«ALIANZA Y CONDENA»
Claudio Rodríguez
(1965)
«Me gusta verme como una especie
de bardo que forcejea con las palabras»
UN TAL CLAUDIO RODRÍGUEZ
A diferencia de otros creadores, la
vida de los poetas no suele ser conocida por el público, salvo raras
excepciones motivadas por una muerte injusta (caso de Federico García Lorca,
por ejemplo) o por una vida azarosa y diletante (caso, entre otros, de Lord
Byron). Los poetas no suelen aparecer en la prensa, no suelen llevar una
vida de interés popular y son escasamente leídos (aunque se diga lo contrario).
Si además son personas que por naturaleza y talante buscan alejarse del oropel
de los flashes y las pasarelas, con mayor motivo podemos asumir este axioma del
poeta ese gran desconocido. Este, precisamente es el caso de Claudio
Rodríguez, quien pese a ser uno de los poetas más laureados del siglo XX
sigue siendo un gran desconocido.
Claudio Rodríguez (CR),
apodado "Cayín", nació en el seno de una familia burguesa de Zamora,
el 30 de enero de1934. Es el primer hijo de María García Moralejo, mujer
de asentadas convicciones burguesas y heredera de algunas propiedades cerca de
Zamora, y de Claudio Rodríguez Diego, de origen humilde (era hijo de una
lechera), que con mucho esfuerzo había logrado terminar la carrera de Derecho y
trabajar como interventor de Hacienda. El padre, lector asiduo de poesía,
escribe también versos, que ocasionalmente edita en diarios locales y, con el
transcurso de los años, reúne una extensa biblioteca.
CR que, cuando comienza la guerra
civil, cuenta dos años apenas conserva recuerdos, al respecto, salvo un
fusilamiento que presencia eventualmente, acompañado de su padre, en las tapias
del cementerio de Zamora. En 1939 nace su hermano Javier. Desde los
cinco años, su vida se reparte entre Zamora y la finca de su abuela materna,
muy cercana a la ciudad, donde pasa temporadas en contacto con la naturaleza y
las labores del campo, elementos que se manifestarán después en su poesía.
En 1944 comienza los estudios de
Bachillerato en el Instituto Claudio Moyano: es buen estudiante y compañero, y le
gusta el fútbol, que practica asiduamente. Un año después nacen sus hermanas
gemelas María Luisa y María del Carmen. Por esa época, la tensa
situación motivada por las disputas de sus padres, le impelen a hacer escapadas
al campo buscando alivio y liberación, costumbre que determina una activa conexión
con la naturaleza y la gestación de un carácter contemplativo.
La muerte repentina y prematura de
su padre (23 de marzo de 1947) supuso, por el trauma que le produce, un hecho
capital en su vida, así como la ruina familiar. La incapacidad de la madre para
llevar la hacienda familiar., determina que haya de aplicarse, siendo aún adolescente,
a la administración de las fincas y al trato con los jornaleros, lo que le
lleva asimismo a pasar largas temporadas en el campo. Se acentúa así su «manía
andariega» y su refugio en la lectura. Se hace ayudante de un profesor de
latín y francés y estudia con él la métrica latina, francesa y castellana, al
tiempo que lee a Rimbaud en francés y se mantiene en contacto con su
profesor de literatura Ramón Luelmo (a quien dedicará un poema en Alianza y Condena).
Por esta época comienza a
frecuentar la biblioteca de su padre para convertirse en un ávido lector de
poesía. Los poetas más frecuentados, además de Rubén Darío, Juan
Ramón Jiménez y Antonio Machado, serán los franceses: Arthur
Rimbaud, Charles Baudelaire, Paul Valery o Paul
Verlaine. Y hacia 1948 comienza a hacer sus primeros pinitos poéticos (que
denomina «ejercicios para piano»), centrándose sobre todo el ritmo.
Tras una malograda tentativa de
publicación de un libro con sus primeras composiciones, en 1951 comienza a
escribir Don de la ebriedad: «Escribí
casi todo el libro andando. Me lo sabía de memoria y lo iba repitiendo,
corrigiendo, modificando, cuando andaba por el campo». Ese mismo año se
traslada a Madrid para estudiar, con una beca, Filosofía y Letras en la
Universidad Central. Allí pronto trabará relación con Vicente Aleixandre,
Carlos Bousoño y Dámaso Alonso. En 1952, cediendo a los deseos de
su madre, se matricula por libre en la Facultad de Derecho de la Universidad de
Salamanca, estudios que abandonará enseguida (tras aprobar algunas
asignaturas).
En 1953, tras la favorable recepción
de Vicente Aleixandre (con quien mantendrá una amistad profunda, casi
filial), decide mandar Don de la ebriedad
al Premio Adonáis. El jurado, compuesto por Gerardo Diego, José
Hierro y Luis Felipe Vivanco, le concede el premio. Ese mismo año,
conoce a quien será su compañera, Clara Miranda, en el curso de una
excursión Universitaria a Granada.
La publicación del libro Don de la ebriedad en enero de 1954 se
convierte en un acontecimiento para los poetas y críticos del momento: de hecho
ha sido valorado por la crítica como uno de los más brillantes de la lírica
española en la segunda mitad del siglo XX. Ese año comienza a relacionarse con
el grupo de Leopoldo Panero y Luis Rosales. También intima con Blas
de Otero, con quien realiza algunas excursiones por tierras del Duero.
En 1956 se afilia al partido
comunista, que abandona enseguida (su permanencia dura veinte minutos, debido a
una discusión con el hermano de Jorge Semprúm), aunque nunca llegó a
perder la vinculación con algunos de sus camaradas. Antes, un grupo de
desconocidos le había dado una paliza, por estar en la organización del
congreso, patrocinado por el PCE. De todos modos, fuera ya del congreso,
participa en los enfrentamientos con la policía entre el 1 y el 9 de febrero,
por lo que es detenido y posteriormente vigilado. De todo modos, el congreso
nunca llegó a realizarse debido a que, en los tumultos, muere un estudiante
falangista.
En 1957 se licencia en Filología
Románica con una tesis sobre El elemento mágico
en las canciones infantiles de corro castellanas, bajo la dirección
del catedrático (y filólogo) Rafael Balbín. Y ese verano hace el servicio militar.
En 1958 publica Conjuros, que dedica a Vicente Aleixandre,
y con su ayuda y la de Damaso Alonso consigue un puesto de lector de
español en la Universidad de Nottingham, donde permanece dos años. Y en 1959 se
casa con Clara Miranda. Desde octubre de 1960 es lector en la
Universidad de Cambridge, donde permanecerá cuatro años y establecerá relación
con Francisco Brines, por entonces lector en Oxford: allí descubre a los románticos ingleses,
sobre todo a William Wordsworth y Dylan Thomas, que tanto van a
influir en su poética.
En 1963 es incluido en la antología Poesía última de Francisco Ribes, donde también aparecen poemas de Ángel González. Carlos Sahagún, Eladio Cabañero y José Ángel Valente, autores que conforman el grupo poético madrileño que se dio a conocer en la década de 1950-1960, y al que los críticos designaron como Generación de los 50. Generación también designada como los niños de la guerra, que según el poeta Álvaro García recuperó «un poco de corazón y de conciencia para el tiempo y el lugar, la posguerra y España», volviendo a humanizar la poesía; y que, además de los citados, integraban también: Antonio Gamoneda, Jaime Gil de Biedma o José Manuel Caballero Bonald.
De nuevo en España fija su
residencia en Madrid, donde va a permanecer hasta 1991, trabajando como
profesor universitario y siempre conservando un contacto muy estrecho con su
ciudad natal. En 1965 publica ALIANZA Y CONDENA,
libro por el que recibirá el Premio de la Crítica. En 1968 será incluido en la Antología de la nueva poesía española.
Un suceso trágico, en 1974, le va a
ocasionar una gran consternación: muere su hermana María del Carmen, que
contaba 28 años y a quien se hallaba muy unido, a consecuencia de las
gravísimas heridas producidas por el apuñalamiento de su novio con una navaja
en el club donde trabajaba. A lo que se añade, un año más tarde, la muerte de
su madre.
En 1976 publica El vuelo de la celebración, que supone su
consagración definitiva, convirtiéndose en uno de los poetas más leídos entre
lectores jóvenes. En 1983 obtiene el Premio Nacional de Poesía por Desde mis poemas, recopilación de sus cuatro
primeros libros. En 1986 es Premio de las Letras de Castilla y León y en 1987
es elegido miembro de la Real Academia Española (en el sillón dejado vacante de
Gerardo Diego).
En mayo de 1991 publica Casi una leyenda, que obtuvo críticas
favorables, siendo considerado uno de los libros de poesía más relevantes de
las últimas décadas. En marzo de 1992 lee su discurso de ingreso a la RAE,
titulado: Poesía como participación: hacia
Miguel Hernández. En 1993 publica el que
será su último libro de poemas, Casi una leyenda;
es galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y, cinco días
después, obtiene el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.
Mientras pergeñaba su última
creación Aventura, la muerte, a
consecuencia de un cáncer de colon que padecía y que había desarrollado metástasis,
le sorprendió en Madrid en 1999, y los once textos que ya tenía escritos, se
publicaron de manera facsimilar en 2005.
LA POESÍA SEGÚN CLAUDIO RODRÍGUEZ
Tras conocer un poco mejor al
autor, y antes de entrar en el análisis del libro, parece conveniente examinar
qué era para él la poesía y cuáles eran sus claves. CR
dejó escritas algunas páginas sobre su concepción de la poesía que
animan a la reflexión y, en algunos casos, a la interpretación. Así sucede con
su concepción de la poesía como un don y un fervor, como «ebriedad de la
existencia» y «claridad», como «alianza y condena» o como
celebración: conceptos que dan título a sus poemarios. O con nociones que
configuran su forma de entender el proceso poético, como las de «participación»,
«contemplación viva» (y su dificultad) junto a la contemplación
poética y la materia, «expresión viva», la «palabra verdadera»
(en el acto creador y el poema), el «ritmo personal» o la tensión entre
objetividad y subjetividad.
Consideraba misterioso e inefable
el proceso poético y también el poema resultante: la poética de un autor suele
hacerse sobre la obra terminada, sin tener en cuenta el proceso creativo, que,
a su entender, no sólo es previo al poema, sino inseparable de este y copartícipe
de su condición misteriosa.
La definición (más completa) de
poesía que ofreció CR es esta: «Si la
poesía, entre otras cosas, como he escrito ya, es una búsqueda, una
participación entre la realidad y la experiencia poética de ella a través del
lenguaje, claro está que cada poema es como una especie de acoso para lograr
dichos fines. [...] la realidad y el lenguaje pueden asumir distintas
vibraciones, muy variadas aproximaciones, gamas que han de establecer el
proceso creador. En el fondo, se trata de la aventura entre la intimidad y la
realidad. [...] el lenguaje en poesía no es tan sólo un vehículo para expresar
sentimientos, emociones, intuiciones, etc., sino consiste, sobre todo, en la
calidad del espíritu expresado, en su 'actuación' y su conformación en el texto»
(Rodríguez, Reflexiones sobre mi poesía,
1985 119).
ALIANZA Y CONDENA
En nuestro caso, ya el título del
libro recoge esta concepción básica de la vida y de la poesía: «Alianza y condena» son dos actitudes básicas
del ser humano: «lo que el hombre acepta y lo que condena» (Rodríguez,
1985: 19).
Para él no son «dos realidades
distintas», sino que la vida «consiste en esas dos aceptaciones». La
figura y el magisterio de Charles Baudelaire asoman en una cita no
literal: «Quiero cantar desde la propia carroña». Pero CR no sigue, no desenvuelve, todavía en este
poemario, esa aceptación de la parte más desagradable de la vida en tensión con
el ideal y su conversión en materia poética que introdujera en la modernidad el
poeta francés.
En este tercer poemario da por
finalizado el canto entusiasta, y la palabra poética se aplica a la
manifestación de la realidad, de la «verdad», en lo que tiene de
aceptable y de condenable, llevando esa dialéctica hasta la composición de
muchos de los poemas. No sólo ha perdido la «ebria» veneración por la
extraordinaria manifestación de la vida, sino que también ha abandonado (o ha
sido abandonado por) la nostalgia de aquel tiempo inaugural, todavía presente
en Conjuros (1958). Aquí hay una
mirada distinta, fruto de un desconcierto por esa pérdida, que constata los dos
aspectos de la vida y se plasma en poemas como «Porque
no poseemos», donde, tras expresar la ignorancia después de la
pérdida de la sencillez, se afirma en una voluntad de detener una realidad huidiza:
«Quiere acuñar las cosas, / detener su hosca prisa / de adiós, vestir,
cubrir / su feroz desnudez de despedida» (p. 24).
Poemario de madurez, logra que
desilusión y desengaño produzcan un sentimiento de aflicción resignada, una
contemplación añorante de la posible armonía y felicidad que pudo darse y que,
incluso por breve tiempo, se ha dado. El término «alianza» tiene aquí
una resonancia negativa y pesimista (es una «aceptación»), aunque
mantiene ese dinamismo positivo (vital y poético) que nunca abandonó. Se trata
más bien de un pacto necesario para hacer más llevadera la vida, pero que no
deja de reconocer el fracaso del ideal solidario fraternal: para el poeta «alianza
es lo contrario del amor, en cuanto que la relación humana surge de la
necesidad de aliarse contra el miedo», según Ángel Luis Prieto de Paula (La llama y la ceniza. Introducción a la poesía de Claudio
Rodríguez, 1993: 47).
La «alianza y la condena»,
como antes la «claridad» y después la «celebración», son
actitudes problemáticas, abiertas a la propia complejidad de la realidad y de
la vida y a su relación con la subjetividad del poeta (también modulada en
diferentes grados). Por otra parte, la noción de «participación» se
asienta en la dialéctica entre lo interior y lo exterior, entre la realidad
física y la interioridad del poeta, en la que se activan o actúan la emoción,
la intuición y la imaginación, por efecto de esa propia realidad.
En cuanto a la noción de «contemplación
viva», que aparece en lo que CR denomina
«el segundo peldaño» de su poesía, que sigue a la etapa de exaltación
por y ante la existencia de sus dos primeros poemarios, trata de configurar
poéticamente los contornos entre lo interior del poeta y lo exterior, atenuado
el precedente entusiasmo embriagador. Esa es la labor poética, en la cual el
poeta queda renovado por la aproximación al objeto contemplado «en el
proceso poético, en la aventura de la visión, de la inspiración armoniosa».
Precisamente Alianza y condena es el poemario donde más
explota esta «contemplación viva»: abre una nueva mirada, activa y
consciente, ocupada en la realidad multiforme y plural de los hombres,
interesada en las dificultades y obstáculos que impiden el contacto con ellos y
su conocimiento (las cáscaras, la ropa, los envoltorios, los caparazones y
corazas). El poeta mira ahora con la luz del mediodía y se contenta, se
satisface comprobando la multiplicidad y la acepta: su tarea ahora,
cognoscitiva, consiste en aplicar la mirada a la realidad para limpiarla de
todo elemento superfluo que pueda ocultar su esencia: ahora, a mediodía,
cuando hace / calor y está apagado / el sabor, contemplamos / el hondo estrago
y el tenaz progreso / de las cosas, su eterno / delirio, mientras chillan / las
golondrinas de la huida (p. 18).
Así, del símbolo primordial de Conjuros, de la uva-corazón estrujado (con
violencia y dolor) para obtener el zumo de la verdad fraterna y solidaria, pasa
a los símbolos de la intimidad y la protección, como la almendra del fruto o la
cama del dormitorio familiar de la infancia; que, no obstante, se muestran
limitados e incluso violentados. Incluso la experiencia erótica no aporta
revelación cognoscitiva sobre su sentido último, sino duda. Este poemario es,
pues, el momento de la «contemplación viva», del empeño en acceder al
último reducto de la esencia de las cosas, de los gestos, de los seres o de su
sentido; y la ocasión de constatar la imposibilidad de sobrepasar sus
caparazones y acceder a la «sutura» con ellos y mucho menos, por tanto,
a su posesión.
Finalmente, para explicar este
poemario, CR se refirió también a una
modificación del «tono» (aunque sin aportar definición alguna de tal
noción), que permanece imprecisa y abierta a una posible comprensión por parte
del receptor, como una más de esas nociones del poeta de las que apenas
alcanzamos un sentido aproximado. «Tono» (o «timbre», que usa
como sinónimo) parece querer significar 'actitud desde la que se escribe',
cuando dice que «No se modifica el timbre de mi poesía anterior, sino que se
encalma. La forma [el poema] se acompasa con un tono más meditativo».
UN CLÁSICO DE LA LITERATURA ESPAÑOLA
En efecto, este libro de poemas, publicado hace ahora 61 años, se ha convertido en un clásico de la literatura española, tal como lo reconoció, en su momento, el Instituto Cervantes, que celebró su medio siglo con un acto en Madrid y con la presentación de una edición bilingüe español-inglés del libro, que muchos consideran el mejor del autor. Lo que resulta indudable es que sigue siendo uno de
los libros fundamentales de la poesía española del siglo XX y, desde luego, el
que contiene buena parte de los versos y poemas más notables del autor.
Son poemas que van de lo cotidiano a lo universal, alejados de la poesía social (salvo quizá el poema «Eugenio de Luelmo») que cultivaron otros poetas del movimiento, pero con ese lenguaje lírico e intimista al que se fueron decantando todos los miembros de esa generación poética. Alianza y condena fue, según declaración propia (varias veces reiterada), su libro favorito, el que consideraba más conseguido y revelador: escrito a lo largo de siete años, durante su estancia como lector en las Universidades de Nottingham y Cambridge. Esa lejanía, hace que el libro esté pulsado por una añoranza de la tierra y del pasado, que se agudizarán en obras posteriores.
Libro central en su trayectoria
poética, no sólo por ser el tercero de sus cinco poemarios, sino porque tras
los dos iniciales (Don de la ebriedad
y Conjuros), cuajados de la
luminosidad de la alianza, a partir de aquí, en El
vuelo de la celebración y Casi una
leyenda, va a comenzar a predominar y aquejar la condena. En efecto,
los versos de Alianza y condena exploran
la contradicción entre luz y sombra, entre celebración y elegía, entre
iluminaciones y caídas, entre exaltación y abatimiento, entre certezas y dudas,
entre un pasado de plenitud y un presente negativo.
El libro plantea un debate (como
toda su poesía) en la oposición de contrarios, en el oxímoron y la antítesis.
Envuelto en un tono meditativo y ético, abunda en paradojas y oposiciones
dialécticas (entre dos términos o conceptos aparentemente contrarios: como es
el caso del título), buscando mostrar en un solo suceso o en un mismo tiempo
los dos polos o caras de la vida, del mundo, de la realidad, con todo lo que
tienen de alianza y condena: pues como explicaría más tarde al hablar de
este poemario: «Dentro de la alianza existe la condena, igual que dentro de
la condena existe la alianza».
Dividido en cuatro Libros, en cada uno de los cuales muestra un
penetrante racionalismo que desvela las profundidades del alma y resalta los
aspectos naturales del ser humano: «…Ya no sé qué es lo que muere / qué lo
que resucita. Pero miro, / cojo fervor, y la mirada se hace / beso, ya no sé si
de amor o traicionero» (p. 24).
Alianza y condena compendia en su intensidad el
doble carácter meditativo y contemplativo de la poesía de CR, que presenta una realidad dual y paradójica y
ahonda en las limitaciones del lenguaje e insiste en un concepto de poesía como
aventura entre la intimidad y el mundo y en la imagen de la ciudad como
escenario de la alianza y la condena. Poemario intuitivo y visionario donde la
palabra se depura hasta el límite justo: «…Queda / tú con las cosas
nuestras, tú, que puedes / que yo me iré donde la noche quiera» (p. 77).
La extrañeza del cuerpo y del
lenguaje son el eje de los poemas más significativos unos poemas donde la
palabra está sometida a una tensión conceptual y emocional que acaba reflejando
su insuficiencia de palabras muertas ante la pérdida y el vacío. La
fuerza de esa condena está presente en «Cáscaras»,
«Brujas a mediodía» o «Ciudad de meseta». Aunque quizá el poema que
la refleja con mayor intensidad sea «Ajeno»,
uno de los preferidos por el autor y que siempre acababa leyendo.
De ahí proviene, precisamente, la
intensidad de este libro, la tensión que lo sostiene desde el poema que lo abre
(«Brujas a mediodía») hasta el que lo
cierra («Oda a la hospitalidad»), y
en medio, organizados en esas cuatro secciones asimétricas, algunos de los
poemas y los versos más memorables de CR, como
destaca en su Prólogo, «El misterio de la claridad», Luis
García Jambrina. Como estos entre otros:
El color oro mate, poco a poco / se hace bruñida plata. Cae la noche. (p. 34)
Junto a esta muchacha a la que hoy amo, / a la que hoy pierdo, a la que muy pronto / voy a besar muy castamente sin que / sepa que en ese beso va un sollozo. (p. 66)
Ojalá el tiempo tan solo / fuera lo que se ama. Se odia / y es tiempo también. Y es canto. (p. 75)
Ved que todo es infancia: / la verdad que es silencio para siempre.
TEMÁTICA POÉTICA
CR experimentaba vida y realidad como
un misterio: Ciegos para el misterio / y, por tanto, tuertos, para lo real (p.
38); Misterio que no le producían inquietud o angustia, sino serenidad y
sosiego, incluso en el dolor.
La entrega a los demás, la amistad
que constituyó uno de sus valores supremos y, por ende, uno de los temas clave
de sus poesía, es especialmente notorio en estos versos: para CR la compañía fue el único oficio (y además, sin
horario, como el de Eugenio Luelmo) y la amistad su única vocación (que
consideraba un don, como la claridad y la ebriedad). Pocos poetas
han cantado con esta intensidad y emoción al amor y a la amistad como CR en este libro. Largo se le hace el día a
quien no ama. / y él lo sabe dice en «Ajeno»
(p. 70).
Alianza y condena coloca a su autor, según el crítico
literario cubano José Olivio Jiménez, «en la línea de los que sienten
la poesía como medio de conocimiento y expresión integral de la persona
completa», estableciendo entre sus temas centrales la necesidad de la
verdad, su naturaleza real y los instrumentos para buscarla, poseerla y
ocultarla. Sí, vida y poesía se unifican y convergen en sus versos, hasta el
punto de que las diferentes etapas de su existencia se reflejan y expresan en
cada uno de sus poemarios: En Alianza y condena
refleja el júbilo y el dolor de la juventud y madurez, proyectados también en
el posterior El vuelo de la celebración
(1976). Antes, en Don de la ebriedad (1953) y Conjuros (1958), estaban la infancia y la adolescencia,
caracterizadas por la exaltación, el entusiasmo y la conexión con la naturaleza
y el cosmos. En sus últimos poemarios, Casi una leyenda (1991)
y (el inconcluso) Aventura (2005),
estarán presentes la vejez y la muerte.
Aunque la muerte aparezca de manera
explícita doce veces en Alianza y condena,
el poema «Eugenio de Luelmo (Que vivió y murió junto al Duero)» (el único en la
obra de CR dedicado al fallecimiento de una
persona ajena a su familia), verdaderamente trata de la vida del poeta y
profesor Eugenio de Luelmo, de hecho las dos veces que utiliza el
término muerte en el poema, ninguna se refiere directamente a la del
protagonista. La primera es para aludir a su concepto genérico de la muerte,
que contradice al de Jorge Manrique: no distingue entre «las vidas»,
los ríos, y el «morir», el mar: La muerte no es un río, como el
Duero, / ni tampoco es un mar (p.38). La segunda es para decir que Eugenio
de Luelmo era flor y fruto a la vez, y muerte, y nacimiento/ al mismo
tiempo (p. 36), equiparando así los dos términos contrarios, igual
que en los versos de Conjuros: «Qué
vida y muerte fulminantes» («A la
nube aquella»), o «el limpio sayo /
de la vida y la muerte» («Visión a la hora
de la siesta»), con lo que testifica cómo en una misma persona la
vida y la muerte conforman una única realidad, no dos realidades distintas.
Esa concepción de que vida y muerte
no pertenecen a ámbitos diferentes, sino que ambas son manifestaciones de un
mundo unitario, es la idea fundamental de este texto, que además añade algo
nuevo al mundo poético de CR: la referencia,
en lugar de a la naturaleza, a la sociedad española de los años cincuenta. El
texto lo escribió en Madrid, y lo incluyó en Alianza
y condena cuando contaba ya treinta y un años. A esa edad había
experimentado la hipocresía de las relaciones, y le dolía de manera especial
las diferencias sociales. Por eso aprovecha el acontecimiento de la muerte de Eugenio
de Luelmo para atacar a «cierta» sociedad zamorana que le había
considerado en vida como «un pobre hombre» que desprendía olor «a
cal, a arena, a vino, a sebo», que peinaba «canas», y que padecía «ronquera».
Bajo esa apariencia el poeta había percibido, en cambio, el misterio que
encerraba aquel hombre lleno de cualidades morales como la gracia, el amor, la
eficacia, la ternura, y sobre todo la llaneza, que es lo mismo que «sin ensayo»,
y por lo tanto sin trampas, jugaba / de verdad, con sus cartas / sin marca
(p. 37).
Aunque a CR
no se le pueda considerar «poeta social», este texto puede enmarcarse en
la llamada «poesía social» de la época: si este poema, como otros del
autor, no se incluye entre los «poemas sociales», es porque sus
referencias no se apoyan en datos o personajes históricos del momento, sino en
referencias intrahistóricas humanas, a las que somete a un análisis moral. El
sentido ético de su poesía es el que da transcendencia a la grandeza sencilla
de Eugenio de Luelmo. Para ello necesita denunciar la farsa social de
aquellos paisanos: «ciegos para el misterio, / y, por lo tanto, tuertos para
lo real» (p. 38). Esa ceguera que a los zamoranos les impide ver la
maravillosa vida del protagonista, implica que tampoco sepan contemplar
directamente la realidad de su muerte. Y a pesar de que la ciudad celebrara
multitudinariamente el entierro, CR le niega
el derecho a conmemorar de ese modo la muerte del finado: ¿Cómo vamos ahora /
a celebrar lo que es suceso puro, noticia sin historia, (...)? (p. 38), con
lo que reafirma que la muerte sólo la puede comprender quien ha sabido leer el
sentido de la vida.
Aquí afronta también la complejidad
y, en ocasiones, paradójica naturaleza de la realidad y la verdad, constatando
la frecuente separación o desajuste entre los sentidos y las cosas, es decir
entre la verdadera realidad y el ámbito de las apariencias. El poema «Brujas a mediodía», no en vano subtitulado (Hacia el conocimiento), ya orienta hacia la
posible interpretación general del libro: ¿Por qué quien ama nunca / busca
la verdad, sino que busca la dicha? / ¿Cómo sin la verdad / puede existir la
dicha? He aquí todo (p. 19).
Varios otros poemas incluyen
momentos de claridad y develamiento, siempre a través de pequeños eventos, de
cosas sencillas y naturales: la lluvia, el viento primaveral, un girasol, un
gorrión, la espuma del mar, un olor, una luz o el cielo: Hoy necesito el
cielo más que nunca. / No que me salve, sí que me acompañe (p. 69). En
suma, una predilección por ciertos paisajes tranquilos, por una atención
especial a sentimientos pequeños, nada ampulosos, en los que sin embargo se
esconde, en ocasiones, toda la poesía.
Para terminar, en las dos odas
finales es donde eleva, por encima de todo, la verdad de la infancia («Oda a la niñez») y de la hospitalidad («Oda a la hospitalidad»): Ved que todo es
infancia / la verdad que es silencio para siempre (p. 96).
Así, la infancia, el paraíso, el
amor, la desdicha, los paisajes comunes, el ayer doliente o el oscuro futuro se
desgranan en este poemario como referentes y pobladores de la realidad
cotidiana en poemas (aparte de los ya citados, «Por
tierra de lobos», «Ciudad meseta»
o «Una luz») que invitan a reflexionar
y disfrutar.
«No, no son tiempos / de mirar con nostalgia / esa estela infinita del paso de los hombres. / Hay mucho que olvidar / y más aún que esperar.»

