«LA CLASE DE GRIEGO»Han Kang
(2011)
«¿No
será que esa fascinación que sintió por la lengua, a tal punto que es el primer
recuerdo que conserva, se debe a que supo de manera instintiva que el lazo que
une el lenguaje y el mundo es terriblemente débil?»
LA MIRADA DE UNA PREMIO NOBEL
A Han Kang (Gwangju, Corea
del Sur, 1970), que había comenzado su trayectoria literaria escribiendo poesía,
se le otorgó Premio Nobel de Literatura en 2024 por su «intensa prosa
poética que confronta traumas históricos y expone la fragilidad de la vida
humana».
En función de lo publicado hasta
ahora en España, se podría pensar que la obra de Han
Kang (HK) se organiza en dos grandes
bloques: por una parte, el que ostenta una gran dureza narrativa y busca el
impacto; por otra, la que contiene una mirada apreciativa y entrañable. Bloques
pues aparentemente opuestos, casi confrontados. Pero tal división no deja de
ser aparente, puesto que mientras el atrevimiento y sufrimiento de sus primeras
novelas traducidas encerraban una prosa emotiva y poética, la mirada delicada y
tierna de esta novela o de Blanco (2016) contienen
todo el dolor y la dureza que se desprenden de la soledad y la aflicción.
Lo cierto es que todos esos
elementos se fusionan y coexisten en el fondo de toda su obra, hasta el punto
que se podría hablar de un estilo HK.
Lo único que cambia en cada obra es el punto de vista desde el que mira,
el origen desde el que surge la emoción que impregna todos sus libros.
En el caso de «LA CLASE DE GRIEGO» (2011), su inspiración fue
un bloqueo creativo que experimentó con anterioridad y que consiguió superar
leyendo a Jorge Luis Borges (a quien rinde homenaje en la obra): «Después
de este periodo de bloqueo, pude completar mi cuarta novela y, de manera
natural, surgió en mi mente la protagonista de la siguiente novela, una mujer
que había perdido la capacidad de hablar. También el protagonista masculino que
lee a Borges»
Volviendo al Nobel, en su discurso
de aceptación, HK desveló algunos puntos
clave de su proceso creativo. «Cada vez que trabajo en una novela, me
mantengo en las preguntas, vivo dentro de ellas. Cuando alcanzo el final de
esas preguntas (que no es lo mismo que encontrar sus respuestas) es cuando
alcanzo el final del proceso de escritura». En esta novela, ese
cuestionamiento fue: «Si debemos vivir en este mundo, ¿qué instantes lo
hacen posible?». A lo que se respondió con otra pregunta, «¿Puede ser
que al mirar los aspectos más delicados de la humanidad, al acariciar el calor
irrefutable que reside allí, podemos seguir viviendo después de todo en este
breve y violento mundo?». La lectura de la novela permite conocer de qué
manera HK se enfrenta a tales interrogantes.
NOVELA DE PERSONAJES
La clase de griego es una novela de personajes
por cuanto se centra en la evolución psicológica, motivaciones y profundidad
emocional de sus dos protagonistas en lugar de depender exclusivamente de la
trama, explorando el monólogo interno, las relaciones interpersonales y la
transformación personal de esos personajes. Ambos protagonistas carecen de
nombre lo que los constituye en personajes arquetípicos de la soledad humana en
las megaciudades, caso de Seúl, populosa capital de más de diez millones de
habitantes (p. 108). Y se desarrollan en primera (narrador subjetivo) y en
tercera persona (narrador objetivo), respectivamente.
La novela se abre con un capítulo narrado
por la voz subjetiva (primera persona) del profesor
de griego donde relata una anécdota sobre Jorge Luis Borges (p.
7-8). El personaje-narrador viene encarnado en un hombre cercano a los 40 años,
que emigró a Alemania junto a su familia a los 15. Allí va a saber que, al
igual que su padre, padece una enfermedad ocular progresiva que va a ir
apagando su visión (entonces se comprende el guiño literario que supone el
capítulo inicial sobre Borges). Nunca llegó
a dominar el alemán, de hecho en el instituto sobresalía (por encima de sus
compañeros alemanes) en matemáticas y griego, lengua que luego estudiará en la
universidad. A los 31 años decide regresar a Corea, pese a la oposición
familiar que no aprobaba ese retorno, para intentar buscarse la vida con su
título de griego clásico. En el presente narrativo da clases de griego y latín
en una academia de Seúl, usa unas gruesas gafas verdosas, lee con lupa y,
cuando no hay luz suficiente o anochece, no ve con claridad. En varios
capítulos esta voz subjetiva se dirige a un interlocutor, casi siempre
valiéndose del recurso narrativo de las cartas (lenguaje escrito, por tanto)
dirigidas a Ran, su hermana
en Alemania; a Joachim Grundell, un amigo
alemán (siempre caminando por el borde de la vida y la muerte: fallecería a los
37 años); o a la hija del oftalmólogo, una chica muda que le atrajo en su
momento…
El otro protagonista es una mujer,
cuyo despliegue se presenta, mediante un narrador objetivo omnisciente (en
tercera persona). Esa mujer creció atraída por el lenguaje y cuya edad no se
precisa (aunque puede deducirse que entre de los 30 y los 40 años). A lo largo
de su vida ha guardado con el lenguaje una relación contradictoria, unas veces
la ha invadido y otras la ha abandonado. Precisamente, en el
momento narrativo de la trama, ha perdido la facultad del habla: con un abultado
currículum académico, había trabajado en una editorial, en una agencia de
publicidad y cuando se dedicaba a la docencia universitaria, un día, en plena
clase, perdió la capacidad de hablar (algo que ya le había acontecido en la
adolescencia y que ahora se ha repetido): Incluso en la época en que podía
hablar, ella era una persona de voz queda. […] Simplemente no le gustaba
acaparar espacio. […] En el metro o en la calle, en una cafetería o un
restaurante, nunca hablaba en voz alta y desinhibida, ni llamaba a voces a
alguien. […] A pesar de ser delgada, andaba con la espalda y los hombros
encogidos para ocupar menos espacio (p. 50).
Al parecer, ciertos episodios de su
vida, han contribuido a esta situación: Claro que algo tendría que ver que
su madre hubiera fallecido hacía seis meses, que ella se hubiera divorciado,
que hubiera perdido la custodia de su hijo de ocho años después de tres juicios
y que el niño estuviera viviendo con su padre desde hacía cinco meses (p.
12). Tras perder la custodia de su hijo tuvo una crisis digestiva, estuvo
varios días vomitando y después solo podía ingerir repollo hervido. Como ya no
puede trabajar como profesora, se apunta a la clase de griego que imparte el
hombre protagonista: es la única mujer de la clase, sus tres compañeros
masculinos son un hombre de mediana edad al que le gustaba sentarse detrás
de la columna, un corpulento estudiante de posgrado que leía las
palabras griegas expulsando el aire entre sus dientes apretados, y un
estudiante de filosofía granujiento que la miraba con ojos llenos de
curiosidad (p. 149).
MIRADAS INTROSPECTIVAS
Sobre esos dos personajes se
desarrolla una trama que bebe más de la memoria y los sentimientos de los
protagonistas que de sus acciones. La trama comienza con la mujer protagonista
en una clase de griego donde se le pide leer en voz alta. Cuando lo intenta, no
puede, es incapaz de articular palabra. Tal inoportuna e involuntaria situación
la lleva a recordar cuando, en su infancia, esa misma circunstancia le ocurrió
por primera vez, con su madre enferma de cáncer y ella volcada en la lectura,
aprendiendo la lengua y los signos ortográficos con pocos años. Ya en aquel
entonces, su personalidad solitaria encontraba más compañía en las letras que
en los amigos, de forma que nunca tuvo interés por tener romances o acicalarse.
Su primer episodio de mudez vendría
a los 16 años, siendo incapaz de articular ninguna de esas palabras que con
tanta fascinación y afán aprendía de los libros: a partir de ahí dejó de poder
concebir el lenguaje como algo propio, antes bien como algo invasivo: oír a los
demás o leer le ocasionaban escalofríos e insomnio. De repente, había perdido
la capacidad de acceder a la memoria motriz para hablar y escribir. Era la
primera vez que experimentaba un silencio anterior al habla, anterior
incluso a la existencia, [que] absorbía el fluir del tiempo y la
envolvía por dentro y por fuera como una esponjosa capa de algodón (p. 15).
Pese a llevarla a médicos especialistas, lo único que logró la recuperación de
ese órgano atrofiado fue el contacto con una lengua extranjera que
aprendía por primera vez: murmuró la palabra bibliothèque tras haber
sido escrita por su profesor de francés y no se detuvo a pensar en la
importancia de ese momento.
Pocas páginas después, ya en el
presente, vive sola, divorciada de su marido y sin la custodia de su único hijo,
pues, debido a su precaria situación económica y a su hipersensibilidad, se la ha
considerada incapaz de cuidarle y velar por él. Así, ahora, en la edad adulta, cuando
ha perdido nuevamente el habla piensa que quizá podría repetir el procedimiento
de recurrir al aprendizaje de una lengua extranjera para recobrar el habla.
Toma la decisión de inscribirse a clases de griego con el propósito de poder recuperar
el habla, aunque también para profundizar en el carácter estético de las
palabras, especialmente en aquellas que, en principio por no conocer la lengua,
no significan nada para ella, más allá de una forma y un sonido.
Pero, en esta ocasión, las
circunstancias son diferentes. El dolor ya no es una sensación vaga y desconocida,
se ha convertido en una certeza que la asola y la comprime por dentro. A la par,
hace poco que su exesposo le ha quitado la custodia de su hijo y su madre ha
fallecido. Mientras los especialistas achacan a todo esto la regresión de su
mutismo, ella piensa que no es tan simple (p. 54).
Por su parte, la conexión del
profesor con el lenguaje también comienza desde el asombro y la fascinación.
Poco antes de abandonar Corea para instalarse en Alemania, su madre le da
dinero para comprarse algunos libros y cintas de conversaciones en alemán. Pero
él lo utiliza para adquirir obras sobre budismo, entre ellos uno que contiene
una conferencia de Borges al respecto.
Aquellos libros se convirtieron en vínculos con Suyuri, su tierra de origen, en
especial a la noche de verano en que fue a ver el festival de los faroles de
loto. Sus sentimientos quedan patentes cuando, debajo de la frase de Borges: El mundo es una ilusión y la vida es un
sueño, escribe a modo de respuesta: Pero ¿cómo es posible que sea tan
nítido ese sueño? ¿Cómo puede ser un sueño si mana la sangre y brotan las
lágrimas calientes? (p. 27). Claro indicio de lo que la autora refiere en
su discurso: sus inquietudes son las que también tienen sus personajes, y el
camino para explorarlas es lo que mueve la trama.
No obstante, su destino es quedarse
completamente ciego, fruto de una enfermedad hereditaria que conoce desde joven.
No obstante, la noticia de su ceguera representa la presencia de un filo
acerado, semejante al de la lápida funeraria de Borges.
Él tomó su espada, y colocó el metal desnudo entre los dos. Lo que
introduce la consiguiente cuestión: ¿Qué otra cosa pudo ser ese «filo
acerado», sino la ceguera que aquejó a Borges en sus últimos años y lo aisló
del mundo? (p. 7). Porque aislarse del mundo también implica alejarse de la
hija del oftalmólogo, una chica sordomuda con quien no podrá comunicarse una
vez perdida la vista. Por eso le pide, aunque sea una sola vez, que le hable
con su voz como le enseñaron en sus clases, para llevarse ese recuerdo a la
penumbra que lo espera. No obstante, ella encuentra la proposición insultante,
por lo que lo rechaza y no vuelve a dirigirle la palabra.
Han pasado nueve años desde que
regresó a Corea, ahora dedica las tardes a enseñar un idioma que interesa a
cada vez menos. Cerca de la cuarentena, la edad aproximada en que le
pronosticaron que su ceguera sería total, todavía percibe las formas y, con la
luz adecuada, puede arreglárselas con sus gafas verdosas de graduación
aumentada. Mientras se prepara para ese momento, escribe cartas a su hermana, a
su amigo alemán y a la hija del oftalmólogo. Les cuenta sobre sus clases, sus
alumnos, y especialmente sobre una mujer que nunca ha pronunciado una sola
palabra desde el comienzo del curso. Le causa una intriga especial después de
haber visto que tenía anotado un poema en griego: γῇ ἔκειτο γυνή. / Una
mujer está tendida en el suelo. / χιὼ ν ἐπὶ τῇ δειρῇ. / En su boca, nieve. / ῥύπος
ἐπὶ τῷ βλεφάρῳ. / En sus párpados, tierra. (p. 62). Quiere saber qué es lo
que tiene escrito, pero ella se siente amenazada y se marcha. Él trata de
detenerla para disculparse, lo hace en lengua de señas pues cree que también es
sordomuda, sin obtener reacción alguna por su parte
AFINIDAD Y COMUNIÓN
Será en los capítulos finales donde
se relata el acercamiento de los dos personajes. El profesor ha tenido un
accidente en el sótano de la escuela, quedando solo y aislado; ella es la única
que está allí para ayudarlo y llevarlo, primero, al médico y, luego, a su casa.
Toda la conversación entre ellos discurre a través de la escritura que ella le
hace con el dedo en la palma de su mano. Una vez llegados a la casa del
profesor, éste siente el deseo de contar su vida, esencialmente su pasado. Entonces,
comienzan a aflorar los recuerdos de ella. Sus historias se entreveran con
cierto armonía, para nada de forma caótica, no como podría pensarse. De hecho,
el discurso de ambos, el del profesor mientras habla y el de la mujer mientras
recuerda, se funde en uno a medida que pasa la noche.
No obstante, esa comunicación tan
básica suscita que él no sepa si ella continúa escuchándolo. Si ella pudiera hablarle,
quizás le contara todo respecto a su hijo y a su madre, al episodio de su perro,
atropellado por un coche, que la mordió cuando ella intentaba ayudarle… El
siguiente diálogo sigue siendo del profesor, pero las itálicas sugieren que es
un pensamiento compartido, algo que sienten ambos y que indica el inicio de su conexión:
Me aterra el silencio del espacio por el que se expande mi voz. Me aterra no
poder enmendar las palabras una vez pronunciadas, que esas palabras sepan mucho
más de lo que yo sé (p. 155). El profesor, que durante toda su vida ha
temido no saber qué palabras utilizar y ha recelado de que éstas pudieran alejarlo
de sus seres queridos, ha encontrado ahora alguien con quien poder hablar mediante
su silencio. Por cierto, un tipo de complicidad similar a la que describe en la
carta que le dirigiera a la hija del oftalmólogo: Me di cuenta de que,
aunque hubiéramos vivido juntos, yo no habría necesitado tu voz tras quedarme
ciego, pues, al mismo tiempo que el mundo visible se alejase de mí como la
bajamar, nuestro silencio se habría ido perfeccionando a la par (p. 47).
La mujer sigue escribiendo en sus
manos, ese tacto trasmite mucho más de lo que las frases puedan expresar. Limitada
por su mudez, aunque quisiera escapar con su hijo para evitar que se lo lleven,
aunque únicamente quisiera decir su nombre solo alcanza a delinear palabras en
las palmas de su profesor para preguntarle dónde está la receta de sus gafas.
Él ataja ese dolor que, si bien no sabe qué es ni de dónde procede, lo percibe
porque lo siente igual en su pecho. La abraza, le besa las cejas, ella le siente
la cicatriz que le dejó un golpe recibido hace muchos años. Se reconocen el uno
en el otro: Antes de separarte por completo de mi cuerpo, / me diste un beso
lento en la boca, / en la frente, / en las cejas, / en ambos párpados. / Fue
como si me besara el tiempo. (p. 172-173).
Esas dos historias que convergen se
encuentran profundamente marcadas por un trauma cuya raíz se asienta en el
lenguaje, que en lugar de servir de puente se convierte en un instrumento sinuoso,
que solo sirve para acentuar las diferencias que los aíslan del mundo exterior.
Mientras se revelan mutuamente sus heridas van articulando una complicidad
gracias a la que se abre para ellos un resquicio de luz: crean la intersección
entre sus vidas, en una delicada, sutil y sensorial historia de afectos. Casi
podría hablarse de un cierto romanticismo, pero uno asiático: tenue, soterrado,
plagado de silencios, de cosas no dichas.
La novela finaliza con el capítulo
0, cuando la mujer se dispone a hablar. Cuando por fin pronuncio la primera
sílaba, cierro con fuerza los ojos, / convencida de que cuando los abra todo
habrá desaparecido (p. 174). Momento estilísticamente remarcado, pues es la
primera y única vez que ella usa la voz narrativa (primera persona), tras haber
hallado en el profesor de griego esa reciprocidad que le permite recuperar las esferas
del lenguaje que antes la atemorizaban.
EJERCICIO DE ESTILO
Sin duda, La clase de griego es un ejercicio de
estilo lleno poesía y simbolismo, donde la mujer aludiría la frialdad, la congelación,
comparándosela con los copos de nieve que absorben el ruido y ralentizan el ritmo;
mientras que el profesor viene a sugerir la oscuridad, no en sentido siniestro,
sino como los múltiples matices de la penumbra, la riqueza de texturas que atenúa
el órgano visual cuando domina la percepción, al tiempo que encarna también la
posibilidad de reconsiderar qué y quién importa en la vida.
La narración, siempre pausada y
bien hilvanada, se articula mediante las dos voces, alternando la narración objetiva
(tercera persona) de la protagonista con la subjetiva (primera persona) del
profesor de griego. De esta manera, el texto alterna la narración con breves
episodios de la clase de griego, en la que profesor y alumna se encuentran, con
extensos fragmentos del pasado de ambos que ocupan buena parte el libro. Además
de la clase y el estudio del griego antiguo de la mano de Sócrates y Platón,
el texto desarrolla abundantes reflexiones sobre la vida, la muerte, la amistad
y el paso del tiempo, impregnando a sus protagonistas de los razonamientos
filosóficos de los pensadores clásicos.
La viveza de la voz quizá sea lo
destacable en la novela, donde tienen lugar pocas acciones externas, pues
prácticamente todo ocurre en el interior de los personajes. De ahí, la utilización
de dos narradores enfocados por completo en los protagonistas. El primer
narrador es el de ella. Como se ha visto, se trata de un narrador omnisciente
enfocado en la psique de la mujer que relata en tercera persona. Casi todo el
despliegue poético de HK se encuentra en los
capítulos relatados por este narrador, acompañado por la escritura en verso que
se hace más frecuente a medida que avanza la novela. Es palpable su
desesperación al no poder responderle a su hijo, o el disgusto que le causa que
la voz le otorgue un espacio que ella no desea ocupar. Desde que ha perdido
el habla le parece que sus inhalaciones y exhalaciones se asemejan al lenguaje,
pues inoportunan al silencio con el mismo atrevimiento con que lo hacía su voz
(p. 57). Quizá ésta sea la causa de que su narración no venga articulada desde
la primera persona, porque esa voz que podría ser la suya no logra desprenderse
de ella. La otra voz, la del profesor, habla desde el yo, desde cómo le afecta
el mundo, porque él no interviene en las acciones que ocurren a su alrededor.
En sus cartas el tono se vuelve suplicante, como si estuviera desesperado por obtener
cualquier tipo de respuesta. Cuando yo camine hacia la completa oscuridad,
¿me dejarás que te recuerde sin este dolor pertinaz? (p. 48).
El ritmo lento y pausado (habitual,
por otra parte, en la literatura oriental) encaja con una historia en la que
ambos personajes se aproximan, con cautela y delicadeza, como si su fragilidad
emocional fuera tan quebradiza que no pudiera soportar un ritmo más acelerado,
como si la ceguera de él y la mudez de ella les exigieran ralentizar sus
movimientos, quizá esperando así afianzar algo que les permita progresar con mayor
decisión. Lo cual no quita para la inclusión de escenas crudas y durísimas,
como la del perro atropellado.
Como en sus novelas anteriores, el estilo
de HK se muestra como algo orgánico, en el sentido que desborda el cuerpo y
se interrelaciona con él, entreverando cuerpo y pensamiento como elementos que
interactúan de manera casi indistinguible. Aquí, el dolor que abruma la vida de
la protagonista está confinado tan dentro de ella que las palabras no pueden
brotar de su boca, como si, encerrando el dolor, fuera a desaparecer. Pero el
dolor no desparece, no se absorbe aunque se intente, como hace ella al
pretender superarlo mediante una lengua extranjera, pensando que quizá
abriéndose a esa nueva lengua se le abriría también un nuevo mundo, porque cuando
disponía del lenguaje, las emociones eran más claras y fuertes.
RATREANDO EL UNIVERSO HK
A
propósito de la consistencia de ese territorio autoral con el que un escritor
configura un mundo narrativo propio, la traducción de las obras de HK va constatando la existencia del universo HK.
Si se hiciese un análisis comparativo de sus diversas obras seguramente
encontraríamos los rasgos narrativos, estilísticos o temáticos que lo configuran.
Lejos de proyecto tan exhaustivo, lo que se puede constatar en la comparación
de dos de sus novelas más leídas en España, La
vegetariana (2007) y La clase de griego (2011)
es esa afinidad que se manifiesta en numerosos rasgos, que a vuela pluma, se
enumeran a continuación.
1.
Las protagonistas son mujeres abrumadas por la sociedad, ante la que se sienten
insignificantes.
2.
La alimentación (o mejor, la subalimentación) como raíz de la poca presencia
física de las protagonistas femeninas: En el caso de La vegetariana, la protagonista toma la decisión política de no comer
carne, mientras que en este caso el trastorno digestivo se debe a las
consecuencias posteriores a una serie de episodios traumáticos.
3.
En ambas se da una recurrencia a los sueños como elemento fantástico: El
lenguaje penetraba en sus sueños como un punzón, provocando que se despertara
sobresaltada (pág. 15).
4.
La asignación de voz propia a los hombres, quienes a través de ella presentan
su visión de las mujeres protagonistas. En este sentido, aquí hay una cierta diferencia,
pues los personajes masculinos de La vegetariana eran infantiles, ensimismados en sí mismos y
machistas, mientras que el profesor de griego está tratado de forma más
benévola y sus infortunios personales se sitúan a igual nivel que los de la mujer.
5.
De ahí que la mirada sobre las protagonistas sea externa (excepto en el pasaje
de La vegetariana en que la
protagonista describe en primera persona sus alucinados sueños).
6.
La tendencia suicida de las protagonistas: aquí, la mujer muestra una cicatriz
en la muñeca como indicio de un fallido intento de suicidio, marca que comparte
con la protagonista de La vegetariana.
7.
Las referencias a episodios infantiles con perros. Aquí la protagonista guarda
un recuerdo doloroso de su niñez, el de su perro murió atropellado que,
agonizante, al tratar de socorrerlo la mordió. En La
vegetariana también la protagonista tiene un recuerdo infantil con
la violencia que sufre un perro y que ella, a su vez, sufrirá del mismo perro.
En ambos casos la violencia aparece como respuesta que las niñas protagonistas
reciben como contrapartida a su compasión.
8.
El tono es, sin duda, oscuro en ambas; pero mientras el de La vegetariana resulta enigmático y
arrebatado, aquí se hace más nostálgico y lírico (hasta el punto de incluir
varios poemas).
9.
En ambas HK «escribe sobre la incomodidad»
(Los Ángeles Times): las dos afrontan temas
existenciales, aunque quizá estaban mejor tratados en La vegetariana.
10.
El simbolismo como medio de comunicar lo inefable: aquí sobre todo la tierra y
la nieve: la nieve es el silencio que cae del cielo (p. 160 ); en La vegetariana las flores y los árboles.
CARÁCTER ESTÉTICO DEL LENGUAJE (y otros temas)
Uno encuentra en la novela
múltiples temáticas: habla de filosofía, del coreano como lengua materna
impregnada de traumas y dolor, de la maternidad como caso excepcional de la
incomprensión con el otro, del desarraigo, de la incomunicación o de la
soledad del migrante. Todas estas capas y posibles lecturas caben en La clase de griego.
Pero si en algo insiste el libro es
en el carácter estético del lenguaje. Lejos de asumir el postulado de que
constituye un medio para comunicar, plantea el caso de los protagonistas, a
quienes precisamente ha aislado el lenguaje. Pero, si es algo que los aísla,
aterroriza y muestra al mundo lo vulnerables y solos que están, surge entonces
una cuestión: ¿para qué sirve? La respuesta de la autora es que simplemente quizá
no tenga que servir de nada, porque todo lo que puede contemplarse ya es bello,
a pesar de que encierre la capacidad de destruir. Así, la poesía reivindica de
alguna manera al lenguaje que, pese a ser imperfecto, transmite cierta luz a las
almas en penumbra. Es más, y no es un detalle menor, ofrece también un punto de
concordancia entre lo que se dice y lo que no se puede decir.
En la novela la imposibilidad de
aprehender las cosas mediante las palabras se muestra como un proceso asociado
al dolor. El vínculo de la mujer con el lenguaje no apareció inicialmente por
la necesidad de comunicar a otros sus precisiones, sino por la estupefacción
que le producía suscitaba que los signos pudieran cambiar su pronunciación y
significado dependiendo de que se les agregara o quitara alguna marca, así como
del extrañeza por la forma en que los ideogramas concurren con la materia de la
que hablan. De todas ellas, la que guardaba como un tesoro era «숲»
(bosque), cuya forma le recordaba a una antigua pagoda […]. Cautivada por esta palabra
cuya pronunciación, significado y forma estaban envueltos en tanta quietud, la
escribía una y otra vez: 숲. 숲. 숲 (p. 14). Así, para ella el
lenguaje es una experiencia estética, ligada a lo que posteriormente sería su
actividad como profesora de Literatura: tal parece que en las palabras no ve
significantes y significados, sino recipientes cuyo grabado puede contemplar
durante horas.
No en vano, los personajes se
conocen en un salón a oscuras: la mujer sin nombre, apunta cada frase
que su profesor anota en la pizarra. La tiza como único medio de comunicación
entre ambos: un silencio proveniente de algún lugar más profundo que la
lengua y la garganta (p. 11) le arrebata el habla y por ello intenta
recuperarla a través del contacto con el griego antiguo. Esos instantes de
mudez que provocados por la imposibilidad de alcanzar al otro con las palabras
directamente es quizá el mayor logro de la novela: hacer hablar al silencio es algo
muy difícil de conseguir.
Los protagonistas transitan,
inadvertidamente juntos, por un derrotero que los lleva al aislamiento. Mientras
avanzan, sujetarse con fuerza de esa mano que casualmente palpan en la penumbra
puede ser la única manera de evitar que el silencio se convirtiera en muerte
(p.160). Transitan por un mundo que pone el acento en las limitaciones de
las personas con diversidad funcional, en lugar de hacerlo en la cultura o
sociedad construidas en torno a tres ejes: la mirada, la palabra y el tacto. Ejes
sin duda básicos, pero no los únicos, ni necesariamente los mejores. Solo son
tres de los medios posibles para encontrarse, entenderse o quererse. La mujer y
su profesor de griego, en el campo unificado de esta lengua fundadora de la
civilización (tal y como lo han entendido muchos pensadores en Europa)
consistente en reinventar el signo.
Al vislumbrar el silencio y la
ceguera, HK acerca al lector a unos
sentimientos ceñidos de soledad mediante unos personajes que, aunque no de forma
explícita o buscada, reclaman, ensordecidos por un gran silencio, la compañía
de alguien con quien compartir su amarga situación. Compañía siempre necesaria
aunque a veces no sea uno consciente de tal precisión y que en ocasiones se encuentra
en otros seres igual de desorientados y solos. Porque esta historia no se
limita a centrarse solo en el silencio, sino también y sobre todo, en el
infortunio de no ser escuchado. Quizás para HK,
su pregunta de si vale la pena vivir a pesar del dolor no haya sido respondida
todavía. La lengua solo comunica en la medida en que hay aproximación: cuando el
término «texto»
recobra su sentido etimológico para convertirse en «tejido».
Entretejer los silencios propios con los ajenos acaso sea el único camino que
la autora ha concebido para entrever el silencio.
«Los
fragmentos de la memoria se mueven y crean formas. Lo hacen sin un patrón, sin
plan ni sentido alguno. Se dispersan y, de pronto, se unen con determinación.
Parecen incontables mariposas dejando de aletear al mismo tiempo; parecen
bailarinas impasibles con los rostros cubiertos.»

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