miércoles, 29 de abril de 2026

ALIANZA Y CONDENA

 

«ALIANZA Y CONDENA»
Claudio Rodríguez (1965)


«Me gusta verme como una especie de bardo que forcejea con las palabras»

 

UN TAL CLAUDIO RODRÍGUEZ

A diferencia de otros creadores, la vida de los poetas no suele ser conocida por el público, salvo raras excepciones motivadas por una muerte injusta (caso de Federico García Lorca, por ejemplo) o por una vida azarosa y diletante (caso, entre otros, de Lord Byron). Los poetas no suelen aparecer en la prensa, no suelen llevar una vida de interés popular y son escasamente leídos (aunque se diga lo contrario). Si además son personas que por naturaleza y talante buscan alejarse del oropel de los flashes y las pasarelas, con mayor motivo podemos asumir este axioma del poeta ese gran desconocido. Este, precisamente es el caso de Claudio Rodríguez, quien pese a ser uno de los poetas más laureados del siglo XX sigue siendo un gran desconocido.

Claudio Rodríguez (CR), apodado "Cayín", nació en el seno de una familia burguesa de Zamora, el 30 de enero de1934. Es el primer hijo de María García Moralejo, mujer de asentadas convicciones burguesas y heredera de algunas propiedades cerca de Zamora, y de Claudio Rodríguez Diego, de origen humilde (era hijo de una lechera), que con mucho esfuerzo había logrado terminar la carrera de Derecho y trabajar como interventor de Hacienda. El padre, lector asiduo de poesía, escribe también versos, que ocasionalmente edita en diarios locales y, con el transcurso de los años, reúne una extensa biblioteca.

CR que, cuando comienza la guerra civil, cuenta dos años apenas conserva recuerdos, al respecto, salvo un fusilamiento que presencia eventualmente, acompañado de su padre, en las tapias del cementerio de Zamora. En 1939 nace su hermano Javier. Desde los cinco años, su vida se reparte entre Zamora y la finca de su abuela materna, muy cercana a la ciudad, donde pasa temporadas en contacto con la naturaleza y las labores del campo, elementos que se manifestarán después en su poesía.

En 1944 comienza los estudios de Bachillerato en el Instituto Claudio Moyano: es buen estudiante y compañero, y le gusta el fútbol, que practica asiduamente. Un año después nacen sus hermanas gemelas María Luisa y María del Carmen. Por esa época, la tensa situación motivada por las disputas de sus padres, le impelen a hacer escapadas al campo buscando alivio y liberación, costumbre que determina una activa conexión con la naturaleza y la gestación de un carácter contemplativo.

La muerte repentina y prematura de su padre (23 de marzo de 1947) supuso, por el trauma que le produce, un hecho capital en su vida, así como la ruina familiar. La incapacidad de la madre para llevar la hacienda familiar., determina que haya de aplicarse, siendo aún adolescente, a la administración de las fincas y al trato con los jornaleros, lo que le lleva asimismo a pasar largas temporadas en el campo. Se acentúa así su «manía andariega» y su refugio en la lectura. Se hace ayudante de un profesor de latín y francés y estudia con él la métrica latina, francesa y castellana, al tiempo que lee a Rimbaud en francés y se mantiene en contacto con su profesor de literatura Ramón Luelmo (a quien dedicará un poema en Alianza y Condena).

Por esta época comienza a frecuentar la biblioteca de su padre para convertirse en un ávido lector de poesía. Los poetas más frecuentados, además de Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, serán los franceses: Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Paul Valery o Paul Verlaine. Y hacia 1948 comienza a hacer sus primeros pinitos poéticos (que denomina «ejercicios para piano»), centrándose sobre todo el ritmo.

Tras una malograda tentativa de publicación de un libro con sus primeras composiciones, en 1951 comienza a escribir Don de la ebriedad: «Escribí casi todo el libro andando. Me lo sabía de memoria y lo iba repitiendo, corrigiendo, modificando, cuando andaba por el campo». Ese mismo año se traslada a Madrid para estudiar, con una beca, Filosofía y Letras en la Universidad Central. Allí pronto trabará relación con Vicente Aleixandre, Carlos Bousoño y Dámaso Alonso. En 1952, cediendo a los deseos de su madre, se matricula por libre en la Facultad de Derecho de la Universidad de Salamanca, estudios que abandonará enseguida (tras aprobar algunas asignaturas).

En 1953, tras la favorable recepción de Vicente Aleixandre (con quien mantendrá una amistad profunda, casi filial), decide mandar Don de la ebriedad al Premio Adonáis. El jurado, compuesto por Gerardo Diego, José Hierro y Luis Felipe Vivanco, le concede el premio. Ese mismo año, conoce a quien será su compañera, Clara Miranda, en el curso de una excursión Universitaria a Granada.

La publicación del libro Don de la ebriedad en enero de 1954 se convierte en un acontecimiento para los poetas y críticos del momento: de hecho ha sido valorado por la crítica como uno de los más brillantes de la lírica española en la segunda mitad del siglo XX. Ese año comienza a relacionarse con el grupo de Leopoldo Panero y Luis Rosales. También intima con Blas de Otero, con quien realiza algunas excursiones por tierras del Duero.

En 1956 se afilia al partido comunista, que abandona enseguida (su permanencia dura veinte minutos, debido a una discusión con el hermano de Jorge Semprúm), aunque nunca llegó a perder la vinculación con algunos de sus camaradas. Antes, un grupo de desconocidos le había dado una paliza, por estar en la organización del congreso, patrocinado por el PCE. De todos modos, fuera ya del congreso, participa en los enfrentamientos con la policía entre el 1 y el 9 de febrero, por lo que es detenido y posteriormente vigilado. De todo modos, el congreso nunca llegó a realizarse debido a que, en los tumultos, muere un estudiante falangista.

En 1957 se licencia en Filología Románica con una tesis sobre El elemento mágico en las canciones infantiles de corro castellanas, bajo la dirección del catedrático (y filólogo) Rafael Balbín.  Y ese verano hace el servicio militar.

En 1958 publica Conjuros, que dedica a Vicente Aleixandre, y con su ayuda y la de Damaso Alonso consigue un puesto de lector de español en la Universidad de Nottingham, donde permanece dos años. Y en 1959 se casa con Clara Miranda. Desde octubre de 1960 es lector en la Universidad de Cambridge, donde permanecerá cuatro años y establecerá relación con Francisco Brines, por entonces lector en Oxford: allí descubre a los románticos ingleses, sobre todo a William Wordsworth y Dylan Thomas, que tanto van a influir en su poética.

En 1963 es incluido en la antología Poesía última de Francisco Ribes, donde también aparecen poemas de Ángel González. Carlos Sahagún, Eladio Cabañero y José Ángel Valente, autores que conforman el grupo poético madrileño que se dio a conocer en la década de 1950-1960, y al que los críticos designaron como Generación de los 50. Generación también designada como los niños de la guerra, que según el poeta Álvaro García recuperó «un poco de corazón y de conciencia para el tiempo y el lugar, la posguerra y España», volviendo a humanizar la poesía; y que, además de los citados, integraban también: Antonio Gamoneda, Jaime Gil de Biedma o José Manuel Caballero Bonald.

De nuevo en España fija su residencia en Madrid, donde va a permanecer hasta 1991, trabajando como profesor universitario y siempre conservando un contacto muy estrecho con su ciudad natal. En 1965 publica ALIANZA Y CONDENA, libro por el que recibirá el Premio de la Crítica. En 1968 será incluido en la Antología de la nueva poesía española.

Un suceso trágico, en 1974, le va a ocasionar una gran consternación: muere su hermana María del Carmen, que contaba 28 años y a quien se hallaba muy unido, a consecuencia de las gravísimas heridas producidas por el apuñalamiento de su novio con una navaja en el club donde trabajaba. A lo que se añade, un año más tarde, la muerte de su madre.

En 1976 publica El vuelo de la celebración, que supone su consagración definitiva, convirtiéndose en uno de los poetas más leídos entre lectores jóvenes. En 1983 obtiene el Premio Nacional de Poesía por Desde mis poemas, recopilación de sus cuatro primeros libros. En 1986 es Premio de las Letras de Castilla y León y en 1987 es elegido miembro de la Real Academia Española (en el sillón dejado vacante de Gerardo Diego).

En mayo de 1991 publica Casi una leyenda, que obtuvo críticas favorables, siendo considerado uno de los libros de poesía más relevantes de las últimas décadas. En marzo de 1992 lee su discurso de ingreso a la RAE, titulado: Poesía como participación: hacia Miguel Hernández. En 1993 publica el que será su último libro de poemas, Casi una leyenda; es galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y, cinco días después, obtiene el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Mientras pergeñaba su última creación Aventura, la muerte, a consecuencia de un cáncer de colon que padecía y que había desarrollado metástasis, le sorprendió en Madrid en 1999, y los once textos que ya tenía escritos, se publicaron de manera facsimilar en 2005.

LA POESÍA SEGÚN CLAUDIO RODRÍGUEZ

Tras conocer un poco mejor al autor, y antes de entrar en el análisis del libro, parece conveniente examinar qué era para él la poesía y cuáles eran sus claves. CR dejó escritas algunas páginas sobre su concepción de la poesía que animan a la reflexión y, en algunos casos, a la interpretación. Así sucede con su concepción de la poesía como un don y un fervor, como «ebriedad de la existencia» y «claridad», como «alianza y condena» o como celebración: conceptos que dan título a sus poemarios. O con nociones que configuran su forma de entender el proceso poético, como las de «participación», «contemplación viva» (y su dificultad) junto a la contemplación poética y la materia, «expresión viva», la «palabra verdadera» (en el acto creador y el poema), el «ritmo personal» o la tensión entre objetividad y subjetividad.

Consideraba misterioso e inefable el proceso poético y también el poema resultante: la poética de un autor suele hacerse sobre la obra terminada, sin tener en cuenta el proceso creativo, que, a su entender, no sólo es previo al poema, sino inseparable de este y copartícipe de su condición misteriosa.

La definición (más completa) de poesía que ofreció CR es esta: «Si la poesía, entre otras cosas, como he escrito ya, es una búsqueda, una participación entre la realidad y la experiencia poética de ella a través del lenguaje, claro está que cada poema es como una especie de acoso para lograr dichos fines. [...] la realidad y el lenguaje pueden asumir distintas vibraciones, muy variadas aproximaciones, gamas que han de establecer el proceso creador. En el fondo, se trata de la aventura entre la intimidad y la realidad. [...] el lenguaje en poesía no es tan sólo un vehículo para expresar sentimientos, emociones, intuiciones, etc., sino consiste, sobre todo, en la calidad del espíritu expresado, en su 'actuación' y su conformación en el texto» (Rodríguez, Reflexiones sobre mi poesía, 1985 119).

ALIANZA Y CONDENA

En nuestro caso, ya el título del libro recoge esta concepción básica de la vida y de la poesía: «Alianza y condena» son dos actitudes básicas del ser humano: «lo que el hombre acepta y lo que condena» (Rodríguez, 1985: 19).

Para él no son «dos realidades distintas», sino que la vida «consiste en esas dos aceptaciones». La figura y el magisterio de Charles Baudelaire asoman en una cita no literal: «Quiero cantar desde la propia carroña». Pero CR no sigue, no desenvuelve, todavía en este poemario, esa aceptación de la parte más desagradable de la vida en tensión con el ideal y su conversión en materia poética que introdujera en la modernidad el poeta francés.

En este tercer poemario da por finalizado el canto entusiasta, y la palabra poética se aplica a la manifestación de la realidad, de la «verdad», en lo que tiene de aceptable y de condenable, llevando esa dialéctica hasta la composición de muchos de los poemas. No sólo ha perdido la «ebria» veneración por la extraordinaria manifestación de la vida, sino que también ha abandonado (o ha sido abandonado por) la nostalgia de aquel tiempo inaugural, todavía presente en Conjuros (1958). Aquí hay una mirada distinta, fruto de un desconcierto por esa pérdida, que constata los dos aspectos de la vida y se plasma en poemas como «Porque no poseemos», donde, tras expresar la ignorancia después de la pérdida de la sencillez, se afirma en una voluntad de detener una realidad huidiza: «Quiere acuñar las cosas, / detener su hosca prisa / de adiós, vestir, cubrir / su feroz desnudez de despedida» (p. 24).

Poemario de madurez, logra que desilusión y desengaño produzcan un sentimiento de aflicción resignada, una contemplación añorante de la posible armonía y felicidad que pudo darse y que, incluso por breve tiempo, se ha dado. El término «alianza» tiene aquí una resonancia negativa y pesimista (es una «aceptación»), aunque mantiene ese dinamismo positivo (vital y poético) que nunca abandonó. Se trata más bien de un pacto necesario para hacer más llevadera la vida, pero que no deja de reconocer el fracaso del ideal solidario fraternal: para el poeta «alianza es lo contrario del amor, en cuanto que la relación humana surge de la necesidad de aliarse contra el miedo», según Ángel Luis Prieto de Paula (La llama y la ceniza. Introducción a la poesía de Claudio Rodríguez, 1993: 47).

La «alianza y la condena», como antes la «claridad» y después la «celebración», son actitudes problemáticas, abiertas a la propia complejidad de la realidad y de la vida y a su relación con la subjetividad del poeta (también modulada en diferentes grados). Por otra parte, la noción de «participación» se asienta en la dialéctica entre lo interior y lo exterior, entre la realidad física y la interioridad del poeta, en la que se activan o actúan la emoción, la intuición y la imaginación, por efecto de esa propia realidad.

En cuanto a la noción de «contemplación viva», que aparece en lo que CR denomina «el segundo peldaño» de su poesía, que sigue a la etapa de exaltación por y ante la existencia de sus dos primeros poemarios, trata de configurar poéticamente los contornos entre lo interior del poeta y lo exterior, atenuado el precedente entusiasmo embriagador. Esa es la labor poética, en la cual el poeta queda renovado por la aproximación al objeto contemplado «en el proceso poético, en la aventura de la visión, de la inspiración armoniosa».

Precisamente Alianza y condena es el poemario donde más explota esta «contemplación viva»: abre una nueva mirada, activa y consciente, ocupada en la realidad multiforme y plural de los hombres, interesada en las dificultades y obstáculos que impiden el contacto con ellos y su conocimiento (las cáscaras, la ropa, los envoltorios, los caparazones y corazas). El poeta mira ahora con la luz del mediodía y se contenta, se satisface comprobando la multiplicidad y la acepta: su tarea ahora, cognoscitiva, consiste en aplicar la mirada a la realidad para limpiarla de todo elemento superfluo que pueda ocultar su esencia: ahora, a mediodía, cuando hace / calor y está apagado / el sabor, contemplamos / el hondo estrago y el tenaz progreso / de las cosas, su eterno / delirio, mientras chillan / las golondrinas de la huida (p. 18).

Así, del símbolo primordial de Conjuros, de la uva-corazón estrujado (con violencia y dolor) para obtener el zumo de la verdad fraterna y solidaria, pasa a los símbolos de la intimidad y la protección, como la almendra del fruto o la cama del dormitorio familiar de la infancia; que, no obstante, se muestran limitados e incluso violentados. Incluso la experiencia erótica no aporta revelación cognoscitiva sobre su sentido último, sino duda. Este poemario es, pues, el momento de la «contemplación viva», del empeño en acceder al último reducto de la esencia de las cosas, de los gestos, de los seres o de su sentido; y la ocasión de constatar la imposibilidad de sobrepasar sus caparazones y acceder a la «sutura» con ellos y mucho menos, por tanto, a su posesión.

Finalmente, para explicar este poemario, CR se refirió también a una modificación del «tono» (aunque sin aportar definición alguna de tal noción), que permanece imprecisa y abierta a una posible comprensión por parte del receptor, como una más de esas nociones del poeta de las que apenas alcanzamos un sentido aproximado. «Tono» (o «timbre», que usa como sinónimo) parece querer significar 'actitud desde la que se escribe', cuando dice que «No se modifica el timbre de mi poesía anterior, sino que se encalma. La forma [el poema] se acompasa con un tono más meditativo».

UN CLÁSICO DE LA LITERATURA ESPAÑOLA

En efecto, este libro de poemas, publicado hace ahora 61 años, se ha convertido en un clásico de la literatura española, tal como lo reconoció, en su momento, el Instituto Cervantes, que celebró su medio siglo con un acto en Madrid y con la presentación de una edición bilingüe español-inglés del libro, que muchos consideran el mejor del autor. Lo que resulta indudable es que sigue siendo uno de los libros fundamentales de la poesía española del siglo XX y, desde luego, el que contiene buena parte de los versos y poemas más notables del autor.

Son poemas que van de lo cotidiano a lo universal, alejados de la poesía social (salvo quizá el poema «Eugenio de Luelmo») que cultivaron otros poetas del movimiento, pero con ese lenguaje lírico e intimista al que se fueron decantando todos los miembros de esa generación poética. Alianza y condena fue, según declaración propia (varias veces reiterada), su libro favorito, el que consideraba más conseguido y revelador: escrito a lo largo de siete años, durante su estancia como lector en las Universidades de Nottingham y Cambridge. Esa lejanía, hace que el libro esté pulsado por una añoranza de la tierra y del pasado, que se agudizarán en obras posteriores.

Libro central en su trayectoria poética, no sólo por ser el tercero de sus cinco poemarios, sino porque tras los dos iniciales (Don de la ebriedad y Conjuros), cuajados de la luminosidad de la alianza, a partir de aquí, en El vuelo de la celebración y Casi una leyenda, va a comenzar a predominar y aquejar la condena. En efecto, los versos de Alianza y condena exploran la contradicción entre luz y sombra, entre celebración y elegía, entre iluminaciones y caídas, entre exaltación y abatimiento, entre certezas y dudas, entre un pasado de plenitud y un presente negativo.

El libro plantea un debate (como toda su poesía) en la oposición de contrarios, en el oxímoron y la antítesis. Envuelto en un tono meditativo y ético, abunda en paradojas y oposiciones dialécticas (entre dos términos o conceptos aparentemente contrarios: como es el caso del título), buscando mostrar en un solo suceso o en un mismo tiempo los dos polos o caras de la vida, del mundo, de la realidad, con todo lo que tienen de alianza y condena: pues como explicaría más tarde al hablar de este poemario: «Dentro de la alianza existe la condena, igual que dentro de la condena existe la alianza».

Dividido en cuatro Libros, en cada uno de los cuales muestra un penetrante racionalismo que desvela las profundidades del alma y resalta los aspectos naturales del ser humano: «…Ya no sé qué es lo que muere / qué lo que resucita. Pero miro, / cojo fervor, y la mirada se hace / beso, ya no sé si de amor o traicionero» (p. 24).

Alianza y condena compendia en su intensidad el doble carácter meditativo y contemplativo de la poesía de CR, que presenta una realidad dual y paradójica y ahonda en las limitaciones del lenguaje e insiste en un concepto de poesía como aventura entre la intimidad y el mundo y en la imagen de la ciudad como escenario de la alianza y la condena. Poemario intuitivo y visionario donde la palabra se depura hasta el límite justo: «…Queda / tú con las cosas nuestras, tú, que puedes / que yo me iré donde la noche quiera» (p. 77).

La extrañeza del cuerpo y del lenguaje son el eje de los poemas más significativos unos poemas donde la palabra está sometida a una tensión conceptual y emocional que acaba reflejando su insuficiencia de palabras muertas ante la pérdida y el vacío. La fuerza de esa condena está presente en «Cáscaras», «Brujas a mediodía» o «Ciudad de meseta». Aunque quizá el poema que la refleja con mayor intensidad sea «Ajeno», uno de los preferidos por el autor y que siempre acababa leyendo.

De ahí proviene, precisamente, la intensidad de este libro, la tensión que lo sostiene desde el poema que lo abre («Brujas a mediodía») hasta el que lo cierra («Oda a la hospitalidad»), y en medio, organizados en esas cuatro secciones asimétricas, algunos de los poemas y los versos más memorables de CR, como destaca en su Prólogo, «El misterio de la claridad», Luis García Jambrina. Como estos entre otros:

El color oro mate, poco a poco / se hace bruñida plata. Cae la noche. (p. 34)

Junto a esta muchacha a la que hoy amo, / a la que hoy pierdo, a la que muy pronto / voy a besar muy castamente sin que / sepa que en ese beso va un sollozo. (p. 66)

Ojalá el tiempo tan solo / fuera lo que se ama. Se odia / y es tiempo también. Y es canto. (p. 75)

Ved que todo es infancia: / la verdad que es silencio para siempre. (p. 96)

TEMÁTICA POÉTICA

CR experimentaba vida y realidad como un misterio: Ciegos para el misterio / y, por tanto, tuertos, para lo real (p. 38); Misterio que no le producían inquietud o angustia, sino serenidad y sosiego, incluso en el dolor.

La entrega a los demás, la amistad que constituyó uno de sus valores supremos y, por ende, uno de los temas clave de sus poesía, es especialmente notorio en estos versos: para CR la compañía fue el único oficio (y además, sin horario, como el de Eugenio Luelmo) y la amistad su única vocación (que consideraba un don, como la claridad y la ebriedad). Pocos poetas han cantado con esta intensidad y emoción al amor y a la amistad como CR en este libro. Largo se le hace el día a quien no ama. / y él lo sabe dice en «Ajeno» (p. 70).

Alianza y condena coloca a su autor, según el crítico literario cubano José Olivio Jiménez, «en la línea de los que sienten la poesía como medio de conocimiento y expresión integral de la persona completa», estableciendo entre sus temas centrales la necesidad de la verdad, su naturaleza real y los instrumentos para buscarla, poseerla y ocultarla. Sí, vida y poesía se unifican y convergen en sus versos, hasta el punto de que las diferentes etapas de su existencia se reflejan y expresan en cada uno de sus poemarios: En Alianza y condena refleja el júbilo y el dolor de la juventud y madurez, proyectados también en el posterior El vuelo de la celebración (1976). Antes, en Don de la ebriedad (1953) y Conjuros (1958), estaban la infancia y la adolescencia, caracterizadas por la exaltación, el entusiasmo y la conexión con la naturaleza y el cosmos. En sus últimos poemarios, Casi una leyenda (1991) y (el inconcluso) Aventura (2005), estarán presentes la vejez y la muerte.

Aunque la muerte aparezca de manera explícita doce veces en Alianza y condena, el poema «Eugenio de Luelmo (Que vivió y murió junto al Duero)» (el único en la obra de CR dedicado al fallecimiento de una persona ajena a su familia), verdaderamente trata de la vida del poeta y profesor Eugenio de Luelmo, de hecho las dos veces que utiliza el término muerte en el poema, ninguna se refiere directamente a la del protagonista. La primera es para aludir a su concepto genérico de la muerte, que contradice al de Jorge Manrique: no distingue entre «las vidas», los ríos, y el «morir», el mar: La muerte no es un río, como el Duero, / ni tampoco es un mar (p.38). La segunda es para decir que Eugenio de Luelmo era flor y fruto a la vez, y muerte, y nacimiento/ al mismo tiempo (p. 36), equiparando así los dos términos contrarios, igual que en los versos de Conjuros: «Qué vida y muerte fulminantes» («A la nube aquella»), o «el limpio sayo / de la vida y la muerte» («Visión a la hora de la siesta»), con lo que testifica cómo en una misma persona la vida y la muerte conforman una única realidad, no dos realidades distintas.

Esa concepción de que vida y muerte no pertenecen a ámbitos diferentes, sino que ambas son manifestaciones de un mundo unitario, es la idea fundamental de este texto, que además añade algo nuevo al mundo poético de CR: la referencia, en lugar de a la naturaleza, a la sociedad española de los años cincuenta. El texto lo escribió en Madrid, y lo incluyó en Alianza y condena cuando contaba ya treinta y un años. A esa edad había experimentado la hipocresía de las relaciones, y le dolía de manera especial las diferencias sociales. Por eso aprovecha el acontecimiento de la muerte de Eugenio de Luelmo para atacar a «cierta» sociedad zamorana que le había considerado en vida como «un pobre hombre» que desprendía olor «a cal, a arena, a vino, a sebo», que peinaba «canas», y que padecía «ronquera». Bajo esa apariencia el poeta había percibido, en cambio, el misterio que encerraba aquel hombre lleno de cualidades morales como la gracia, el amor, la eficacia, la ternura, y sobre todo la llaneza, que es lo mismo que «sin ensayo», y por lo tanto sin trampas, jugaba / de verdad, con sus cartas / sin marca (p. 37).

Aunque a CR no se le pueda considerar «poeta social», este texto puede enmarcarse en la llamada «poesía social» de la época: si este poema, como otros del autor, no se incluye entre los «poemas sociales», es porque sus referencias no se apoyan en datos o personajes históricos del momento, sino en referencias intrahistóricas humanas, a las que somete a un análisis moral. El sentido ético de su poesía es el que da transcendencia a la grandeza sencilla de Eugenio de Luelmo. Para ello necesita denunciar la farsa social de aquellos paisanos: «ciegos para el misterio, / y, por lo tanto, tuertos para lo real» (p. 38). Esa ceguera que a los zamoranos les impide ver la maravillosa vida del protagonista, implica que tampoco sepan contemplar directamente la realidad de su muerte. Y a pesar de que la ciudad celebrara multitudinariamente el entierro, CR le niega el derecho a conmemorar de ese modo la muerte del finado: ¿Cómo vamos ahora / a celebrar lo que es suceso puro, noticia sin historia, (...)? (p. 38), con lo que reafirma que la muerte sólo la puede comprender quien ha sabido leer el sentido de la vida.

Aquí afronta también la complejidad y, en ocasiones, paradójica naturaleza de la realidad y la verdad, constatando la frecuente separación o desajuste entre los sentidos y las cosas, es decir entre la verdadera realidad y el ámbito de las apariencias. El poema «Brujas a mediodía», no en vano subtitulado (Hacia el conocimiento), ya orienta hacia la posible interpretación general del libro: ¿Por qué quien ama nunca / busca la verdad, sino que busca la dicha? / ¿Cómo sin la verdad / puede existir la dicha? He aquí todo (p. 19).

Varios otros poemas incluyen momentos de claridad y develamiento, siempre a través de pequeños eventos, de cosas sencillas y naturales: la lluvia, el viento primaveral, un girasol, un gorrión, la espuma del mar, un olor, una luz o el cielo: Hoy necesito el cielo más que nunca. / No que me salve, sí que me acompañe (p. 69). En suma, una predilección por ciertos paisajes tranquilos, por una atención especial a sentimientos pequeños, nada ampulosos, en los que sin embargo se esconde, en ocasiones, toda la poesía.

Para terminar, en las dos odas finales es donde eleva, por encima de todo, la verdad de la infancia («Oda a la niñez») y de la hospitalidad («Oda a la hospitalidad»): Ved que todo es infancia / la verdad que es silencio para siempre (p. 96).

Así, la infancia, el paraíso, el amor, la desdicha, los paisajes comunes, el ayer doliente o el oscuro futuro se desgranan en este poemario como referentes y pobladores de la realidad cotidiana en poemas (aparte de los ya citados, «Por tierra de lobos», «Ciudad meseta» o «Una luz») que invitan a reflexionar y disfrutar.

  

«No, no son tiempos / de mirar con nostalgia / esa estela infinita del paso de los hombres. / Hay mucho que olvidar / y más aún que esperar.»

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