«EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES»Tatiana Ţîbuleac (2017)
«pero
los recuerdos, como todas las cosas buenas, son caros»
VIENTO DEL ESTE
Los países del este de Europa siguen
ocupando un lugar destacado en el panorama literario internacional, la calidad
y relevancia de sus autores y obras no deja lugar a dudas de su nivel
literario. Pues bien, hace nueve años la moldava Tatiana Ţîbuleac ha
emergido de ese marco con su primera novela, «EL
VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES» (2017), obra de gran calidad y profusamente
galardonada (con el Premio de Literatura de la Unión Europea, entre otros).
La autora, que dice haberse
inspirado en un verano que pasó con su propio padre y nieto para explorar el
amor y la percepción de la vida. explora en
esta novela emotivamente cruda la relación compleja y dolorosa entre un hijo y
su madre, marcada por el resentimiento y la pérdida de su hermana pequeña,
culminando en un verano de reconciliación ante la enfermedad terminal de ella,
a través de una prosa intensa y poética que usa el color de los ojos de la
madre como metáfora central de su turbulenta historia.
Pero, quién es esta novelista, que
también ejerce de traductora y periodista. Tatiana
Ţîbuleac (TŢ) nació en 1978 en
Chisináu, Moldavia. Estudió periodismo y comunicación. Trabajó como periodista
escribiendo la columna Historias verdaderas
en el prestigioso diario rumano Flux y haciendo reportajes para la
televisión.
Su primer libro, Fábulas modernas (2014), es una colección de
50 relatos breves e intensos (que hasta la fecha no se ha traducido al español)
sobre la migración y la vida lejos del hogar, abordando el desarraigo y las relaciones con una
enfoque sentimental y destemplado. El libro tuvo su origen en varias
publicaciones en Facebook, con el propósito de inspirar a las personas que
vivían lejos de su hogar y presentar la migración desde una perspectiva
diferente. Las opiniones y debates generados en la red social hicieron del
libro un fenómeno de los más populares del año en el país.
El verano en que mi
madre tuvo los ojos verdes
(2017), su primera novela, ha recibido varios premios, entre los que destacan
el otorgado por la Unión de Escritores Moldavos (y la revista literaria rumana Observator
Cultural) que le supuso el salta a la fama: en Bucarest llegó a
hacerse una obra de teatro de la novela. La crítica destacó la poesía que
destila el estilo descarnado de la autora. En 2018 publicó su segunda novela, Jardín de vidrio, por la que le concedieron el
Premio de la Unión Europea de Literatura. Actualmente trabaja como periodista y
vive en París.
DE REPENTE, EL ÚLTIMO VERANO
Con una trama aparentemente
simple (un pintor en crisis creativa que revisita el último verano junto a su
madre en un pequeño pueblo francés), TŢ compone un viaje íntimo a los rincones
más escondidos de la culpa y la reconciliación.
Comienza con el viaje que la madre,
para festejar su 39 cumpleaños, emprende hacia un pueblo francés, donde
abruptamente cambia su forma de ser (apática y deprimida) hacia su hijo Aleksy, que sufre una enfermedad psiquiátrica que
le imposibilita mantener la calma y no logra concebir el encierro con una madre
a quien dice odiar. Los primeros días los vive ensimismado, pero es tal el
aburrimiento que decide participar en las actividades que su madre propone:
pasean, bailan, conversan, ríen. Día a día la actitud del hijo hacia la madre
va cambiando según va conociendo secretos que ella ha guardado y se remonta a
los recuerdos que tiene sobre su primera infancia, su padre ausente, su
fallecida hermana Mika y la falta de ternura
materna. El cambio es tal que Aleksy va pasando
del odio al amor: se va encontrando bien con su madre, con sus palabras, con
sus caricias, con su demorado afecto. De este modo, un verano que pretendía
anodino termina siendo un verano inolvidable.
Así lo escribe un Aleksy adulto, convertido en un reconocido pintor que sufre
un pertinaz bloqueo artístico. El motivo de tal escritura es la recomendación de su
psiquiatra para intentar solucionarlo. A través de este regreso al pasado, reconsidera
su infancia, su concepción de sí mismo y de su entorno familiar y con ello va a
recuperar el recuerdo de la figura materna y de sí mismo: Estos recuerdos
son mi parte más valiosa, la perla deslumbrante nacida de una ostra hueca. El
brote verde de la carroña humana que soy. A veces, cuando pienso en la muerte y
me pregunto qué pasa con las personas después, a continuación, al final… los
recuerdos son mi respuesta. El paraíso, para mí al menos, significaría vivir
una y otra vez aquellos pocos días como si fuera la primera vez.
La historia está por tanto escrita
en primera persona por ese pintor famoso (narrador subjetivo),
que recuerda (el verano en que su madre tuvo los ojos verdes) cuando era
un adolescente con problemas mentales (Mi enfermedad tenía un nombre de
dieciséis letras) ingresado en una escuela inglesa para alumnos con problemas
de salud mental; donde tenía sus dos mejores amigos, Jim y Kalo, con
los que planeaba hacer un viaje iniciático a Ámsterdam; cuando su madre le
propuso un trato: pasar el verano juntos en Francia a cambio de un coche y
otros regalos.
Durante ese verano que pasan
juntos, Aleksy va a descubrir que su madre
padece un cáncer terminal y le quedan pocos meses de vida. Él, que ha deseado su
muerte, afronta ahora tal encrucijada. Es así como este postrero tiempo
compartido se convierte en una oportunidad para el diálogo, la comprensión y la
regeneración. En ese breve lapso, Aleksy va
reconstruyendo el verdadero ser de su madre, reconociendo que no es la madre
fracasada que suponía, sino una mujer bella, con humor y capacidad de amar, con
deseos e inteligencia y, por supuesto, con unos hermosos ojos verdes (lo que más va a extrañar cuando no esté). Aleksy va a comprender por primera vez que su
madre no es solamente la mujer desabrida que lo relegó cuando más la
necesitaba, sino también una mujer que logró sobreponerse a la pérdida de su
hija pequeña, en un accidente del que el libro apenas habla.
EL FACTOR HUMANO
En esencia, de lo que
habla la novela es de dos personajes (con la encarnadura de personas), un hijo y
su madre que esperan la muerte de ella como si se tratara de un nacimiento; y en
esa espera, sin énfasis alguno, comienzan a reencontrarse. La manera en la que TŢ narra sin apenas
acción pero con potentes descripciones, el tema central que se intercala entre
los capítulos (Los ojos de mi madre lloraban hacia adentro / Los ojos de mi
madre eran campos de tallos rotos) y la caracterización de esos personajes
hacen de la novela una obra conmovedora, alejada de toda sensiblería.
No son unos protagonistas tiernos y
perfectos, ya que los muestra como individuos reales (por más que
duelan o se hagan incómodos) tanto por la caracterización que de ellos se hace
como por su evolución. Así, por ejemplo, siendo Aleksy
un artista muy reconocido por sus pinturas, la forma de escribir sus recuerdos
tiene detalles artísticos o quizás poéticos que le dan un toque especial. Por eso,
la forma en que percibía los ojos de su madre, como si a través de ellos
pudiera ver el reflejo de lo que sentía ella, no resulta cursi o absurdo, pues
responde a su caracterización como personaje.
La familia de Aleksy, inmigrantes
polacos que viven en Londres, está representada como una familia
disfuncional: un padre violento que abandona a la madre y al hijo, una
hermana muerta, una madre demasiado herida como para hacerse cargo del
padecimiento de su otro hijo y una abuela ciega y muy especial. Una semblanza que
linda en lo melodramático, pero que el narrador sortea riéndose, por momentos,
de sí mismo y evitando dejarse contagiar por la retórica del dolor.
Junto a ellos TŢ despliega toda una
serie de personajes secundarios que sirven para matizar o reforzar la mirada
del narrador. Caso de Moira, la pareja de Alexy a la que conoce en ese verano francés; o de sus amigos
adolescentes, Jim y Kalo, compañeros de escuela y aquejados también de alguna enfermedad
mental; o Karim, el inefable tendero, mezquino y
generoso a partes iguales. Otro tanto se puede
decir de los episódicos que dotan de una atmósfera nostálgica a aquel verano.
Desde los vecinos del pueblo: John,
el casero borracho; la señora de los conejos; Odille,
la entrañable panadera; Ra, el atractivo
monitor de canoa del lago; a la evanescente Jude, objeto de su
deseo adolescente. Sin olvidar a los que pueblan su vida adulta: María, la mujer que le
cuida; Sacha,
el asistente médico convertido en su secretario para todo; el
psiquiatra… En fin, todo un entorno humano que hace la trama más creíble y
amena.
NARRADOR AIRADO
Pero sobre todo, ŢT ha creado un protagonista difícil de olvidar:
perfectamente construido, con unos desequilibrios mentales que no sólo
emocionan o repugnan por igual, sino que también ayudan a entender la soledad
del diferente y como el arte, en ocasiones, actúa como la única forma de
comunicarse con un mundo en el que, individualmente, ha dejado de existir (aunque
sea una pastilla que palia pero no cura). Lejos de mostrarse políticamente
correcta, se atreve a presentar sin ambages qué puede pensar y sentir un
muchacho con un trastorno mental cuando se sabe víctima de malos tratos y
abandono por parte de quienes debieron amarlo y cuidarlo.
La autora plasma como el chico
jamás se lo dice a la madre, sino que se lo guarda y lo vuelca en su relato
años después. Detalle crucial por cuanto implica que no existe sentimiento de
venganza sino la necesidad de expresar por escrito su legítimo dolor. Así la
historia narrada desde la perspectiva de los recuerdos de Aleksy, ese joven marcado por el
resentimiento y el dolor, especialmente hacia su madre (que poco
a poco se va entendiendo) y una enorme sensación de abandono. En ese verano, acomete
una doble reparación: regenerar la relación con su madre y superar la dramática
muerte de su hermana pequeña, raíz del desastre, del desequilibrio mental y del
caos familiar: Mika murió de frío al
extraviarse un invierno, con tan solo 5 años, y aquello sumió el mundo de la
familia en la postración.
Lo primero que conocemos del
personajes es esa rabia no siempre contenida que lo ciega, ese rencor por una
madre que lo desatendió y con la que apenas habla. Con una hermana muerta, un
padre que se marchó y una madre ausente, Aleksy
se ha criado con su abuela. De hecho, llega a afirmar que las únicas mujeres
que lo han querido han sido su abuela y su hermana.
Es
decir, Aleksy tiene detrás el sufrimiento de
todo lo que ha vivido, sobre todo por culpa del comportamiento de su madre: Me
costaba bromear con alguien con quien apenas había hablado en los últimos ocho
años. Alguien que me había apartado de un puntapié como a un perro cuando yo
estaba dispuesto a ser un perro solo por sus caricias. Frases de este tipo (u otras igual
de duras) muestran sus emociones y dan rienda suelta a todo su dolor tal cual
lo vive, sin edulcorar.
Porque en realidad nunca se ha
sentido querido. Desde bien pequeño siempre se ha creído fuera de lugar, un
hijo no deseado en aquel núcleo familiar disfuncional a la sombra de una
hermana adorable que, por desgracia, fallece. Su padre es el ausente, el que
nunca está, el que un día hizo las maletas y se largó de casa: En la
contribución de mi padre no quería ni pensar. La idea de mi padre me hacía
vomitar. (…). Mi padre también me habría matado a mí si no hubiera estado
seguro de que me moriría enseguida.
Figura fantasmal que contrasta con
la de su madre, que queda bien clara desde el primer párrafo: «Aquella
mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años.
Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido
jamás. Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba a la puerta de la
escuela como una pordiosera. La habría matado con medio pensamiento. Con solo
5 frases ŢT ha presentado a su narrador. Un
adolescente con problemas psiquiátricos (que se acentúan cuando deja la
medicación), mal estudiante y cuya única preocupación es el viaje con sus
amigos. Un joven que no oculta su enfermedad y que observa a su progenitora con
una mirada perturbada y exasperada, como a través de un espejo deformado que le
devuelve el reflejo de alguien con todos los defectos posibles.
Es el último día de clase, y la
madre acude a recogerlo a la puerta de la escuela. Decide retratarse más de una
hora mientras la contempla desde la ventana, sufriendo con la espera: la autora
aprovecha para describirnos el carácter del lugar y para mostrarnos de una
forma indirecta las zonas más oscuras de su personalidad. El carácter y
circunstancias de Aleksy quedan, de esa
forma, configuradas: En el segundo piso, junto al despacho de la psiquiatra,
me detuve y garrapateé con las llaves, en la pared, ʺPUTAʺ. Si me hubiera visto
alguien, le habría dicho que era mi agradecimiento por todos aquellos años de
terapia.
No obstante, siguiendo los preceptos clásicos de la narración, el personaje cambia,
hay un tránsito que el lenguaje acompaña: la vida de Aleksy avanza y la crudeza
se vuelve más amable. El
Aleksy adulto y desequilibrado escribe una
narración inestable porque sus recuerdos van desde el desafío adolescente a la
comprensión de la madurez, con saltos constantes de atrás hacia adelante y
viceversa: a medida que avanza el relato (sobre todo a partir del momento en el que la
enfermedad de la madre irrumpe en su vida) se va produciendo un cambio paulatino.
RASGOS DE ESTILO
TŢ ha contado en algunas entrevistas
que escribió la novela en dos meses, lo que significa un ritmo de escritura
enfebrecido, que no ha restado calidad al escrito, por el contrario la novela
es un claro ejemplo de habilidad narrativa, de personalidad literaria y sobre
todo de un diestro manejo de las emociones.
En efecto, estilísticamente la
novela se caracteriza por el uso de una voz narrativa fragmentada, la de un Aleksy
adulto y desequilibrado, que escribe una narración inestable, de capítulos
cortos (algunos de ellos seguidos/precedidos por esas frases-verso que celebran
esos ojos verdes del título) y saltos temporales. Alternando pasajes
del pasado con el presente el joven narra en primera persona los hechos
acontecidos durante el último verano que pasa con la madre, así como los que
ocurren años después y los que vive en el momento actual. Saltando en el tiempo,
la narración juega con las temporalidades, en ocasiones habla del presente, en
ocasiones del pasado y sobre todo habla desde el recuerdo: eso que estuvo
antes, pero que sigue vigente, creando una especie de laberinto temporal. La
autora tiene la capacidad de hacer mirar hacia atrás y hacia adentro, revisando
las miradas que nos constituyen como individuos en el mundo. La arquitectura
textual, a golpe de retrospectivas (analepsis) y anticipaciones (prolepsis), junto
a la técnica del racconto (retrospectiva prolongada hacia un momento
largo del pasado de la narración que se relata de forma entera, incluso
aportando detalles significativos), añade un gran dinamismo a este texto
sobrecogedor.
El lenguaje por momentos
lírico, que junto al estilo de escrito (la voz narradora no es oral,
sino escrita) subjetivo de un personaje conflictivo que se expresa de forma
directa y llana, consigue aligerar el dramatismo que encierra la historia, sin
convertirla en un texto sombrío. Es esa alternancia de pasajes de prosa
delicada y cuidada con momentos descarnados tratados con sencillez dotan a la
novela con un efecto turbador.
La narrativa de TŢ es ágil y fluida, debido en parte por la estructura
de la novela: 77 capítulos muy cortos (lo que hace la lectura ágil y
fluida), algunos auténticos
microrrelatos y otros (nueve: 4-11-18-24-28-33-49-55-63) brevísimos, poéticos, de una
sola frase en una sola línea, casi un aforismo, en los que Aleksy trata de describir los ojos de su madre: «Los
ojos de mi madre eran cicatrices en el rostro del verano. Hilvana así el desarrollo en torno a esa metáfora
central: los ojos verdes de la madre como símbolo recurrente de esperanza, vida
y la parte más pura de su vínculo materno-filial, contrastando con la crudeza
de su relación. Porque Aleksy, que cuenta
de forma directa algunas cosas muy duras, en otros casos recurre a metáforas y sutilezas.
Esa alternancia de crudeza y
lirismo dota a la prosa de TŢ de una
cualidad directa, sin maquillar el dolor. A través de un lenguaje crudo y poético,
que sigue las impresiones y los pensamientos tortuosos del narrador TŢ, despliega
originales metáforas no exentas de humor: Mi madre parecía una planta de
interior sacada al balcón. Yo parecía un criminal lobotomizado. Éramos,
al fin, una familia. Porque los elementos determinantes para
entender tanto la historia como el estilo de la autora radican en su manejo de lo
sensorial (hace sentir las sensaciones que tienen los protagonistas cuando van
al mercado, a la playa, beben, comen o fuman...), lo poético, lo emotivo y en
especial, lo metafórico.
Así se va construyendo una
historia fragmentada donde el narrador va entregando su historia a trocitos, a
trompicones, de forma que hasta varias páginas después, cuando aparece algún
detalle asociado, no se tiene constancia de la envergadura de lo que ha
contado. Algunos
capítulos se inician con párrafos que no continúan lo que venía contando el
anterior, con
virajes a un presente que es futuro, desde un pasado que fue presente y a veces
futuro. En este narrador y su forma de narrar reside el atractivo de la novela:
en lo (aparentemente) imperfecto, en lo (buscadamente) abrupto. Aunque, claro está, todo tienen un
sentido, que no es aleatorio; lo que busca (y consigue) es generar intriga y el
deseo de seguir leyendo.
ASÍ SE CUENTA
El capítulo de apertura comporta
una crueldad y brutalidad especiales. El primer párrafo del texto expresa sin
ambages los sentimientos de Aleksy en esos
momentos: Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió
treinta y nueve años.
En el segundo se descubre desde
dónde se está narrando lo que se va a leer: Hasta el día de hoy, cuando soy
casi tan viejo como ella aquel verano. Más adelante, se aclara que los
sucesos ocurrieron 14 años antes cuando el narrador contaba 17 años) y que toda
la novela es una gran analepsis (recurso narrativo que interrumpe la secuencia
cronológica de una historia para retroceder a un suceso o escena del pasado)
que alberga otras más pequeñas en su interior. Porque la novela va remontado un
flujo narrativo, contada desde el presente por la voz espontánea y directa de Aleksy, que por indicación de su terapeuta centra
sus recuerdos en aquel último verano que pasó con su madre. La novela se
plantea, por tanto, como un ejercicio de memoria y de escritura terapéuticos. Pero
la forma en que la novela va a ir tomando cuerpo la va a ir convirtiendo en una
obra casi lírica.
Desde aquí, empiezan a desgranarse unos
recuerdos acerbos en su crueldad e inspirados en su delicadeza. Recuerdos procedentes
de la memoria de un joven que, al inicio, odia intensamente a su madre: la considera
culpable de numerosas negligencias, desde el rechazo que le ha mostrado
durante mucho tiempo, a la peor, quizás, la muerte de Mika,
su hermana pequeña. Demasiadas culpas para una existencia marcada por la
enajenación y el abandono.
La novela continúa con el choque
entre el carácter de la madre, que intenta recuperar el amor del hijo, y lo que
el propio hijo piensa de sí mismo y de la vida que ha tenido hasta ese momento.
Al padre le dedicará página y media en el capítulo 3, para después abandonarlo.
En ese capítulo, Aleksy habla con dureza
y desapego de él: En la contribución de mi padre no quería siquiera pensar.
La idea de mi padre me hacía vomitar. Un padre que, según él, no hubiera
dudado en matarlos, a él y a su madre, si no temiera a las consecuencias. Al
final obtuvo un divorcio ventajoso que le alejó de ambos. Mas, de repente, en
mitad de esas infamias, aparece la primera manifestación lírica del texto
mediante una reflexión del chico sobre los ojos verdes de su madre, unos
ojos verdes tan bonitos que parecía un despropósito malgastarlos en un rostro
fermentado como el suyo. Y a continuación, el primero de esa serie de esas frases
que se intercalaran de forma poética, en el seno de una narración oscura: Los
ojos de mi madre eran un despropósito.
MANERA DE ESCRIBIR
Queda, así, establecida la
estructura de la novela. Esa fricción entre lo más terrible del dolor y del
odio y lo balsámico de las percepciones del protagonista, breves y contundentes,
junto a las referencias metaliterarias sobre la propia construcción del texto
que está escribiendo.
El primer capítulo, de forma breve
pero rotunda (una de las marcas de identidad de la narrativa de la autora) ha
mostrado nítidamente los dos universos que van a colisionar. Y por si fuera poco,
se robustece ese principio con dos apuntes más que advierten sobre el probable
comportamiento conflictivo y peligroso del muchacho. La recomendación de Jim: mi mejor amigo, me saludó con la mano y
gritó que no me suicidara en verano. Y la confesión de Aleksy que cierra el capítulo: Los siete años
que había perdido allí a lo tonto (…) No había cambiado nada. Mika seguía
muerta y yo todavía quería pegar a la gente. TȚ
ha demostrado con este arranque que golpea al lector todo su potencial.
Abre así un estado de alerta y ansiedad en la lectura que se mantiene hasta el
final. Ese final escueto y tranquilo que pone broche mediante lo que no fue (y
no lo que podría haber sido).
El libro arranca con una
indolente y abrumadora violencia verbal, para culminar con una vínculo casi
metafísico y sanador. Las primeras páginas son un grito desabrido, casi
adolescente (que puede llegar a intimidar), pero que pronto revela su sentido:
es el modo en que la autora hace que entremos en la cabeza de Aleksy, tal como se recuerda a sí mismo, sin
filtros o condicionantes previos.
Porque la gran originalidad
del libro reside, precisamente, en esa manera de escribir. Es como si la autora
(y por tanto el lector) viviera dentro de la mente de alguien profundamente
herido, alguien cuya salud mental está muy quebrantada y con muchos recuerdos
extraviados. Mediante el uso del estilo, el tono, el ritmo y, sobre todo la
caracterización del personaje a través del lenguaje, la autora consigue
trasmitir al lector una plétora de emociones que incluso llegan a acongojar:
amor enmudecido, frustración, olvido (en cuanto mecanismo de defensa), miedo,
perdón póstumo (como refugio final).
La belleza reside en los detalles,
en las frases contundentes, en los momentos de puro lirismo, como cuando el
protagonista empieza a mirar a su madre con otros ojos, que le permiten, por
fin, verla como un ser humano lleno de cicatrices.
Contada con un ritmo áspero,
vivo y a la par confesional, recuerda la escritura de Jack Kerouac,
J. D. Salinger o Charles Bukowski: por esa prosa, por cierta
urgencia adolescente, por su desgarro desbordado. Como en ellos, su escritura
es sencilla en apariencia, pero tiene enorme filo; la psicología de los
personajes está cuidada, no hace falta dar grandes explicaciones; abundan los
pasajes dolorosos que obligan a detenerse, a respirar hondo… Pero eso es, a fin
de cuentas, lo que la literatura debería provocar: incomodidad, alivio,
resistencia, vértigo, lucidez.
TEMÁTICA DE LOS RECUERDOS
Decía Stefan Zweig que «nada es más difícil de
describir que el vacío, nada más complicado de ilustrar que la monotonía.». Pues
bien, la trama de la novela, un
pintor en crisis creativa que revisita el último verano junto a su madre en un
pequeño pueblo francés, es uno de esas ocasiones: los días fluyen, pasan sobre
esas vidas, en apariencia sin tocarlas, pero el tiempo cambia
imperceptiblemente a las personas y el mundo que las rodea. La madre tiene que
sentirlo en su interior, lo que ahora no se haga ya no se hará. El hijo lo fue
sintiendo en su momento y lo siente ahora, cuando escribe sus recuerdos.
En esos recuerdos tiene especial significación la enfermedad, como
hito de revisión de nuestra vida y de la de quienes nos rodean, aquí
sustanciada en la simbólica ceguera de la abuela, en el cáncer terminal de la
madre y, sobre todo, en el desequilibrio mental del narrador. El libro ofrece la
visión de la enfermedad mental ligada al trauma, derivado de su vida en el seno
de una familia disfuncional; interpelando así sobre la mirada que se adopta
sobre las personas con enfermedades mentales, planteando que, quizá, a esas
personas con trastorno mental el trauma les desintegró su mente (tal como, hoy
en día, se está planteando como hipótesis plausible de la psicosis).
Una manera de tratar de
recomponerla, aliviar el sufrimiento y resistir es gracias al genio creativo
que emerge en algunos y les convierte en significativos artistas. Porque cuando
hay dolor en algunas personas con talento suele emerger la capacidad para crear
belleza, como las pinturas Aleksy y las
obras de cientos de pintores y artistas a lo largo de la historia. En este
sentido, resulta relevante la especulación sobre la relación del arte y la sanación:
por una parte, Aleksy escribe sobre aquel
verano como terapia para superar un bloqueo artístico, usando el pasado para
entender su presente; por otra, él mismo advierte como sus garabatos
formaban parte de la terapia que tenía que liberarme de las pesadillas ligadas
a la muerte de mi madre, pero no solo no me liberaron, sino que, por el
contrario, me las inflamaron como unas lentes puestas al sol.
Mientras que la muerte de Mika, como catalizador de la crisis familiar y del
viaje emocional de Aleksy, sirve a la autora para reflexionar sobre el duelo
y la pérdida. Cuando un ser querido o alguien muy próximo fallece nos cuestionamos
si hemos quedado en paz con esa persona, si le dijimos lo que necesitábamos
decirle o se nos ha quedado algo pendiente. El dilema es para quienes quedamos suspendidos
en el duelo.
Por eso, el libro plantea la necesidad
de hablar, de reconstruir la historia personal, familiar e íntima: no para
justificar, sino para comprender. Pocas cosas hacen tanto daño como no haber
hablado, como no haberse conocido. Los años pasan y las personas con las que se
vive pueden volverse ajenas.
En relación con ello, la novela
juega con la forma en que se recuerda y juzga a los padres. La figura materna
se ha asentado incorruptible en nuestra sociedad, cuando en realidad las madres
son seres de carne y hueso. Mujeres que como cualquier persona tienen una
personalidad poliédrica, plagada de peculiaridades y una personalidad propia. No
son perfectas y la actualidad literaria parece haberse dado cuenta por fin de
esa realidad tantas veces ignorada. No son pocos los libros que ahondan y
reflexionan entorno a su figura, a su concepto, a su cuerpo; ningún campo
parece quedarse atrás en esos análisis. En este campo se sitúa este libro.
Una reflexión añadida es la de
buscar refugio en los momentos felices del pasado para afrontar los del
presente. En diversas entrevistas, la autora ha comentado que el pasado podría
cambiarse, al menos en la forma en que uno se relaciona con él, a través de
cómo uno decide recordarlo, por ejemplo. El protagonista dice revivir el verano
con su madre cada día porque se lo prometió, pero lo que hace es pintar cuadros
sobre ella como una vía para desahogarse y, tal vez, de mantener las buenas
sensaciones de ese momento. Todo una reflexión sobre el tema de la percepción
y la memoria.
Otro tema central, sin duda, es el del perdón, la capacidad de superar
rencores y odios y procurar la reconciliación. Lo que, en una relación
maternofilial, puede resultar incluso más peliagudo, dado que a nadie se
quiere, ni se puede odiar tanto, como a una madre, como parece decir Aleksy en el primer capítulo. El
perdón como regenerador, en cierto modo como el recuerdo, suscita emociones que
pueden aliviar las heridas más dolorosas. Aleksy,
respondiendo a la terapia marcada, al escribir acerca de ese último
verano con la madre, recompondrá los momentos de dolor para, conectando con
esos momentos de su adolescencia, lograr superarlos y ser capaz de seguir
adelante.
Lo que queda claro es que, al
tratar grandes temas literarios (la muerte, el dolor o las relaciones
familiares en momentos extremos, etcétera), TȚ
no edulcora el relato, no cae en la autocomplacencia de lo trivial o de lo
cursi; al contrario, mantiene su escritura invariable, matizada tan solo por la
efusión de sus recursos líricos.
EL EJE MATERNO-FILIAL
Pero el tema central que TŢ aborda con hondura y rigor es el de las relaciones
maternofiliales a través de la observación del odio, amor, culpa y búsqueda de
perdón entre madre e hijo. Porque, a lo largo del relato, la relación
materno-filial experimenta una transformación, produciéndose un cambio en la
mirada de Aleksy sobre la madre. Realmente
el auténtico logro del libro reside en esa tarea subrepticia de ambos
personajes por recuperar a la madre guapa y ya no ajena: ahí radica
la función narrativa, el esfuerzo de la autora para mostrar los pasos que
conducirán a una reconciliación conmovedora. El libro arranca con una enorme descarga
de ira (en esa primera frase ya citada) y se prolonga en un recorrido turbador que
sigue el crucial itinerario de Alesky desde
el odio y el rencor hasta el (re)descubrimiento de la figura materna de la que
tanto ha abominado.
Empieza accediendo a pasar el
verano con su madre porque esta se encarga de prometerle algo material (lo
funcional, que es el modo en que estos muchachos han aprendido a sobrevivir)
para lograrlo, pues sabe que por motivos afectivos no lo lograría.
En el pueblito francés al que van, Aleksy descubrirá por qué le ha invitado a pasarlo
con ella. Su madre le comunica, en mitad de un campo de girasoles, que padece
un cáncer incurable y no va a sobrevivir el verano. Aleksy
empieza a cambiar en el momento en que es consciente de que su madre lo
necesita: comprende que están allí para que ella muera. Ese momento marca el
antes y el después de su relación, que va a experimentar una serie de cambios (que
componen el núcleo de la novela), añadiéndole un sentimiento de urgencia y
melancolía. Porque la novela cuenta la
transformación del vínculo madre-hijo, pero a la vez narra el pasaje de la vida
a la muerte. Así cobra sentido que pudiendo escapar para reunirse con su
dos mejores amigos en el tan esperado viaje de iniciación, elige
quedarse a desayunar con su madre palomitas con cerveza (muestra palmaria del
desastre que es la madre). Metafóricamente, los alimentos poco a poco se tornarán
más sanos gracias a las compras en el mercado del pueblo (muestra de la
progresiva madurez de Aleksy).
A medida que pasa el tiempo,
comienza a notar cambios en su madre, tanto en su apariencia (reflejada en sus
ojos verdes) como en su comportamiento: se vuelve más abierta y vulnerable,
permitiéndole ver aspectos de ella que antes ignoraba. Comienzan a mantener
conversaciones profundas, recuerdos, y momentos que nunca antes habían
experimentado juntos. El auténtico viaje de iniciación será para Alesky un viaje estático en ese pueblo francés.
Allí su personalidad desarrollará sensaciones, reducirá la distancia que lo
separa de la madre e iniciará la senda de la responsabilidad con una epifanía
que verbaliza en el (micro)capítulo 11: Los ojos de mi madre fea eran los
restos de una madre ajena muy guapa
Aleksy, que siempre ha visto a su madre
distante y fría, comienza ser consciente de su propia responsabilidad en la frialdad
de su relación, así como de la sensibilidad y fragilidad de su madre. Un
aprendizaje que se muestra en pequeños detalles que le hacen ver una madre menos
estúpida o anodina de la que había representado desde el abandono y el desamor.
En el fondo, ve que era una mujer con proyectos, ilusiones y sueños que se
vieron desbaratados en el momento en el que se quedó embarazada (de él) sin
quererlo y tras cometer el error de casarse con el padre, quien no resultó ni
buen marido ni buen padre. La maternidad quebrantada, la personalidad ignorada por
parte del hijo y sus constantes acometidas hacen que su historia quede
totalmente oculta, al menos durante la primera parte. Algo que se corrige en la
segunda, donde la poética se hace cada vez más relevante y ella y su vida
(irónicamente, a punto de consumirse) toman protagonismo.
En esos meses de verano, Aleksy se acerca a su madre en un lento proceso de
reconciliación, de relativo entendimiento y de perdón, a través de silencios,
paseos al mercado, desayunos extravagantes, conversaciones y visitas a la
playa. Proceso de
redescubrimiento y reconciliación que incluye dolor y culpa, pero también empatía
y amor. La relación entre ambos se transformará de cuidador servicial (que por
dentro esconde gran ira) y madre vulnerable (que se aferra a la vida con
energía), a vínculo afectivo subsanado donde el amor y el perdón (genuinos, sin
presión externa) afloran, convirtiéndose en los ingredientes necesarios para tal
reparación afectiva. Cuando
se pregunta: ¿Por qué no había empezado mi madre a morir antes?, está indicando
su necesidad de haberla recobrado antes.
OJOS Y TRANSFORMACIÓN
En ese verano de metamorfosis, Aleksy experimenta diversas transformaciones:
ajustará su odio materno hasta convertirlo en amor y acabará por abrir la
coraza en que se resguardó cuando falleció su hermana. Mientras, su madre va
deteriorándose a causa del cáncer. Se produce un desarrollo paralelo entre su
ruina física y su acrecentamiento maternal a los ojos del hijo. Aquí radica uno
de los asuntos esenciales del libro, una relación causa-efecto entre ambos
personajes. A medida que la madre entra en el declive, Aleksy
va creciendo emocionalmente purgando sus zonas oscuras.
Ese proceso de transformación de la
relación se certifica en las poéticas metáforas sobre los ojos verdes de la
madre. Desde el inicio Aleksy hace énfasis
en los ojos de su madre. Le empiezan pareciendo un despropósito; pero esta
percepción va cambiando y con ella los sentimientos de odio y rabia iniciales
se vuelven ambivalentes (odio-rabia / pena-ternura) para terminar
transformándose en sentimientos de amor (un tanto indulgente) y perdón: Pasamos
casi todo el día hablando sin parar, comiendo nueces y manzanas, pero sin decir
lo esencial. Me separé de mi madre sin que ella supiera que la había perdonado.
Ese verano Aleksy también encontró la
ternura en la mirada de su madre.
Otra gran metáfora radica en la
atmósfera de desenfreno en que ambos viven su último verano juntos: bebiendo y
comiéndose la vida como si no hubiera un mañana (como es el caso, más allá de
la metáfora) sabiendo que no habrá más experiencias compartidas...
Pero el verano
no solo trae la reparación del vínculo afectivo, sino también la consciencia de
lo que es perderlo y sufrir por ello: lo que supone sentir que tiene una madre y
comprender que la perderá irremisiblemente. Tanto que el duelo le descompensará
de su enfermedad mental. En efecto, si bien el verano ha constituido un periodo
de sanación para Aleksy, la reconciliación ha
llegado demasiado tarde.
Cabe destacar finalmente que todo
este proceso no se da con un giro de 360 grados: «quizá sea ingenuo pensar
que unos meses pueden cambiar una vida, pero creo sinceramente que puede
suceder, que siempre hay tiempo para hacer las paces. Incluso puede suceder
después de la muerte. Creo que estos son los mensajes del libro, la reconciliación
y el perdón, que las cosas pueden repararse a pesar del tiempo y a pesar de
todo, aunque sea en el último momento». Aleksy
no acaba endiosando ni amando del todo a su madre (no concordaría con su temperamento).
La autora equilibra sus nuevos sentimientos hacia su madre con su personalidad:
así, por ejemplo, desea que se calle cuando habla demasiado; pero ya sin desear
verla muerta y ayudándola a realizar todo aquello que desea y su enfermedad le permite.
Pero no todo es hermoso en esta
historia. La sombra de la muerte se acrecienta con el paso de páginas y
capítulos, y ni tan siquiera el paso del tiempo (que permite a Alesky convertirse en un desequilibrado artista de
éxito) consigue alejarle de su recuerdo y de sus particulares demonios
interiores. Porque, en el momento en el que más solo se va quedando, es cuando,
paradójicamente, comienza a entender a su madre y a recuperar su cariño y su
amor: Querencias harto efímeras, pues el verano pasa con rapidez.
AL FINAL, EL LECTOR…
Sin duda se trata de una
historia provocadora e intensa, pero, afortunadamente, se aleja de las
representaciones edulcoradas de la maternidad o de la relación afectiva,
constituyendo una lectura fresca y emocionante que se lee de un tirón.
La autora no trata al lector como
un niño, no explica todo con detalle, sino que va proporcionado elementos para
que él mismo pueda aplicar el análisis y la intuición (sin que se vuelva algo
complejo). Por ejemplo, no ahonda demasiado en el problema mental que tiene Aleksy, sus mismos pensamientos, actitudes y
diálogos nos demuestran la falta de cordura. Simplemente con que su odio hacia su
madre aumente por algo tan tonto como el vestido que lleva puesto ese día, da a
entender que ese sentimiento no sea exactamente porque la madre lo merezca,
sino que es tan solo un reflejo del odio que tiene hacia sí mismo, sus traumas
y otras cuestiones psicológicas.
Asumiendo que la prueba del
algodón de la verdad literaria es que no somos los mismos antes y
después de la lectura, este libro la supera con creces. De ahí su conveniencia
para estos tiempos complejos que vivimos y soportamos.
Finalmente precisar que, si
bien podría pensarse
que he desvelado mucho de la novela, he de decir que no es así. Esa es otra de
sus cualidades: el libro contiene tal cantidad de asuntos que esta reseña apenas
deja entrever algunos, solo he vislumbrado una exigua porción del hilo
argumental y temático. En su engañosa sencillez el relato se ramifica en
numerosos tentáculos, aborda multitud de cuestiones, desarrolla diferentes
hilos narrativos.
«No —me dijo Moira asustada—,
no escribas, Aleksy, por favor. Es posible olvidar los colores, las palabras,
no.»

