miércoles, 28 de enero de 2026

EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES

 «EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES»
Tatiana Ţîbuleac (2017)

«pero los recuerdos, como todas las cosas buenas, son caros»

 

VIENTO DEL ESTE

Los países del este de Europa siguen ocupando un lugar destacado en el panorama literario internacional, la calidad y relevancia de sus autores y obras no deja lugar a dudas de su nivel literario. Pues bien, hace nueve años la moldava Tatiana Ţîbuleac ha emergido de ese marco con su primera novela, «EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES» (2017), obra de gran calidad y profusamente galardonada (con el Premio de Literatura de la Unión Europea, entre otros).

La autora, que dice haberse inspirado en un verano que pasó con su propio padre y nieto para explorar el amor y la percepción de la vida. explora en esta novela emotivamente cruda la relación compleja y dolorosa entre un hijo y su madre, marcada por el resentimiento y la pérdida de su hermana pequeña, culminando en un verano de reconciliación ante la enfermedad terminal de ella, a través de una prosa intensa y poética que usa el color de los ojos de la madre como metáfora central de su turbulenta historia.

Pero, quién es esta novelista, que también ejerce de traductora y periodista. Tatiana Ţîbuleac () nació en 1978 en Chisináu, Moldavia. Estudió periodismo y comunicación. Trabajó como periodista escribiendo la columna Historias verdaderas en el prestigioso diario rumano Flux y haciendo reportajes para la televisión.

Su primer libro, Fábulas modernas (2014), es una colección de 50 relatos breves e intensos (que hasta la fecha no se ha traducido al español) sobre la migración y la vida lejos del hogar, abordando el desarraigo y las relaciones con una enfoque sentimental y destemplado. El libro tuvo su origen en varias publicaciones en Facebook, con el propósito de inspirar a las personas que vivían lejos de su hogar y presentar la migración desde una perspectiva diferente. Las opiniones y debates generados en la red social hicieron del libro un fenómeno de los más populares del año en el país.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2017), su primera novela, ha recibido varios premios, entre los que destacan el otorgado por la Unión de Escritores Moldavos (y la revista literaria rumana Observator Cultural) que le supuso el salta a la fama: en Bucarest llegó a hacerse una obra de teatro de la novela. La crítica destacó la poesía que destila el estilo descarnado de la autora. En 2018 publicó su segunda novela, Jardín de vidrio, por la que le concedieron el Premio de la Unión Europea de Literatura. Actualmente trabaja como periodista y vive en París.

DE REPENTE, EL ÚLTIMO VERANO

Con una trama aparentemente simple (un pintor en crisis creativa que revisita el último verano junto a su madre en un pequeño pueblo francés), TŢ compone un viaje íntimo a los rincones más escondidos de la culpa y la reconciliación.

Comienza con el viaje que la madre, para festejar su 39 cumpleaños, emprende hacia un pueblo francés, donde abruptamente cambia su forma de ser (apática y deprimida) hacia su hijo Aleksy, que sufre una enfermedad psiquiátrica que le imposibilita mantener la calma y no logra concebir el encierro con una madre a quien dice odiar. Los primeros días los vive ensimismado, pero es tal el aburrimiento que decide participar en las actividades que su madre propone: pasean, bailan, conversan, ríen. Día a día la actitud del hijo hacia la madre va cambiando según va conociendo secretos que ella ha guardado y se remonta a los recuerdos que tiene sobre su primera infancia, su padre ausente, su fallecida hermana Mika y la falta de ternura materna. El cambio es tal que Aleksy va pasando del odio al amor: se va encontrando bien con su madre, con sus palabras, con sus caricias, con su demorado afecto. De este modo, un verano que pretendía anodino termina siendo un verano inolvidable.

Así lo escribe un Aleksy adulto, convertido en un reconocido pintor que sufre un pertinaz bloqueo artístico. El motivo de tal escritura es la recomendación de su psiquiatra para intentar solucionarlo. A través de este regreso al pasado, reconsidera su infancia, su concepción de sí mismo y de su entorno familiar y con ello va a recuperar el recuerdo de la figura materna y de sí mismo: Estos recuerdos son mi parte más valiosa, la perla deslumbrante nacida de una ostra hueca. El brote verde de la carroña humana que soy. A veces, cuando pienso en la muerte y me pregunto qué pasa con las personas después, a continuación, al final… los recuerdos son mi respuesta. El paraíso, para mí al menos, significaría vivir una y otra vez aquellos pocos días como si fuera la primera vez.

La historia está por tanto escrita en primera persona por ese pintor famoso (narrador subjetivo), que recuerda (el verano en que su madre tuvo los ojos verdes) cuando era un adolescente con problemas mentales (Mi enfermedad tenía un nombre de dieciséis letras) ingresado en una escuela inglesa para alumnos con problemas de salud mental; donde tenía sus dos mejores amigos, Jim y Kalo, con los que planeaba hacer un viaje iniciático a Ámsterdam; cuando su madre le propuso un trato: pasar el verano juntos en Francia a cambio de un coche y otros regalos.

Durante ese verano que pasan juntos, Aleksy va a descubrir que su madre padece un cáncer terminal y le quedan pocos meses de vida. Él, que ha deseado su muerte, afronta ahora tal encrucijada. Es así como este postrero tiempo compartido se convierte en una oportunidad para el diálogo, la comprensión y la regeneración. En ese breve lapso, Aleksy va reconstruyendo el verdadero ser de su madre, reconociendo que no es la madre fracasada que suponía, sino una mujer bella, con humor y capacidad de amar, con deseos e inteligencia y, por supuesto, con unos hermosos ojos verdes (lo que más va a extrañar cuando no esté). Aleksy va a comprender por primera vez que su madre no es solamente la mujer desabrida que lo relegó cuando más la necesitaba, sino también una mujer que logró sobreponerse a la pérdida de su hija pequeña, en un accidente del que el libro apenas habla.

EL FACTOR HUMANO

En esencia, de lo que habla la novela es de dos personajes (con la encarnadura de personas), un hijo y su madre que esperan la muerte de ella como si se tratara de un nacimiento; y en esa espera, sin énfasis alguno, comienzan a reencontrarse. La manera en la que narra sin apenas acción pero con potentes descripciones, el tema central que se intercala entre los capítulos (Los ojos de mi madre lloraban hacia adentro / Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos) y la caracterización de esos personajes hacen de la novela una obra conmovedora, alejada de toda sensiblería.

No son unos protagonistas tiernos y perfectos, ya que los muestra como individuos reales (por más que duelan o se hagan incómodos) tanto por la caracterización que de ellos se hace como por su evolución. Así, por ejemplo, siendo Aleksy un artista muy reconocido por sus pinturas, la forma de escribir sus recuerdos tiene detalles artísticos o quizás poéticos que le dan un toque especial. Por eso, la forma en que percibía los ojos de su madre, como si a través de ellos pudiera ver el reflejo de lo que sentía ella, no resulta cursi o absurdo, pues responde a su caracterización como personaje.

La familia de Aleksy, inmigrantes polacos que viven en Londres, está representada como una familia disfuncional: un padre violento que abandona a la madre y al hijo, una hermana muerta, una madre demasiado herida como para hacerse cargo del padecimiento de su otro hijo y una abuela ciega y muy especial. Una semblanza que linda en lo melodramático, pero que el narrador sortea riéndose, por momentos, de sí mismo y evitando dejarse contagiar por la retórica del dolor.

Junto a ellos despliega toda una serie de personajes secundarios que sirven para matizar o reforzar la mirada del narrador. Caso de Moira, la pareja de Alexy a la que conoce en ese verano francés; o de sus amigos adolescentes, Jim y Kalo, compañeros de escuela y aquejados también de alguna enfermedad mental; o Karim, el inefable tendero, mezquino y generoso a partes iguales. Otro tanto se puede decir de los episódicos que dotan de una atmósfera nostálgica a aquel verano. Desde los vecinos del pueblo: John, el casero borracho; la señora de los conejos; Odille, la entrañable panadera; Ra, el atractivo monitor de canoa del lago; a la evanescente Jude, objeto de su deseo adolescente. Sin olvidar a los que pueblan su vida adulta: María, la mujer que le cuida; Sacha, el asistente médico convertido en su secretario para todo; el psiquiatra… En fin, todo un entorno humano que hace la trama más creíble y amena.

NARRADOR AIRADO

Pero sobre todo, ŢT ha creado un protagonista difícil de olvidar: perfectamente construido, con unos desequilibrios mentales que no sólo emocionan o repugnan por igual, sino que también ayudan a entender la soledad del diferente y como el arte, en ocasiones, actúa como la única forma de comunicarse con un mundo en el que, individualmente, ha dejado de existir (aunque sea una pastilla que palia pero no cura). Lejos de mostrarse políticamente correcta, se atreve a presentar sin ambages qué puede pensar y sentir un muchacho con un trastorno mental cuando se sabe víctima de malos tratos y abandono por parte de quienes debieron amarlo y cuidarlo.

La autora plasma como el chico jamás se lo dice a la madre, sino que se lo guarda y lo vuelca en su relato años después. Detalle crucial por cuanto implica que no existe sentimiento de venganza sino la necesidad de expresar por escrito su legítimo dolor. Así la historia narrada desde la perspectiva de los recuerdos de Aleksy, ese joven marcado por el resentimiento y el dolor, especialmente hacia su madre (que poco a poco se va entendiendo) y una enorme sensación de abandono. En ese verano, acomete una doble reparación: regenerar la relación con su madre y superar la dramática muerte de su hermana pequeña, raíz del desastre, del desequilibrio mental y del caos familiar: Mika murió de frío al extraviarse un invierno, con tan solo 5 años, y aquello sumió el mundo de la familia en la postración.

Lo primero que conocemos del personajes es esa rabia no siempre contenida que lo ciega, ese rencor por una madre que lo desatendió y con la que apenas habla. Con una hermana muerta, un padre que se marchó y una madre ausente, Aleksy se ha criado con su abuela. De hecho, llega a afirmar que las únicas mujeres que lo han querido han sido su abuela y su hermana. Es decir, Aleksy tiene detrás el sufrimiento de todo lo que ha vivido, sobre todo por culpa del comportamiento de su madre: Me costaba bromear con alguien con quien apenas había hablado en los últimos ocho años. Alguien que me había apartado de un puntapié como a un perro cuando yo estaba dispuesto a ser un perro solo por sus caricias. Frases de este tipo (u otras igual de duras) muestran sus emociones y dan rienda suelta a todo su dolor tal cual lo vive, sin edulcorar.

Porque en realidad nunca se ha sentido querido. Desde bien pequeño siempre se ha creído fuera de lugar, un hijo no deseado en aquel núcleo familiar disfuncional a la sombra de una hermana adorable que, por desgracia, fallece. Su padre es el ausente, el que nunca está, el que un día hizo las maletas y se largó de casa: En la contribución de mi padre no quería ni pensar. La idea de mi padre me hacía vomitar. (…). Mi padre también me habría matado a mí si no hubiera estado seguro de que me moriría enseguida.

Figura fantasmal que contrasta con la de su madre, que queda bien clara desde el primer párrafo: «Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba a la puerta de la escuela como una pordiosera. La habría matado con medio pensamiento. Con solo 5 frases ŢT ha presentado a su narrador. Un adolescente con problemas psiquiátricos (que se acentúan cuando deja la medicación), mal estudiante y cuya única preocupación es el viaje con sus amigos. Un joven que no oculta su enfermedad y que observa a su progenitora con una mirada perturbada y exasperada, como a través de un espejo deformado que le devuelve el reflejo de alguien con todos los defectos posibles.

Es el último día de clase, y la madre acude a recogerlo a la puerta de la escuela. Decide retratarse más de una hora mientras la contempla desde la ventana, sufriendo con la espera: la autora aprovecha para describirnos el carácter del lugar y para mostrarnos de una forma indirecta las zonas más oscuras de su personalidad. El carácter y circunstancias de Aleksy quedan, de esa forma, configuradas: En el segundo piso, junto al despacho de la psiquiatra, me detuve y garrapateé con las llaves, en la pared, ʺPUTAʺ. Si me hubiera visto alguien, le habría dicho que era mi agradecimiento por todos aquellos años de terapia.

No obstante, siguiendo los preceptos clásicos de la narración, el personaje cambia, hay un tránsito que el lenguaje acompaña: la vida de Aleksy avanza y la crudeza se vuelve más amable. El Aleksy adulto y desequilibrado escribe una narración inestable porque sus recuerdos van desde el desafío adolescente a la comprensión de la madurez, con saltos constantes de atrás hacia adelante y viceversa: a medida que avanza el relato (sobre todo a partir del momento en el que la enfermedad de la madre irrumpe en su vida) se va produciendo un cambio paulatino.

RASGOS DE ESTILO

ha contado en algunas entrevistas que escribió la novela en dos meses, lo que significa un ritmo de escritura enfebrecido, que no ha restado calidad al escrito, por el contrario la novela es un claro ejemplo de habilidad narrativa, de personalidad literaria y sobre todo de un diestro manejo de las emociones.

En efecto, estilísticamente la novela se caracteriza por el uso de una voz narrativa fragmentada, la de un Aleksy adulto y desequilibrado, que escribe una narración inestable, de capítulos cortos (algunos de ellos seguidos/precedidos por esas frases-verso que celebran esos ojos verdes del título) y saltos temporales. Alternando pasajes del pasado con el presente el joven narra en primera persona los hechos acontecidos durante el último verano que pasa con la madre, así como los que ocurren años después y los que vive en el momento actual. Saltando en el tiempo, la narración juega con las temporalidades, en ocasiones habla del presente, en ocasiones del pasado y sobre todo habla desde el recuerdo: eso que estuvo antes, pero que sigue vigente, creando una especie de laberinto temporal. La autora tiene la capacidad de hacer mirar hacia atrás y hacia adentro, revisando las miradas que nos constituyen como individuos en el mundo. La arquitectura textual, a golpe de retrospectivas (analepsis) y anticipaciones (prolepsis), junto a la técnica del racconto (retrospectiva prolongada hacia un momento largo del pasado de la narración que se relata de forma entera, incluso aportando detalles significativos), añade un gran dinamismo a este texto sobrecogedor.

El lenguaje por momentos lírico, que junto al estilo de escrito (la voz narradora no es oral, sino escrita) subjetivo de un personaje conflictivo que se expresa de forma directa y llana, consigue aligerar el dramatismo que encierra la historia, sin convertirla en un texto sombrío. Es esa alternancia de pasajes de prosa delicada y cuidada con momentos descarnados tratados con sencillez dotan a la novela con un efecto turbador.

La narrativa de es ágil y fluida, debido en parte por la estructura de la novela: 77 capítulos muy cortos (lo que hace la lectura ágil y fluida), algunos auténticos microrrelatos y otros (nueve: 4-11-18-24-28-33-49-55-63) brevísimos, poéticos, de una sola frase en una sola línea, casi un aforismo, en los que Aleksy trata de describir los ojos de su madre: «Los ojos de mi madre eran cicatrices en el rostro del verano. Hilvana así el desarrollo en torno a esa metáfora central: los ojos verdes de la madre como símbolo recurrente de esperanza, vida y la parte más pura de su vínculo materno-filial, contrastando con la crudeza de su relación. Porque Aleksy, que cuenta de forma directa algunas cosas muy duras, en otros casos recurre a metáforas y sutilezas.

Esa alternancia de crudeza y lirismo dota a la prosa de de una cualidad directa, sin maquillar el dolor. A través de un lenguaje crudo y poético, que sigue las impresiones y los pensamientos tortuosos del narrador , despliega originales metáforas no exentas de humor: Mi madre parecía una planta de interior sacada al balcón. Yo parecía un criminal lobotomizado. Éramos, al fin, una familia. Porque los elementos determinantes para entender tanto la historia como el estilo de la autora radican en su manejo de lo sensorial (hace sentir las sensaciones que tienen los protagonistas cuando van al mercado, a la playa, beben, comen o fuman...), lo poético, lo emotivo y en especial, lo metafórico.

Así se va construyendo una historia fragmentada donde el narrador va entregando su historia a trocitos, a trompicones, de forma que hasta varias páginas después, cuando aparece algún detalle asociado, no se tiene constancia de la envergadura de lo que ha contado. Algunos capítulos se inician con párrafos que no continúan lo que venía contando el anterior, con virajes a un presente que es futuro, desde un pasado que fue presente y a veces futuro. En este narrador y su forma de narrar reside el atractivo de la novela: en lo (aparentemente) imperfecto, en lo (buscadamente) abrupto. Aunque, claro está, todo tienen un sentido, que no es aleatorio; lo que busca (y consigue) es generar intriga y el deseo de seguir leyendo.

ASÍ SE CUENTA

El capítulo de apertura comporta una crueldad y brutalidad especiales. El primer párrafo del texto expresa sin ambages los sentimientos de Aleksy en esos momentos: Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años.

En el segundo se descubre desde dónde se está narrando lo que se va a leer: Hasta el día de hoy, cuando soy casi tan viejo como ella aquel verano. Más adelante, se aclara que los sucesos ocurrieron 14 años antes cuando el narrador contaba 17 años) y que toda la novela es una gran analepsis (recurso narrativo que interrumpe la secuencia cronológica de una historia para retroceder a un suceso o escena del pasado) que alberga otras más pequeñas en su interior. Porque la novela va remontado un flujo narrativo, contada desde el presente por la voz espontánea y directa de Aleksy, que por indicación de su terapeuta centra sus recuerdos en aquel último verano que pasó con su madre. La novela se plantea, por tanto, como un ejercicio de memoria y de escritura terapéuticos. Pero la forma en que la novela va a ir tomando cuerpo la va a ir convirtiendo en una obra casi lírica.

Desde aquí, empiezan a desgranarse unos recuerdos acerbos en su crueldad e inspirados en su delicadeza. Recuerdos procedentes de la memoria de un joven que, al inicio, odia intensamente a su madre: la considera culpable de numerosas negligencias, desde el rechazo que le ha mostrado durante mucho tiempo, a la peor, quizás, la muerte de Mika, su hermana pequeña. Demasiadas culpas para una existencia marcada por la enajenación y el abandono.

La novela continúa con el choque entre el carácter de la madre, que intenta recuperar el amor del hijo, y lo que el propio hijo piensa de sí mismo y de la vida que ha tenido hasta ese momento. Al padre le dedicará página y media en el capítulo 3, para después abandonarlo. En ese capítulo, Aleksy habla con dureza y desapego de él: En la contribución de mi padre no quería siquiera pensar. La idea de mi padre me hacía vomitar. Un padre que, según él, no hubiera dudado en matarlos, a él y a su madre, si no temiera a las consecuencias. Al final obtuvo un divorcio ventajoso que le alejó de ambos. Mas, de repente, en mitad de esas infamias, aparece la primera manifestación lírica del texto mediante una reflexión del chico sobre los ojos verdes de su madre, unos ojos verdes tan bonitos que parecía un despropósito malgastarlos en un rostro fermentado como el suyo. Y a continuación, el primero de esa serie de esas frases que se intercalaran de forma poética, en el seno de una narración oscura: Los ojos de mi madre eran un despropósito.

MANERA DE ESCRIBIR

Queda, así, establecida la estructura de la novela. Esa fricción entre lo más terrible del dolor y del odio y lo balsámico de las percepciones del protagonista, breves y contundentes, junto a las referencias metaliterarias sobre la propia construcción del texto que está escribiendo.

El primer capítulo, de forma breve pero rotunda (una de las marcas de identidad de la narrativa de la autora) ha mostrado nítidamente los dos universos que van a colisionar. Y por si fuera poco, se robustece ese principio con dos apuntes más que advierten sobre el probable comportamiento conflictivo y peligroso del muchacho. La recomendación de Jim: mi mejor amigo, me saludó con la mano y gritó que no me suicidara en verano. Y la confesión de Aleksy que cierra el capítulo: Los siete años que había perdido allí a lo tonto (…) No había cambiado nada. Mika seguía muerta y yo todavía quería pegar a la gente. ha demostrado con este arranque que golpea al lector todo su potencial. Abre así un estado de alerta y ansiedad en la lectura que se mantiene hasta el final. Ese final escueto y tranquilo que pone broche mediante lo que no fue (y no lo que podría haber sido).

El libro arranca con una indolente y abrumadora violencia verbal, para culminar con una vínculo casi metafísico y sanador. Las primeras páginas son un grito desabrido, casi adolescente (que puede llegar a intimidar), pero que pronto revela su sentido: es el modo en que la autora hace que entremos en la cabeza de Aleksy, tal como se recuerda a sí mismo, sin filtros o condicionantes previos.

Porque la gran originalidad del libro reside, precisamente, en esa manera de escribir. Es como si la autora (y por tanto el lector) viviera dentro de la mente de alguien profundamente herido, alguien cuya salud mental está muy quebrantada y con muchos recuerdos extraviados. Mediante el uso del estilo, el tono, el ritmo y, sobre todo la caracterización del personaje a través del lenguaje, la autora consigue trasmitir al lector una plétora de emociones que incluso llegan a acongojar: amor enmudecido, frustración, olvido (en cuanto mecanismo de defensa), miedo, perdón póstumo (como refugio final).

La belleza reside en los detalles, en las frases contundentes, en los momentos de puro lirismo, como cuando el protagonista empieza a mirar a su madre con otros ojos, que le permiten, por fin, verla como un ser humano lleno de cicatrices.

Contada con un ritmo áspero, vivo y a la par confesional, recuerda la escritura de Jack Kerouac, J. D. Salinger o Charles Bukowski: por esa prosa, por cierta urgencia adolescente, por su desgarro desbordado. Como en ellos, su escritura es sencilla en apariencia, pero tiene enorme filo; la psicología de los personajes está cuidada, no hace falta dar grandes explicaciones; abundan los pasajes dolorosos que obligan a detenerse, a respirar hondo… Pero eso es, a fin de cuentas, lo que la literatura debería provocar: incomodidad, alivio, resistencia, vértigo, lucidez.

TEMÁTICA DE LOS RECUERDOS

Decía Stefan Zweig que «nada es más difícil de describir que el vacío, nada más complicado de ilustrar que la monotonía.». Pues bien, la trama de la novela, un pintor en crisis creativa que revisita el último verano junto a su madre en un pequeño pueblo francés, es uno de esas ocasiones: los días fluyen, pasan sobre esas vidas, en apariencia sin tocarlas, pero el tiempo cambia imperceptiblemente a las personas y el mundo que las rodea. La madre tiene que sentirlo en su interior, lo que ahora no se haga ya no se hará. El hijo lo fue sintiendo en su momento y lo siente ahora, cuando escribe sus recuerdos.

En esos recuerdos tiene especial significación la enfermedad, como hito de revisión de nuestra vida y de la de quienes nos rodean, aquí sustanciada en la simbólica ceguera de la abuela, en el cáncer terminal de la madre y, sobre todo, en el desequilibrio mental del narrador. El libro ofrece la visión de la enfermedad mental ligada al trauma, derivado de su vida en el seno de una familia disfuncional; interpelando así sobre la mirada que se adopta sobre las personas con enfermedades mentales, planteando que, quizá, a esas personas con trastorno mental el trauma les desintegró su mente (tal como, hoy en día, se está planteando como hipótesis plausible de la psicosis).

Una manera de tratar de recomponerla, aliviar el sufrimiento y resistir es gracias al genio creativo que emerge en algunos y les convierte en significativos artistas. Porque cuando hay dolor en algunas personas con talento suele emerger la capacidad para crear belleza, como las pinturas Aleksy y las obras de cientos de pintores y artistas a lo largo de la historia. En este sentido, resulta relevante la especulación sobre la relación del arte y la sanación: por una parte, Aleksy escribe sobre aquel verano como terapia para superar un bloqueo artístico, usando el pasado para entender su presente; por otra, él mismo advierte como sus garabatos formaban parte de la terapia que tenía que liberarme de las pesadillas ligadas a la muerte de mi madre, pero no solo no me liberaron, sino que, por el contrario, me las inflamaron como unas lentes puestas al sol.

Mientras que la muerte de Mika, como catalizador de la crisis familiar y del viaje emocional de Aleksy, sirve a la autora para reflexionar sobre el duelo y la pérdida. Cuando un ser querido o alguien muy próximo fallece nos cuestionamos si hemos quedado en paz con esa persona, si le dijimos lo que necesitábamos decirle o se nos ha quedado algo pendiente. El dilema es para quienes quedamos suspendidos en el duelo.

Por eso, el libro plantea la necesidad de hablar, de reconstruir la historia personal, familiar e íntima: no para justificar, sino para comprender. Pocas cosas hacen tanto daño como no haber hablado, como no haberse conocido. Los años pasan y las personas con las que se vive pueden volverse ajenas.

En relación con ello, la novela juega con la forma en que se recuerda y juzga a los padres. La figura materna se ha asentado incorruptible en nuestra sociedad, cuando en realidad las madres son seres de carne y hueso. Mujeres que como cualquier persona tienen una personalidad poliédrica, plagada de peculiaridades y una personalidad propia. No son perfectas y la actualidad literaria parece haberse dado cuenta por fin de esa realidad tantas veces ignorada. No son pocos los libros que ahondan y reflexionan entorno a su figura, a su concepto, a su cuerpo; ningún campo parece quedarse atrás en esos análisis. En este campo se sitúa este libro.

Una reflexión añadida es la de buscar refugio en los momentos felices del pasado para afrontar los del presente. En diversas entrevistas, la autora ha comentado que el pasado podría cambiarse, al menos en la forma en que uno se relaciona con él, a través de cómo uno decide recordarlo, por ejemplo. El protagonista dice revivir el verano con su madre cada día porque se lo prometió, pero lo que hace es pintar cuadros sobre ella como una vía para desahogarse y, tal vez, de mantener las buenas sensaciones de ese momento. Todo una reflexión sobre el tema de la percepción y la memoria.

Otro tema central, sin duda, es el del perdón, la capacidad de superar rencores y odios y procurar la reconciliación. Lo que, en una relación maternofilial, puede resultar incluso más peliagudo, dado que a nadie se quiere, ni se puede odiar tanto, como a una madre, como parece decir Aleksy en el primer capítulo. El perdón como regenerador, en cierto modo como el recuerdo, suscita emociones que pueden aliviar las heridas más dolorosas. Aleksy, respondiendo a la terapia marcada, al escribir acerca de ese último verano con la madre, recompondrá los momentos de dolor para, conectando con esos momentos de su adolescencia, lograr superarlos y ser capaz de seguir adelante.

Lo que queda claro es que, al tratar grandes temas literarios (la muerte, el dolor o las relaciones familiares en momentos extremos, etcétera), no edulcora el relato, no cae en la autocomplacencia de lo trivial o de lo cursi; al contrario, mantiene su escritura invariable, matizada tan solo por la efusión de sus recursos líricos.

EL EJE MATERNO-FILIAL

Pero el tema central que aborda con hondura y rigor es el de las relaciones maternofiliales a través de la observación del odio, amor, culpa y búsqueda de perdón entre madre e hijo. Porque, a lo largo del relato, la relación materno-filial experimenta una transformación, produciéndose un cambio en la mirada de Aleksy sobre la madre. Realmente el auténtico logro del libro reside en esa tarea subrepticia de ambos personajes por recuperar a la madre guapa y ya no ajena: ahí radica la función narrativa, el esfuerzo de la autora para mostrar los pasos que conducirán a una reconciliación conmovedora. El libro arranca con una enorme descarga de ira (en esa primera frase ya citada) y se prolonga en un recorrido turbador que sigue el crucial itinerario de Alesky desde el odio y el rencor hasta el (re)descubrimiento de la figura materna de la que tanto ha abominado.

Empieza accediendo a pasar el verano con su madre porque esta se encarga de prometerle algo material (lo funcional, que es el modo en que estos muchachos han aprendido a sobrevivir) para lograrlo, pues sabe que por motivos afectivos no lo lograría.

En el pueblito francés al que van, Aleksy descubrirá por qué le ha invitado a pasarlo con ella. Su madre le comunica, en mitad de un campo de girasoles, que padece un cáncer incurable y no va a sobrevivir el verano. Aleksy empieza a cambiar en el momento en que es consciente de que su madre lo necesita: comprende que están allí para que ella muera. Ese momento marca el antes y el después de su relación, que va a experimentar una serie de cambios (que componen el núcleo de la novela), añadiéndole un sentimiento de urgencia y melancolía. Porque la novela cuenta la transformación del vínculo madre-hijo, pero a la vez narra el pasaje de la vida a la muerte. Así cobra sentido que pudiendo escapar para reunirse con su dos mejores amigos en el tan esperado viaje de iniciación, elige quedarse a desayunar con su madre palomitas con cerveza (muestra palmaria del desastre que es la madre). Metafóricamente, los alimentos poco a poco se tornarán más sanos gracias a las compras en el mercado del pueblo (muestra de la progresiva madurez de Aleksy).

A medida que pasa el tiempo, comienza a notar cambios en su madre, tanto en su apariencia (reflejada en sus ojos verdes) como en su comportamiento: se vuelve más abierta y vulnerable, permitiéndole ver aspectos de ella que antes ignoraba. Comienzan a mantener conversaciones profundas, recuerdos, y momentos que nunca antes habían experimentado juntos. El auténtico viaje de iniciación será para Alesky un viaje estático en ese pueblo francés. Allí su personalidad desarrollará sensaciones, reducirá la distancia que lo separa de la madre e iniciará la senda de la responsabilidad con una epifanía que verbaliza en el (micro)capítulo 11: Los ojos de mi madre fea eran los restos de una madre ajena muy guapa

Aleksy, que siempre ha visto a su madre distante y fría, comienza ser consciente de su propia responsabilidad en la frialdad de su relación, así como de la sensibilidad y fragilidad de su madre. Un aprendizaje que se muestra en pequeños detalles que le hacen ver una madre menos estúpida o anodina de la que había representado desde el abandono y el desamor. En el fondo, ve que era una mujer con proyectos, ilusiones y sueños que se vieron desbaratados en el momento en el que se quedó embarazada (de él) sin quererlo y tras cometer el error de casarse con el padre, quien no resultó ni buen marido ni buen padre. La maternidad quebrantada, la personalidad ignorada por parte del hijo y sus constantes acometidas hacen que su historia quede totalmente oculta, al menos durante la primera parte. Algo que se corrige en la segunda, donde la poética se hace cada vez más relevante y ella y su vida (irónicamente, a punto de consumirse) toman protagonismo.

En esos meses de verano, Aleksy se acerca a su madre en un lento proceso de reconciliación, de relativo entendimiento y de perdón, a través de silencios, paseos al mercado, desayunos extravagantes, conversaciones y visitas a la playa. Proceso de redescubrimiento y reconciliación que incluye dolor y culpa, pero también empatía y amor. La relación entre ambos se transformará de cuidador servicial (que por dentro esconde gran ira) y madre vulnerable (que se aferra a la vida con energía), a vínculo afectivo subsanado donde el amor y el perdón (genuinos, sin presión externa) afloran, convirtiéndose en los ingredientes necesarios para tal reparación afectiva. Cuando se pregunta: ¿Por qué no había empezado mi madre a morir antes?, está indicando su necesidad de haberla recobrado antes.

OJOS Y TRANSFORMACIÓN

En ese verano de metamorfosis, Aleksy experimenta diversas transformaciones: ajustará su odio materno hasta convertirlo en amor y acabará por abrir la coraza en que se resguardó cuando falleció su hermana. Mientras, su madre va deteriorándose a causa del cáncer. Se produce un desarrollo paralelo entre su ruina física y su acrecentamiento maternal a los ojos del hijo. Aquí radica uno de los asuntos esenciales del libro, una relación causa-efecto entre ambos personajes. A medida que la madre entra en el declive, Aleksy va creciendo emocionalmente purgando sus zonas oscuras.

Ese proceso de transformación de la relación se certifica en las poéticas metáforas sobre los ojos verdes de la madre. Desde el inicio Aleksy hace énfasis en los ojos de su madre. Le empiezan pareciendo un despropósito; pero esta percepción va cambiando y con ella los sentimientos de odio y rabia iniciales se vuelven ambivalentes (odio-rabia / pena-ternura) para terminar transformándose en sentimientos de amor (un tanto indulgente) y perdón: Pasamos casi todo el día hablando sin parar, comiendo nueces y manzanas, pero sin decir lo esencial. Me separé de mi madre sin que ella supiera que la había perdonado. Ese verano Aleksy también encontró la ternura en la mirada de su madre.

Otra gran metáfora radica en la atmósfera de desenfreno en que ambos viven su último verano juntos: bebiendo y comiéndose la vida como si no hubiera un mañana (como es el caso, más allá de la metáfora) sabiendo que no habrá más experiencias compartidas...

Pero el verano no solo trae la reparación del vínculo afectivo, sino también la consciencia de lo que es perderlo y sufrir por ello: lo que supone sentir que tiene una madre y comprender que la perderá irremisiblemente. Tanto que el duelo le descompensará de su enfermedad mental. En efecto, si bien el verano ha constituido un periodo de sanación para Aleksy, la reconciliación ha llegado demasiado tarde.

Cabe destacar finalmente que todo este proceso no se da con un giro de 360 grados: «quizá sea ingenuo pensar que unos meses pueden cambiar una vida, pero creo sinceramente que puede suceder, que siempre hay tiempo para hacer las paces. Incluso puede suceder después de la muerte. Creo que estos son los mensajes del libro, la reconciliación y el perdón, que las cosas pueden repararse a pesar del tiempo y a pesar de todo, aunque sea en el último momento». Aleksy no acaba endiosando ni amando del todo a su madre (no concordaría con su temperamento). La autora equilibra sus nuevos sentimientos hacia su madre con su personalidad: así, por ejemplo, desea que se calle cuando habla demasiado; pero ya sin desear verla muerta y ayudándola a realizar todo aquello que desea y su enfermedad le permite.

Pero no todo es hermoso en esta historia. La sombra de la muerte se acrecienta con el paso de páginas y capítulos, y ni tan siquiera el paso del tiempo (que permite a Alesky convertirse en un desequilibrado artista de éxito) consigue alejarle de su recuerdo y de sus particulares demonios interiores. Porque, en el momento en el que más solo se va quedando, es cuando, paradójicamente, comienza a entender a su madre y a recuperar su cariño y su amor: Querencias harto efímeras, pues el verano pasa con rapidez.

AL FINAL, EL LECTOR…

Sin duda se trata de una historia provocadora e intensa, pero, afortunadamente, se aleja de las representaciones edulcoradas de la maternidad o de la relación afectiva, constituyendo una lectura fresca y emocionante que se lee de un tirón.

La autora no trata al lector como un niño, no explica todo con detalle, sino que va proporcionado elementos para que él mismo pueda aplicar el análisis y la intuición (sin que se vuelva algo complejo). Por ejemplo, no ahonda demasiado en el problema mental que tiene Aleksy, sus mismos pensamientos, actitudes y diálogos nos demuestran la falta de cordura. Simplemente con que su odio hacia su madre aumente por algo tan tonto como el vestido que lleva puesto ese día, da a entender que ese sentimiento no sea exactamente porque la madre lo merezca, sino que es tan solo un reflejo del odio que tiene hacia sí mismo, sus traumas y otras cuestiones psicológicas.

Asumiendo que la prueba del algodón de la verdad literaria es que no somos los mismos antes y después de la lectura, este libro la supera con creces. De ahí su conveniencia para estos tiempos complejos que vivimos y soportamos.

Finalmente precisar que, si bien podría pensarse que he desvelado mucho de la novela, he de decir que no es así. Esa es otra de sus cualidades: el libro contiene tal cantidad de asuntos que esta reseña apenas deja entrever algunos, solo he vislumbrado una exigua porción del hilo argumental y temático. En su engañosa sencillez el relato se ramifica en numerosos tentáculos, aborda multitud de cuestiones, desarrolla diferentes hilos narrativos.

«No —me dijo Moira asustada—, no escribas, Aleksy, por favor. Es posible olvidar los colores, las palabras, no.»

miércoles, 14 de enero de 2026

LOS ALEMANES


«LOS ALEMANES»
Sergio del Molino (2024)

 


«Es sobre la Biblia, el pecado original. Shakespeare decía que significaba que «los pecados del padre recaerán sobre el hijo». Esencialmente, que somos responsables de los pecados de nuestros antepasados, y ellos son responsables de los nuestros.»
La quinta víctima (2018), J. D. Barker

ZARAGOZANO DE ADOPCIÓN

Sergio del Molino (Madrid, 1979) es un escritor y periodista cultural, autor de novelas y ensayos, zaragozano de adopción, que se reconoce tan desarraigado y apátrida como sus personajes. Ha publicado unos quince libros (de narrativa, ensayo y crónica periodística), entre los que destacan dos ensayos narrativos sobre la despoblación y "la idea de país" y que lo situaron en primer plano de actualidad, pues abrieron un debate social y político sobre la despoblación y el abandono rural: La España vacía (2016), que obtuvo el premio al mejor ensayo del Gremio de Libreros y el Premio Cálamo, además de entrar en las listas de "mejores del año" de toda la prensa cultural, y Contra la España vacía (2021). Con anterioridad había ganado los premios Ojo Crítico y Tigre Juan con la emotiva novela La hora violeta (2013), donde relata la enfermedad y muerte de su hijo, el pequeño Pablo; y, después, el Premio Espasa con Lugares fuera de sitio (2018).

Además, ha publicado otras novelas que han transitado fundamentalmente por la autoficción: Lo que a nadie le importa (2014) y La mirada de los peces (2017); así como el breve ensayo biográfico Calomarde. El hijo bastardo de las luces (2020); una autobiografía novelada sobre su relación con la enfermedad, La piel (2020); y Un tal González (2022) sobre la figura de Felipe González. Sergio del Molino (SdM) es columnista del diario El País y colaborador de Onda Cero Radio, entre otros medios. Sus obras han aparecido en más de quince países.

En Los alemanes brinda una novela más ortodoxa, aunque como veremos no lo sea del todo. Fue presentada al Permio Alfaguara con el título de El espíritu de la escalera y bajo el seudónimo de Patricia Bieger. Tras seis años consecutivos en que el Premio había sido otorgado a escritores latinoamericanos (desde del mexicano Jorge Volpi al peruano Gustavo Rodríguez), con él en 2024 volvió a recaer en un autor español.


 PARATEXTOS ENGAÑOSOS

Los paratextos del libro, tanto las citas iniciales como la especificación de la base histórica de la obra, ya suponen toda una declaración de intenciones. La primera de las citas corresponde a La paradoja del comediante de Denis Diderot y hace referencia a un concepto que motivo el título original de la novela y que se explica en su interior: Ya sabes a qué me refiero, l’esprit de l’escalier, esas palabras que se te ocurren cuando ya has salido de la habitación y estás bajando a la calle. Concepto que consigna la respuesta tardía, la que se nos ocurre cuando ya no hay posibilidad de réplica o reparación. Siguiendo tal pista podría pensarse que el libro va cuestionar la comunicación inconclusa y frustrada que no se puede retomar para decir lo que no se ha dicho.

La segunda corresponde a un párrafo de los Diarios de Franz Scubert, cuya vida y música aparte de generar numerosas referencias dentro del texto, constituye, vía Spotify (en la tercera página de paratextos: un código de barras), la banda sonora del mismo. Su música sobrevuela sobre la novela como mecanismo de inmersión cultural que pretendidamente sirve para entender el mundo cultural en el que viven los personajes: el propio SdM r dice haber escuchado mientras lo escribía, llegando a afirmar que ello ha dotado de un pensamiento musical a su manera de escribir. La cita hace mención al desconocimiento que tenemos de quienes nos rodean y que, como se verá es una de las bridas con la que SdM pretende ceñir la narración, pues la intenta fundamentar en el desconocimiento que se tiene de la propia familia.

La tercera, quizá la más importante, pertenece a Hannah Arendt, concretamente a su libro Eichmann en Jerusalén (1963): «Únicamente en sentido metafórico puede uno decir que se siente culpable no por lo que uno ha hecho, sino por lo que ha hecho el padre o el pueblo de uno. (Moralmente hablando, casi tan malo es sentirse culpable sin haber hecho nada concreto como sentirse libre de toda culpa cuando se es realmente culpable de algo)». Sea como fuere, de la cita se desprende que el libro va a tratar sobre la culpa, y no la culpa personal, sino la que se hereda.

Pero el autor vuelve a recurrir a Arendt dentro de la novela: conforme avanza, los soliloquios de los protagonistas desembocan en ese tópico contemporáneo de la banalidad del mal, tan recurrente (casi insistente), y no siempre justificado, en las últimas décadas. Loi cierto es que actúa como un motor argumental y permanece como uno de los principales ejes temáticos. Es más, uno de los protagonistas, profesor en la Universidad de Ratisbona, ha escrito un artículo sobre el libro de Arendt y va a descubrir en su familia a un tipo banal que, sin haber matado a nadie materialmente, tiene en sus manos la sangre de mucha gente, siendo también, igual que Eichman (forzada comparación mediante), un poco tonto: «Que no fuera el responsable máximo no le exime de culpa. Eichmann es un criminal en tanto que miembro de una organización criminal, y ni el más tonto y prescindible de los gánsteres puede alegar obediencia cuando juzgan a la mafia». Por lo que podría pensarse que la obra trata también sobre el mal.

En la hoja siguiente aparece un epígrafe histórico preliminar que, pese a su extensión, merece la pena reproducir: «El 2 de mayo de 1916, los vapores Cataluña e Isla de Panay atracaron en el puerto de Cádiz. Transportaban a seiscientos veintisiete alemanes procedentes de la colonia de Camerún, conquistada por los aliados en febrero de ese año en uno de los episodios menos conocidos y menos comentados de la Gran Guerra. En lugar de rendirse a sus enemigos, los alemanes se entregaron a las autoridades españolas en Guinea. España, como potencia neutral, los acogió como internados. Ya no abandonaron el país y se instalaron, sobre todo y entre otras ciudades, en Alcalá de Henares, Pamplona y Zaragoza. Pronto se harían famosos y serían conocidos como los alemanes del Camerún». Su inclusión lleva a pensar que, a partir de estos hechos, se va a desarrollar una novela histórica.

Sin embargo, aunque la trama va a partir de ellos, el salto hacia la ficción se hace viable cuando SdM traba relación con el abogado Pablo Bieger, nieto de uno de aquellos alemanes, como aclara en el capítulo epílogo (Una deuda y alguna gratitud), dedicado a quienes le ofrecieron los mimbres para escribir la novela a partir del material proporcionado por Severiano Delgado, bibliotecario de la Universidad de Salamanca, y por el propio Bieger. Y el vínculo se encontró en unos panfletos y discursos de Goebbels impresos en español para aquellos 627 alemanes que residían en la España franquista.

A partir de ahí, SdM inventó el contexto para la novela: «la historia cuenta el final de una familia en la actualidad, empieza en un cementerio alemán con la muerte del mayor de los tres hermanos, y los otros dos hermanos teniendo que enfrentarse a la revelación de un secreto que tiene que ver con su padre, con el pasado de la familia y que está muy vinculado con el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, con todo lo que fue los crímenes y el Holocausto; es una novela familiar con el trasfondo de las grandes violencias del siglo XX». El texto se presenta pues como una novela histórica y una saga familiar, pero el resultado final no es ni una cosa ni la otra. La propuesta es prometedora, pero como tantas promesas, queda incumplida. El texto está muy lejos de ser una novela histórica, pues si SdM pretende dar a conocer una parte desconocida de la historia de esos alemanes del Camerún, al finalizar el libro, el lector sabe tan poco de aquellos como al inicio. Igualmente inapropiado es, como veremos, ubicarla como una saga familiar, pues se reduce a mostrar quién era más nazi o quién debía sufrir la deshonra y cargar con el estigma del familiar fascista.


LA SOBERANÍA DEL LECTOR

La narración parte del hecho real (sintetizado en el paratexto mencionado) que, desde su juventud, interesó al escritor y que le llevó a investigarlo y publicar su indagación periodística en el ensayo Soldados en el jardín de la paz (2009). Ese episodio, fue «una fuente de inspiración literaria y de meditación sobre uno de los temas recurrentes de mi obra: el desarraigo y la identidad. De una forma u otra, la epopeya de estos desubicados está en todos mis escritos y me ha ayudado a entender mi propia desubicación». 

Ahora lo retoma en la novela, como punto de partida de una ficción que pretende ser un retrato creíble de una comunidad, bastante prospera y endogámica en sus comienzos, de españoles de nacimiento en sucesivas generaciones, pero aferrados en espíritu a un germanismo ya ha dejado de existir. Precisamente, ese es el drama íntimo de los personajes, pues el autor ha pretendido escribir una novela de personajes, en ellos está la esencia de la obra, teniendo como telón de fondo la historia reciente de España, de Zaragoza y de Alemania, que los condiciona y alimenta la trama de suspense, tan falta de matices como de profundidad psicológica aquellos.

Los alemanes se inscribe pues en esa corriente de novelas documentales (o de no-ficción) que utilizan materiales reales (históricos) respaldados por afanosos trabajos de investigación. Uno puede preguntarse el motivo por el que un autor consigna toda esa documentación como ʺnovelaʺ. La respuesta que se me ocurre es que eso le permite escamotear la subordinación a la verdad. Al exponer esos materiales como ʺnovelaʺ, el escritor prescinde del compromiso de someterse a la constatación de los hechos presentados, al quedar su estructuración y significación a disposición del autor-narrador. Como ʺnovelistaʺ, tiene la potestad de utilizar los hechos como quiera, excluyendo toda responsabilidad al respecto, pues ha dejado claro que se trata de una ʺnovelaʺ.

Ahora bien, frente a esta decisión autoral, también el lector puede mostrase liberado en el enfoque de su lectura: puede no aceptar este pacto unilateral que le plantea el autor y, obviando considerar la obra una ʺnovelaʺ, la lea como una ʺcrónicaʺ o como (en este caso) un ʺensayoʺ. Decisión que al autor ni le va ni le viene, impávido y seguro bajo el paraguas genérico y ético de la ʺnovelaʺ (donde cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia).


NOVELA CORAL DE INTRIGA

Argumentalmente Los alemanes (2024) se presenta como un dudable relato de suspense (thriller) con matices históricos, sociológicos e incluso políticos. La intriga radica en aplazar el descubrimiento, por parte de los hermanos protagonistas (y del lector) de los antecedentes filonazis del padre, que se remontan a su infancia y juventud, en las décadas finales del siglo XX. Pero como todo en la ficción, esa sujeción a la intriga conlleva rebajar la verosimilitud de la historia. Se pretende que el lector crea que una brillante política municipal (brillas porque entiendes el mundo mejor que otros) de Zaragoza (una ciudad provinciana, donde todo se sabe, y más en los círculos cerrados, como el de los alemanes de Camerún), y un profesor universitario germanista, especializado en la literatura judía de Alemania, hayan pasado su vida ignorando la vinculación activa de su padre con el neonazismo, su financiación de comandos terroristas en Alemania y su estrecha relación de mecenazgo con Léon Degrelle, el dirigente nazi refugiado en Málaga tras la guerra. Dicho así, no parece desde luego muy verosímil. Más teniendo en cuenta la propensión nazi a exhibir parafernalia y discurso, cuanto más en aquella España donde el neonazismo se expresó con impunidad.

Estructuralmente está escrita a modo de novela coral: la narración parte de la pretensión de que cada personaje tenga su voz, su mundo, su manera de expresarse, aunque con desigual importancia en el relato. Las voces de los protagonistas de forma polifónica se van a turnar para desvelar en primera persona su intervención en la trama, sus recuerdos, impresiones, sentimientos, conversaciones, reflexiones e intenciones. Cada capítulo, lo protagoniza uno de ellos (dando su nombre título al capítulo), que habla en primera persona de sí mismos y de su relación con los demás, proporcionando así una visión (a menudo contradictoria) subjetiva y parcial de los hechos

Recurso este de la pluralidad de puntos de vista que, aunque en principio, puede aportar una información contrastada y la posibilidad de introducir variados matices, conlleva también un evidente riesgo, la credibilidad de la voz narrativa, ese rasgo que hace creer al lector que cada voz es un personaje psicológica y narrativamente individualizado, por una parte, y «que la historia se la están contando realmente los descendientes de una de estas familias alemanas». Credibilidad que, en ambos casos, no está plenamente conseguida. 


HERMANOS SCHUSTER & CIA

La trama, ambientada en la Zaragoza de hoy (100 años después de la llegada de los alemanes del Camerún), cuenta la historia de tres hermanos (Gabriel, Eva y Federico) descendientes de una de esas familias que llevan varias generaciones en Zaragoza: los Schuster. Descendientes del bisabuelo, Hans, el Schuster primigenio, procedente de la colonia africana y fundador en la ciudad de una fábrica de salchichas, muy próspera en sus comienzos y que el padre dejó endeudada y obsoleta, pues no se había preocupado de modernizarla.

Una familia que, aunque se ha integrado plenamente en la sociedad zaragozana, siempre ha mantenido un fuerte vínculo con la cultura alemana, con su historia, tradiciones y especialmente su cultura. En realidad, los problemas que los protagonistas afrontan, y que constituyen el eje de la trama, siempre se relacionan con las contradicciones entre esas dos vertientes de su identidad: la española y la alemana.

Los tres hermanos, marcados por el peculiar origen de su familia y criados en un hogar disfuncional, odian al padre tiránico, Juan, que aunque está vivo, no es muy consciente de ello: no es más que una sombra, un personaje esquemático y tópico: irascible, ausente y nazi; y reniegan de una madre melancólica, Ana Higueras Wishental, ya fallecida, que se replegó sobre sí misma y no los protegió en la infancia y adolescencia: siempre al piano, siempre escuchando música clásica alemana (especialmente de Schubert), siempre ausente de las inquietudes de sus hijos y, a buen seguro, atemorizada ante el padre.

Los tres hermanos buscan su lugar en el mundo y dejar atrás ese pasado. Gabi acabó siendo un conocido cantautor roquero (Gabi Ese) de vida rebelde y disoluta. Eva es concejal del Ayuntamiento de Zaragoza y, apoyada por el alcalde próximo a retirarse, se ha convertido en promesa de la política a punto de dar el gran salto desde la esfera municipal a la nacional de su partido (que no se especifica, pero se supone sea el PSOE). Fede es un profesor un tanto amargado que imparte clases en la universidad germana de Ratisbona (Baviera).

Los tres hermanos buscan su lugar en el mundo y dejar atrás ese pasado. Eva es concejal del Ayuntamiento de Zaragoza y, apoyada por el alcalde próximo a retirarse, se ha convertido en promesa de la política a punto de dar el gran salto desde la esfera municipal a la nacional de su partido (no se especifica cuál, pero se supone sea el PSOE-Aragón). Fede es un profesor un tanto amargado que imparte clases de Filosofía en la universidad germana de Ratisbona (Baviera). Y Gabi acabó siendo un conocido cantautor roquero (Gabi Ese) de vida rebelde y disoluta.

La trama se inicia en el entierro de Gabi, su ausencia brinda la nota sardónica y confiere un cierto tono trágico a todo el libro, resultando un protagonista de rasgos imprecisos que se va perfilando a través de la visión de otros personajes, pero igualmente decisivo de forma indirecta en el desarrollo de la acción, porque el libro retrocede y avanza. En esas exequias están su amiga de infancia y adolescencia Berta Klein y otros miembros de la comunidad de descendientes de los alemanes del Camerún, y se produce el reencuentro de Fede y Eva. resucita en el recuerdo de sus hermanos y de su amiga Berta Klein,

A partir de ahí, comienzan las remembranzas, el desarrollo de la historia de la familia, contada siempre a través de monólogos interiores de los cuatro personajes-narradores. Durante años, Eva y Fede, a su modo, han abdicado de su pasado y vivido en relativa paz, pero con la sombra de la violencia que su padre ejerció (trasunto doméstico de la violencia del pasado alemán), mientras, en el presente, lidiarán con la herencia recibida.

El nudo narrativo se abre cuando dos israelíes, que han comprado el Real Zaragoza club de fútbol, irrumpen en la ciudad con intenciones especulativas y dispuestos a levantar la alfombra de la memoria desvelando las sombras que se esconden bajo ella. La aparición del israelita Ziv Azoulay, comprometido en turbios negocios inmobiliarios que requieren del apoyo político de Eva, complica aún más la situación, pues utilizará el pasado de Juan Schuster, para chantajear a sus hijos con el fin de lograr ese apoyo, lo que les obligará no solo a conocer ese pasado, sino también a lidiar con él.


ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA

Así, estructurada polifónicamente el relato sigue el peso espectral de los ancestros a través de monólogos y diálogos rememorados por los cuatro narradores: en gran parte por Fede (13 capítulos) y Eva (10), y en menor medida por Berta Klein (5) y Ziv Azoulay (4). En realidad, los dos hermanos son los protagonistas-narradores directos de la trama y a través de ellos vamos conociendo sus pensamientos y sus sesgadas opiniones sobre los otros. El tercer personaje protagonista es Berta (quizá el personaje mejor definido) esa antigua amiga de juventud de Gabi que, en el funeral, vuelve a ponerse en contacto con Fede. Lo interesante de Berta, aparte de algún diálogo que mantiene con Fede sobre un artículo de éste dedicado a Hanna Arendt (y su banalidad del mal que tanto ha interesado al personaje y al autor) es introducir un contrapunto familiar entre los Klein y los Schuster. Su abuelo, Oskar Klein, llegó a Zaragoza en 1916 con Hans Schuster. Sin embargo, la trama presenta como muy distintos a los dos hombres y a sus dos familias. Pues no en vano SdM ha destacado la importancia de la familia, «ese núcleo fundacional de tu vida que también puede ser terrorífico

Los Schuster eran de aquellos alemanes que no llegaron a poner la tricolor de Weimar, que consideraban una bandera de vendepatrias. Nunca aceptaron la república. Se habían mantenido fieles al káiser, cuyo retrato presidía el salón, pero abrazaron el nuevo Reich con una alegría avasalladora. Descolgaron a Guillermo y pusieron a Adolfito en su lugar, y Adolfito, encantado, los regó con marcos frescos. Sin embargo, Oskar Klein no simpatizaba con aquello, pero sus tintorerías dependían de los alemanes, no podía ponerse a mal con ellos. Fue nazi por posibilismo, no por convicción (evidente paradoja: ¿el posibilismo cae dentro de la banalidad del mal?). O al menos, así le ha llegado la historia a Berta, que la ha asumido y no piensa cambiarla: quiere que su mundo sea el que le dibujaron, con un abuelo muy distinto de los Schuster y el resto de los alemanes de la colonia zaragozana. Solo se conoce la versión de Berta (ventajas del narrador subjetivo…) y, de este modo, la historia de Oskar (Cuando volvió de Rusia), contada por ella, verifica el contrapunto a todo lo que los Schuster supervivientes van a descubrir acerca de su padre (quizá Gabi, el único con la capacidad y el valor de enfrentarse a su padre, ya la había descubierto), pues la trama actual hunde sus raíces en la historia familiar.

El cuarto personaje-narrador (que ejerce de antagonista) es el tiburón financiero Ziv Azoulay, un judío sefardita cazador de nazis y descendiente de otro, que se cree la reencarnación moderna del judío errante, al menos en cuanto al temor que produce en los enemigos de su pueblo (todo un personaje: ¡judío errante-tiburón financiero-cazador de nazis!).

Cabe apuntar, en el sentido estilístico el registro de los hermanos Schuster: se diferencia por ser más explícito y vulgar que el de los otros narradores: poniendo cara de correrse… / lo cabrón que era / puta madre / que sí, jode… Quizá como muestra de su herencia (¿?) la exteriorización de su mundo interior se muestra a veces grosera y brusca. Tal modo de proferir contenidos desde su conciencia en forma de confesiones no parece tanto una alternativa de caracterización como un mecanismo para concitar una interesada relación dialógica con el lector (supuesto receptor) y el resto de los personajes: así, por ejemplo, a través de este mecanismo habilita al Rapsoda, sacerdote laico que honraba el anticlericalismo del difunto sin ofender la fe de los asistentes durante el funeral de Gabi, para afirmar que había más curas y eran más feos y más sucios y se follaban a más niños… De ese modo que permite al narrador atribuir a un catolicismo viscoso (el de la ficción), un estigma (subliminal si se quiere) aplicable al catolicismo de la realidad con la salvaguarda de que solo se trata de ʺun juicio gratuito utilizado con licencia por uno de los narradores. 


PERSONAJES, EL TRAMPANTOJO

El principal problema de una novela coral es que sus personajes sean meras figuras funcionales. Precisamente el caso que nos ocupa, estamos ante unos personajes mensajeros de un discurso histórico-cultural denso y enfático, cuya integración en la narración resulta muy poco natural. La novela zozobra en la consistencia de los soliloquios y de los diálogos y el trabajo de documentación acerca de la cultura alemana, literaria, histórica y musical se diluye en digresiones más o menos interesantes, más o menos cargantes, más o menos justificadas.

En este sentido resulta paradigmático, para advertir el mecanismo de los monólogos que constituyen la novela, este pasaje que aparece en la página 316 como muestra inequívoca de incongruencia narrativa y estilística (las notas en rojo la señalan):

Subió después una de sus sobrinas, creo que Carmen, y entonó a capela un lied [¿a quién se dirige?]. Lo identifiqué pese a mi oído de piedra [Fede ha venido reiterando a lo largo de toda la novela su incapacidad y desinterés por la música]. Era Einsamkeit, es decir, soledad [¿para quién traduce?]. Mientras escuchaba la primera estrofa pensé en la belleza morfológica de la palabra alemana. Einsamkeit es un sustantivo que se construye a partir del número uno, eins. En español sería algo así como uniedad, la propiedad de ser uno. Aunque me gustaba descomponer las palabras compuestas, no solía prestar atención a las etimologías ni a la historia de las lenguas. Siempre me parecieron material de relleno erudito, la falsa poesía de los falsos poetas [¿a quién le explica todo eso?].

Aparte de la incoherencia reveladora del pasaje, está la de la consistencia narrativa: estando en el flujo de conciencia del personaje no se entiende todas esas explicaciones. Es decir, la novela no solo es cuestionable por su planteamiento artificioso (por no decir manipulador) del tema (lo que cuenta), sino también por cómo lo cuenta.

Buena parte del nudo de la novela gravita sobre el cuestionamiento de las aptitudes de los personajes y las posiciones que ocupan en la vida pública. En el caso de Fede, el contraste entre sus cualidades docentes e investigadoras en el desempeño de su carrera en la universidad de Ratisbona, y su plasmación narrativa como un personaje bastante simple y mediocre, reproductor de enseñanzas y lugares comunes de la cultura académica. Y en el de Eva, el discurso sobre la actividad política que la envuelve y justifica como personaje no pasa de una confortable visión idílica-populista de magazine de sobremesa.


NOVELA MALOGRADA…

La novela histórica, en cuanto narra hechos históricos, ha de fundir la realidad con la imaginación, de forma que el ensamblaje proporcione al lector una visión de la época, su mundo y sus hechos. Ésta sin duda no lo consigue, como tampoco logra el equilibrio (tan difícil de encontrar) en esa constante mezcla de peripecias y reflexión: lejos de ser una interesante saga familiar o un serio cuestionamiento de las relaciones de España con el nazismo, como narración resulta demasiado ensayística. Por otra parte, una novela que se pretende coral, con la plasmación de cuatro voces narrativas habría de observar una perfecta caracterización de las diferentes sensibilidades de los personajes, pero lamentablemente, esa polifonía, en este caso, tampoco se consigue, pues el lector apenas nota diferencias en las psicologías de los monologantes (en algunos capítulos, sin el título con el nombre del monologante, sería difícil diferenciarlos), solo se oye la voz de SdM reiterando tópicos sobre los que ya ha escrito muchas veces.

En realidad, la trama pone en escena toda una variedad de personajes y conflictos cuya lógica interna (plagada de clichés y contradicciones) falla: la novela no entra en materia, diserta sobre toda una variedad de temas e informaciones, proponiendo respuestas que solo sirven para sortear el cuestionamiento del pasado y sus ramificaciones en el presente (pese a advertir que el pasado se vuelve presente en cuanto lo tocas. No importa que no hayas intervenido en él, no importa lo inocente que seas o lo libre que te sientas).

En este sentido, cabe destacar ese intento fallido de construir un relato circular comenzando y terminando la novela con un entierro que, al mismo tiempo, sirva de contraste metafórico (confirmando el hilo argumental, apenas desarrollado a lo largo de la trama, de la contraposición dialéctica entre las dos familias: los Schuster y los Klein). Ambas pretensiones quedan en la más pura inanidad, no solo por el desarrollo narrativo, sino sobre todo por cuestión de estilo, pues junto a su perjuicio simbólico, están esos personajes de límpida figura que lloran como llora la tierra, sin darse importancia, dejando que el agua arrastre los sedimentos y que las civilizaciones florezcan mansas en sus orillas. Un inopinado final que raya en lo cursi, por no decir bochornoso.

Todo ello desarma un poco el Premio Alfaguara 2024, pues su verosimilitud se ve mermada y la narración de las relaciones entre Eva, Asteri, Fede, Berta, Rapsoda y Ziv se muestra como un relato que acusa inquisitorialmente, de tal manera que la anécdota hinchada de Los alemanes deja mucho que desear.

Aunque bien escrita, resulta una promesa incumplida: no solo se termina sin saberse casi nada de los alemanes del Camerún, sino que el interés de las primeras páginas se pierde ante la debilidad de la trama y su abrupto (y pretencioso) final. La trama de la novela está plagada de disquisiciones de diversa índole e interés (de acuerdo, me imagino, del gusto de cada lector), pero este libro no es un ensayo centrado en este tipo de análisis, sino que pretende ser una novela. Lo que ocurre, desde mi modesto punto de vista, es que se queda a medio camino entre ambos: no tiene el vigor narrativo (novelesco) de la novela, ni el rigor argumental del ensayo. 


…ENSAYO PARCIAL

La colonia de alemanes del Camerún en Zaragoza fue para SdM una fuente de inspiración literaria y de meditación sobre uno de los temas recurrentes de mi obra: el desarraigo y la identidad. De una forma u otra, la epopeya de estos desubicados está en todos mis escritos y me ha ayudado a entender mi propia desubicación.

Teniendo en cuenta que SdM parece moverse con mayor soltura en el ensayo que en la novela, ha creado, como se ha dicho, unos personajes que le permiten desplegar un amplio abanico de temas para a través de ellos abordar los manejos políticos de la actualidad (Eva), las ideas y el debate académico (Fede), la música y el arte en general (Gabi), o la ciencia y la reflexión histórica (Berta), la visión judía (Ziv) de la historia, en general, y del Holocausto, en particular.

Pero en las digresiones de los personajes también destacan las reflexiones sobre la banalidad del mal (y las ideas de Hanna Arendt) como justificación del Holocausto; el sentimiento de culpa que puede lastrar a todo un pueblo; el peculiar concepto alemán de Heimat (patria chica o algo así), la libertad, el sentido de la vida, y, por supuesto, si la culpa como algo hereditario y extensible a los descendientes, además de la responsabilidad, la venganza… Y, en segundo y tercer plano, muchos otros temas, desde la historia de Europa, hasta las relaciones (familiares y de amistad), pasando por los efectos perniciosos de sistemas como el colonialismo o el nazismo (y el refugio en España de criminales de guerra nazis), la memoria histórica y la falsificación u ocultación interesadas de la historia, la conciencia de clase, la música, la política, la corrupción política municipal y el pelotazo urbanístico o el chantaje, el victimismo semita reconvertido en sionismo opresor e, incluso, el lenguaje o la autoconcepción que tiene la ciencia de sus límites. En efecto, son muchos los temas que el autor va introduciendo a lo largo de la trama, al compás de citas filosóficas y culturales que no prescinden de alusiones lingüísticas y musicales en alemán.

Además el libro está repleto (en demasía, para una narración novelesca) de multitud de detalles. Alusiones musicales y su conexión con la emotividad y el estado de ánimo de los personajes. Múltiples reflexiones sobre el estoicismo filosófico, explotado por la retórica y el cristianismo, y tan difícil de poner en práctica. Paralelismo literario (forzado) entre la huida de los colonos alemanes, atravesando Camerún, con el Anábasis de Jenofonte, único momento de referencia a los avatares de los alemanes del Camerún, curiosamente desde la épica. Asociación (insólita) entre la resignada pasividad de los protagonistas y el cuadro El triunfo de la muerte en el palacio Abatellis de Palermo, hasta el punto de comparar a Gabi con el hombre del laúd de la pintura; o más adelante con Orson Welles, quizá por la gordura que había desarrollado; sea como fuere no aparece en ningún caso debidamente justificado.

La ambición temática de la obra, trufada de discursos disfrazados de teorías, acaba por asfixiarla: son demasiados para el desarrollo coherente y fluido de una novela. Pero también para un ensayo cabal, pues al ser tratados en pequeñas porciones expositivas carecen del rigor y desarrollo argumental necesarios para un análisis congruente, recordando el estilo de manual divulgativo, de disertación cultural que no deja de ofrecer una incómoda sensación de futilidad

Además de la carga ensayística que lastra la novela, aunque SdM evite comprometerse y concluya el relato de forma elusiva, toda la argumentación de su libro gravita sobre una misma idea recurrente: los hijos no son culpables de lo que han hecho sus padres y por tanto el pasado no debería ejercerse de forma canceladora sobre el presente. Ahí reside el peso argumentativo de la novela (la tesis), que se despliega a través de los diversos monólogos de los personajes. Es más, cuando se plantea un tipo de antítesis o discurso dispar, se sustenta en razonamientos endebles o deslavazados. Así, la sensación que queda, al final, es que la novela está escrita para darse la razón.


CULPA, RESPONSABILIDAD Y CANCELACIÓN

Cabe recordar que la representación de unos temas es una decisión autoral y como tal responsabilidad del escritor, con todas sus consecuencias. Es más, la plasmación de la memoria misma es también una representación que implica una responsabilidad. Por eso esta novela, más allá de su aspecto literario (tan malogrado), ha de ser juzgada por sus representaciones: por su retórica filosófica, ética y sociológica, para nada inocentes.

Y es que, mediante la excusa moralizadora de la culpa, tanto cada uno de los narradores, en particular, como la propia novela, en general, soslayan el arduo tema, cardinal en el debate contemporáneo, de la responsabilidad sobre la herencia histórica y las respuestas éticas a sus implicaciones. En su lugar se recurre al artificio que apuntala la trama consistente en utilizar una miscelánea de hojas que impidan ver el bosque: desde la parodia del movimiento ecologista (incluida una bochornosa caricatura de Greta Thumberg), a la cínica simplificación de la cultura de la cancelación, pasando por la milagrosa (e inexplicable) desnazificación y, cómo no, la candorosa idealización de unos supuestos valores superiores de la política de la transición.

Con todo ese derroche elusivo Los alemanes se malogra en una deliberada confusión entre culpa y responsabilidad. Calibrar la responsabilidad sobre el legado recibido y articular las acciones subsiguientes a su aceptación forma parte de una proceso ético individual y colectivo que no suele ser uniforme ni estar determinado y que, por tanto, se configura como materia de indagación novelística (la obra de J. M. Coetzee es un buen ejemplo). Llevar este desafío histórico, filosófico y moral al terreno de la culpa (sentimiento o condición que el individuo expía interiormente) y de la sañuda exclusión social (la cancelación), significa truncar la posibilidad de exploración, justamente lo que ha hecho SdM. En este sentido, además de Coetzee, resulta paradigmático el tratamiento novelístico de la responsabilidad individual y colectiva sobre la herencia recibida que hace La promesa del también sudafricano Damon Galgut, ganadora del Premio Booker 2021, con saga familiar e historia del país de fondo. Pero la primera novela sobre el fenómeno de la cancelación (tan tentadora para la industria editorial), escrita por un autor español y con gran éxito comercial, se queda en el mero eje argumental del chantaje y la posterior difamación de sus protagonistas.

SdM evita situar su planteamiento sobre el asunto más común de la denuncia de la cancelación (cuando se trata de un castigo social justificado en un hecho indecente) y achacarla a los sospechosos habituales posmodernos (colectivos racializados, identidades de género u orientaciones sexuales no normativas y feministas…). En un más difícil todavía, la denuncia de cancelación viene motivada por hechos cometidos por otros, en un pasado que ya ha empezado a diluirse y ocasionada por una confabulación de intereses espurios. Así la reprobación se plantea como un hecho intrínsecamente injusto e instrumentalizado por fuerzas e intereses oscuros. Una trama tan retorcida, un escenario de rechazo social tan delirante y conspiranoico determinan que el intento de delatar y desacreditar las denuncias, críticas y reivindicaciones legítimas que habitualmente se encuadran en la llamada cultura de la cancelación quede diluido en el desconcierto, la indiferencia o el aburrimiento, según el umbral de aguante del lector.

El conflicto es también algo forzado: los pecados del padre (en particular de uno cuyo estado senil le impide hacerse responsable o ser juzgado) no son responsabilidad de los hijos, que no solo no continuaron el crimen, sino que lo desconocían. Pero Fede, y en particular Eva, acaban por aceptar de forma muy gratuita el sufrimiento por crímenes que no les pertenece ni los representan. Los dos hacen suyo el pasado de su padre y de su pueblo. Sienten la culpabilidad heredada de la que hablaba Hannah Arendt. Y no solo de manera teórica, no solo en su propia conciencia, sino en sus vidas y entornos (donde se verán afectadas personas e instituciones ajenas a todo ello).

Así, una obra que habría permitido introducir el tema de la reparación histórica, sobre hasta qué punto deben responder las generaciones presentes que se beneficiaron de crímenes realizados por sus antepasados (un tema del que se ha hablado respecto a descendientes de familias que acumularon riqueza y capital con base en la esclavitud) se ha quedado en lo inocuo y convencional. En este sentido, uno recuerda Corazón tan blanco (1992) de Javier Marías con sus secretos familiares y crímenes del pasado, incluyendo los del padre, poniendo en cuestión la verdad, el secreto, la memoria y los vínculos humanos.


AGENTES DE LA CANCELACIÓN Y OTROS MENSAJEROS

Cabe recordar que la representación de unos temas es una decisión autoral y como tal responsabilidad del escritor, con todas sus consecuencias. Es más, la plasmación de la memoria misma es también una representación que implica una responsabilidad. Por eso esta novela, más allá de su aspecto literario (tan malogrado), ha de ser juzgada por sus representaciones: por su retórica filosófica, ética y sociológica, para nada inocentes.

Mas específicamente, la cancelación aquí se genera a partir de un sombrío tinglado de urbanismo sin escrúpulos, capitales transnacionales, mafia israelita y resentimiento delirante y sádico (con ecos de la tópica conspiración judeomasónica). Y sus agentes se presentan como unos tontos útiles en la trama (marionetas al servicio de una narración facilona). De la caricatura de un juntaversos parásito, ambicioso y desagradecido, el Rapsoda. Al estereotipo (borrachuzo, recién divorciado con dos hijas cuya pensión alimenticia y cuyo colegio no podía pagar, con un embargo de salario inminente, con deudas de juego e hipotecas, en fin, todo el paquete) del periodista en las últimas, José Juan (Yeiyei): la clase de periodista que (…) cogía el sobre y se lo guardaba sin contar los billetes. Pasando por un personaje episódico sin entidad, el innominado estudiante de doctorado oportunista atraído por el aura de estrella del rock del filósofo Byung-Chul Han (casualmente, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025). Pero cumplen su función: suministrar al novelista las herramientas para articular un discurso victimista, centrado en la denuncia de la cultura de la cancelación, un marco funcional para defender un paradigma moral y un orden jerárquico cada vez más puestos en cuestión.

El resto no dejan, como se ha dicho, una función semejante: se relatan los unos a los otros cosas evidentes, sucesos que ya saben, utilizando (inadecuadamente) los diálogos para acotar la información. Esas digresiones esgrimidas para referir la historia de la pequeña comunidad de alemanes de Zaragoza (los alemanes del Camerún) o perfilar a los personajes acumula tópicos, hasta reproducir incluso el cliché del mercader judío taimado y desaprensivo o caracterizar al personaje de Alfonso como un personaje áspero revestido de una complejidad pretenciosa: Alfonso era, además, un historiador aficionado bastante solvente. Más de una vez le había visto asombrar a catedráticos [topicazo: la supuesta muestra de sabiduría que supone, para el ignorante] que no sospechaban que conociese tan a fondo las guerras napoleónicas o las diferencias dogmáticas entre Plejánov y Lenin.

Por cierto, pese a que SdM ha venido repitiendo que todos los personajes son ficticios, aunque sus biografías estén ancladas en un contexto real, en el caso del alcalde de Zaragoza se reconocen rasgos de Javier Lambán (una muestra más de la inclinación de SdM por la vieja guardia socialista).

  

En fin, lo cierto es que todo ello, sobrepasa de sobra las convencionales licencias que el pacto de ficción permite. Qué duda cabe que una novela puede subvertir las convenciones narrativas y establecer sus propias condiciones de exposición; el problema aparece en aquellas que no observan las convenciones sin preocuparse por erigir otras alternativas. En fin, las Salchichas Schuster, origen de la fortuna familiar de los protagonistas, podrían tomarse como maliciosa metáfora de esta novela como producto literario de fácil consumo.

 

 

«No he querido saber, pero he sabido»
Corazón tan blanco (1992), Javier Marías

 

GRAN BAR DISTOPÍA

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