miércoles, 13 de mayo de 2026

LA CLASE DE GRIEGO

 

«LA CLASE DE GRIEGO»
Han Kang (2011)

 


«¿No será que esa fascinación que sintió por la lengua, a tal punto que es el primer recuerdo que conserva, se debe a que supo de manera instintiva que el lazo que une el lenguaje y el mundo es terriblemente débil?»

 

LA MIRADA DE UNA PREMIO NOBEL

A Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970), que había comenzado su trayectoria literaria escribiendo poesía, se le otorgó Premio Nobel de Literatura en 2024 por su «intensa prosa poética que confronta traumas históricos y expone la fragilidad de la vida humana».

En función de lo publicado hasta ahora en España, se podría pensar que la obra de Han Kang (HK) se organiza en dos grandes bloques: por una parte, el que ostenta una gran dureza narrativa y busca el impacto; por otra, la que contiene una mirada apreciativa y entrañable. Bloques pues aparentemente opuestos, casi confrontados. Pero tal división no deja de ser aparente, puesto que mientras el atrevimiento y sufrimiento de sus primeras novelas traducidas encerraban una prosa emotiva y poética, la mirada delicada y tierna de esta novela o de Blanco (2016) contienen todo el dolor y la dureza que se desprenden de la soledad y la aflicción.

Lo cierto es que todos esos elementos se fusionan y coexisten en el fondo de toda su obra, hasta el punto que se podría hablar de un estilo HK. Lo único que cambia en cada obra es el punto de vista desde el que mira, el origen desde el que surge la emoción que impregna todos sus libros.

En el caso de «LA CLASE DE GRIEGO» (2011), su inspiración fue un bloqueo creativo que experimentó con anterioridad y que consiguió superar leyendo a Jorge Luis Borges (a quien rinde homenaje en la obra): «Después de este periodo de bloqueo, pude completar mi cuarta novela y, de manera natural, surgió en mi mente la protagonista de la siguiente novela, una mujer que había perdido la capacidad de hablar. También el protagonista masculino que lee a Borges»

Volviendo al Nobel, en su discurso de aceptación, HK desveló algunos puntos clave de su proceso creativo. «Cada vez que trabajo en una novela, me mantengo en las preguntas, vivo dentro de ellas. Cuando alcanzo el final de esas preguntas (que no es lo mismo que encontrar sus respuestas) es cuando alcanzo el final del proceso de escritura». En esta novela, ese cuestionamiento fue: «Si debemos vivir en este mundo, ¿qué instantes lo hacen posible?». A lo que se respondió con otra pregunta, «¿Puede ser que al mirar los aspectos más delicados de la humanidad, al acariciar el calor irrefutable que reside allí, podemos seguir viviendo después de todo en este breve y violento mundo?». La lectura de la novela permite conocer de qué manera HK se enfrenta a tales interrogantes.

NOVELA DE PERSONAJES

La clase de griego es una novela de personajes por cuanto se centra en la evolución psicológica, motivaciones y profundidad emocional de sus dos protagonistas en lugar de depender exclusivamente de la trama, explorando el monólogo interno, las relaciones interpersonales y la transformación personal de esos personajes. Ambos protagonistas carecen de nombre lo que los constituye en personajes arquetípicos de la soledad humana en las megaciudades, caso de Seúl, populosa capital de más de diez millones de habitantes (p. 108). Y se desarrollan en primera (narrador subjetivo) y en tercera persona (narrador objetivo), respectivamente.

La novela se abre con un capítulo narrado por la voz subjetiva (primera persona) del profesor de griego donde relata una anécdota sobre Jorge Luis Borges (p. 7-8). El personaje-narrador viene encarnado en un hombre cercano a los 40 años, que emigró a Alemania junto a su familia a los 15. Allí va a saber que, al igual que su padre, padece una enfermedad ocular progresiva que va a ir apagando su visión (entonces se comprende el guiño literario que supone el capítulo inicial sobre Borges). Nunca llegó a dominar el alemán, de hecho en el instituto sobresalía (por encima de sus compañeros alemanes) en matemáticas y griego, lengua que luego estudiará en la universidad. A los 31 años decide regresar a Corea, pese a la oposición familiar que no aprobaba ese retorno, para intentar buscarse la vida con su título de griego clásico. En el presente narrativo da clases de griego y latín en una academia de Seúl, usa unas gruesas gafas verdosas, lee con lupa y, cuando no hay luz suficiente o anochece, no ve con claridad. En varios capítulos esta voz subjetiva se dirige a un interlocutor, casi siempre valiéndose del recurso narrativo de las cartas (lenguaje escrito, por tanto) dirigidas a Ran, su hermana en Alemania; a Joachim Grundell, un amigo alemán (siempre caminando por el borde de la vida y la muerte: fallecería a los 37 años); o a la hija del oftalmólogo, una chica muda que le atrajo en su momento…

El otro protagonista es una mujer, cuyo despliegue se presenta, mediante un narrador objetivo omnisciente (en tercera persona). Esa mujer creció atraída por el lenguaje y cuya edad no se precisa (aunque puede deducirse que entre de los 30 y los 40 años). A lo largo de su vida ha guardado con el lenguaje una relación contradictoria, unas veces la ha invadido y otras la ha abandonado. Precisamente, en el momento narrativo de la trama, ha perdido la facultad del habla: con un abultado currículum académico, había trabajado en una editorial, en una agencia de publicidad y cuando se dedicaba a la docencia universitaria, un día, en plena clase, perdió la capacidad de hablar (algo que ya le había acontecido en la adolescencia y que ahora se ha repetido): Incluso en la época en que podía hablar, ella era una persona de voz queda. […] Simplemente no le gustaba acaparar espacio. […] En el metro o en la calle, en una cafetería o un restaurante, nunca hablaba en voz alta y desinhibida, ni llamaba a voces a alguien. […] A pesar de ser delgada, andaba con la espalda y los hombros encogidos para ocupar menos espacio (p. 50).

Al parecer, ciertos episodios de su vida, han contribuido a esta situación: Claro que algo tendría que ver que su madre hubiera fallecido hacía seis meses, que ella se hubiera divorciado, que hubiera perdido la custodia de su hijo de ocho años después de tres juicios y que el niño estuviera viviendo con su padre desde hacía cinco meses (p. 12). Tras perder la custodia de su hijo tuvo una crisis digestiva, estuvo varios días vomitando y después solo podía ingerir repollo hervido. Como ya no puede trabajar como profesora, se apunta a la clase de griego que imparte el hombre protagonista: es la única mujer de la clase, sus tres compañeros masculinos son un hombre de mediana edad al que le gustaba sentarse detrás de la columna, un corpulento estudiante de posgrado que leía las palabras griegas expulsando el aire entre sus dientes apretados, y un estudiante de filosofía granujiento que la miraba con ojos llenos de curiosidad (p. 149).

MIRADAS INTROSPECTIVAS

Sobre esos dos personajes se desarrolla una trama que bebe más de la memoria y los sentimientos de los protagonistas que de sus acciones. La trama comienza con la mujer protagonista en una clase de griego donde se le pide leer en voz alta. Cuando lo intenta, no puede, es incapaz de articular palabra. Tal inoportuna e involuntaria situación la lleva a recordar cuando, en su infancia, esa misma circunstancia le ocurrió por primera vez, con su madre enferma de cáncer y ella volcada en la lectura, aprendiendo la lengua y los signos ortográficos con pocos años. Ya en aquel entonces, su personalidad solitaria encontraba más compañía en las letras que en los amigos, de forma que nunca tuvo interés por tener romances o acicalarse.

Su primer episodio de mudez vendría a los 16 años, siendo incapaz de articular ninguna de esas palabras que con tanta fascinación y afán aprendía de los libros: a partir de ahí dejó de poder concebir el lenguaje como algo propio, antes bien como algo invasivo: oír a los demás o leer le ocasionaban escalofríos e insomnio. De repente, había perdido la capacidad de acceder a la memoria motriz para hablar y escribir. Era la primera vez que experimentaba un silencio anterior al habla, anterior incluso a la existencia, [que] absorbía el fluir del tiempo y la envolvía por dentro y por fuera como una esponjosa capa de algodón (p. 15). Pese a llevarla a médicos especialistas, lo único que logró la recuperación de ese órgano atrofiado fue el contacto con una lengua extranjera que aprendía por primera vez: murmuró la palabra bibliothèque tras haber sido escrita por su profesor de francés y no se detuvo a pensar en la importancia de ese momento.

Pocas páginas después, ya en el presente, vive sola, divorciada de su marido y sin la custodia de su único hijo, pues, debido a su precaria situación económica y a su hipersensibilidad, se la ha considerada incapaz de cuidarle y velar por él. Así, ahora, en la edad adulta, cuando ha perdido nuevamente el habla piensa que quizá podría repetir el procedimiento de recurrir al aprendizaje de una lengua extranjera para recobrar el habla. Toma la decisión de inscribirse a clases de griego con el propósito de poder recuperar el habla, aunque también para profundizar en el carácter estético de las palabras, especialmente en aquellas que, en principio por no conocer la lengua, no significan nada para ella, más allá de una forma y un sonido.

Pero, en esta ocasión, las circunstancias son diferentes. El dolor ya no es una sensación vaga y desconocida, se ha convertido en una certeza que la asola y la comprime por dentro. A la par, hace poco que su exesposo le ha quitado la custodia de su hijo y su madre ha fallecido. Mientras los especialistas achacan a todo esto la regresión de su mutismo, ella piensa que no es tan simple (p. 54).

Por su parte, la conexión del profesor con el lenguaje también comienza desde el asombro y la fascinación. Poco antes de abandonar Corea para instalarse en Alemania, su madre le da dinero para comprarse algunos libros y cintas de conversaciones en alemán. Pero él lo utiliza para adquirir obras sobre budismo, entre ellos uno que contiene una conferencia de Borges al respecto. Aquellos libros se convirtieron en vínculos con Suyuri, su tierra de origen, en especial a la noche de verano en que fue a ver el festival de los faroles de loto. Sus sentimientos quedan patentes cuando, debajo de la frase de Borges: El mundo es una ilusión y la vida es un sueño, escribe a modo de respuesta: Pero ¿cómo es posible que sea tan nítido ese sueño? ¿Cómo puede ser un sueño si mana la sangre y brotan las lágrimas calientes? (p. 27). Claro indicio de lo que la autora refiere en su discurso: sus inquietudes son las que también tienen sus personajes, y el camino para explorarlas es lo que mueve la trama.

No obstante, su destino es quedarse completamente ciego, fruto de una enfermedad hereditaria que conoce desde joven. No obstante, la noticia de su ceguera representa la presencia de un filo acerado, semejante al de la lápida funeraria de Borges. Él tomó su espada, y colocó el metal desnudo entre los dos. Lo que introduce la consiguiente cuestión: ¿Qué otra cosa pudo ser ese «filo acerado», sino la ceguera que aquejó a Borges en sus últimos años y lo aisló del mundo? (p. 7). Porque aislarse del mundo también implica alejarse de la hija del oftalmólogo, una chica sordomuda con quien no podrá comunicarse una vez perdida la vista. Por eso le pide, aunque sea una sola vez, que le hable con su voz como le enseñaron en sus clases, para llevarse ese recuerdo a la penumbra que lo espera. No obstante, ella encuentra la proposición insultante, por lo que lo rechaza y no vuelve a dirigirle la palabra.

Han pasado nueve años desde que regresó a Corea, ahora dedica las tardes a enseñar un idioma que interesa a cada vez menos. Cerca de la cuarentena, la edad aproximada en que le pronosticaron que su ceguera sería total, todavía percibe las formas y, con la luz adecuada, puede arreglárselas con sus gafas verdosas de graduación aumentada. Mientras se prepara para ese momento, escribe cartas a su hermana, a su amigo alemán y a la hija del oftalmólogo. Les cuenta sobre sus clases, sus alumnos, y especialmente sobre una mujer que nunca ha pronunciado una sola palabra desde el comienzo del curso. Le causa una intriga especial después de haber visto que tenía anotado un poema en griego: γῇ ἔκειτο γυνή. / Una mujer está tendida en el suelo. / χιὼ ν ἐπὶ τῇ δειρῇ. / En su boca, nieve. / ῥύπος ἐπὶ τῷ βλεφάρῳ. / En sus párpados, tierra. (p. 62). Quiere saber qué es lo que tiene escrito, pero ella se siente amenazada y se marcha. Él trata de detenerla para disculparse, lo hace en lengua de señas pues cree que también es sordomuda, sin obtener reacción alguna por su parte

AFINIDAD Y COMUNIÓN

Será en los capítulos finales donde se relata el acercamiento de los dos personajes. El profesor ha tenido un accidente en el sótano de la escuela, quedando solo y aislado; ella es la única que está allí para ayudarlo y llevarlo, primero, al médico y, luego, a su casa. Toda la conversación entre ellos discurre a través de la escritura que ella le hace con el dedo en la palma de su mano. Una vez llegados a la casa del profesor, éste siente el deseo de contar su vida, esencialmente su pasado. Entonces, comienzan a aflorar los recuerdos de ella. Sus historias se entreveran con cierto armonía, para nada de forma caótica, no como podría pensarse. De hecho, el discurso de ambos, el del profesor mientras habla y el de la mujer mientras recuerda, se funde en uno a medida que pasa la noche.

No obstante, esa comunicación tan básica suscita que él no sepa si ella continúa escuchándolo. Si ella pudiera hablarle, quizás le contara todo respecto a su hijo y a su madre, al episodio de su perro, atropellado por un coche, que la mordió cuando ella intentaba ayudarle… El siguiente diálogo sigue siendo del profesor, pero las itálicas sugieren que es un pensamiento compartido, algo que sienten ambos y que indica el inicio de su conexión: Me aterra el silencio del espacio por el que se expande mi voz. Me aterra no poder enmendar las palabras una vez pronunciadas, que esas palabras sepan mucho más de lo que yo sé (p. 155). El profesor, que durante toda su vida ha temido no saber qué palabras utilizar y ha recelado de que éstas pudieran alejarlo de sus seres queridos, ha encontrado ahora alguien con quien poder hablar mediante su silencio. Por cierto, un tipo de complicidad similar a la que describe en la carta que le dirigiera a la hija del oftalmólogo: Me di cuenta de que, aunque hubiéramos vivido juntos, yo no habría necesitado tu voz tras quedarme ciego, pues, al mismo tiempo que el mundo visible se alejase de mí como la bajamar, nuestro silencio se habría ido perfeccionando a la par (p. 47).

La mujer sigue escribiendo en sus manos, ese tacto trasmite mucho más de lo que las frases puedan expresar. Limitada por su mudez, aunque quisiera escapar con su hijo para evitar que se lo lleven, aunque únicamente quisiera decir su nombre solo alcanza a delinear palabras en las palmas de su profesor para preguntarle dónde está la receta de sus gafas. Él ataja ese dolor que, si bien no sabe qué es ni de dónde procede, lo percibe porque lo siente igual en su pecho. La abraza, le besa las cejas, ella le siente la cicatriz que le dejó un golpe recibido hace muchos años. Se reconocen el uno en el otro: Antes de separarte por completo de mi cuerpo, / me diste un beso lento en la boca, / en la frente, / en las cejas, / en ambos párpados. / Fue como si me besara el tiempo. (p. 172-173).

Esas dos historias que convergen se encuentran profundamente marcadas por un trauma cuya raíz se asienta en el lenguaje, que en lugar de servir de puente se convierte en un instrumento sinuoso, que solo sirve para acentuar las diferencias que los aíslan del mundo exterior. Mientras se revelan mutuamente sus heridas van articulando una complicidad gracias a la que se abre para ellos un resquicio de luz: crean la intersección entre sus vidas, en una delicada, sutil y sensorial historia de afectos. Casi podría hablarse de un cierto romanticismo, pero uno asiático: tenue, soterrado, plagado de silencios, de cosas no dichas.

La novela finaliza con el capítulo 0, cuando la mujer se dispone a hablar. Cuando por fin pronuncio la primera sílaba, cierro con fuerza los ojos, / convencida de que cuando los abra todo habrá desaparecido (p. 174). Momento estilísticamente remarcado, pues es la primera y única vez que ella usa la voz narrativa (primera persona), tras haber hallado en el profesor de griego esa reciprocidad que le permite recuperar las esferas del lenguaje que antes la atemorizaban.

EJERCICIO DE ESTILO

Sin duda, La clase de griego es un ejercicio de estilo lleno poesía y simbolismo, donde la mujer aludiría la frialdad, la congelación, comparándosela con los copos de nieve que absorben el ruido y ralentizan el ritmo; mientras que el profesor viene a sugerir la oscuridad, no en sentido siniestro, sino como los múltiples matices de la penumbra, la riqueza de texturas que atenúa el órgano visual cuando domina la percepción, al tiempo que encarna también la posibilidad de reconsiderar qué y quién importa en la vida.

La narración, siempre pausada y bien hilvanada, se articula mediante las dos voces, alternando la narración objetiva (tercera persona) de la protagonista con la subjetiva (primera persona) del profesor de griego. De esta manera, el texto alterna la narración con breves episodios de la clase de griego, en la que profesor y alumna se encuentran, con extensos fragmentos del pasado de ambos que ocupan buena parte el libro. Además de la clase y el estudio del griego antiguo de la mano de Sócrates y Platón, el texto desarrolla abundantes reflexiones sobre la vida, la muerte, la amistad y el paso del tiempo, impregnando a sus protagonistas de los razonamientos filosóficos de los pensadores clásicos.

La viveza de la voz quizá sea lo destacable en la novela, donde tienen lugar pocas acciones externas, pues prácticamente todo ocurre en el interior de los personajes. De ahí, la utilización de dos narradores enfocados por completo en los protagonistas. El primer narrador es el de ella. Como se ha visto, se trata de un narrador omnisciente enfocado en la psique de la mujer que relata en tercera persona. Casi todo el despliegue poético de HK se encuentra en los capítulos relatados por este narrador, acompañado por la escritura en verso que se hace más frecuente a medida que avanza la novela. Es palpable su desesperación al no poder responderle a su hijo, o el disgusto que le causa que la voz le otorgue un espacio que ella no desea ocupar. Desde que ha perdido el habla le parece que sus inhalaciones y exhalaciones se asemejan al lenguaje, pues inoportunan al silencio con el mismo atrevimiento con que lo hacía su voz (p. 57). Quizá ésta sea la causa de que su narración no venga articulada desde la primera persona, porque esa voz que podría ser la suya no logra desprenderse de ella. La otra voz, la del profesor, habla desde el yo, desde cómo le afecta el mundo, porque él no interviene en las acciones que ocurren a su alrededor. En sus cartas el tono se vuelve suplicante, como si estuviera desesperado por obtener cualquier tipo de respuesta. Cuando yo camine hacia la completa oscuridad, ¿me dejarás que te recuerde sin este dolor pertinaz? (p. 48).

El ritmo lento y pausado (habitual, por otra parte, en la literatura oriental) encaja con una historia en la que ambos personajes se aproximan, con cautela y delicadeza, como si su fragilidad emocional fuera tan quebradiza que no pudiera soportar un ritmo más acelerado, como si la ceguera de él y la mudez de ella les exigieran ralentizar sus movimientos, quizá esperando así afianzar algo que les permita progresar con mayor decisión. Lo cual no quita para la inclusión de escenas crudas y durísimas, como la del perro atropellado.

Como en sus novelas anteriores, el estilo de HK se muestra como algo orgánico, en el sentido que desborda el cuerpo y se interrelaciona con él, entreverando cuerpo y pensamiento como elementos que interactúan de manera casi indistinguible. Aquí, el dolor que abruma la vida de la protagonista está confinado tan dentro de ella que las palabras no pueden brotar de su boca, como si, encerrando el dolor, fuera a desaparecer. Pero el dolor no desparece, no se absorbe aunque se intente, como hace ella al pretender superarlo mediante una lengua extranjera, pensando que quizá abriéndose a esa nueva lengua se le abriría también un nuevo mundo, porque cuando disponía del lenguaje, las emociones eran más claras y fuertes.

RATREANDO EL UNIVERSO HK

A propósito de la consistencia de ese territorio autoral con el que un escritor configura un mundo narrativo propio, la traducción de las obras de HK va constatando la existencia del universo HK. Si se hiciese un análisis comparativo de sus diversas obras seguramente encontraríamos los rasgos narrativos, estilísticos o temáticos que lo configuran. Lejos de proyecto tan exhaustivo, lo que se puede constatar en la comparación de dos de sus novelas más leídas en España, La vegetariana (2007) y La clase de griego (2011) es esa afinidad que se manifiesta en numerosos rasgos, que a vuela pluma, se enumeran a continuación.

1. Las protagonistas son mujeres abrumadas por la sociedad, ante la que se sienten insignificantes.

2. La alimentación (o mejor, la subalimentación) como raíz de la poca presencia física de las protagonistas femeninas: En el caso de La vegetariana, la protagonista toma la decisión política de no comer carne, mientras que en este caso el trastorno digestivo se debe a las consecuencias posteriores a una serie de episodios traumáticos.

3. En ambas se da una recurrencia a los sueños como elemento fantástico: El lenguaje penetraba en sus sueños como un punzón, provocando que se despertara sobresaltada (pág. 15).

4. La asignación de voz propia a los hombres, quienes a través de ella presentan su visión de las mujeres protagonistas. En este sentido, aquí hay una cierta diferencia, pues los personajes masculinos de La vegetariana eran infantiles, ensimismados en sí mismos y machistas, mientras que el profesor de griego está tratado de forma más benévola y sus infortunios personales se sitúan a igual nivel que los de la mujer.

5. De ahí que la mirada sobre las protagonistas sea externa (excepto en el pasaje de La vegetariana en que la protagonista describe en primera persona sus alucinados sueños).

6. La tendencia suicida de las protagonistas: aquí, la mujer muestra una cicatriz en la muñeca como indicio de un fallido intento de suicidio, marca que comparte con la protagonista de La vegetariana.

7. Las referencias a episodios infantiles con perros. Aquí la protagonista guarda un recuerdo doloroso de su niñez, el de su perro murió atropellado que, agonizante, al tratar de socorrerlo la mordió. En La vegetariana también la protagonista tiene un recuerdo infantil con la violencia que sufre un perro y que ella, a su vez, sufrirá del mismo perro. En ambos casos la violencia aparece como respuesta que las niñas protagonistas reciben como contrapartida a su compasión.

8. El tono es, sin duda, oscuro en ambas; pero mientras el de La vegetariana resulta enigmático y arrebatado, aquí se hace más nostálgico y lírico (hasta el punto de incluir varios poemas).

9. En ambas HK «escribe sobre la incomodidad» (Los Ángeles Times): las dos afrontan temas existenciales, aunque quizá estaban mejor tratados en La vegetariana.

10. El simbolismo como medio de comunicar lo inefable: aquí sobre todo la tierra y la nieve: la nieve es el silencio que cae del cielo (p. 160 ); en La vegetariana las flores y los árboles.

CARÁCTER ESTÉTICO DEL LENGUAJE (y otros temas)

Uno encuentra en la novela múltiples temáticas: habla de filosofía, del coreano como lengua materna impregnada de traumas y dolor, de la maternidad como caso excepcional de la incomprensión con el otro, del desarraigo, de la incomunicación o de la soledad del migrante. Todas estas capas y posibles lecturas caben en La clase de griego.

Pero si en algo insiste el libro es en el carácter estético del lenguaje. Lejos de asumir el postulado de que constituye un medio para comunicar, plantea el caso de los protagonistas, a quienes precisamente ha aislado el lenguaje. Pero, si es algo que los aísla, aterroriza y muestra al mundo lo vulnerables y solos que están, surge entonces una cuestión: ¿para qué sirve? La respuesta de la autora es que simplemente quizá no tenga que servir de nada, porque todo lo que puede contemplarse ya es bello, a pesar de que encierre la capacidad de destruir. Así, la poesía reivindica de alguna manera al lenguaje que, pese a ser imperfecto, transmite cierta luz a las almas en penumbra. Es más, y no es un detalle menor, ofrece también un punto de concordancia entre lo que se dice y lo que no se puede decir.

En la novela la imposibilidad de aprehender las cosas mediante las palabras se muestra como un proceso asociado al dolor. El vínculo de la mujer con el lenguaje no apareció inicialmente por la necesidad de comunicar a otros sus precisiones, sino por la estupefacción que le producía suscitaba que los signos pudieran cambiar su pronunciación y significado dependiendo de que se les agregara o quitara alguna marca, así como del extrañeza por la forma en que los ideogramas concurren con la materia de la que hablan. De todas ellas, la que guardaba como un tesoro era «» (bosque), cuya forma le recordaba a una antigua pagoda […]. Cautivada por esta palabra cuya pronunciación, significado y forma estaban envueltos en tanta quietud, la escribía una y otra vez: . . (p. 14). Así, para ella el lenguaje es una experiencia estética, ligada a lo que posteriormente sería su actividad como profesora de Literatura: tal parece que en las palabras no ve significantes y significados, sino recipientes cuyo grabado puede contemplar durante horas.

No en vano, los personajes se conocen en un salón a oscuras: la mujer sin nombre, apunta cada frase que su profesor anota en la pizarra. La tiza como único medio de comunicación entre ambos: un silencio proveniente de algún lugar más profundo que la lengua y la garganta (p. 11) le arrebata el habla y por ello intenta recuperarla a través del contacto con el griego antiguo. Esos instantes de mudez que provocados por la imposibilidad de alcanzar al otro con las palabras directamente es quizá el mayor logro de la novela: hacer hablar al silencio es algo muy difícil de conseguir.

Los protagonistas transitan, inadvertidamente juntos, por un derrotero que los lleva al aislamiento. Mientras avanzan, sujetarse con fuerza de esa mano que casualmente palpan en la penumbra puede ser la única manera de evitar que el silencio se convirtiera en muerte (p.160). Transitan por un mundo que pone el acento en las limitaciones de las personas con diversidad funcional, en lugar de hacerlo en la cultura o sociedad construidas en torno a tres ejes: la mirada, la palabra y el tacto. Ejes sin duda básicos, pero no los únicos, ni necesariamente los mejores. Solo son tres de los medios posibles para encontrarse, entenderse o quererse. La mujer y su profesor de griego, en el campo unificado de esta lengua fundadora de la civilización (tal y como lo han entendido muchos pensadores en Europa) consistente en reinventar el signo.

Al vislumbrar el silencio y la ceguera, HK acerca al lector a unos sentimientos ceñidos de soledad mediante unos personajes que, aunque no de forma explícita o buscada, reclaman, ensordecidos por un gran silencio, la compañía de alguien con quien compartir su amarga situación. Compañía siempre necesaria aunque a veces no sea uno consciente de tal precisión y que en ocasiones se encuentra en otros seres igual de desorientados y solos. Porque esta historia no se limita a centrarse solo en el silencio, sino también y sobre todo, en el infortunio de no ser escuchado. Quizás para HK, su pregunta de si vale la pena vivir a pesar del dolor no haya sido respondida todavía. La lengua solo comunica en la medida en que hay aproximación: cuando el término «texto» recobra su sentido etimológico para convertirse en «tejido». Entretejer los silencios propios con los ajenos acaso sea el único camino que la autora ha concebido para entrever el silencio.

 

«Los fragmentos de la memoria se mueven y crean formas. Lo hacen sin un patrón, sin plan ni sentido alguno. Se dispersan y, de pronto, se unen con determinación. Parecen incontables mariposas dejando de aletear al mismo tiempo; parecen bailarinas impasibles con los rostros cubiertos.»

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