier cuento debe producirse una transformación. El personaje que empieza el cuento no puede ser el mismo que lo termina. Vive un camino de aprendizaje y de comprensión de sí mismo: «A mí me gustan los cuentos así, de construcción de personajes, personajes que nos acerquen a esa complejidad de la existencia más que una simple anécdota que sea buena o entretenida o en sí misma sorprendente. No es tanto la sorpresa lo que me interesa, sino que el lector se asome a esa complejidad, en líneas generales, siempre me ha interesado lo que está profundo no solo en literatura, sino también el en cine. No creo que a la hora de escribir se necesiten de hechos ni de peripecias. La vida de cualquier persona común puede ser un universo interesante de explorar literariamente.» En este sentido recuerda a esa gran cuentista norteamericana a la que admira, Deborah Eisenberg, por su predilección por los cuentos largos caracterizados por la construcción de personajes.
Otro rasgo de su escritura es la recurrencia al triángulo silencio, forma y fondo («Siempre he trabajado con el peso de lo no dicho»). En estos cuentos se percibe una doble historia: la que enuncian los personajes narradores y la que aparece entrelíneas, que apenas se percibe, se materializa gracias a la forma cuento, que posibilita varias lecturas, deja silencios abiertos y tiene una cara visible y otra entredicha. Con ello, FT consigue que, a veces, se tenga la sensación de asistir al momento de la propia escritura del cuento.
Finalmente, apuntar que, aparte del voseo, uso del pronombre "vos" en lugar de "tú" para dirigirse a una 2ª persona del singular de manera informal (¿Y vos qué?), FT no abunda en el uso de modismos hispanoamericanos en los diálogos de los personajes o en las descripciones del narrador. Sin embargo, sus cuentos están salpimentados por la inclusión de palabras que, a la vez que suscitan cierta dificultad de comprensión lectora, despiertan nuestra curiosidad y complacencia al comprobar la variedad de nuestro idioma común; además de percibir la enorme musicalidad de buena parte de esas palabras: buzo [sudadera con capucha], chifa [restaurante de fusión de gastronomía china-peruana], gurisa [niña o adolescente], firuletes [adornos superfluos y de mal gusto], noséquiéncito [una persona cualquiera, desconocida o de poca importancia, equivale fulanito o menganito)], ojito [bizcocho seco de forma circular con dulce en el centro], parlante [altavoz]; pendejo [tonto, estúpido], vereda [acera], entre otros.
También
recurre a muchos extranjerismos (sobre todo anglicismos), algunos adoptados tal
cual, backdrop [telón de fondo utilizado en fotografía, cine,
teatro, eventos y otros medios visuales], backstage [zona situada
detrás de un escenario o pasarela, donde se preparan y esperan su turno quienes
actúan en ellos], bird-watching [observación de aves], grisín
[voz italiana: colín o pico de pan crujiente y de forma alargada.]; mientras que otros los utiliza
con su correspondiente adaptación gráfica y fonética españolas, como drypen
[instrumento provisto de una punta de fibra y una carga de tinta para escribir
o dibujar] palabra
derivada de la unión en un solo vocablo de dos procedentes del inglés ('dry'
y 'pen'), o salvataje [salvamento.]
adaptación fonética del francés 'sauvetage'; e incluso introduce algún
acrónimo como FOMO ['fear
of missing out':
miedo a ser el único que se lo pierda].
MIEMBRO A MIEMBRO
1. Personaje en
construcción
En
ese primer relato, empieza como una parodia y se va volviendo un discurso
metaliterario. Un narrador en tercera persona sigue la vida cotidiana de un
Escritor que quiere convertirse en un autor que no se estanque en un solo
género o en una sola línea temática, sino que anhela moverse por un espectro
mucho más rico de temas que el que maneja: solo escribe sobre treintañeros con
vidas insatisfechas que hacen lagartijas (flexiones) junto a un vaso de
whisky.
Para
auto legitimarse intenta escribir un cuento sobre el Señor Escritor,
describiendo una vida paralela a la suya. El cuento gira en círculo sobre sí
mismo una y otra vez. Pero a medida que avanza el relato el escritor deviene
escritora, y todo se restablece en una nueva clave de valoraciones. En un giro
que recuerda a Virginia Woolf en Orlando,
plantea un cambio de género del protagonista de escritora a escritor y
viceversa, siguiendo el esquema: Escritor – Sr. Escritor - Escritor – Sr.
Escritor - Escritor – escritora - Sr. Escritor – escritora - Escritor – Sr.
Escritor – escritora - Sr. Escritor.
Este
mecanismo invita a pensar cómo es necesario trastocarse para poder escribir
ciertas cosas o sentirte legitimada, pues parece que no es lo mismo ser
escritor o escritora. «En el relato planteo lo de disfrazarse, a través de
la idea de escribir sobre un escritor como lo hacen los escritores. Se trata de
burlarme de la idea neutra del escritor. No existe porque cuando pensamos en
términos universales pensamos la figura del escritor en masculino.»
Plantea
también la imposibilidad de salirse del yo y detenerse en otro, el
ensimismamiento de la profesión: los escritores: hombres cuya máxima
preocupación era crear una obra de valor literario.
Este
tipo de cuento, no parece el más adecuado para servir de introducción a la
colección, pues es sabido que como primer cuento de un libro de relatos se suele
escoger alguno dinámico, impactante o que defina el tono general del libro para
así enganchar al lector rápidamente. Éste, desde luego, no cumple esa función.
El propio título ya apunta lo que el lector descubre con su lectura: un relato
en construcción, que no conduce ninguna parte más allá del guiño metaliterario:
Si pudiera escribir un cuento sobre otro escritor, pensó, lograría
demostrar su solvencia en recursos metaliterarios (p. 11).
La
propia FT lo califica de «divertimento
para cuestionar los clichés sobre qué es ser un escritor serio A las mujeres se
les asocia con la escritura de lo doméstico. Es como si la imaginación nos
estuviera negada. Hay muchísimos ejemplos de escritores que han escrito sobre
escritores: Bolaño, Piglia, Borges, Vila-Matas. Pero no se piensa que se trate
de textos autobiográficos. Este relato es una forma de reflexionar sobre las
cosas que se nos imponen como escritoras y la lucha que tenemos que llevar para
escribir de lo que queremos escribir.»
2. El orador
¿Cuál
fue tu fondo? (p. 29), pregunta el orador del título a
la narradora subjetiva del cuento en el contexto de una conversación sobre la
desintoxicación o la abstinencia de una adicción, pues el relato va sobre una
reunión de adictos en recuperación. La narradora, que asiste por primera vez a
este tipo de reuniones, no quiere estar en aquel salón subterráneo,
escuchando la historia de ese orador cincuentón y su internamiento en una
clínica tras haber llegado a su fondo. Sin embargo, no puede marcharse,
pues ha prometido a su hermana Maite que
iría, y siendo vecinas, estaba segura de que estaría pendiente del reloj, del chasquido
de la llave y de sus pasos en la escalera.
En
referencia al tema de la adicción, la narradora muestra un sentimiento íntimo que,
aunque inicialmente parece poco trascendente, alcanza una cierta profundidad de
cara al final: la negación (completa o parcial) a la sobriedad, como si ese
insostenible la existencia bajo tales condiciones.
Tampoco
este cuento parece conducir a nada, dando la sensación de ser un relato perdido
que, como sus personajes, fluye poblado de frases perspicaces, pero que se
detiene cuando la trama cambia de tercio.
3. Ciclón
Uno
de los relatos más extensos (20 páginas) y quizá el mejor de todo el conjunto (podría
haber sido una buena entrada al libro), rememora en tercera persona (narrador
objetivo) una amistad de infancia que posibilita una iniciación sexual
homoerótica en la pubertad.
En
efecto, el cuento despliega una confusa historia (por sus diferentes
apreciaciones) entre dos amigas de la infancia, Myriam
y Ana María Andrade, que llegaría a
convertirse en una novelista famosa (bajo el seudónimo de Úrsula). Se hizo famosa con la publicación de
una novela autobiográfica, donde recoge la vivencia de un ciclón en el
Campamento Artigas. Libro que se difundió en los medios (radio y televisión) y
que fue adaptado después al cine, donde, según el punto de vista de Myriam, tergiversa los recuerdos del pasado.
Myriam es abuela, han pasado muchos años desde
aquello. Myriam sigue creyendo que lo que Ana María relata en el libro no es cierto. Que
ellas no se besaron, que no había ningún vínculo amoroso, que nada de lo que
cuenta fue real: Ella había releído ese pasaje incontables veces en los
últimos cuarenta o cincuenta años, y por más que hurgara en su memoria, no
encontraba nada que verificara el episodio (p. 46).
Una
llamada inesperada de la asistente de la escritora (pues ha llegado a
tener incluso una asistente), que hospitalizada y en fase terminal, le solicita
a Myriam la posibilidad de un reencuentro.
Esta irrupción inesperada en su vida de la amiga de su infancia, activa la
memoria de la protagonista sobre su pasado, pero también deja entrever sus
mecanismos de olvido y la tergiversación de sus propios sentimientos, al tiempo
que motiva que la verdad finalmente pueda abrirse paso y las amputaciones
ocasionadas por el olvido puedan esclarecerse.
A
medida que el cuento acomete esa experiencia adusta y especial consistente en rastrear
los recuerdos y la memoria de una persona, la historia va tomando formas
redondas y relevantes. Los saltos temporales no resultan un relleno, ni resultan
exagerados. La figura inicial de Myriam (cuyo
nombre desconocemos hasta que han pasado 17 páginas) se va desmoronando y el
lector comprende que Myriam se delata a sí misma al querer borrar a Ana María, su amiga de la infancia, quien, al
final de la secundaria, la trataba con resentimiento anquilosado que había
ido mutando en superioridad (p. 47). Fue por su indiferencia.
Un relato donde lo importante es lo que se recuerda, lo que elegimos olvidar, las historias que no se cuentan y cómo determinados acontecimientos pueden llevar a replantear y reescribir toda una parte de la vida. Todo ello, como metáfora de la manera en que los escritores escriben una historia, la organizan, administran u ocultan la información, dosifican el modo en que van contando: porque lo que se dice es importante, pero lo que no se dice tiene incluso un peso mayor.
En
suma, una historia atravesada por la ficción, que muestra en primer plano la
potencia de la escritura para apropiarse del pasado, retenerlo o incluso
transformarlo.
4. Miembro fantasma
Este relato aparte de dar título al libro y, sin duda, es el cuento corazón, el cuento base, donde los problemas alcanzan mayor complejidad. Ajusta cuentas con la dictadura militar uruguaya (1973-1985) y con el personaje interlocutor, dejando constancia de las desapariciones y traumas históricas que dejó: un exiliado superviviente de la dictadura (el narrador subjetivo) cuenta los recuerdos de su vida a un compatriota anónimo (incógnita que no se despeja, de forma sorprendente, hasta el final) en un bar de un lugar lejano. Mientras lo invita a varias copas de ginebra, le habla de su historia, de su infancia en la dictadura uruguaya, de su cuadra, de los silencios, de vecinos desaparecidos o exilados, de un culpable o responsable, de rencor y dolor pasado, el otro escucha.
El
narrador alterna su historia de represaliado con la de su madre a la que han
amputado una pierna a causa de la diabetes: ¿Le cuento un dato curioso? Mi
madre puede sentir el pie amputado igual que antes en la operación. Al menos
eso dice ella. Puede moverlo, dice, y hasta siente agujas invisibles. Le duele.
Le duele horriblemente. ¡Dígame si la vida no es miserable! Le sacaron el pie,
pero no pudieron amputarle el dolor. Los médicos tienen un nombre para eso,
¿sabe? Miembro fantasma. Así, un encuentro en apariencia casual termina suponiendo
la posibilidad de saldar una deuda con la historia, con la memoria. El pasado
reciente sigue doliendo cual si fuera un miembro fantasma; hay rastros
psíquicos que siguen presentes, que necesitan ser reparados.
Es
un relato con coordenadas espacio-temporales muy definidas: con calles y
delimitaciones de la época de la dictadura. El narrador ve cómo su barrio, su
ciudad, empiezan a desaparecer. Lo mismo sus compañeros de cuadra, su
padre, él mismo. Todo se lo cuenta a un hombre, entre ginebras y chistes. Lo
que no sabe el oyente es que él también forma parte de esa historia. El alcohol
es el mejor psicólogo, dice el narrador. Él convida al psicoanálisis, el otro contrapone
la resaca.
La
historia política de Uruguay, con su dictadura y su represión es un tema
bastante olvidado (incluso, ignorado) fuera del propio país. «Se escribió
mucha literatura de la dictadura cuando se volvió a la democracia, libros de
una generación mayor que yo que lo vivió de otra manera. Porque los que eran
adultos durante la dictadura, que es la generación anterior a la mía, han
escrito mucho sobre eso, pero desde otro lugar, porque la vivieron y la
sufrieron de otra manera. (…). También hay mucha literatura en todo el
Cono Sur de hijos de perseguidos, exiliados, desaparecidos o torturados. (…). Luego
pude ir entendiendo hasta qué punto esa violencia permeaba todo el tejido
social afectando a todo el mundo, incluso a los que la apoyaban.»
El
cuento sacude, porque el alcance del relato no es solo individual, sino
colectivo; no es solo local, sino universal. Trata sobre la dictadura militar
de Uruguay, pero también sobre lo que hacemos con la memoria. El cuento parte
de una experiencia vital: al narrador le pasó algo y fue testigo de las
circunstancias que llevaron a que los vecinos de su cuadra fueran desapareciendo
hasta que la comunidad de su barrio se redujera a lo que quedaba de su familia.
Su historia es individual, pero alude a una memoria colectiva porque los hechos
implicaron a un país. «Durante la dictadura, yo era una niña y no me daba
mucha cuenta. No le podía poner nombre, no lo identificaba, yo no entendía qué
es lo que estaba pasando. Entonces, claro, cómo hacerlo, cómo escribirlo, no
era fácil. Lo difícil es ir encontrando otros ángulos para contar esos dolores.
Intenté aquí ir por un lado diferente, encontrarle otra vuelta de tuerca a lo
que ya sabemos. (…). Creo que en España se está escribiendo mucho sobre la
guerra y la dictadura que ustedes tuvieron, y lo difícil sigue siendo eso, cómo
no ser repetitivo, cómo arrojar una luz diferente. Ese es el desafío que
tenemos.»
En
efecto, este era un tema que la autora llevaba prácticamente toda la vida
queriendo tocar, aunque no encontraba la manera, porque ciertamente no debía
resultarle fácil abordarlo. «Es un cuento en el que llevaba muchos años
trabajando y que me costó mucho escribir. Ha tenido muchas versiones previas;
la primera es del 2016. Ha cambiado mucho salvo en lo que se refiere a las
imágenes principales: la cuadra y los vecinos que desaparecen. Le di muchas
vueltas al texto hasta entender cuál debía ser la estructura, qué historia
tenía que contar y qué vinculo hay entre los personajes. Es uno de mis relatos
más importantes.»
5. Una mujer de su época
La enfermedad es otro de los referentes temáticos de la autora. Otro cuento transicional, bien escrito, pero que no va más allá: narrado en tercera persona una mujer sin nombre (ella) internada en un hospital espera la muerte. Mientras mira por la ventana, observa a un perro tumbado al sol en una plaza y mediante comparaciones (con el perro y su vida) y evocaciones (de la suya) vamos sabiendo que todavía es joven: La enfermera saca la aguja, el cable. Mujer mayor. No digamos que anciana pero arriba de los sesenta. Desde que tiene la certeza de que nunca llegará a esa edad, ella también ha empezado a interesarse por la vejez (p. 68). Y que su vida amorosa no ha sido satisfactoria: Con las mujeres no le fue mejor. La primera, remota y solidaria. La segunda: temerosa y fatídica (p.69). Por eso se abandona a la pequeña conversación con su compañera de cuarto (Porque a veces un extraño puede [proporcionar] cariño pasajero –p. 69–). Conversación que las lleva a preguntarse mutuamente cuánto tiempo les queda y ponerse a fumar y a reír como locas. En fin, ella, el perro, la vida.
6. Intimidad
irremplazable
Segundo
cuento (tras El orador) con el tema
de la adicción como telón de fondo. El fracaso y sinsentido doméstico cotidiano
de la protagonista (otro personaje innominado) solo puede contenerse a fuerza
de la ingesta reiterada de alcohol (whi.sky, cerveza, vino…). En ese contexto,
a lo largo del día en que transcurre el relato inicia un incidental vínculo (intimidad
irremplazable) con un pichón de gorrión que se aloja en el alfeizar de la
claraboya rectangular que da al pozo de aire del edificio. Trasunto que hace
pensar en Mario Levrero y el pajarito de Diario
de un canalla (1986-87) (o la paloma del Diario
de la beca –2005–) y en cómo mediante ese vínculo especial los
personajes de Levrero, y también el de FT, en el fondo buscan cierta forma de
trascendencia, de sentido vital. Los personajes no quedan totalmente
abandonados o desahuciados en la escritura; aunque no haya redención posible,
parece siempre quedar un halo de esperanza.
Ciertamente
el desarrollo del día de la protagonista (a lo largo de 21 páginas) resulta
agobiante, la vaciedad de su vida: ni la relación con su marido, y sus hijos,
ni la relación con sus amistades, personalizada en Aurora: Ella ni siquiera encontraba a Aurora interesante; no
sabía por qué eran amigas y quería creer que el misterio estaba en esas
confidencias que se hacían en el sofá, (…). Ese momento las unía, pero a la
mañana siguiente ella despertaba sintiéndose sola y resentida, pensando que
Aurora era una mujer sin gracia, conservadora, que al fin de cuentas se
quedaba con ella porque se enorgullecía de ser una anfitriona de las de antes.
Andá a saber qué dice de mí después... (p. 73). Por tanto sus reflexiones
están preñadas de pesimismo y falta de confianza en sí misma, estado anímico
que refuerza la adicción que es lo único que la calma. Ahí quedan sus juicios
sobre el matrimonio, la maternidad, el trabajo y la vida en general… Y el día
de mañana, otra redundancia.
7. Si el mundo parara de
hacer lo que hace
Al
igual que el anterior y El orador, este
cuento, aunque incluye la posibilidad de ciertos momentos de redención, también
trata el sufrimiento desde el punto de vista de la adicción.
Escrito
en tercer apersona (narrador objetivo), presta la voz ocasionalmente a dos
narradores subjetivos: Emilia y Julio, respectivamente. Ambos son adictos en
recuperación: Emilia lleva once meses sin
beber y Julio diez. Ambos viven en una
decrépita (y deprimente) residencia en la que la vida no es precisamente fácil,
como advierte Julio: A lo que voy es que
dormí como un bebé, aunque no fueron más de cuatro horas, y a las siete ya
estaba en el taller escuchando la radio a todo volumen y encolando patas de
silla (p. 109).
Con
el telón de fondo del atentado de las Torres Gemelas, ocurrido un año antes del
presente del relato, un ultraje que aún atormenta queda esquematizado en la
pregunta que Julio le hace a Emilia: ¿Vos qué estabas haciendo cuando
cayeron las Torres? (p. 100): ahí se aclara la frustración, el fracaso
amoroso o profesional, ahí se cuestiona el sentido de la vida. Porque ambos
personajes, que vienen de una existencia sórdida, viven aferrándose a lo poco
que tienen. Emilia a la idea de una tía y Julio a una admiración incondicional del Jefe. Personaje que remite al del orador: No pasa un mes sin que vuelva a contar
que un día se arrodilló en medio de la calle, clamándole a su dios, y que desde
entonces lleva una vida útil y feliz (…). Tuvo tiempo de emborracharse durante
el funeral de su madre para no sentir dolor y luego relatar todo eso como parte
de su fondo. (p. 103).
Pero
bajo las apariencias todo se vuelve engaño, mentira: lo primero que
aprendés no es que hay que esperar, sino que hay que mentir. (p. 112). Ahí
está el nihilismo que
se sustanciaba en el final de El orador
y que muestra cómo la iniquidad y dureza de este mundo, sobre todo para ciertas
personas, conlleva su escape a través de las adicciones. De ahí el título y el
pasaje intencional al que remite: Volvemos caminando bajo las estrellas
redondas y en la esquina del centro nos paramos a pintar el muro. Emilia saca
su aerosol de la mochila y escribe: Si el mundo parara de hacer lo que hace...
(p. 109).
8. Grupo de foco
Este
cuento, el más corto (solo cuatro páginas) y quizá el más inadvertido del libro,
no deja de sorprender por lo que esconde tras la apariencia de su aparente
intrascendencia. Como su título indica se trata de un cuento coral (foco de grupo)
en el que varias voces (no sabemos cuántas) en primera persona van
interviniendo en frases cortas (puro diálogo) dotándolo la apariencia gráfica,
el ritmo y el tono de una poesía dramática. Con el telón de fondo de la
pandemia (ficcionado en la trama del cuento de la ficción: ¿De qué va el
cuento? /De la lucha del virus por encontrar huéspedes que no se mueran –p.
114–) y partiendo de un tema metaliterario, pues se abre con una contundente
pregunta: ¿Qué le falta a este cuento? (p. 113), se va desplegando como
una guía de lectura del texto literario que denominamos cuento. Desde los
ingredientes (actualidad, humor…), hasta sus componentes (diálogos, personajes,
trama, enganche…), pasando por los finales (abiertos, sorprendentes…), las
intenciones del autor (entretener, conmover, hacer pensar…), el punto de vista
del lector, la calidad de los cuentos (Ya no hacen cuentos inolvidables –p.
115–), para
acabar con un hilarante, aunque no menos caustico cierre relativo a la fama y
el género. Para cuatro páginas, no está nada mal, ¿eh?
9. De frontera solo el
aire
Los
dos últimos relatos quizá puedan considerarse los más penetrantes
del libro: son los que más dejan traslucir ese algo, esa atmósfera peculiar,
que puede darse en un mundo más desacostumbrado: No obstante, en ellos no se
llega a la ruptura; solo representan una muestra de cómo la realidad puede
convertirse en algo extraño o incluso horrible en sus propias circunstancias.
En ambos los rasgos biográficos de la autora parecen impregnar más la narración
y sus narradoras podrían considerarse, de alguna forma, unos álter ego de la
propia FT, aunque siempre bajo el paraguas
de la ficción.
En
De frontera solo el aire, la narradora
(subjetiva) vive en el límite entre dos barrios de Bogotá, uno rico y el otro pobre.
El cuento se inicia siendo testigo de un asesinato por ajuste de cuentas a
plena la luz del día, que deja un cuerpo abandonado (desgonzado) en
mitad de la calle. En paralelo, la madre de la protagonista, que se encuentra
en Uruguay en plena pandemia, cuida de las cenizas de la abuela y de su padre
hasta que la familia pueda reunirse de nuevo. El cuento, dividido en siete capítulos titulados (Barrio - Cenizas -Superhéroes –
Perro – Mensajes – Asombro - Empresario), analiza el contraste entre
muertes que son objeto de duelo y aquellas en que ni siquiera los cadáveres son
reclamados, entre las vidas que no valen nada, que ni siquiera son noticia y
aquellas otras que se nominalizan, se publicitan y se justifican (aunque sean
deleznables).
Con
la pandemia de fondo se relata la muerte en el barrio pobre, frente a la del
barrio rico. Tan distinta y tan distante: sobre el muerto en el barrio, nada en
ningún momento; sobre el asesinado en el barrio rico, toda clase de detalles a
lo largo de los días. Incluso entre la muerte del asesinado y las muertes de la
pandemia: A este hombre le habían quitado la vida, mientras que los muertos
del virus la habían perdido. (p. 123).
Luego
están (otra vez) los perros. La discriminación de clase se traslada también a
ellos. Los inquilinos de mi edificio salían a pasear a sus perros con
máscaras N95 y cruzaban la calle cuando un vecino del barrio se acercaba en
dirección opuesta con su perro. No permitían que los perros del edificio
olisquearan a los perros del barrio, y las diferencias en cuanto al uso del
tapabocas les daban ahora una excusa válida para alejarse sin sentir vergüenza
de sí mismos (p. 125).
Es
más se utilizan para dos metáforas esclarecedoras. En la primera, para mostrar
la pronta falta de interés por la muerte del barrio pobre: El perro siguió
olfateando el mismo lugar día tras día. (…). Luego vinieron unos días fríos, de
lluvias fuertes, en que el perro tuvo que conformarse con caminar dentro del
estacionamiento del edificio. Cuando volvimos a salir, el perro se mostró por
completo desinteresado en olfatear el lugar donde había yacido el cuerpo, e
incluso se negó a caminar en esa dirección (p. 127)
La
otra tiene que ver también con el interés, pero en este caso de los medios de
comunicación. Deja ver como recogen en sus noticias asuntos como el de los
perros abandonados, pero no el de un pobre asesinado en la calle: Durante la
pandemia, una buena cantidad de perros quedaron huérfanos de dueño. Después de
la pandemia, otros cuantos fueron abandonados. Se habló mucho de eso en las
noticias (p. 132)
La
pandemia sirve también como marco para una interesante y aguda reflexión sobre
los libros y su publicidad, como las editoriales han ido pasando de la
adjetivación hiperbólica a la magia de los números de ejemplares vendidos: Imaginé
el momento en que los editores entendieron que ya no se podía ganar la carrera
de adjetivos: habíamos alcanzado el límite del lenguaje, el tope último de lo
superlativo. Si ya no era posible destacar en lo cualitativo, sí quedaba la
opción de destacar en lo cuantitativo. Ahora, sin ningún pudor, nos estampaban
un número en la cara: treinta y cinco mil ejemplares vendidos, 12.ª edición, Más
de un millón de lectores. Eso, parecía decir la fajilla, hablaba de la
calidad del libro (p. 130).
Por
último decir que se ha escrito que el cuento pueda encerrar una crítica a la
autoficción, al realismo sucio como género prácticamente agotado (por no
decir injuriado). No parece descartable (parece incluso una buena pregunta para
la autora), incluso al principio se da cierto amago de tal rumbo, pero rápidamente
parece abandonarse tal vía variando la atmósfera, el ritmo y la propia historia.
10. Última carta a
Claudia
Este
relato que cierra el volumen, también escrito en primera persona, es una carta
de amor y de despedida donde se aborda el tema de las historias que necesitan
un final. Una escritora se recupera en Bogotá del derrame producido por una
caída y escribe una carta de despedida a una amante (la Claudia del título) que no llegó a novia y que está en
Lima, donde han roto y se han despedido. Carta que es una excusa
para comunicarse con ella: Te escribo esta carta, Claudia, para nombrarte
con una excusa válida (p. 142), porque en realidad no ha dejado de
quererla.
Carta
que es también una terapia para la amnesia producida por el golpe: como un
ayudamemoria, porque vos estás en Lima y yo no estoy en ninguna parte, que es
el lugar del olvido. (p. 135). Mientras la protagonista hace ejercicios de
recuperación, sabe que Claudia se ha casado:
de hecho la carta contiene varios reproches, desde el sexual (después
esperabas que reconociera la ofrenda –p. 138–) hasta el comunicativo (Lo
que no le dijiste es que seguís tomando las pastillas anticonceptivas, mientras
él sueña con mamaderas y rebozos. «La familia se elige», decías vos, pero nunca
me elegiste a mí, y al parecer tampoco lo elegís a él –p. 139–).
La carta encierra además el borrador de un
cuento inacabado: otra vez metaliteratura, un cuento dentro de otro cuento. Mecanismo
que le sirve a FT para reflexionar sobre la
literatura, en general, y los cuentos, en particular. Ahí está la reflexión
sobre los orígenes incidentales de los cuentos: hasta le conté a Juanita una
idea para un cuento: «Imaginate que al escanearte el cerebro pudieran ver tu
pasado, tus ideas, tus pensamientos más secretos. O imaginate que solo pudieras
escanear el cerebro de una persona, ¿a qué persona en el mundo elegirías vos?».
(…): «Algún día voy a escribirlo» (p. 139). O la pulsión
lectora hacia el final de las historias: Serías incapaz de dejar un libro
sin terminar, como hago yo, y quién te dice
que eso no me haya servido para retenerte un poco (p. 140). Incluso a
través de las cita, en este caso de unos versos de El
abismo de Mario Benedetti: no hay para qué imaginar ni
inventar nada. / Con mirar basta (p. 143).
Ficción
dentro de la ficción que se aborda en un territorio desplazado, donde la
comparación de las montañas de Lima y las de Bogotá culmina con la potencia de
una invocación poética en que la narradora, se siente montaña: Las montañas
todavía se ven… Tienen esa dignidad de la roca que me abisma. Ese silencio. No
como el mar, que siempre está diciendo algo (p. 145). Porque las montañas
de este relato son las mismas montañas de El
monte de las furias (2025): «Escribí lo cuentos mientras estaba
con El monte de las furias, una novela en la que, igual que ese cuento, la
presencia de Bogotá me permite introducir personajes fronterizos.»
En
fin, todo un ejercicio de metaliteratura. No en vano es el relato
que cierra el libro, pues se suelen elegir para ello cuentos que ofrezcan una
sensación de conclusión, ya sea un final feliz, triste, abierto o un relato que
resuma el tema central, como es el caso.
TEMÁTICA RECURRENTE
El alcoholismo ocupa la temática de al menos cuatro cuentos. Por cierto, la mencionada cercanía a Lucía Berlín no se reduce solo al estilo, sino sobre todo por el hecho de que Berlín ha escrito mucho sobre mujeres alcohólicas y adictas y fracasadas. La adicción, el alcoholismo o el consumo de sustancias ha sido poco abordados desde una perspectiva femenina: la sociedad acepta de modo muy diferente estos consumos en el caso de los hombres y en el de las mujeres (a las que castiga o al menos estigmatiza por ello). Para la Organización Mundial de la Salud las adicciones son enfermedades, pero la sociedad, sobre todo en el caso de las mujeres, las considera consecuencia de una falta de voluntad o una actitud hedonista, obviando que son resultado de un enorme sufrimiento interior.
En el caso de las mujeres las adicciones pueden resultar invisibles porque suelen producirse en el espacio doméstico. FT ha escrito mucho sobre el encierro y los interiores domésticos, porque siempre se ha interesado por la relación que la mujer tiene con la casa y las adicciones permiten abordar este asunto desde otra perspectiva. Las adicciones constituyen un tema tabú y un síntoma de que algo disfuncional. El ángulo de la adicción le permite a la autora explorar el dolor que, la mayoría de las veces, no se puede nombrar y que llevan a una persona a anestesiarse y evadirse de la realidad: «Me interesaba particularmente pensarlo en las mujeres, es un tema escaso en la literatura, mucho menos común que los hombres: el hombre borracho está ahí fuera haciendo desastres, se prestan para la aventura, también porque está socialmente aceptado. Mientras, la mujer borracha es un tema tabú, muy estigmatizado, un secreto familiar muy doloroso. Se convierte en una cosa de cajas chinas donde todos estamos ocultando todo. Me interesa todo lo que pasa dentro de las casas, cuando en vez de lugar seguro son escenario de microviolencias y dolores soterrados».
En
sus cuentos y en algunas novelas (como Mugre
rosa, 2020) deja claro que el mal que alguien padece individualmente
tiene que ver con los demás, pues tienen que ver con las estrategias que la
sociedad adopta para encarar la vida, la diversión, el descanso, el trabajo o
la maternidad…. «Siempre he trabajado en un espacio fronterizo, como se ve
en La azotea, entre lo personal y lo colectivo, entre el individuo y la
naturaleza. Lo más interesantes es cuando estas fronteras se rompen y nos
enfrentamos a decisiones que nos van a marcar toda la vida». Otro
factor importante dentro del libro es la figura o la representación del calor.
Es, al fin y al cabo, un hilo narrativo que retrata la asfixia que tan bien
consigue FT.
Pero sin duda alguna se puede decir que este es un libro de relatos relacionados con la escritura. Varios se inscriben en lo metaliterario, en varios cuentos aparecen escritores y escritura en el relato. Pero el interés de FT no solo se circunscribe a lo metaliterario. La reflexión sobre el quehacer literario, las posibilidades de escribir cobran una gran relevancia, porque no solo se trata de escribir, sino también de hacerlo siendo mujer: la metáfora del miembro ausente también puede verse, bajo una lectura psicoanalítica, como un dolor de género. Sea como fuere, la escritura es un tema central de los relatos y, en concreto, la escritura de las mujeres. Partiendo de la presunción de que lo que deben escribir las mujeres son diarios o textos autobiográficos, FT reivindica la escritura como algo propio de la mujer, reivindicación que tiene algo de generacional. «Parto de mi propia experiencia: la escritura es algo que me pertenece, pero donde nací no era algo que me fuera dado. Yo tuve que afirmarme como escritora. A pesar de haber publicado ya libros, no me definía como tal: decía que escribí o publiqué un libro, pero no como escritora, sino traductora o profesora. Un día mi pareja me dijo: ʺ Por qué no pones que eres escritora?ʺ»
«Nadie, ni presente ni
ausente, es real. Todos somos creaciones en la imaginación de alguien más.»

