miércoles, 29 de abril de 2026

ALIANZA Y CONDENA

 

«ALIANZA Y CONDENA»
Claudio Rodríguez (1965)


«Me gusta verme como una especie de bardo que forcejea con las palabras»

 

UN TAL CLAUDIO RODRÍGUEZ

A diferencia de otros creadores, la vida de los poetas no suele ser conocida por el público, salvo raras excepciones motivadas por una muerte injusta (caso de Federico García Lorca, por ejemplo) o por una vida azarosa y diletante (caso, entre otros, de Lord Byron). Los poetas no suelen aparecer en la prensa, no suelen llevar una vida de interés popular y son escasamente leídos (aunque se diga lo contrario). Si además son personas que por naturaleza y talante buscan alejarse del oropel de los flashes y las pasarelas, con mayor motivo podemos asumir este axioma del poeta ese gran desconocido. Este, precisamente es el caso de Claudio Rodríguez, quien pese a ser uno de los poetas más laureados del siglo XX sigue siendo un gran desconocido.

Claudio Rodríguez (CR), apodado "Cayín", nació en el seno de una familia burguesa de Zamora, el 30 de enero de1934. Es el primer hijo de María García Moralejo, mujer de asentadas convicciones burguesas y heredera de algunas propiedades cerca de Zamora, y de Claudio Rodríguez Diego, de origen humilde (era hijo de una lechera), que con mucho esfuerzo había logrado terminar la carrera de Derecho y trabajar como interventor de Hacienda. El padre, lector asiduo de poesía, escribe también versos, que ocasionalmente edita en diarios locales y, con el transcurso de los años, reúne una extensa biblioteca.

CR que, cuando comienza la guerra civil, cuenta dos años apenas conserva recuerdos, al respecto, salvo un fusilamiento que presencia eventualmente, acompañado de su padre, en las tapias del cementerio de Zamora. En 1939 nace su hermano Javier. Desde los cinco años, su vida se reparte entre Zamora y la finca de su abuela materna, muy cercana a la ciudad, donde pasa temporadas en contacto con la naturaleza y las labores del campo, elementos que se manifestarán después en su poesía.

En 1944 comienza los estudios de Bachillerato en el Instituto Claudio Moyano: es buen estudiante y compañero, y le gusta el fútbol, que practica asiduamente. Un año después nacen sus hermanas gemelas María Luisa y María del Carmen. Por esa época, la tensa situación motivada por las disputas de sus padres, le impelen a hacer escapadas al campo buscando alivio y liberación, costumbre que determina una activa conexión con la naturaleza y la gestación de un carácter contemplativo.

La muerte repentina y prematura de su padre (23 de marzo de 1947) supuso, por el trauma que le produce, un hecho capital en su vida, así como la ruina familiar. La incapacidad de la madre para llevar la hacienda familiar., determina que haya de aplicarse, siendo aún adolescente, a la administración de las fincas y al trato con los jornaleros, lo que le lleva asimismo a pasar largas temporadas en el campo. Se acentúa así su «manía andariega» y su refugio en la lectura. Se hace ayudante de un profesor de latín y francés y estudia con él la métrica latina, francesa y castellana, al tiempo que lee a Rimbaud en francés y se mantiene en contacto con su profesor de literatura Ramón Luelmo (a quien dedicará un poema en Alianza y Condena).

Por esta época comienza a frecuentar la biblioteca de su padre para convertirse en un ávido lector de poesía. Los poetas más frecuentados, además de Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, serán los franceses: Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Paul Valery o Paul Verlaine. Y hacia 1948 comienza a hacer sus primeros pinitos poéticos (que denomina «ejercicios para piano»), centrándose sobre todo el ritmo.

Tras una malograda tentativa de publicación de un libro con sus primeras composiciones, en 1951 comienza a escribir Don de la ebriedad: «Escribí casi todo el libro andando. Me lo sabía de memoria y lo iba repitiendo, corrigiendo, modificando, cuando andaba por el campo». Ese mismo año se traslada a Madrid para estudiar, con una beca, Filosofía y Letras en la Universidad Central. Allí pronto trabará relación con Vicente Aleixandre, Carlos Bousoño y Dámaso Alonso. En 1952, cediendo a los deseos de su madre, se matricula por libre en la Facultad de Derecho de la Universidad de Salamanca, estudios que abandonará enseguida (tras aprobar algunas asignaturas).

En 1953, tras la favorable recepción de Vicente Aleixandre (con quien mantendrá una amistad profunda, casi filial), decide mandar Don de la ebriedad al Premio Adonáis. El jurado, compuesto por Gerardo Diego, José Hierro y Luis Felipe Vivanco, le concede el premio. Ese mismo año, conoce a quien será su compañera, Clara Miranda, en el curso de una excursión Universitaria a Granada.

La publicación del libro Don de la ebriedad en enero de 1954 se convierte en un acontecimiento para los poetas y críticos del momento: de hecho ha sido valorado por la crítica como uno de los más brillantes de la lírica española en la segunda mitad del siglo XX. Ese año comienza a relacionarse con el grupo de Leopoldo Panero y Luis Rosales. También intima con Blas de Otero, con quien realiza algunas excursiones por tierras del Duero.

En 1956 se afilia al partido comunista, que abandona enseguida (su permanencia dura veinte minutos, debido a una discusión con el hermano de Jorge Semprúm), aunque nunca llegó a perder la vinculación con algunos de sus camaradas. Antes, un grupo de desconocidos le había dado una paliza, por estar en la organización del congreso, patrocinado por el PCE. De todos modos, fuera ya del congreso, participa en los enfrentamientos con la policía entre el 1 y el 9 de febrero, por lo que es detenido y posteriormente vigilado. De todo modos, el congreso nunca llegó a realizarse debido a que, en los tumultos, muere un estudiante falangista.

En 1957 se licencia en Filología Románica con una tesis sobre El elemento mágico en las canciones infantiles de corro castellanas, bajo la dirección del catedrático (y filólogo) Rafael Balbín.  Y ese verano hace el servicio militar.

En 1958 publica Conjuros, que dedica a Vicente Aleixandre, y con su ayuda y la de Damaso Alonso consigue un puesto de lector de español en la Universidad de Nottingham, donde permanece dos años. Y en 1959 se casa con Clara Miranda. Desde octubre de 1960 es lector en la Universidad de Cambridge, donde permanecerá cuatro años y establecerá relación con Francisco Brines, por entonces lector en Oxford: allí descubre a los románticos ingleses, sobre todo a William Wordsworth y Dylan Thomas, que tanto van a influir en su poética.

En 1963 es incluido en la antología Poesía última de Francisco Ribes, donde también aparecen poemas de Ángel González. Carlos Sahagún, Eladio Cabañero y José Ángel Valente, autores que conforman el grupo poético madrileño que se dio a conocer en la década de 1950-1960, y al que los críticos designaron como Generación de los 50. Generación también designada como los niños de la guerra, que según el poeta Álvaro García recuperó «un poco de corazón y de conciencia para el tiempo y el lugar, la posguerra y España», volviendo a humanizar la poesía; y que, además de los citados, integraban también: Antonio Gamoneda, Jaime Gil de Biedma o José Manuel Caballero Bonald.

De nuevo en España fija su residencia en Madrid, donde va a permanecer hasta 1991, trabajando como profesor universitario y siempre conservando un contacto muy estrecho con su ciudad natal. En 1965 publica ALIANZA Y CONDENA, libro por el que recibirá el Premio de la Crítica. En 1968 será incluido en la Antología de la nueva poesía española.

Un suceso trágico, en 1974, le va a ocasionar una gran consternación: muere su hermana María del Carmen, que contaba 28 años y a quien se hallaba muy unido, a consecuencia de las gravísimas heridas producidas por el apuñalamiento de su novio con una navaja en el club donde trabajaba. A lo que se añade, un año más tarde, la muerte de su madre.

En 1976 publica El vuelo de la celebración, que supone su consagración definitiva, convirtiéndose en uno de los poetas más leídos entre lectores jóvenes. En 1983 obtiene el Premio Nacional de Poesía por Desde mis poemas, recopilación de sus cuatro primeros libros. En 1986 es Premio de las Letras de Castilla y León y en 1987 es elegido miembro de la Real Academia Española (en el sillón dejado vacante de Gerardo Diego).

En mayo de 1991 publica Casi una leyenda, que obtuvo críticas favorables, siendo considerado uno de los libros de poesía más relevantes de las últimas décadas. En marzo de 1992 lee su discurso de ingreso a la RAE, titulado: Poesía como participación: hacia Miguel Hernández. En 1993 publica el que será su último libro de poemas, Casi una leyenda; es galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y, cinco días después, obtiene el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Mientras pergeñaba su última creación Aventura, la muerte, a consecuencia de un cáncer de colon que padecía y que había desarrollado metástasis, le sorprendió en Madrid en 1999, y los once textos que ya tenía escritos, se publicaron de manera facsimilar en 2005.

LA POESÍA SEGÚN CLAUDIO RODRÍGUEZ

Tras conocer un poco mejor al autor, y antes de entrar en el análisis del libro, parece conveniente examinar qué era para él la poesía y cuáles eran sus claves. CR dejó escritas algunas páginas sobre su concepción de la poesía que animan a la reflexión y, en algunos casos, a la interpretación. Así sucede con su concepción de la poesía como un don y un fervor, como «ebriedad de la existencia» y «claridad», como «alianza y condena» o como celebración: conceptos que dan título a sus poemarios. O con nociones que configuran su forma de entender el proceso poético, como las de «participación», «contemplación viva» (y su dificultad) junto a la contemplación poética y la materia, «expresión viva», la «palabra verdadera» (en el acto creador y el poema), el «ritmo personal» o la tensión entre objetividad y subjetividad.

Consideraba misterioso e inefable el proceso poético y también el poema resultante: la poética de un autor suele hacerse sobre la obra terminada, sin tener en cuenta el proceso creativo, que, a su entender, no sólo es previo al poema, sino inseparable de este y copartícipe de su condición misteriosa.

La definición (más completa) de poesía que ofreció CR es esta: «Si la poesía, entre otras cosas, como he escrito ya, es una búsqueda, una participación entre la realidad y la experiencia poética de ella a través del lenguaje, claro está que cada poema es como una especie de acoso para lograr dichos fines. [...] la realidad y el lenguaje pueden asumir distintas vibraciones, muy variadas aproximaciones, gamas que han de establecer el proceso creador. En el fondo, se trata de la aventura entre la intimidad y la realidad. [...] el lenguaje en poesía no es tan sólo un vehículo para expresar sentimientos, emociones, intuiciones, etc., sino consiste, sobre todo, en la calidad del espíritu expresado, en su 'actuación' y su conformación en el texto» (Rodríguez, Reflexiones sobre mi poesía, 1985 119).

ALIANZA Y CONDENA

En nuestro caso, ya el título del libro recoge esta concepción básica de la vida y de la poesía: «Alianza y condena» son dos actitudes básicas del ser humano: «lo que el hombre acepta y lo que condena» (Rodríguez, 1985: 19).

Para él no son «dos realidades distintas», sino que la vida «consiste en esas dos aceptaciones». La figura y el magisterio de Charles Baudelaire asoman en una cita no literal: «Quiero cantar desde la propia carroña». Pero CR no sigue, no desenvuelve, todavía en este poemario, esa aceptación de la parte más desagradable de la vida en tensión con el ideal y su conversión en materia poética que introdujera en la modernidad el poeta francés.

En este tercer poemario da por finalizado el canto entusiasta, y la palabra poética se aplica a la manifestación de la realidad, de la «verdad», en lo que tiene de aceptable y de condenable, llevando esa dialéctica hasta la composición de muchos de los poemas. No sólo ha perdido la «ebria» veneración por la extraordinaria manifestación de la vida, sino que también ha abandonado (o ha sido abandonado por) la nostalgia de aquel tiempo inaugural, todavía presente en Conjuros (1958). Aquí hay una mirada distinta, fruto de un desconcierto por esa pérdida, que constata los dos aspectos de la vida y se plasma en poemas como «Porque no poseemos», donde, tras expresar la ignorancia después de la pérdida de la sencillez, se afirma en una voluntad de detener una realidad huidiza: «Quiere acuñar las cosas, / detener su hosca prisa / de adiós, vestir, cubrir / su feroz desnudez de despedida» (p. 24).

Poemario de madurez, logra que desilusión y desengaño produzcan un sentimiento de aflicción resignada, una contemplación añorante de la posible armonía y felicidad que pudo darse y que, incluso por breve tiempo, se ha dado. El término «alianza» tiene aquí una resonancia negativa y pesimista (es una «aceptación»), aunque mantiene ese dinamismo positivo (vital y poético) que nunca abandonó. Se trata más bien de un pacto necesario para hacer más llevadera la vida, pero que no deja de reconocer el fracaso del ideal solidario fraternal: para el poeta «alianza es lo contrario del amor, en cuanto que la relación humana surge de la necesidad de aliarse contra el miedo», según Ángel Luis Prieto de Paula (La llama y la ceniza. Introducción a la poesía de Claudio Rodríguez, 1993: 47).

La «alianza y la condena», como antes la «claridad» y después la «celebración», son actitudes problemáticas, abiertas a la propia complejidad de la realidad y de la vida y a su relación con la subjetividad del poeta (también modulada en diferentes grados). Por otra parte, la noción de «participación» se asienta en la dialéctica entre lo interior y lo exterior, entre la realidad física y la interioridad del poeta, en la que se activan o actúan la emoción, la intuición y la imaginación, por efecto de esa propia realidad.

En cuanto a la noción de «contemplación viva», que aparece en lo que CR denomina «el segundo peldaño» de su poesía, que sigue a la etapa de exaltación por y ante la existencia de sus dos primeros poemarios, trata de configurar poéticamente los contornos entre lo interior del poeta y lo exterior, atenuado el precedente entusiasmo embriagador. Esa es la labor poética, en la cual el poeta queda renovado por la aproximación al objeto contemplado «en el proceso poético, en la aventura de la visión, de la inspiración armoniosa».

Precisamente Alianza y condena es el poemario donde más explota esta «contemplación viva»: abre una nueva mirada, activa y consciente, ocupada en la realidad multiforme y plural de los hombres, interesada en las dificultades y obstáculos que impiden el contacto con ellos y su conocimiento (las cáscaras, la ropa, los envoltorios, los caparazones y corazas). El poeta mira ahora con la luz del mediodía y se contenta, se satisface comprobando la multiplicidad y la acepta: su tarea ahora, cognoscitiva, consiste en aplicar la mirada a la realidad para limpiarla de todo elemento superfluo que pueda ocultar su esencia: ahora, a mediodía, cuando hace / calor y está apagado / el sabor, contemplamos / el hondo estrago y el tenaz progreso / de las cosas, su eterno / delirio, mientras chillan / las golondrinas de la huida (p. 18).

Así, del símbolo primordial de Conjuros, de la uva-corazón estrujado (con violencia y dolor) para obtener el zumo de la verdad fraterna y solidaria, pasa a los símbolos de la intimidad y la protección, como la almendra del fruto o la cama del dormitorio familiar de la infancia; que, no obstante, se muestran limitados e incluso violentados. Incluso la experiencia erótica no aporta revelación cognoscitiva sobre su sentido último, sino duda. Este poemario es, pues, el momento de la «contemplación viva», del empeño en acceder al último reducto de la esencia de las cosas, de los gestos, de los seres o de su sentido; y la ocasión de constatar la imposibilidad de sobrepasar sus caparazones y acceder a la «sutura» con ellos y mucho menos, por tanto, a su posesión.

Finalmente, para explicar este poemario, CR se refirió también a una modificación del «tono» (aunque sin aportar definición alguna de tal noción), que permanece imprecisa y abierta a una posible comprensión por parte del receptor, como una más de esas nociones del poeta de las que apenas alcanzamos un sentido aproximado. «Tono» (o «timbre», que usa como sinónimo) parece querer significar 'actitud desde la que se escribe', cuando dice que «No se modifica el timbre de mi poesía anterior, sino que se encalma. La forma [el poema] se acompasa con un tono más meditativo».

UN CLÁSICO DE LA LITERATURA ESPAÑOLA

En efecto, este libro de poemas, publicado hace ahora 61 años, se ha convertido en un clásico de la literatura española, tal como lo reconoció, en su momento, el Instituto Cervantes, que celebró su medio siglo con un acto en Madrid y con la presentación de una edición bilingüe español-inglés del libro, que muchos consideran el mejor del autor. Lo que resulta indudable es que sigue siendo uno de los libros fundamentales de la poesía española del siglo XX y, desde luego, el que contiene buena parte de los versos y poemas más notables del autor.

Son poemas que van de lo cotidiano a lo universal, alejados de la poesía social (salvo quizá el poema «Eugenio de Luelmo») que cultivaron otros poetas del movimiento, pero con ese lenguaje lírico e intimista al que se fueron decantando todos los miembros de esa generación poética. Alianza y condena fue, según declaración propia (varias veces reiterada), su libro favorito, el que consideraba más conseguido y revelador: escrito a lo largo de siete años, durante su estancia como lector en las Universidades de Nottingham y Cambridge. Esa lejanía, hace que el libro esté pulsado por una añoranza de la tierra y del pasado, que se agudizarán en obras posteriores.

Libro central en su trayectoria poética, no sólo por ser el tercero de sus cinco poemarios, sino porque tras los dos iniciales (Don de la ebriedad y Conjuros), cuajados de la luminosidad de la alianza, a partir de aquí, en El vuelo de la celebración y Casi una leyenda, va a comenzar a predominar y aquejar la condena. En efecto, los versos de Alianza y condena exploran la contradicción entre luz y sombra, entre celebración y elegía, entre iluminaciones y caídas, entre exaltación y abatimiento, entre certezas y dudas, entre un pasado de plenitud y un presente negativo.

El libro plantea un debate (como toda su poesía) en la oposición de contrarios, en el oxímoron y la antítesis. Envuelto en un tono meditativo y ético, abunda en paradojas y oposiciones dialécticas (entre dos términos o conceptos aparentemente contrarios: como es el caso del título), buscando mostrar en un solo suceso o en un mismo tiempo los dos polos o caras de la vida, del mundo, de la realidad, con todo lo que tienen de alianza y condena: pues como explicaría más tarde al hablar de este poemario: «Dentro de la alianza existe la condena, igual que dentro de la condena existe la alianza».

Dividido en cuatro Libros, en cada uno de los cuales muestra un penetrante racionalismo que desvela las profundidades del alma y resalta los aspectos naturales del ser humano: «…Ya no sé qué es lo que muere / qué lo que resucita. Pero miro, / cojo fervor, y la mirada se hace / beso, ya no sé si de amor o traicionero» (p. 24).

Alianza y condena compendia en su intensidad el doble carácter meditativo y contemplativo de la poesía de CR, que presenta una realidad dual y paradójica y ahonda en las limitaciones del lenguaje e insiste en un concepto de poesía como aventura entre la intimidad y el mundo y en la imagen de la ciudad como escenario de la alianza y la condena. Poemario intuitivo y visionario donde la palabra se depura hasta el límite justo: «…Queda / tú con las cosas nuestras, tú, que puedes / que yo me iré donde la noche quiera» (p. 77).

La extrañeza del cuerpo y del lenguaje son el eje de los poemas más significativos unos poemas donde la palabra está sometida a una tensión conceptual y emocional que acaba reflejando su insuficiencia de palabras muertas ante la pérdida y el vacío. La fuerza de esa condena está presente en «Cáscaras», «Brujas a mediodía» o «Ciudad de meseta». Aunque quizá el poema que la refleja con mayor intensidad sea «Ajeno», uno de los preferidos por el autor y que siempre acababa leyendo.

De ahí proviene, precisamente, la intensidad de este libro, la tensión que lo sostiene desde el poema que lo abre («Brujas a mediodía») hasta el que lo cierra («Oda a la hospitalidad»), y en medio, organizados en esas cuatro secciones asimétricas, algunos de los poemas y los versos más memorables de CR, como destaca en su Prólogo, «El misterio de la claridad», Luis García Jambrina. Como estos entre otros:

El color oro mate, poco a poco / se hace bruñida plata. Cae la noche. (p. 34)

Junto a esta muchacha a la que hoy amo, / a la que hoy pierdo, a la que muy pronto / voy a besar muy castamente sin que / sepa que en ese beso va un sollozo. (p. 66)

Ojalá el tiempo tan solo / fuera lo que se ama. Se odia / y es tiempo también. Y es canto. (p. 75)

Ved que todo es infancia: / la verdad que es silencio para siempre. (p. 96)

TEMÁTICA POÉTICA

CR experimentaba vida y realidad como un misterio: Ciegos para el misterio / y, por tanto, tuertos, para lo real (p. 38); Misterio que no le producían inquietud o angustia, sino serenidad y sosiego, incluso en el dolor.

La entrega a los demás, la amistad que constituyó uno de sus valores supremos y, por ende, uno de los temas clave de sus poesía, es especialmente notorio en estos versos: para CR la compañía fue el único oficio (y además, sin horario, como el de Eugenio Luelmo) y la amistad su única vocación (que consideraba un don, como la claridad y la ebriedad). Pocos poetas han cantado con esta intensidad y emoción al amor y a la amistad como CR en este libro. Largo se le hace el día a quien no ama. / y él lo sabe dice en «Ajeno» (p. 70).

Alianza y condena coloca a su autor, según el crítico literario cubano José Olivio Jiménez, «en la línea de los que sienten la poesía como medio de conocimiento y expresión integral de la persona completa», estableciendo entre sus temas centrales la necesidad de la verdad, su naturaleza real y los instrumentos para buscarla, poseerla y ocultarla. Sí, vida y poesía se unifican y convergen en sus versos, hasta el punto de que las diferentes etapas de su existencia se reflejan y expresan en cada uno de sus poemarios: En Alianza y condena refleja el júbilo y el dolor de la juventud y madurez, proyectados también en el posterior El vuelo de la celebración (1976). Antes, en Don de la ebriedad (1953) y Conjuros (1958), estaban la infancia y la adolescencia, caracterizadas por la exaltación, el entusiasmo y la conexión con la naturaleza y el cosmos. En sus últimos poemarios, Casi una leyenda (1991) y (el inconcluso) Aventura (2005), estarán presentes la vejez y la muerte.

Aunque la muerte aparezca de manera explícita doce veces en Alianza y condena, el poema «Eugenio de Luelmo (Que vivió y murió junto al Duero)» (el único en la obra de CR dedicado al fallecimiento de una persona ajena a su familia), verdaderamente trata de la vida del poeta y profesor Eugenio de Luelmo, de hecho las dos veces que utiliza el término muerte en el poema, ninguna se refiere directamente a la del protagonista. La primera es para aludir a su concepto genérico de la muerte, que contradice al de Jorge Manrique: no distingue entre «las vidas», los ríos, y el «morir», el mar: La muerte no es un río, como el Duero, / ni tampoco es un mar (p.38). La segunda es para decir que Eugenio de Luelmo era flor y fruto a la vez, y muerte, y nacimiento/ al mismo tiempo (p. 36), equiparando así los dos términos contrarios, igual que en los versos de Conjuros: «Qué vida y muerte fulminantes» («A la nube aquella»), o «el limpio sayo / de la vida y la muerte» («Visión a la hora de la siesta»), con lo que testifica cómo en una misma persona la vida y la muerte conforman una única realidad, no dos realidades distintas.

Esa concepción de que vida y muerte no pertenecen a ámbitos diferentes, sino que ambas son manifestaciones de un mundo unitario, es la idea fundamental de este texto, que además añade algo nuevo al mundo poético de CR: la referencia, en lugar de a la naturaleza, a la sociedad española de los años cincuenta. El texto lo escribió en Madrid, y lo incluyó en Alianza y condena cuando contaba ya treinta y un años. A esa edad había experimentado la hipocresía de las relaciones, y le dolía de manera especial las diferencias sociales. Por eso aprovecha el acontecimiento de la muerte de Eugenio de Luelmo para atacar a «cierta» sociedad zamorana que le había considerado en vida como «un pobre hombre» que desprendía olor «a cal, a arena, a vino, a sebo», que peinaba «canas», y que padecía «ronquera». Bajo esa apariencia el poeta había percibido, en cambio, el misterio que encerraba aquel hombre lleno de cualidades morales como la gracia, el amor, la eficacia, la ternura, y sobre todo la llaneza, que es lo mismo que «sin ensayo», y por lo tanto sin trampas, jugaba / de verdad, con sus cartas / sin marca (p. 37).

Aunque a CR no se le pueda considerar «poeta social», este texto puede enmarcarse en la llamada «poesía social» de la época: si este poema, como otros del autor, no se incluye entre los «poemas sociales», es porque sus referencias no se apoyan en datos o personajes históricos del momento, sino en referencias intrahistóricas humanas, a las que somete a un análisis moral. El sentido ético de su poesía es el que da transcendencia a la grandeza sencilla de Eugenio de Luelmo. Para ello necesita denunciar la farsa social de aquellos paisanos: «ciegos para el misterio, / y, por lo tanto, tuertos para lo real» (p. 38). Esa ceguera que a los zamoranos les impide ver la maravillosa vida del protagonista, implica que tampoco sepan contemplar directamente la realidad de su muerte. Y a pesar de que la ciudad celebrara multitudinariamente el entierro, CR le niega el derecho a conmemorar de ese modo la muerte del finado: ¿Cómo vamos ahora / a celebrar lo que es suceso puro, noticia sin historia, (...)? (p. 38), con lo que reafirma que la muerte sólo la puede comprender quien ha sabido leer el sentido de la vida.

Aquí afronta también la complejidad y, en ocasiones, paradójica naturaleza de la realidad y la verdad, constatando la frecuente separación o desajuste entre los sentidos y las cosas, es decir entre la verdadera realidad y el ámbito de las apariencias. El poema «Brujas a mediodía», no en vano subtitulado (Hacia el conocimiento), ya orienta hacia la posible interpretación general del libro: ¿Por qué quien ama nunca / busca la verdad, sino que busca la dicha? / ¿Cómo sin la verdad / puede existir la dicha? He aquí todo (p. 19).

Varios otros poemas incluyen momentos de claridad y develamiento, siempre a través de pequeños eventos, de cosas sencillas y naturales: la lluvia, el viento primaveral, un girasol, un gorrión, la espuma del mar, un olor, una luz o el cielo: Hoy necesito el cielo más que nunca. / No que me salve, sí que me acompañe (p. 69). En suma, una predilección por ciertos paisajes tranquilos, por una atención especial a sentimientos pequeños, nada ampulosos, en los que sin embargo se esconde, en ocasiones, toda la poesía.

Para terminar, en las dos odas finales es donde eleva, por encima de todo, la verdad de la infancia («Oda a la niñez») y de la hospitalidad («Oda a la hospitalidad»): Ved que todo es infancia / la verdad que es silencio para siempre (p. 96).

Así, la infancia, el paraíso, el amor, la desdicha, los paisajes comunes, el ayer doliente o el oscuro futuro se desgranan en este poemario como referentes y pobladores de la realidad cotidiana en poemas (aparte de los ya citados, «Por tierra de lobos», «Ciudad meseta» o «Una luz») que invitan a reflexionar y disfrutar.

  

«No, no son tiempos / de mirar con nostalgia / esa estela infinita del paso de los hombres. / Hay mucho que olvidar / y más aún que esperar.»

miércoles, 15 de abril de 2026

EL RETORNO

 

«EL RETORNO»
Dulce María Cardoso
(2011)



«Ahora somos retornados. No sabemos bien qué es ser retornado, pero nosotros somos eso. Nosotros y todos los que están llegando desde allá»


DESDE ANGOLA, CON AMOR

A veces una película destaca, contra todo pronóstico, por la caracterización que un actor o una actriz hacen de su personaje. Así, El silencio de los corderos (2001) no sería la misma película sin la oscura interpretación que Anthony Hopkins hace del personaje de Hannibal Lecter. Pues bien, algo parecido pasa con EL RETORNO (2011), la cuarta novela de la escritora lusa Dulce Maria Cardoso. La novela es y brilla por la caracterización que la escritora hace de Rui, su protagonista y narrador. La potencia de esa voz y la integración de otras voces, expresadas a través de ella, hacen de ella una obra notable. No en vano, recibió el Premio Especial de la Crítica (2011) en Portugal; el Estado Francés le concedió la condecoración de Chevalier des Arts et des Lettres en 2012; mientras que la traducción al inglés obtuvo el English PEN Traslates Award en 2016.

Aunque Dulce Maria Cardoso (DMC) nació en la región de Trás-os-montes, al noreste de Portugal, en 1964, su infancia transcurrió en Angola. Regresó a Portugal en 1975, junto a muchos otros retornados que volvían tras la independencia de las colonias portuguesas: «El fin de mi infancia fue el fin del imperio portugués». La víspera de cumplir 11 años, metía su vida en una maleta, abandonaba a su padre, a su hogar y a su única patria, Angola, y era subida a un avión con destino a lo desconocido, a la metrópoli (Portugal). Tardaría tres décadas en recordar la experiencia en la novela: «Fui la última generación de portugueses que aún fue colona. Mis padres eran colonos blancos y yo también. Tenía diez años el 25 de abril (de 1975, fecha de la revolución portuguesa y el fin del imperio colonial portugués)».

Se graduará en la Facultad de Derecho de la Universidad de Lisboa y trabajará como abogada antes de dedicarse, a tiempo completo, a la escritura. Su primera novela, Campo de Sangue (2002), fue galardonada con el premio Acontece de novela; Os Meus Sentimentos (2005) fue, a su vez, distinguida con el Premio Europeo de Literatura; y a O Chão dos Pardais (2009) se le concedió el Premio Ciranda.

Portugal perdió en 1975, de la noche a la mañana, sus colonias en África: Angola, Mozambique y Cabo Verde. Y, también sin tardanza, recibió a miles de retornados: portugueses de piel blanca que, sin embargo, fueron recibidos como explotadores de «los negros». No eran queridos en las colonias, ni tampoco en la metrópoli, una combinación explosiva que DMC narra con esmerada precisión, como si hubiera sido ayer. «Cuando salí de Angola hice el esfuerzo de ‘decorar’. En portugués la palabra decorar tiene doble sentido. Uno es memorizar y otro es embellecer. Y creo que hice las dos cosas: memorizé todo y embellecí todo. durante mucho tiempo, Angola para mí era una vida perfecta. Los recuerdos eran casi perfectos, porque la realidad aquí, en Portugal, era tan dolorosa… de hecho, nos recibieron muy mal aquí. Y eso hizo que yo embelleciera cada vez más las memorias africanas. Después de un tiempo, creo, cuando crecí, hice el intento de racionalizar, de intentar entender por qué nos recibieron tan mal, de intentar entender qué había pasado, y creo que ahora tengo unas memorias más o menos… no diría ciertas porque no hay cierto o equivocado, pero más conforme a la realidad.»

Escribió El retorno de memoria, en varios días, en sucesivos tirones. Concebida como «una radiografía de la pérdida», como una cuidadosa reflexión sobre lo que significó para ella abandonar con 10 años la que para ella había sido su única patria, Angola, en 1975 (su padre pensaba que iba a ser «el mejor año de nuestras vidas»). Le esperaba la «metrópoli», el Portugal emergente de la 'Revolución de los Claveles', un país liberado del dictador Antonio de Oliveira Salazar.

MARCO HISTÓRICO DE HISTORIA FAMILIAR

Escribió El retorno de memoria, en varios días, en sucesivos tirones. Concebida como «una radiografía de la pérdida», como una cuidadosa reflexión sobre lo que significó para ella abandonar con 10 años la que para ella había sido su única patria, Angola, en 1975 (su padre pensaba que iba a ser «el mejor año de nuestras vidas»). Le esperaba la «metrópoli», el Portugal emergente de la 'Revolución de los Claveles', un país liberado del dictador Antonio de Oliveira Salazar.Conocer el marco histórico en que se desarrollaron los acontecimientos resulta, sino imprescindible, al menos conveniente para entender mejor el contenido de la novela. La independencia de Angola fue fruto de un largo periodo de gestación. De hecho, en las décadas de los años '20 y '30 del siglo pasado ya se iniciaron los primeros gérmenes independentistas. Problema que se recrudece en 1961, considerado el inicio del conflicto bélico, con miles de muertos en ambos bandos de la contienda. La Revolución de los Claveles (25 de abril de 1974) dio fin a 41 años de Estado Novo y terminó con la Guerra Colonial, uno de los principales motivos de la Rebelión de los Capitanes de Abril. Finalmente, la independencia se haría efectiva en 1975.

En Angola vivían portugueses que habían emigrado con la esperanza de encontrar una vida mejor que la que tenían en la metrópoli. Normalmente los emigrantes se adaptaban bien a su vida en Angola. Pero para el emigrante, la metrópoli representa siempre el paraíso perdido y, por tanto, añorado. En la novela el narrador, Rui, cuenta como sus padres hablaban de Portugal y parecía que allá todo era bonanza y felicidad: la fruta más apetitosa, las muchachas más guapas... Recibían revistas, cartas de los parientes que les contaban como estaban, con fotos de los eventos que se perdían, relatos de romances, nacimientos, muertes, celebraciones… Cartas atesoradas y vueltas a leer una y otra vez. En la novela, el padre de Rui trabajaba en los muelles, casi no cogía vacaciones, se afanaba mucho por su familia y con mucho esfuerzo había logrado tener una casa propia.

Entre finales de 1974 y 1975 se produjo el proceso de descolonización, tan apresurado como desordenado, del Imperio portugués, dando lugar a la migración masiva de personas que se denominarían retornados (de ahí el título del libro): portugueses o luso-descendientes que vivían en las antiguas colonias, sobre todo en Angola y Mozambique, y que salieron huyendo hacia la metrópoli, poco antes o poco después de la independencia. Mientras que unos lograron llevarse algunas pertenencias en maletas o en cajas que se amontonaron durante bastante tiempo en los muelles de Lisboa, muchos otros lo perdieron prácticamente todo. Algunos tuvieron la suerte de contar con familiares que los acogieron, mientras que muchos otros hubieron de ser auxiliados y alojados por el Estado. Sea como fuere, su arribo a Portugal supuso una seria crisis política, económica y (sobre todo) social: casi medio millón de retornados llegaron a un país de nueve millones personas, con unas ideas, unos hábitos y unos lenguajes diferentes: «El primer idioma que aprendí a hablar era kimbundu, antes que portugués. Porque había unos niños negros que eran nuestros compañeros, hablaban kimbundu, y yo lo aprendí con ellos». En general, fueron muy mal recibidos, y el término retornado todavía conserva un matiz peyorativo que implica rechazo y menosprecio.

Tema traumático, como el de la Guerra Colonial, en Portugal: hasta hace relativamente poco ha sido considerado casi un tabú del que no se debía hablar. Su reciente y progresiva plasmación en algunas películas, series televisivas o exposiciones ha iniciado la superación del tabú y la recuperación del tema para la memoria histórica colectiva. Precisamente esta novela se inscribe en este proceso de recuperación, donde ha supuesto un hito particularmente simbólico y relevante, tanto por su difusión como por su repercusión, comparables al Cuaderno de Memorias Coloniales (2009) de Isabela Figueiredo. Aunque obras anteriores, como Esplendor de Portugal (1997) o Las naves (2002) de Antonio Lobo Antunes, habían tocado el tema no lograron generar el debate ni postular la opinión que ha tenido el libro de DMC, quizá por la dificultad característica de las novelas de Lobo Antunes, o simplemente porque la sociedad portuguesa no estuviese aún lista para afrontar el asunto.

Aquí, la escritora comienza describiendo la forma de vida que muchos de los nativos portugueses llevaban en Angola. Continúa cuando esos ciudadanos se vieron obligados a volver a sus lugares de origen o el de sus ascendientes, donde en general no eran aceptados (algunos no lograron salir, antes fueron asesinados). Por último, la parte más amplia de la novela, está orientada a los problemas de la nueva vida, comenzando por los alojamientos de emergencia y siguiendo por lo relacionado con la escasa aceptación de su paisanos: las relaciones sociales resultaron, como poco, delicadas.

HISTORIA DE RETORNADOS

Angola está en plena agitación, entre blancos y negros se abre una fisura infranqueable: la fractura siempre ha estado ahí, incluso cuando las relaciones eran estables y cada uno ocupaba su lugar (cuando los negros reían los chistes de los blancos). Años de convivencia no han logrado establecer vínculos comunitarios entre colonos y colonizados. El racismo colonizador lo inundaba todo: el negro es perezoso,, les gusta echarse al sol como lagartijas, el negro es arrogante, si caminan de cabeza gacha, es únicamente para no mirarnos a nosotros, el negro es tonto, no entiende lo que se le dice, el negro es abusivo, si les damos la mano, quieren todo el brazo, el negro es ingrato, por más que les hagamos, nunca están contentos, podían pasar horas hablando del negro pero a los blancos no les gustaba perder tiempo con eso, bastaba que se dijera, es negro, y ya se sabía de qué iba el cuento (p. 29).

Cuando se inicia la trama, en Portugal ha triunfado La revolución de los Claveles y en las colonias los negros han perdido el miedo: han decidido recuperar su país y su relación con los blancos se ha ido haciendo más igualitaria y peligrosa. ya no caminan con la cabeza gacha, no ríen los chistes de los blanco y esperan que éstos rían los suyos.

Justamente el libro comienza el día anterior a la proyectada partida de la familia hacia Lisboa. Durante la que va a ser la última noche que la familia pase en Luanda, van decidiendo qué llevarse a la metrópoli y especulan sobre cómo será su vida allá. Frente a la que será su última cena, Rui, el hijo adolescente, reflexiona sobre su vida en Angola, la enfermedad de su madre, la Guerra, la revolución que les rodea y que ha hecho que buena parte de los residentes hayan salido ya para Portugal. En este trance, un dramático episodio de última hora supone dejar al padre atrás, mientras la madre y los dos hijos han de salir precipitadamente hacia Portugal en el primer avión, con un mínimo equipaje, sin apenas dinero y teniendo que dejar las pocas cosas que habían elegido para llevarse, así como sus esperanzas y sueños. Situación que deja a Rui como cabeza de familia, con la obligación de cuidar de su madre enferma y de su hermana.

La metrópoli los relega a un hotel de cinco estrellas ubicado en Estoril y gestionado por una insidiosa directora. Allí vivirán los tres en una habitación durante casi un año, hacinados con cientos de retornados, pues carecen de dinero ni tienen forma de conseguir una vivienda. Están allí subvencionados por el Instituto de Apoyo al Retorno de los Nacionales (IARN), con cuotas no precisamente de cinco estrellas: un hotel de lujo pierde categoría y encanto cuando sus alojados no pagan las elevadas facturas que cuesta el lujo. En efecto, cuando los huéspedes no son turistas adinerados, sino retornados de las colonias, se cierra la piscina; escasa la comida que además es mala y hay que hacer grandes colas para conseguirla; las habitaciones se convierten en campamentos; el servicio pierde el respeto y el deseo de agradar... Una rigurosa manera de comprender que la madre patria tiene problemas más perentorios que ocuparse del medio millón de portugueses expulsados del paraíso: esta llegada a Portugal permite a MDC la inclusión de una ácida metáfora en voz de Rui, al comprender que las madres a veces son en verdad malignas madrastras de cuento de hadas.

Al principio, la vida allí no era tan mala; incluso se veían trabados con cortesía. Pero rápidamente la vida se va deteriorando a medida que el hotel se va llenando y deja de recibir turistas. Además, donde hay personas hay diferencias. Los retornados de Mozambique se pelean con los de Angola para dilucidar qué colonia ha sido la mejor. Algunos incumplen las reglas impuestas por el hotel: no cocinar en las habitaciones, no llevarse las toallas a la playa, permitir la entrada a las habitaciones del personal del hotel para limpiar una vez a la semana... Sin actividades alternativas, pues los adultos no consiguen trabajo y los chiquillos no tienen escuela, se generaliza el aburrimiento y el consecuente envilecimiento, las travesuras comienzan a ser a conductas de riesgo y de ahí a pequeños delitos.

A ello se suma el rechazo de la metrópoli, ejemplificado en la denominación despectiva de retornados. Se les contempla con prejuicios: que si habían abusado de los africanos; que si quienes habían sido atacados habían sido crueles con ellos; que si se habían ganado a pulso que los aborígenes no los quisieran y se rebelarán contra ellos; que si venían a quitarles el trabajo; que si el gobierno les ayudaba solo a ellos... Cuando la realidad era que los retornados habían tenido que salir dejando sus propiedades, que nadie les ayudó a recuperar; que muchos carecían de familia que los recibiera; que otros tenían familia, pero que no quería recibirlos o ayudarlos (o no estaban en condiciones de hacerlo).

EL RETORNO SEGÚN RUI

Como se ha dicho, la novela gravita sobre la voz de su narrador, ese adolescente que no para de contar: narra el drama de su familia al partir de Angola, días antes de que este país dejara de ser colonia portuguesa y obtuviera su independencia. Ese dolor de abandonar la vida, de repatriarse y volver a una metrópoli que solo conoce por historias y fotos, se convierte en una novela llena de memorias recreadas a partir de los más mínimos detalles. Personaje que se sostiene de principio a fin, que a pesar del momento que vive no deja de ser adolescente, con sus preguntas y ansiedades, pero que no deja de ser también, de algún modo, la voz de tantos exiliados, de tantos desplazados, de todos aquellos que, por desgracia, han tenido que dejar su tierra para empezar de nuevo.

DMC reconoce que «encontrar esa voz, hacer salir de mí esa voz» supuso para ella la mayor dificultad a la hora de enfrentar la escritura: «Cuando estaba en Ruanda, tenía un amigo que se llamaba Rui y sus hermanos fueron asesinados. Después nunca más vi a Rui. Cuando volví a Portugal y estaba triste pensaba que mis hermanos no fueron asesinados, por tanto me sentía mejor. La historia de Rui era una historia de alivio y consuelo para mí. Pensé que tenía una deuda con Rui y por eso elegí para el libro a un niño que se llamaba así. Además, ʺruiʺ es el imperativo del verbo ʺruirʺ que en español significa destruirse. Yo había visto el imperio desmoronarse. También elegí el nombre por razones literarias.»

A través de la voz de Rui, la autora introduce muchas otras voces que, en la evocación del narrador, toman la palabra y se convierten en voces narradoras subsidiarias. El ejemplo más evidente es el de la directora del hotel de Estoril cuya voz ocupa un capítulo entero (el tercero, p. 69-74), además de aparecer esporádicamente a lo largo de la obra. En este sentido, cabe diferenciar entre los personajes que constituyen el núcleo central de los periféricos. La familia compuesta por los padres: Mario y Gloria, mujer con tendencias enfermiza y sus dos hijos Rui y Maria Lurdes se constituyen en protagonistas. Mientras que junto a ellos, el tio , la mencionada directora, Silvana, la mujer de Queine el portero del hotel, u otros retornados con los que la familia coincide en el hotel de Estoril (Pacaça, Faría, Victor, el señor Martins…).

Este conjunto proporciona una visión poliédrica de la historia que viene a completar la visión de Rui, pues no en vano DMC se define como autora de personajes: «Yo soy una autora de personajes, lo que me gusta es construir personajes, algo que no se usa mucho en la novela contemporánea que es más híbrida. Como soy autora de personajes voy descubriéndolos según voy escribiendo y encuentro situaciones que me permiten conocer cómo son esos personajes. Pero en términos narrativos, a lo mejor no me interesan todas esas situaciones porque se hacen demasiado repetitivas. Cuando reescribo de memoria sé quién es el personaje, ya no tengo tiempo de ir por esos caminos y de alguna manera consigo depurar la novela.»

RETRATO DE FAMILIA

La historia se centra pues en la familia de Rui que vive en Angola en 1975. Rui, que entonces tiene 17 años, cuenta como sus padres se habían adaptado bien a su vida en Angola y cómo hablaban de Portugal. Desde luego había otros que vivían mejor, que explotaban a los angoleños y que fueron suscitando el odio de la población local. Rui no se percataba de eso, tan solo apreciaba que algo no iba bien, que muchos empezaban a irse, que desaparecía gente, que había disparos, que difundían noticias de lugareños que asesinaban a blancos en algunas plantaciones... Además, Angola iba a dejar de ser colonia, lo cual estaba ocasionando que las familias blancas huyeran del barrio y que los negros comenzaran a apropiarse de las casas que dejaban vacías. Ese abandono por parte de sus vecinos, provocaba la crítica paterna, pues se iban precisamente cuando se podría comenzar a construir un país más igualitario. El tío Ze, hermano de su madre, un soldado portugués llegado a Angola en uno de los contingentes enviados para mantener el orden en la colonia, postulaba la independencia de Angola y quería ayudar a reconstruir el país libre después de la independencia: padre y tío mantenían opiniones muy diferentes.

En principio, el padre no resolvía irse porque no quería dejar atrás toda aquello que tanto trabajo le había costado conseguir. Pero finalmente, la familia se ve abocada a considerar las consecuencias de la independencia y a decidir si salir o no del país: toman la decisión de irse a Portugal y abandonar para siempre su vida, su ciudad y su hogar.

Tanto Rui como su hermana, María de Lurdes (Milucha), han nacido en Angola, que es todo su mundo. Sus padres, sin embargo, han nacido en Portugal. Su padre, Mario, emigró joven escapando de la pobreza y el hambre. Su madre, Gloria, emigró más tarde para casarse con él, huyendo también de la miseria. Ambos habían perdido pues ya su tierra. Para Gloria hay dos tierras: África, donde enferma; y Portugal… allí todo era distinto y ella también era distinta. En Angola toma medicamentos y hay periodos y momentos en que olvida, pierde el control y roza la locura. Mario, ese padre que mide casi dos metros y pesa más de cien kilos, no sueña con Portugal: decía que no había nada más que hambre y piojos en la metrópoli (p. 34). Para él solo hay una tierra: un hombre pertenece al sitio que le da de comer, a no ser que tenga un corazón ingrato, era así que papá respondía cuando le preguntaban si extrañaba la metrópoli. Un hombre tiene que seguir al trabajo como el carro sigue a los bueyes. Y tener un corazón agradecido (p. 15). Por eso conmina a sus hijos a aplicarse en los estudios: la juiciosa Milucha le hacía caso; Rui, no tanto: está en edad de rebelarse y comenzar a faltar a clase y vagabundear con los amigos.

A la llegada a Lisboa, alojados por el gobierno portugués en el hacinado hotel de Estoril junto con otros retornados, deberá aprender a convivir con su nueva realidad, con la incertidumbre sobre el destino de su padre y del país, así como con las turbulencias propias de un adolescente en tiempos turbios, como señala siempre la directora del hotel.

Rui vivirá un año en una habitación con un balcón con vistas al mar que debería ser su casa, pero a la que no puede sentir así., como queda plasmado en el capítulo doceavo mediante la repetición de la frase, que a modo de salmodia o estribillo, expresa más la necesidad de autoconvencimiento que la aceptación: Una habitación puede ser una casa y esta habitación y este balcón desde donde se ve el mar son nuestra casa. (p. 161, 163, 165, 170). Que se vuelve a repetir: en el capítulo decimosexto (p. 215), cuando regresado el padre, vuelve a repetirse; y finalmente en positivo, en el capítulo final, cuando toman posesión de su nueva casa, tras abandonar el hotel: nuestra casa es un cuarto y una sala con las ventanas próximas al techo, nuestra casa no tiene balcón y está lejos del mar, pero es nuestra casa (p. 223).

Pero mientras, Rui descubre una terraza a la que no sube nadie: allí se recogerá buscando la soledad que tanto necesita en ese espacio hacinado en que se ha convertido el hotel. Allí, sobre todo recuerda, dándose cuenta de que los recuerdos alteran las sensaciones y los actos más inocuos de la vida. No sé cuándo dejé de sentir una sola cosa a la vez. Fumar un cigarrillo debía ser solo fumar un cigarrillo. Encender un cigarrillo con el encendedor Ronson Vareflame de papá también debía ser solo eso. No debía ponerme a pensar que es el encendedor con que papá quería prenderle fuego a nuestras cosas. No debía ponerme a ver nuestras cosas ardiendo (p. 170).

Durante ese año, en ausencia del padre, se verá dominado (también agobiado) por la responsabilidad de ser el hombre de la familia, comenzará a sentirse adulto y descubrirá el sexo. Tiene un propósito: llevar a su madre y a su hermana a América donde supone que todo es posible. Sueña con América y sueña, en esa azotea de sus sueños, cuando ya van a abandonar el hotel para instalarse en una casa pequeña, pero casa al fin y al cabo, con que quedan 784 días para el último día de 1978. Fecha en que piensa estar en otra azotea, pues ese día y en esa azotea, ha quedado en verse con Gegé y Lee, sus amigos de Luanda. Ambos se marcharon antes que él, el primero a Sudáfrica, el otro a Brasil, pero quedaron en encontrarse el 31 de diciembre de 1978 en lo alto de la Sears Tower de Chicago. Quedan aún 784 días, pero no importa, se van del hotel: tal vez lo peor pueda estar aún por venir. (...) Nos vamos del hotel y yo tengo que estar contento y no pensar en otras cosas, el cuarto y el balcón con vista para el mar, no eran parte de nuestra casa, (p. 223).

Añora a su padre, añora su vida anterior, añora a sus amigos, añora su tierra rica (en todas esas cosas que añora en este país frío, huraño y pobre). En Angola los camiones de su padre cargaban café, sisal, algodón. En Angola había aceite de palma, diamantes, petróleo: aquí solo hay patatas y coles, cómo se puede hacer dinero solo con patatas y coles (p.189).

Lo que aún no sabe es que los recuerdos que enturbian los actos simples y cotidianos no son el resultado de la pérdida del paraíso (a no ser que la pérdida del paraíso sea la pérdida de la infancia). No es el retorno a la metrópoli y el alejamiento de su Angola natal lo que llena sus actos de nostalgia y ansiedad, sino los recuerdos. Acumular recuerdos mueve a teñir los actos de melancolía. Pero lo que sí empieza a comprender es que la culpa no la tiene ninguna tierra y no es de los demonios ni de nadie, cuesta admitir que haya cosas que existen sin culpables, pero esa es la verdad (p. 240).

ESTILO CARDOSO

El retorno se estructura en diez y siete capítulos sin numerar, sin título introductorio en ninguno de ellos y de dimensión muy variable (que va desde las 49 páginas del primero, a las 2 del décimo). Quizás la primera sección (los dos primeros capítulos), más breve, dedicada a los últimos días de vida en Angola, sea la más potente, mientras que la segunda bastante más extensa, que recoge el primer año en Lisboa, llega en ocasiones a perder intensidad al incluir episodios secundarios menos originales o interesantes. Lo cual no quita para que incluya algunos francamente portentosos como el citado monólogo de la directora del hotel (p. 69-74); el igualmente mencionado capítulo duodécimo donde se va alternando como un mantra la frase sobre la casa (p. 161-170); el episodio (incluido en el capítulo décimosexto) de la conversación de los hermanos, que tras el regreso del padre se van a dormir en la sala común del hotel (p. 218-225); y, sobre todo, el episodio del intento de venta de la pulsera de la madre cuando se quedan sin dinero (p. 175-177), donde se ve claramente el poder narrativo de la autora en esa mezcla de impotencia, orgullo, humillación, pragmatismo y desolación en una combinación de fondo y forma deslumbrante.

Aunque fiel al estilo de DMC, la novela se desarrolla mediante una narración fluida y amena, no deja de exigir cierto esfuerzo de lectura. Ya al principio del libro, la Nota del traductor señala: «Dulce María Cardoso es una autora que utiliza el mínimo posible de signos ortográficos. No encontrará el lector dos puntos ni punto y coma; tampoco signos de interrogación ni exclamación. las comillas también faltan, pues en el flujo de memoria que la autora intenta captar ese signo tipográfico no existe».

Sin marca de diálogos, con poca puntuación y con algunos tiempos verbales ausentes, a lo que hay que añadir la peculiar forma de escribir de la autora, de memoria, recordando lo escrito previamente en borradores desechados, hace que el relato fluya como si de un monólogo improvisado y repentino se tratara, dando la sensación de que Rui está sentado frente al lector, rememorando sus vivencias al mismo tiempo que cuenta lo que les está sucediendo en ese mismo momento. Seguramente tal sensación se debe a que, no es Rui, sino la propia DMC la que ahí al lado contando una etapa de su vida, porque, aunque nacida en Portugal, desde muy niña vivió con su familia en Luanda. Tenía 11 años cuando el país alcanzó su independencia y la familia se vio obligada a regresar: «Había triunfado la revolución de los claveles y en ese ambiente, éramos vistos como colonialistas, blancos que habíamos ido allá a explotar a los negros. Yo cogía el tren de Cascais a Estoril para ir a la escuela y recuerdo perfectamente que la gente me decía —con 11 años que tenía— que me fuera a mi tierra, que regresara a Angola a seguir explotando a los negros. La pérdida del hogar y la forma en que fuimos recibidos resultó una combinación explosiva» (El País, 27/01/2019).

Pero sin duda, como se ha apuntado al abrir esta reseña, es la voz de la memoria del ansioso e inseguro Rui, ese prolongado flujo de conciencia (que recuerda a Lobo Antunes, sin llegar a su nivel de barroquismo narrativo), lo que da coherencia y unidad tanto a la trama en su conjunto como al cada uno de los momentos y acontecimientos históricos que se presentan en ese nuevo mundo desconcertante, desde un punto de vista histórico pero también vital. Pero la autora va más allá, de forma que, a través de Rui, presenta diferentes formas de ver la situación entre los diferentes refugiados. Juan Comunista piensa que aquellas tierras no nos pertenecían, es justo que se las devuelvan a quienes les fueron robadas (p. 152). Así que el 11 de noviembre de 1975 cuando la televisión comunica la independencia de Angola, Juan Comunista no se pone una cinta negra sobre la chaqueta Mientras que Pacaças si se la pone: estoy de luto, hoy murió mi tierra, [...] hoy murieron mis muertos y mis hijos perdieron la tierra donde los hice nacer (p. 151).

Rui es testigo (y con él, el lector) de dos formas irreconciliables (que MDC en ningún momento pretende reconciliar) de entender la situación. Porque la novela no hace juicios de valor, ni juzga ni adjetiva; como tampoco presenta personajes buenos ni malos. Solo muestra: expone hechos, expresa sentimientos, ofrece formas de ver las cosas. Registra distintas maneras de enfrentar los hechos, señala distintos puntos de vista, pero deja que el lector observe los hechos desnudos, sin intentar orientar la opinión, de modo que cada uno pueda establecer la suya.

DELICADO EQUILIBRIO

DMC logra en esta novela un delicado equilibrio introduciendo, por una parte, el complicado contexto histórico (primero, de Angola y, después, de Portugal) mostrando los datos, los nombres (el Cachetudo, Rosa Coitadinho…), los conceptos y las expresiones propias de aquellos tiempos y escenarios, a la vez que reproduce el ambiente de una época cargada de miedos, posibilidades y sueños, tanto en el plano individual como en el colectivo. Y, por otra, compone una trama y un personaje (que desdobla, magistralmente en muchos otros de los que recoge perfiles, decires y conductas) que se sostienen per se sin que la ambientación expresada y la documentación latente eclipsen la narrativa, como a menudo suele ocurrir.

La novela, por otra parte, consigue huir también del otro gran peligro cuando se abordan temas de este tenor: la tendencia a la saudade (el saudosismo) de una época pasada, la memoria idealizante y entusiástica del buen imperialismo portugués. El retorno muestra a la familia de Rui de forma empática (aunque no simpática), y hasta cierto punto los refleja como " colonos buenos ", que no maltratan ni explotan a los angoleños, aunque den muestras de un indudable racismo: el problema es que ellos no tienen cabeza, ellos son los negros, los que conocemos y los que no conocemos. Los negros. A no ser que se quiera explicar lo que son, en ese caso es el negro, el negro es perezoso,, les gusta echarse al sol como lagartijas, el negro es arrogante, si caminan de cabeza gacha, es únicamente para no mirarnos a nosotros, el negro es tonto, no entiende lo que se le dice, el negro es abusivo, si les damos la mano, quieren todo el brazo, el negro es ingrato, por más que les hagamos, nunca están contentos, podían pasar horas hablando del negro pero a los blancos no les gustaba perder tiempo con eso, bastaba que se dijera, es negro, y ya se sabía de qué iba el cuento (p. 29). 

DMC no esconde la realidad de dominación, violencia y racismo que suponía el imperio colonial portugués, algo que todavía a muchos portugueses les cuesta reconocer. No es, en este sentido, una novela tan cruda como el citado Cuaderno de memorias coloniales, o como algunas de las obras de Lobo Antunes que han narrado esta época y estas cuestiones, pero tampoco es una visión edulcorada (resumible en la frase con que se abre la película Memorias de Africa: «I had a farm in Africa») de la relación entre países, clases e individuos en un contexto de dominación colonial.

Finalmente señalar que aquí, en contra de la tendencia predominante de la acumulación de referencias populares (libros, música, cine, series, personajes icónicos, etc.) vengan a cuento o no, rellenando páginas y dando una sensación de conocimiento (superfluo), aquí las referencias que aparecen responde rigurosamente a las exigencias del guion para contextualizar la época y al personaje: ahí están Emmanuelle, la película que han visto los amigos adolescentes desde la terraza; Tarzán o Trinidad (personaje al que todos los adolescentes de la época querían parecerse); y, por supuesto, la música y los libros, aquí citados para dejar constancia de lo que los personajes querían llevarse. Loa relatos de Kit Carson o del Capitán América, los afiches de Brigitte Bardot y de Riquita (con el autógrafo) y el disco de La décadanse, dan en cuatro trazos el perfil sociocultural de Rui. Al igual que el de su hermana: las fotonovelas (en edición de lujo), La dama de las camelias o Romeo y Julieta, y los discos de Percy Sledge o de Sylvie Vartan.

Por cierto, El retorno, está publicado por La Umbría y la Solana, editorial que está haciendo la loable tarea de publicar en España obras clásicas y actuales de la literatura portuguesa.

 

«1975 iba a ser un buen año, tal vez el mejor año de nuestras vidas, íbamos a dejar de ser portugueses de segunda, el futuro estaba aquí, papá tenía razón a pesar de las chaimites en las calles y de los tiros que habían empezado, a pesar de los negros que no paraban de llegar a Luanda venidos de todas partes, hay muchos negros en una tierra catorce veces y media más grande que la metrópoli»

GRAN BAR DISTOPÍA

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