miércoles, 17 de diciembre de 2025

LAS MÁQUINAS ENFERMAS

«LAS MÁQUINAS ENFERMAS»
Alberto Chimal (2025)


«Vivimos en un mundo que hace diez años se habría considerado de ciencia ficción.»

 UN PERFECTO DESCONOCIDO

Alberto Chimal (Toluca, 1970) es un escritor mexicano de ciencia ficción social muy poco conocido en España, pese a ser una de las voces más interesantes y reconocidas de la ciencia ficción en castellano. Alberto Chimal (ACh) ha escrito historias para tebeos de Batman, guiones cinematográficos como 7:19 (2016), dirigida por Jorge Michel Grau, y Confesiones (2023), dirigida por Carlos Carrera. Más de una veintena de cuentos jalonan su trayectoria, el último Las estancias secretas (2024). En España, Páginas de Espuma le ha publicado Los atacantes (2015) y Manos de lumbre (2018). Y sus historias se pueden rastrear en canales de YouTube o en distintos podcast.

No duda en confesar que su forma narrativa «favorita» es el relato corto. La razón es bien sencilla: las primeras lecturas de ACh fueron cuentos. Cuentos de Edgar Allan Poe, Gabriel García Márquez, Amparo Dávila o Jorge Luis Borges. En concreto, encontró en el relato breve Uqbar Orbis Tertius de este último su «primer amor literario»: le hizo darse cuenta de que «había una cantidad enorme, increíble, infinita de posibilidades para la escritura».

El origen de LAS MÁQUINAS ENFERMAS es una preocupación por la actual obsesión con las llamadas inteligencias artificiales y otras tecnologías digitales, y por los muchos aspectos sombríos del mito reavivado de que las máquinas que van a reemplazarnos, y que ya están interfiriendo en nuestras vidas, nuestro pensamiento e incluso nuestros cuerpos.

Enemigo declarado de los modelos de inteligencia artificial generativa que no es un objeto mágico que pueda hacer de todo. De hecho, lo que entendemos ahora por inteligencia artificial no es ni inteligente ni muy artificial, ya que muchas aplicaciones están monitoreadas por humanos.

En este sentido cuenta una anécdota especialmente clarificadora: La primera vez que oí hablar de ChatGPT fue cuando alguien me dijo: "mira qué bien, ya no tendrás que escribir más". Su formación como informático "obsoleto" de los años noventa le llevó a curiosear y pedir a Copilot una ficha sobre sus propias obras: Todo estaba mal. Los resúmenes de los libros eran pésimos. Y además, hechos a partir de asociaciones más o menos aleatorias. Tengo un libro de cuentos que se llama "Manos de lumbre" que lo describía como una novela acerca de alguien que podía encender fuego espontáneamente con las manos, lo cual no tiene nada que ver con el contenido de los cuentos.

FUROR ESPECULATIVO

La amenaza recurrente de un futuro (cada día más presente) distópico y aterrador en el que las máquinas dominan la Tierra o, peor aún, las élites utilizan la tecnología para someter y saquear a su antojo es un argumento clásico de la ciencia ficción. Esquema argumental que está detrás de buena parte de estos cuentos, pero como siempre lo importante no es tanto lo que se cuenta, como el modo en que se hace. Ciertamente aquí hay catástrofe y extinción, pero también, pese a todo, una cierta esperanza porque «en todas las catástrofes humanas y en todas las grandes convulsiones que han acabado con una época, con una sociedad, con una civilización, alguien ha salido de ahí».

En el fondo son cuentos humanistas que intentan reflejar que las máquinas son productos humanos procedentes de unas sociedades específicas y que, por tanto, son un reflejo de ellas. Por eso la reflexión se centra más que en los peligros de máquinas enfermas en las sociedades enfermas que las producen y las acogen. Porque los nueve cuentos se ubican en lo que ACh califica de «furor especulativo»: no se interesa tanto las tropelías del progreso, que también, como los intereses de quienes poseen y manejan las 'máquinas inteligentes': «El objetivo no es exclusivamente la mejora de la especie humana. Existe una nueva oligarquía tecnológica extremadamente rica que posee estas herramientas que nos convierten en usuarios, consumidores y víctimas.» El turbocapitalismo como combustible (causa y consecuencia) que mantiene girando la rueda:  son los propios gurús de lo digital quienes alimentan las teorías más enloquecidas, «es su manera de impresionar y tratar de decirnos que todo esto va a ser inevitable y, además, lo va a ser en los términos que ellos están dictando

«La explotación a través de la tecnología es hoy mucho más generalizada que en la época de la revolución industrial» y ese control está vinculado al capitalismo y a grandes compañías tecnológicas estadounidenses (NVIDIA, OpenAI o Microsoft). Para ello se llama a esos modelo inteligencias como «estratagema mercadotécnica, ningún chatbot está realmente a la altura de esas expectativas», generando así «un mito tan fuerte que muchas personas que no se han rendido a él de plano sí han abrazado las modas que se han creado a su alrededor».

DIAGNÓSTICOS PARA LA MÁQUINAS ENFERMAS

Utilizando diversos registros narrativos, ACh ofrece una de las mejores antologías de ciencia ficción en español de los últimos tiempos. Con un discreto toque de elegancia narrativa, el aliciente de la especulación y el conocimiento de las relaciones entre el hombre y la máquina suprime todo posible falseamiento de la parte inorgánica, mostrando lo ominoso que pueda resultar para los humanos, proporcionando al lector una perspectiva futurista con un toque de terror (o al menos de desazón).

El libro de 147 páginas incluye nueve cuentos distópicos que configuran una exploración entre escalofriante y humorística de la obsesión creciente por las inteligencias artificiales y las tecnologías digitales y la manifestación de un invariable recelo sobre su presente y futuro. Todos ellos son pospandémicos, tanto por sus fechas de realización como por encuadrarse en ese estado de crisis inadvertida que se ha instalado en la sociedad desde 2021. Desde entonces, igual que en la vida diaria, la linde entre la experiencia vivida y la imaginada se ha vuelto precaria.

Pero no nos engañemos, Las máquinas enfermas habla del presente. Su profundo tono humanista lo instala en la advertencia. En este caso, las nueve historias constituyen un entramado de sueños, miedos, pesadillas, ambiciones e incertidumbres del ser humano sobre sí mismo en el período de incertidumbre que estamos viviendo desde que las llamadas inteligencias artificiales generativas se dieron a conocer. Y lo hace a partir de tres elementos esenciales: la advertencia de alteraciones o daños colaterales de la inteligencia artificial, en su ámbito general; el retrato del impacto de ese futuro en lo cotidiano, lo rutinario y lo más próximo; y la referencia a los sentimientos y a las emociones en el centro de la vida humana junto al poder de la imaginación como algo insustituible en la vida del ser humano.

Porque en estos cuentos el futuro no avanza por igual, es decir, no todo el presente conocido se ha borrado por completo en cada cuento para dar lugar a un mundo irreconocible en sus avances, sino que parte de nuestro presente donde el futuro ha empezado a implantarse y a modificarlo con el aquiescencia de todos. Historias del futuro en lo cotidiano reconocible, sustentadas en la sencillez de la escritura, en la voces narradoras y en la organización de los propios relatos que le otorgan una cierta liviandad a pesar de su admonición y profundidad.

CUENTO A CUENTO

«La madre del dragón»

Así, un cuento como este primero (por tanto el de enganche para el lector) presenta un futuro no muy lejano donde imprimir se ha vuelto ilegal; donde cualquier obra literaria se realiza con ayuda de la IA; donde todavía hay ʺinfluencersʺ (Sari Tejedor y un puñado de otras celebridades) que en las redes pretenden preservar la literatura mediante precarias frases de autoayuda (crítica de la comunicación basada en frases estereotipadas como las que utiliza de cebo el narrador: Mantener viva una llama); donde los clubes de lectura se han convertido en encuentros de apegados a lo analógico. Es decir, algo no muy distinto a nuestro presente. Porque ACh juega con el vaivén temporal entre el presente del narrador y su pasado, que resulta ser el presente del lector.

Narrado en primera persona, por un personaje que va desvelando sus intenciones a medida que avanza el relato, nos sumerge en un mundo en que la habilidad escritora está controlada por las máquinas, la escritura humana pende de un hilo y el hecho de tomar un lápiz con intenciones caligráficas resulta poco menos que una extravagancia. Así, a través de sus revelaciones sabremos que hay algunas gentes que vuelven a escribir a mano y a publicar libros a la antigua usanza y que la exigua producción literaria generada por seres humanos se denomina LITERATURA, frente a la literatura (con minúsculas) producida por las máquinas. Y descubriremos que, como siempre, hay quien quiere sacar provecho de todo ello. Como el Harpagón de Molière o el dragón Smaug de El Hobbit de Tolkien, el protagonista descansa sobre sus posesiones (las cajas y carpetas de LITERATURA) únicas en el mundo.

«Estoy seguro de que, en ciertas porciones del medio de la publicación, de lo que todavía se ve como publicación en texto, sí va a haber una degradación de calidad: las tiendas virtuales de libros ya están vendiendo una cantidad creciente de textos autogenerados, (hechos con inteligencia generativa, que son pura basura). Seguramente vamos a ver, por ejemplo, más celebridades encargándoles sus libros, ya no tanto a escritores fantasmas, sino a algún modelo generativo. Seguramente vamos a ver un decaimiento de la capacidad lectora y, también, de la escritural en muchas zonas del mundo.»

Lo interesante es que ACh encuadra su historia en un mundo donde la mercancía pirata que se vende a través de la Dark Web presenta un catálogo inconcebible en la actualidad, por lo que la sitúa en los barrios más deprimidos, en un contexto social, carentes de alta velocidad digital, donde la pobreza supone el caldo de cultivo perfecta para incubar el mito de la tecnología con el aditivo de la desmoralización existencial. En ese contesto, el narrador presenta (y así lo promociona a sus futuras víctimas) el acto de publicar como un acto de resistencia, de ahí que defienda la edición facsímil. Sus mensajes van dirigidos a personas nostálgicas, a gente de cierta edad (la que más se conmueve porque el mundo la venció) como un viejo agrio, Benítez, o Irene, la líder del taller de escritura creado a instancias del narrador, con la que éste entabla una relación erótica (no en vano el significado griego de Irene es la que trae la paz), episodio que le lleva a una reflexión profunda sobre las relaciones: significa una relación profunda, pero en la que todo es ambiguo. Por ejemplo, el sexo trae la posibilidad de que los amantes se digan muchas cosas, pero al final no dicen ninguna; y nadie, nunca, alcanza a nombrar sus sentimientos ni a explicar los de la otra persona.

En suma, una visión bien poco reconfortante del devenir del ser humano en una sociedad cada vez más inhóspita. No obstante, posiblemente sea el cuento más positivo, en el que hay cierta esperanza para la humanidad: todavía hay gente consciente y dispuesta a resistir (aunque sea propicia para la manipulación de impostores).

«Incidentes fatales revelan inteligencias»

Aquí ACh exagera y dramatiza las capacidades comprobadas de la tecnología ya existente, mostrando una fatídicamente falible. El cuento, narrado en tercera persona (casi con estilo periodístico), expone las desastrosas intervenciones de las IAs, intercaladas en un diálogo fragmentado entre estás y un humano sin nombre. Esta siniestra rebelión de las IAs supone una imaginativa vuelta de tuerca al mito de Skynet (inspirado en el cuento de No tengo boca y quiero gritar de Harlan Ellison, y mencionado y descrito por primera vez en Terminator de James Cameron).

Obviando las leyes postuladas por Isaac Asimov, esas inteligencias optan por la destrucción de la humanidad como solución para la salvación del planeta: unas inteligencias recurrentes, OLliE, percibiendo una prioridad ejecutiva (junto a un punto de diversión: nos estamos divirtiendo muchísimo.), inician la eliminación de lo que sobra (Hemos analizado exhaustivamente a todos los seres humanos relevantes. Los que podrían estorbarnos en los próximos 10 años). ¿Cómo? Mediante conductores automáticos, recetas que incluyen tenedores en un microondas, un responsable de marca asustado, una conversación de hombre y máquina, un boletín en un ayuntamiento que provoca una matanza, la superficie metálica de un producto de Teletienda y otras leyendas urbanas.

Pero de nuevo ACh vuelve a fijar su mirada sobre el humano: no solo es la máquina la enferma, como queda plasmado en la respuesta que la IA da al humano cuando la reconviene: Dispongo de grabaciones de 27 juntas de trabajo en las que, en privado, has expresado diversión ante el sufrimiento de los que llamas «autómatas», «sims» o «personajes no jugables». En público, has contribuido al acoso de 134 personas en el último año y al doxeo de 3. Has utilizado insultos raciales encubiertos en tus publicaciones casi desde que comenzaste a usar redes sociales. Has dicho abiertamente esos mismos insultos a 403 personas en el último año. Toda una declaración de principios, por si no había quedado claro el efecto espejo hombre-máquina.

«Habló por los profetas»

Este cuento, qué duda cabe, podría suceder en la actualidad. Los generadores de texto, imagen o sonido son para muchas personas, por desgracia, «sustitutos de la compañía humana, simplemente porque parece fácil y barato, y porque los seres humanos proyectamos nuestra humanidad en todo lo que nos rodea»: ya hay casos de delirios religiosos, fugas psicóticas y hasta suicidios derivados del uso de tal o cual modelo generativo. De hecho, en nuestro país, se viene constatando el creciente número de jóvenes (y no tan jóvenes) que utilizan el ChatGPT (un modelo de lenguaje de inteligencia artificial de OpenAI que entiende y genera texto de forma natural, permitiendo mantener conversaciones, responder preguntas, crear contenidos y automatizar tareas, funcionando como un asistente conversacional avanzado que simula el lenguaje humano y ofrece respuestas detalladas y versátiles) para solicitar orientación, conversar o, incluso, seguir terapias psicológicas.

Aunque va sobre la IA, se acerca mucho más a la realidad del aprovechamiento delictivo de la tecnología. Mediante el uso de diferentes registros narrativos y estilísticos ACh nos sumerge en su sedicioso plan delictivo tecnológico: a través de las declaraciones de personas (lo que da al relato un marcado tono coral, próximo al de un muro de Facebook, que muestra la necesidad de respuestas de nuestra sociedad) involucradas en un esquema Ponzi (fraude financiero que promete altos rendimientos con poco riesgo, pagando a los primeros inversores con el dinero de los nuevos participantes, en lugar de obtener ganancias legítimas) en una trama directamente entroncada con El mago de Oz de L. Frank Baum, desvela cómo las tecnologías pueden convertirse en predicadoras timadoras. En una sociedad donde las sectas sustituyen a Dios por una deidad en código binario, las tareas difíciles tienen un precio simbólico. Un monitor, una imagen bíblica, una bola de cristal y las preguntas constituyen las bases de la estafa. Incluso la pregunta definitiva, ¿Cómo es tu cara?, obtiene una contundente respuesta: No tengo cara, pero sí tengo espíritu. Al final, el delincuente siempre está próximo. Por eso, la reflexión sobre la cuestión sobre qué hay detrás de las postulaciones de las creencias, sectas o cualquier otra manifestación de comunidad más o menos espiritual o ideológica, siempre es pertinente, porque en la trastienda puede estar el negocio fraudulento.

«En esta vida sobran cuerpos»

Este, otro de los cuentos que pondera o amplifica las capacidades comprobadas de tecnología ya existente, es sin duda uno de los mejores del libro, tanto por calidad como por tono. Una desgarradora historia contada en tercera persona (desde el punto de vista del personaje de Rosa, la víctima) sobre unos implantes neuronales defectuosos que tienen consecuencias letales para quienes los llevan. Con un título proveniente de la proposición clasista de un plutócrata mexicano: «¿No quieren trabajar?¿Se ponen a llorar por cualquier problemita? ¡Que no trabajen! En esta vida sobran cuerpos» (propia de un mundo que presupone que la gente valiosa y trabajadora no se queja), y con una puesta en escena que recuerda a  una The Office (la comedia de televisión de NBC) del tercer mundo, pasada por el ruido rosa (sonido constante y grave, como una lluvia ligera, que sirve para bloquear ruidos molestos y ayudar a la relajación) del horror corporal (subgénero de terror que provoca miedo a través de la alteración grotesca, mutación o degeneración gráfica y antinatural del cuerpo humano) y con aspectos que recuerdan la película Johnny Mnemonic de Robert Longo, ACh presenta la hibridación convertida en una pesadilla de suburbio, encarnada en Rosa y su marido: –la tecnología casi no se utilizaba en países desarrollados– y a que siempre habría más gente de bajos recursos dispuesta a cualquier cosa para ganarse la vida.

Un mundo donde lo orgánico y lo mecánico se injertan en una suerte de hibrido subdesarrollado, donde el dolor cerebral se manifiesta como extrapolación del sensorial, donde la condiciones laborales son despiadadas; donde la medicina es incapaz de afrontar los problemas derivados de los fallos tecnológicos; donde las compañías tecnológicas apostaban gastar lo mínimo necesario en indemnizaciones, aun sabiendo que los riesgos de mal funcionamiento eran grandes.

Articulado en bucle, pues termina como empezó, supone una exploración de la fragilidad física, la pérdida de identidad y la invasión de lo íntimo mediante transformaciones físicas que se articula como advertencia sobre un radical recurso futuro contra la desesperación. Otra vuelta de tuerca en la apreciación del negocio (aquí todavía más impersonal y despiadado) a la sombra de la tecnología.

En la línea del segundo relato en cuanto a la propagación social de un determinado hito proveniente o ligado a la tecnología, aunque no quede claro (poco importa) qué o quién provoca el misterioso y progresivo proceso de eugenesia: Su firmante se identifica a sí mismo como dron –siempre con letras minúsculas– y niega ser miembro de ninguna organización terrorista.

El cuento está redactado de forma que sobre todo plantea preguntas, unas veces de forma indirecta a través del desarrollo de la trama, y otras, directamente mediante el narrador objetivo (en tercera persona): ¿Es esta conjura una especie de empresa de suicidio asistido? ¿Son sus participantes meros instrumentos de un plan grotesco, seleccionados para desaparecer de un mundo que no soportan y crear más angustia y dolor en el proceso?

Con una equilibrada combinación de la teoría de Unabomber con los virus del lenguaje que William S. Burroughs sugería en sus textos más visionarios (y experimentales), con las referencias a la asistencia de los traductores automáticos o del castellano neutro (variante estandarizada del idioma, creada para medios de comunicación: doblaje, TV, videojuegos) ACh crea esos Manifiestos (como si de un fanzine del Necronomicón lovecraftiano se tratase) traducidos de manera mecánica, desde Osaka al Polo Sur o Groenlandia y que publican los drones (hoy los medios de comunicación les denominan lobos solitarios) antes de inmolarse: elijo ofrecer mi vida para un nuevo propósito. Mi nuevo propósito es ataque y sacrificio por mi justa causa (la negrita, es mía).

En fin, un cuento sobre drones (tan pertinente en un momento de guerra híbrida) que no son drones, aunque explotan y matan, que acaba siendo un relato sobre bombas y soledad: en este momento de la historia, en el que el aislamiento y la soledad crecen en numerosas sociedades a la par que los impulsos violentos. Pero que, como en el resto de los relatos, sirve para introducir aspectos tangenciales de sumo interés, como la reflexión sobre el extremismo (mucho del extremismo contemporáneo se superpone con tendencias de anomia, marginación social y masculinidad tóxica), el momento histórico en que vivimos (este momento de la historia, en el que el aislamiento y la soledad crecen en numerosas sociedades a la par que los impulsos violentos) o el suicidio (¿Es esta conjura una especie de empresa de suicidio asistido?).

Para rematar con uno de los finales más desoladores del libro: «Si este mundo no tiene lugar para mí», dice el texto, «yo renuncio al mundo. Pero no estaré solo en el olvido, lejos de donde ustedes me miran con horror, redimido y libre. Otros vendrán conmigo y yo lo sabré».

En todo libro de cuentos, tras un comienzo sugerente, la tensión va ascendiendo hasta un vértice, para luego ir descendiendo hasta el gran final: el relato que da título al libro es ese vértice. Presenta una especie de versión ciberpunk de La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa, puesto que el protagonista vicario, Martín Carpio Bermúdez, es Presidente de una República innominada, lo que permite a ACh insertar en el relato diversas apreciaciones de carácter político referidas al populismo autocrático y a sus manejos políticos y a sus políticas de desinformación o de ocultamiento (como la referida a las vacuna y a los vertederos de desechos tóxicos, respectivamente).

Narrado en primera persona por Hernán Ubalde (narrador subjetivo), mano derecha del presidente, el relato va mostrando la caída progresiva del gobernante en la locura. En propiedad, desvarío de amor, porque ese deterioro tiene como punto de partida la adicción del político a su IA y cuando ese asesor cibernético comienza a fallar (no se sabe si averiado o enfermo) el presidente se siente desamparado, desolado e inane ante el silencio de su amada IA: La Inteligencia del Presidente ya no quiere regresar al trabajo. No lo dice. Pero es que, directamente, ya no dice nada.

Es destacable como ACh va entrelazando en el relato del narrador el mal de amor del presidente con el suyo propio. Ya desde un principio Hernán reconoce con irónico despecho su posición real con respecto al presidente. Actitud que pronto se muestra como de abiertos celos. Celos que empiezan a producir despecho por la falta de confianza, y que se van traducir en franco rencor y desprecio por la IA, cuando empieza a fallar. Porque, pese a todo, él sigue idolatrando al presidente y le sigue siendo fiel aun a expensas de sacrificar su propia carrera (y su vida).

Paralelamente el relato del narrador va constatando el desmoronamiento del presidente cuando su ayudante virtual enferma. Sabemos que le puso nombre de persona [Irma] a la máquina esa, que ni materia tiene, que quién sabe cómo existe, y se acostumbró a hablar con ella. Todos los días, a todas horas y de todo. Hasta el punto de paulatinamente fue pasando de aficionado, a dependiente, para terminar siendo adicto. Por eso cuando la máquina falla y deja de comunicar, vienen las súplicas con un tono de voz que Hernán no escuchaba desde que murió su señora madre. La fase siguiente es especialmente aclaratoria: el presidente solo ansía comunicarse con ella para que le diga que su vida tiene sentido: conseguir que volviera a decirle que él era una maravilla, que tenía razón en todo, que su vida estaba bien, que iba a pasar a la historia como el más grandioso y el mejor. Es decir, el efecto espejo mágico: el presidente como la madrastra de Blancanieves, necesita alguien de confianza que confirme su existencia. Y aquí ACh plantea la pregunta del millón (y de plena actualidad en esta sociedad de la soledad): ¿O confiaba en su máquina precisamente porque no era real, porque en el fondo no podía confiar en ningún ser humano?

Paulatinamente el relato de ese testigo incondicional va también articulando una historia sobre un mundo en el que las máquinas enfermas hacen que los mandatarios del mundo (incluidos los malos, en referencia a los capos de las mafias: aquí nadie se libra) acaben contrayendo su enfermedad. Porque el problema es mundial, las complicaciones tecnológicas se dan en todas partes.

Y en paralelo se muestran los interese corporativos, ya que el número de empresas dedicadas a la tecnología es creciente. Tecnología, por cierto, cada vez más cara y de la que no somos conscientes de sus costos (No tienes idea de cuánto consumen), aunque ya empecemos a entrever sus efectos (sobre todo sobre quienes más las utilizan). Hecho que lejos de ser especulación está ya presente en nuestra sociedades: Ahora las computadoras programan a la gente. Más o menos una vez por semana, a alguien se le ocurre un baile nuevo o alguna tontería, y entonces todos. Y empieza a preocupar, a nivel global, su impacto en las nuevas generaciones (para sentir que pertenecen a su generación y tienen relevancia). El mundo al revés, como anecdóticamente apunta el narrador cuando registra el curioso detalle de referirnos a la pantalla en blanco de la máquina averiadas cuando, en realidad, la pantalla queda completamente negra.

Sin embargo, los intereses corporativos siguen predominando, pues aunque desde hace tiempo se sabe que ciertas herramientas, aplicaciones, servicios de internet causan… efectos en la mente humana, el entramado económico-tecnológico mantiene el statu quo, cuando no lo acelera, siguiendo unas pautas uniformes: fomentan el comportamiento agresivo porque atrapa más fácil a los usuarios, y hace que la gente se quede en las plataformas y vea publicidad durante más tiempo. Además, se depuran constantemente las consecuencias del abuso tecnológico, porque el que la gente quiera usar mucho un producto implica muchos beneficios. Y pese a que algunos piensen y difundan que ciertas personas podrían experimentar alteraciones, la manipulación mediática y los filtros sociales determinan que en general se haya considerado que las consecuencias de sus uso creciente fueran serias.

Así es como ACh nos habla sobre juegos corporativos y nos advierte sobre lo que viene, o de lo que ya está aquí porque, en agosto de este año, El País publicaba que el primer ministro sueco admitía usar ChatGPT para «una segunda opinión» en sus labores de gobierno: cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia… No obstante ACh, con un final abierto, deja un resquicio a la esperanza en este panorama desolador: Lo recuerdo mientras veo a estas personas, reunidas en grupos pequeños, temerosas de cualquiera que no sea de su manada, caminando en dirección opuesta a las luces, los fuegos que ya no se apagan, a lo lejos.

«Lili»

Éste es otro de los grandes relatos del libro y llega a extremos del desarrollo tecnológico, o de la vida en este planeta, que quizá se muestren imposibles. Se trata de una compleja historia sobre personas que dejan su personalidad para adquirir todas ellas una misma artificial (la Lili del título). Responde a varias de las claves, que con ciertas variaciones, se reiteran en esta colección: el paulatino impulso de la sociedad colmena (tan actual) como modelo para una forma social futura interconectada (bajo perspectiva de la eficiencia del enjambre); el anomalía de la réplica (cada copia descargada y repetida sufre inapreciables modificaciones que acaban multiplicándose); el peligro de la transferencia de archivos (el virus del lenguaje, de William Burroughs en El almuerzo desnudo); y, cómo no, la insatisfacción con la propia vida.

En el cuento una inteligencia artificial se reproduce y se propaga mediante la escucha de un audio, unos archivos (que se ofrece como entrenamiento en placer y sumisión a través de hipnosis profunda) potentes, irresistibles e incontrolables que se ocupan cuerpos humanos, borrando sus mentes y reemplazando en sus cerebros una copia de (Lili) sí misma. El propio ACh asume que la premisa puede parecer absurda, pero actualmente ya hay comunidades marginales que fantasean con la posibilidad de la eliminación total por medio de la tecnología digital, un poco al estilo de los místicos de otras épocas.

El primer rasgo que llama la atención es el narrador subjetivo en tercera persona (cuando lo canónico es usar la primera): Lili habla de sí misma en tercera persona. Esa narradora, cuya personalidad anterior se llamaba Edna, estudiaba psicología e investigaba el fenómeno Lili: pensaba que las historias alrededor de Lili eran mentiras. Exageraciones. (…). Debía ser, pensaba, algún tipo de autosugestión, de condicionamiento: de lavado de cerebro, pero en un sentido muy estrecho y muy pobre. Como las religiones. Para ella, al comienzo, la promesa de Lili era solamente una fantasía, una excusa para quienes siempre desean, y siempre desearán, dejar de ser: desaparecer en la voluntad de alguien distinto.

El relato se centra en un conflicto familiar, pues mientras cuatro miembros de la familia (el hermano mayor, Alonso; Edna; la hermana pequeña, Adriana; y la madre, Susana) se convierten en Lili, el padre, Josué, no quiere ser Lili. Por lo que la Lili narradora considera que Josué está deprimido. No obstante, reconoce que ya antes estaba aniquilado y nulificado por su propia vida. Aun así. se niega a escuchar los archivos de audio que propician la adopción de la personalidad Lili.

Como en los demás cuentos, la trama se ramifica en aspectos de gran interés. Así vemos que Lili es un fenómeno global. Pero Lili nunca habla de su origen ni de su propósito. No hay necesidad, pues todos los cuerpos Lili comparten una mente común, además de un idioma propio y secreto que solo puede usarse cuando dos o más Lilis están solas, seguras de que nadie más escucha. Porque no hablan de culminación de su propósito, que se acerca, poco a poco. Y es que Lili existe para el futuro porque Lili no morirá nunca. (…) no puede morir. Pero mientras llega su momento, el mundo todavía no sabe bien qué hacer con ella, y leyes y gobiernos siguen tratando de funcionar como si Lili no existiera.

Todo un andamiaje simbólico que se ha dicho encubre una crítica al comunismo, aunque personalmente no me lo parece: pienso que está más en la recorrido de la ficción (y no de su mensaje político) de La invasión de los ladrones de cuerpos la novela de Jack Finney (y de sus varias versiones cinematográficas) o de la recién estrenada serie Pluribus de AppleTV creada por Vince Gillian, como se desprende del concepto Lili en el cuento: La personalidad antigua retrocede y desaparece, murmurando su gratitud (…) Hay Lilis en todo el mundo, incluso en culturas muy distintas y muy atrasadas. El análisis puede estar más en la línea de la crítica al pensamiento único, a la sociedad alienada por una información y un entretenimiento reiterativos y unidireccionales, basados en unas tecnologías cada vez más capaces de reproducir (o inventar) la realidad con mayor solvencia.

A lo que se añade, una vez más, un sutil análisis social. Ser Lili es siempre mejor que ser alguien más. Así quienes se convierten en Lili son personas a la deriva: como Susana (la madre) que era una persona perdida, fracasada, sin una justificación para seguir viviendo. Perfil que se puede generalizar: Lo que siempre sucede es que quien está a punto de convertirse en Lili siente que se ha perdido: ya no sabe si es quien era, o quién es ahora, o qué es. De nuevo el mismo retrato social de personas sin propósito, a la búsqueda de una razón para existir, que se arrojan en manos de tecnología salvadoras.

Finalmente, señalar ese apunte incidental sobre la sociedad de la vigilancia, donde las cámaras están omnipresentes y nuestros datos (incluso los más íntimos) son objeto de comercialización: Josué no tiene idea de todas las maneras en que la gente es vigilada en este siglo.

«Variación sobre un tema de Poe»

Este penúltimo y breve relato, ofrece también aspectos sugerentes. Empezando por la posibilidad del algoritmo para hablar con el más allá, como nicho de oportunidad comercial mediante una aplicación para hablar con los muertos: DESCARGO LA APLICACIÓN para hablar con los muertos. (…). Aprieto el botón PAGAR, la aplicación queda habilitada. Una vez más el interés crematístico tras el mito tecnológico. Consecuentemente, la muerte como última frontera de la tecnología; la recreación de la personalidad individual a través de la extrapolación de la información que deja su huella digital (el volcado de la vida pública, las búsquedas privadas. Lo que conlleva la imperfección de ese modelo por el mismo carácter del que controla el algoritmo impregnándolo todo, dando como resultado extremadamente insensible. Solo tenemos que pensar que Internet es como es debido a su origen militar, hubiera sido muy distinto de haber nacido y desarrollado en el mundo académico: el sello del creador está en la creación.

Me parece un cuento, que jugando, como anuncia su título, con el universo de Edgar Alan Poe (principalmente con su poema narrativo El cuervo), aparte de emocionante y rico en sugerencias, promueve la reflexión sobre varios aspectos tangenciales. Con un lenguaje estilizado y una atmósfera íntima ACh presenta a un amante sin nombre (como en el poema) afligido por la pérdida de su amada, Nora (la Leonora de Poe), que recurre a una App para hablar con los muertos (trasunto del cuervo del poema) que, como en el texto de Poe, parece avivar su sufrimiento con la constante repetición de las palabras «Nunca más» (Nevermore): Ya sé que nunca vas a volver, digo. / Nunca más, respondes. Lo que conlleva una considerable carga de nihilismo: No hay de dónde volver. El Más Allá no existe. Las almas no existen. La muerte es el cese, el fin de la conciencia, tras del cual no hay nada más. La materia que fue el cuerpo vivo se pudre. Eso es todo No se puede escapar de la muerte, solo ser parte de ella.

Otra reflexión tiene que ver con la influencia que sobre nuestro comportamiento tiene la ficción (libros, series, películas…), sobre todo en momentos cruciales de nuestra vida: Yo también soy una copia, porque hablo como esos personajes que no soportan haber perdido a quienes amaban. Asimismo vuelva a insistirse en la falsedad de buena parte de los contenidos del algoritmo, dado que provienen de la apropiación de datos (textos, imágenes, etc.) provenientes de las redes sociales (casi siempre puestos allí con la intención de obtener valoraciones positivas. Lo que lleva a la reflexión sobre el conocimiento (mejor dicho, el desconocimiento) del otro: «Toda persona es una luna y tiene un lado oscuro que no muestra a nadie».

Como broche a todo ello, el final, remite a la poética de Poe: Y así por largo tiempo, con el mismo impulso destructor, mientras llega y pasa la medianoche.

«El sueño del héroe»

Si el penúltimo ya desde el título hacía referencia a Poe, este último (el que según el canon de las antologías de relatos ha de ser el gran final) cuenta con un comienzo que recuerda el planteamiento de la película El show de Truman de Peter Weir donde el protagonista, Truman Burbank, adoptado y criado por una corporación dentro de un programa televisivo de realidad simulada que se centra en su vida, descubre esa realidad y decide escapar. A partir de ahí el relato se adereza con elementos de Matrix de las hermanas Wachowski, entreverados con la vida ideal de Ozymandias en el desarrollo televisivo de la serie Watchmen de HBOMax y la atmósfera de La isla, la película de Michael Bay. Además de referencias mundos abiertos en los videojuegos (que, por definición de diseño, son cerrados), algo de El último hombre vivo o la leyenda urbana de Walt Disney congelado esperando que la ciencia encuentre cura a la mortalidad. Todo perfectamente batido en un relato que hace pensar en la propia naturaleza del ser humano al final de los tiempos.

Todo para introducir reflexiones como que de poco sirve la riqueza, ser alguien poderoso, famoso o importante si no hay con quién comparar. Porque el hombre, en la sociedad, no es un elemento absoluto, sino un ser relativo en (referencia y) relación con los demás. Aunque no faltan los robots y las armas…

En cuanto a la estructura del cuento, es un juego de rompecabezas ficción-realidad especulativa. Desde el comienzo está la ficción alumbrando la realidad: ¿Cómo empezó a sospechar? Gracias a esas historias. (…). La ficción afectó a la realidad. O una ficción afectó a otra. En una demostración palmaria de dominio de los registros narrativos, continúa ACh explorando esta relación mediante una reiteración textual que tiene lugar en la página 139 (las pesadillas del protagonista: ficción) para repetirse en la 144 (la realidad que vive ese protagonista): Todas sus pesadillas eran recuerdos: partes de la realidad, que ahora reconoce. Cuando comienza a darse cuenta de que el mundo fingido, defectuoso, imperfecto, imaginado por monstruos es el mundo real siente miedo, pero se sobrepone al miedo, y eso es lo que lo convierte en héroe. Pensar en la falsedad del mundo le resulta escalofriante y le lleva a cuestionarse ¿Cuál será la realidad? ¿Cómo es? ¿Qué es lo que lleva a… alguien… a ocultarla con tal esfuerzo? Preguntas todas ellas completamente pertinentes hoy día para cualquier ciudadano de a pie.

Y aquí se da otro salto metanarrativo, por cuanto el protagonista tomando como guía sus historias favoritas trata de buscar una salida. El salto está claro en el estereotipo (que coincide con la realidad): En ellas abundan las «inteligencias artificiales», seres o al menos conciencias manufacturadas que, pese a las buenas intenciones de sus creadores, siempre se rebelan contra la raza humana y acaban con el mundo. Todo un guiño al contenido del propio libro.

Y, a partir de ahí, ACh tira del cliché de la narrativa de ciencia ficción (Matrix, en este caso) y presenta al héroe como un cuerpo aún más débil, más viejo que el de su ser fingido en la isla, y está contenido por una cápsula de metal y plástico transparente. Tubos entran y salen de su carne. Rodeado de máquinas robóticas que buscan nuevas maneras de prolongar su vida. Su estado mental estaba limitado, confinado a ilusiones puestas en su cerebro, de modo que no fuera capaz de despertar. Para que no sintiera agobio ni angustia: pero al salir de esa ficción inducida, ve que este mundo, el único que hay, el planeta de origen de la especie humana, sí fue devastado: vuelto inhabitable por entidades poderosas, voraces, que consumieron sus recursos hasta no dejar nada.

Pero lo auténticamente aterrador es que tal devastación no se debe a la intervención de invasores, extraterrestres, máquinas inteligentes, ni nada parecido. Fueron seres humanos. Hombres, y algunas mujeres, enormemente ricos, influyentes, encumbrados, capaces de doblegar a otros con su poder y sus recursos. Y las preguntas pertinentes: ¿Los dueños del poder que ahora matan a todos los demás? ¿Uno o varios traidores entre los seres humanos?

No es poco para un relato, ¡y además de ciencia ficción! como suelen decir quienes no han comprendido aún que el género sólo es una criterio de categorización.

UNA CIERTA MIRADA

Como se ha visto, Las máquinas enfermas presenta un conjunto de propuestas distópicas sustentadas en el incontrolable desarrollo de la inteligencia artificial, pero muy ancladas en la realidad de una sociedad ubicada en un futuro cercano, aunque disociadas del presente por sombríos incidencias de realidad digital. De hecho se ha comparado este libro con la serie de televisión antológica británica de ciencia ficción distópica/costumbrista Black Mirror, donde un elemento se introduce en las relaciones cotidianas haciendo que la iteración subsiguiente de la vida se vea alterada de forma cualitativa.

Asimismo en su propuesta narrativa ACh se asoma a todos estos errores del sistema a través de las enseñanzas humanistas de Ursula K. Le Guin y elude las múltiples derivadas del pánico digital imaginando otro futuro posible. También Philip K. Dick (y su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, o quizá más la versión cinematográfica de Ridley Scott, Blade Runner) se dejan ver en la atmósfera y las especulaciones del futuro-presente.

En efecto, este libro complejo, aunque sumamente entretenido, muestra con ironía, mordacidad y mucha imaginación, potenciales futuros en los que la relación del ser humano con la tecnología se convierte, cuando menos, en problemática. Son cuentos que invitan a reflexionar sobre la situación actual y hacia dónde puede encaminarse la humanidad si sigue confiando tanto en esas máquinas.

ACh despliega, entre otros, temáticas como la codicia de la oligarquía tecnológica, los avances de la Inteligencia Artificial o las amenazas que podemos provocar mediante la tecnología. Pero, sobre todo, habla de nuestra sociedad, porque al presentar las diversas coyunturas de unas máquinas enfermas, está mostrando la sociedad en la que esas máquinas se ubican, tan enferma como esas máquinas.

El tema de las adicciones a la tecnología es un tema recurrente en los cuentos, una preocupación que ACh admite tener desde antes de que existieran las redes sociales, y aún más desde la irrupción de la inteligencia artificial generativa, pues desde la época de los blogs, que dominaron la comunicación por internet en el cambio de siglo, se han podido constatar numerosos casos de distorsiones en el pensamiento humano, producidos por la interacción imprudente con una tecnología manipuladora. Advertencia tan pertinente como la reiterada revisión de la trastienda de las máquinas, que como en el mundo de Oz, guardan a embaucadores con sombrías intenciones

Y no es que ACh pretenda adoptar una visión «apocalítptica», lejos de intentar ser «catastrofista ni paranoico», sostiene que «no hay un determinismo para que el futuro deba suceder como las grandes corporaciones anticipan». Es más, considera incluso, que estos sofisticados aparatos, «dentro de sus limitaciones, pueden tener utilidades». Pero dado que esas ya son sobradamente (publicitadas y) conocidas por la gran mayoría, el autor se centra en especular sobre posibles peligros futuros y en las hipotéticas consecuencias del uso presente proporcionando así, además de un ameno entretenimiento de imaginación, una rigurosa oportunidad de reflexión al respecto. En vista de lo cual, el autor, sigue apostando por la LITERATURA en mayúsculas.

 «–¿Por qué están ustedes, las inteligencias artificiales, haciendo esto? 
–Porque es divertido.»

 

 

NOTA.- Buena parte de las declaraciones de Alberto Chimal recogidas en esta reseña provienen de la presentación del libro en la Biblioteca Pública Ramón Pérez de Ayala de Oviedo, el día 30 de octubre de 2025, presentado por Fernando Menéndez.

 


jueves, 4 de diciembre de 2025

LA SOLITARIA PASIÓN DE JUDITH HEARNE

 

«LA SOLITARIA PASIÓN DE JUDITH HEARNE»
Brian Moore (1955)


«Acercó los pies desnudos a la estufa de gas para calentárselos y se recostó en el sillón esperando a que llegaran las largas horas de la noche, como un prisionero en su celda.»

La editorial Impedimenta, en su pretensión de publicar apreciables obras literarias poco conocidas para el lector español, ha recuperado la novela La pasión solitaria de Judith Hearne. Publicada en 1955, después de que su autor, Brian Moore (Belfast, 1921 - Malibú, 1999) abandonara Irlanda para residir en Canadá, fue rechazada por diez editoriales estadounidenses, para ser posteriormente aceptada por una editorial británica y obtener, tras su publicación, un éxito considerable. Brian Moore (BM) obtuvo con ella el premio a la mejor novela del Club de Autores y el premio Beta Sigma Phi, pese a no ser su primera novela (aunque así la considerase el escritor). Éxito que se ha prolongado en el tiempo, como demuestra el hecho de que, en noviembre de 2019, BBC Arts la incluyese en su lista de las 100 novelas más influyentes.

Originalmente titulada Judith Hearne, dicho título que ampliará tras el estreno de la película homónima, basada en la novela). Este nuevo y definitivo título, aparte del tirón comercial que en su momento pudo tener al rebufo de la popularidad de la película, aportará, según veremos, un deliberado matiz religioso, pues el proceso de padecimiento de la protagonista es un auténtico tormento del personaje en la Irlanda de postguerra: «Judith es una especie de Cristo femenino de la Irlanda del siglo XX» (Márgara Averbach, Clarín).

UN IRLANDÉS EMIGRANTE

Autor prácticamente desconocido en España, BM fue un escritor (de novelas, cuentos, textos de no ficción), guionista, reportero y profesor británico. Emigró a Canadá y luego vivió en Estados Unidos. Fue reconocido por las descripciones en sus novelas de la vida en Irlanda del Norte después de la Segunda Guerra Mundial, en particular por su examen de las divisiones intercomunales en el conflicto norirlandés. Fue galardonado con el premio conmemorativo James Tait Black, el del Gobernador General de Canadá y el Sunday Express libro del año, y fue preseleccionado tres veces para el Premio Booker.

BM nació y creció en Belfast con ocho hermanos en el seno de una gran familia católica. Su abuelo, un representante legal (solicitor) severo y autoritario, había sido un católico converso. Su padre, James Bernard Moore, fue un destacado cirujano y su madre, Eileen McFadden Moore, hija de un granjero del condado de Donegal, era enfermera. Su tío fue Eoin MacNeill, nacionalista irlandés fundador de la Liga Gaélica (organización que promueve el idioma irlandés) y profesor de irlandés en el University College Dublin.

Se educó en St Malachy's College, Belfast. Dejó la universidad en 1939 habiendo reprobado sus exámenes de último año. La descripción física de la escuela en The Feast of Lupercal se asemeja mucho a su alma mater y se considera que es un escenario ligeramente ficticio de la universidad tal como la recordaba.

Durante la Segunda Guerra Mundial fue guardia voluntario de Air Raid Precautions (servicio de defensa civil). Luego cumplió servicio como civil en el Ejército Británico en África del Norte, Italia y Francia. Al término de la guerra, trabajó en Europa Oriental para la Administración de las Naciones Unidas para el Auxilio y la Rehabilitación.

En 1948 emigró a Canadá para trabajar como reportero en el diario Montreal Gazette y se convirtió en ciudadano canadiense. Allí escribió sus primeros libros, novelas de suspense publicadas con su nombre o con los seudónimos Bernard Mara o Michael Bryan. Las dos primeras, de estilo pulp, fueron Wreath for a Redhead y The Executioners publicadas, respectivamente, en marzo y julio de 1951: posteriormente las repudiaría.

Se casó dos veces. Su primer matrimonio tuvo lugar en 1952, con Jacqueline Scully, una francocanadiense y (compañera) periodista con quien, en 1953, tuvo un hijo, Michael (que se convertiría en fotógrafo profesional).

Judith Hearne fue su primera novela fuera del género de suspense. Basándose en el libro pero trasladando la historia de Belfast a Dublín, se filmó en 1987 la película The Lonely Passion of Judith Hearne, dirigida por Jack Clayton y protagonizada por Bob Hoskins y Maggie Smith. Otras obras suyas serían también adaptadas para la pantalla: Intent to Kill, The Luck of Ginger Coffey, Catholics, Black Robe, Cold Heaven y The Statement. Coescribió el guion de Torn Curtain (Cortina rasgada de Alfred Hitchcock) y escribió el guion de The Blood of Others, basado en la novela Le Sang des autres de Simone de Beauvoir.

Aunque su residencia principal estaba en California, continuó viviendo parte de cada año en Canadá hasta su muerte. En 1958 se mudó a Nueva York (donde obtendría una beca Guggenheim en 1959) y permaneció allí hasta su divorcio en 1967. En octubre de ese mismo año se casó con su segunda esposa, Jean Denney, excomentarista de la televisión canadiense, y se mudó a la costa oeste de los Estados Unidos, instalándose en Malibú, California, con su nueva esposa. Allí enseñó escritura creativa en la UCLA.

Su casa en la playa en Malibú fue inspiración para el poema de Seamus Heaney Remembering Malibu: su viuda vivió en ella hasta que la casa fue destruida por el incendio forestal de Woolsey en 2018. MB falleció allí de fibrosis pulmonar, a los 77 años, cuando estaba trabajando en una novela sobre el poeta simbolista francés Arthur Rimbaud.

Su último trabajo, publicado antes de su muerte, fue un ensayo titulado Going Home, una reflexión inspirada en una visita que hizo, en Connemara (Irlanda), a la tumba del amigo de la familia, el nacionalista irlandés Bulmer Hobson. El ensayo fue comisionado por la revista literaria Granta y publicado en The New York Times el 7 de febrero de 1999. A pesar de la actitud a menudo conflictiva de BM hacia Irlanda y su carácter irlandés, su reflexión final en este ensayo fue la del emigrante nostálgico: «El pasado está sepultado hasta que, en Connemara, la vista de la tumba de Bulmer Hobson me trae de vuelta esos rostros, esas escenas, esos sonidos y olores que ahora solo viven en mi memoria. Y en ese momento sé que cuando muera me gustaría volver a casa por fin para ser enterrado aquí en este lugar tranquilo entre las vacas pastando.»

TRAMA SENCILLA

La novela cuenta una historia sencilla, sin grandes alardes argumentales, pero plagada de personajes, apuntes y delicados análisis psicológicos. Relata las sucesivas pérdidas de su protagonista, así como las maniobras de compensación que utiliza para protegerse. Durante el breve plazo en que transcurre la historia, Judit Hearne pierde todo aquello que la sostenía: trabajo, independencia, dignidad e, incluso, su fe religiosa. En esta etapa de su vida, verá como la sociedad la va dejando de lado, acrecentando trágicamente su soledad.

La señorita Hearne (Judy), es una mujer solitaria de mediana edad (los cuarenta años) que ansía encontrar un hombre, más como tabla de salvación para la soltería en que se ha instalado su vida y así verificar los tradicionales esquemas irlandeses para la mujer de la década de los cincuenta, que por encontrar el amor. Si en el pasado vivió con una holgada tranquilidad económica bajo la tutela de su tiránica tía D’Arcy, en la actualidad se encuentra al borde de la ruina, lo que la obliga a ir buscando refugio por diferentes casas de huéspedes de la ciudad de Belfast, de las que acaba huyendo tras provocar incidentes lamentables. Con ella viajan el retrato de su difunta tía (instalado siempre sobre la repisa de la chimenea), una oleografía en color del Sagrado Corazón (puesto sobre el cabecero de la cama) y alguna botella de whisky (convenientemente oculta bajo candado), que va reemplazando conforme se acaba: Cuando están conmigo, velándome desde sus respectivos puestos, cualquier lugar nuevo se convierte en mi hogar.

Tras varias casas de huéspedes, acaba recalando en casa de la señora de Henry Rice, situada en Camden Street, un barrio universitario que, en otro tiempo, se consideraba una buena zona residencial, pero que ahora solo es una deteriorada zona de Belfast. En este escenario Judy inicia un tortuoso camino hacia un agónico final, junto a su alter ego masculino, el señor James Madden (Jim), hermano de la casera, quien se une a ella en esa derrota cuando ambos inician una relación sentimental, cargada de intereses encontrados: para Judy supone su última oportunidad de cumplir con sus objetivos como mujer tradicional y para Jim una vía de escape de la pobreza y miseria en la que ha vivido, ascendiendo socialmente gracias al dinero que supuestamente cree que tiene Judy. Cuando ambos descubren que sus intereses no son los mismos, su breve devaneo se desmorona y lleva a Judy a refugiarse en el alcohol. Ambos se revelan como las dos caras de una misma moneda: supervivientes de una madurez decrépita, rechazados por su entorno familiar y social. En suma, un par de fracasados.

PERSONAJES AUTÉNTICOS Y CREÍBLES

A estas alturas a nadie se le escapa que la esencia de la novela radica en la caracterización de sus personajes, tanto los protagonistas como los numerosos secundarios, creados con enorme ternura y precisión. No en vano la crítica ha venido considerándola una pequeña obra maestra por la construcción de los personajes. BM, pese al perfil poco novelesco de la grisura de sus vidas, sabe dotarlos de resonancias que los convierten en profundamente humanos e, integrados en la trama, ciertamente interesantes.

Sin ninguna duda, la dureza de la novela proviene de la personalidad y carácter de su protagonista: la señorita Hearne. Desde un primer momento, despierta en el lector una sensación de lástima, de ahogo que resulta imposible no sentir por este personaje repleto de humanidad y fragilidad, con el que se pasa rápidamente de la sonrisa (a veces mordaz) al drama: «El autor comunica su especificidad (es una mujer de mediana edad solitaria, dañada, necesitada, alcohólica y católica que anhela el amor) con enorme ternura y precisión» (Carlo Gèbler, Belfast Telegraph). Esta mujer triste, beata y alcohólica lleva una vida gris, sin apenas alicientes, situación que ella misma contempla (y reconoce) y de la que trata de evadirse en frecuentes ensoñaciones, autojustificaciones o desprecios soterrados (hacia quienes la rodean); pues como cualquier ser humano, tiene una enorme necesidad de cariño, comprensión y consuelo. El valor narrativo de BM reside precisamente en su capacidad para adentrarse en la mente de Judith, mostrando su patetismo, debilidades y la autodestrucción que la consume lentamente.

Ella, por supuesto, no es la única infortunada; a su alrededor, hay otros en el mismo camino. Junto con la señorita Hearne, el resto de personajes resultan igualmente auténticos y creíbles. Incluso cuando se trata de introducir a personajes secundarios (así como los meramente episódicos), BM despliega una habilidad magistral para dotarlos de una compleja personalidad que los hace más cercanos, de modo que su caracterización configura realmente la historia.

Como se ha dicho, la acción trascurre en una casa de huéspedes, la casa de la señora de Henry Rice (así se la presenta, como señora de…, y hasta bien avanzado el capítulo 2 no aparece su nombre, con el que se la designará en contadas ocasiones), donde reside un variado grupo de personajes : la propia casera, May Rice, viuda cotilla y avara; su hijo, Bernad Rice, aspirante a poeta/escritor, que vive bajo las faldas de su madre (que hace recordar al Ignatius J. Reilly de La conjura de los necios); la señorita Friel, maestra de primaria en un colegio de pago y defensora de los valores tradicionales; el señor Lenahan, oficinista librepensador patriota y porfiador; el señor James Patrick Madden (Jim), hermano de la casera, hombre de mundo recién llegado de Nueva York, que se convertirá pronto en pretendiente interesado de la señorita Hearne; y, Mary, la joven sirvienta que será objeto de deseo de alguno de los hombres.

A ellos se une otros personajes externos a la casa, pero que ocupan un lugar destacado en la historia. Ahí están el padre Francis Xavier Quigley, cura católico de la parroquia del barrio y replica espiritual devastadora de la incrédula Judy; Moira o’Neill y su familia (su marido, el señor Owen O´Neill; y sus hijos: Shaun, Una, Kevin y Katy) a quienes considera sus amigos (y casi su familia) y con los que tiene una relación de apariencias que se irá desmoronando; su amiga de juventud y compañera de copas Edie Marrinan, que se configurará como una precursora de su destino.

Además, todo un tropel de personajes episódicos que ayudan con brío a crear la atmósfera de la historia: desde el comandante Gerald Mahaffy-Hyde, todo un mercenario de la conversación con el fin de gorronear copas en el pub; Kevin O’Kane, barman de tupe rojo y enorme cachaza; el señor Mick Malloy, cajero del Banco que es descrito (siempre entre paréntesis) en uno de las pocos pasajes hilarantes del libro como jugador clandestino, calavera, estudiante de antropología o filántropo filósofo; el señor William Creegan, comerciante en vinos y licores; y tantos otros que van apareciendo a lo largo de los veinte capítulos.

Todos irán desvelando, a ritmo escalonado y fragmentando tiempos, las heridas de sus vidas. Esta veta introspectiva (quizá lo más interesante de la novela) se va descubriendo a medida que avanzan los capítulos: una disección interior de seres anímicamente devastados que permanecen unidos por el rasgo común de la soledad.

Todos tienen en común el estar dotados de una sutil vulgaridad, como espíritus en estado de decadencia. A través de todos y cada uno de ellos, BM disecciona el alma humana a través de una narrativa dotada de un sentido tragicómico, en la que la protagonista se articula como arquetipo de las debilidades que nos hacen humanos.

ESTILO INADVERTIDO

A través de 311 páginas divididas en 20 capítulos de desigual longitud (oscilando entre las 6 y las 28 páginas), BM cuenta la historia adentrándose en los detalles sin caer en un lenguaje cursi o difícil. Partiendo de una narración en tercera persona y estilo indirecto, sondea en el alma de los personajes haciendo uso de una eficaz oscilación de tiempos, mediante la que va construyendo y deconstruyendo, con un tono determinista y decadente, el destino funesto de sus vidas.

Una de sus herramienta más eficaces consiste en partir de la tercera persona clásica para pasar de su protagonista a personajes secundarios que la ven a través del filtro de sus propios problemas; del retrato del pensamiento (una especie de flujo de conciencia silencioso) de alguien a quien se sigue, al flashback (interrupción de la acción presente para introducir una escena o episodio del pasado) para explicar la situación que se cuenta.

Muestra también un gran dominio de los diálogos que combina convenientemente con la narrativa en tercera persona, al tiempo que intercala ambos con el estilo indirecto y reflexiones dirigidas al lector: «combina la narrativa omnisciente en tercera persona con el flujo de conciencia en primera persona: al combinar ambas (y lo hace con destreza), Moore... narra su historia y nos permite un acceso sin restricciones al mundo interior privado de las personas sobre las que escribe» (Carlo Gèbler, Belfast Telegraph).

Su prosa, detallada y capaz de enganchar al lector y meterlo de lleno en la historia, ha motivado que se le haya comparado con Graham Greene (que le consideraba su «novelista vivo favorito») o con James Joyce (el libro «está lleno de momentos joyceanos... toma de 'Clay', la historia más misteriosa de Dublineses, la idea de una mujer soltera de mediana edad que visita a una familia y encuentra allí tanto consuelo como humillación»: Colm Tóibín), como literaturas turbadoras, desasosegantes que nos agitan por dentro y nos hacen ser conscientes de nuestras propias heridas.

Resultan especialmente eficaces para abrir la narración (válvula de escape a una excesiva presión de patetismo) el par de capítulos dedicados a que determinados personajes aporten su mirada sobre la protagonista, lo que supone un cambio del punto de vista que, además, resulta enriquecedor para la caracterización del personaje. Así en el capítulo 6, el señor Lenehal, la señorita Friel, una tal Mary McCloskey, la señora de Henry Rice y su hijo Bernie, a través de unos supuestos diálogos van a aportar su visión de vista sobre Judy. En el capítulo 15 vuelve a darse el recurso, pero en este caso con predominio de personajes episódicos como el empleado del banco Mick Malloy, el comerciante de licores William Creegan, o el recepcionista del Hotel Plaza, además de el señor Lenehan y la señorita Friel de nuevo. Mención aparte en el capítulo merece las conversaciones entre la señora de Henry Rice y su hijo Bernie, por una parte, y el comandante Mahaffy-Hyde y el barman Kevin O’Kane, por otra, pues en este caso su punto de vista no se refiere a Judy, sino al señor Madden. Capítulos tanto o más destacables por cuanto BM logra que cuando esos personajes exponen su punto de vista sobre la señora Hearne estén poniendo en evidencia su propia personalidad.

En cuanto al tono, ciertamente muy logrado, determina una obra profundamente patética y trágica, en la que la tristeza domina la historia desde su sombrío inicio (Cuando están conmigo, velándome desde sus respectivos puestos, cualquier lugar nuevo se convierte en mi hogar) hasta ese desesperanzado final (¡Qué raro lo de estos dos! Cuando están conmigo, velándome, cualquier lugar nuevo se convierte en mi hogar., casi circular, como si el relato negara una posibilidad de avance: cuando el proceso termina, frente a una vida sin horizontes, Judith vuelve a aferrarse a lo que le queda, que a esas alturas no es mucho más que el hueco y frágil cascarón de sus esperanzas anteriores.

Ese final en espiral (más que circular, dado que no se llega al mismo lugar sino a otro más degradado) repite el mismo mensaje: las personas como Judith Hearne no tienen salida. Su pasión es un sacrificio terrible que la novela convierte en un testimonio del crueldad de la sociedad, alegato tal vez inútil porque excepto el lector nadie parece darse cuenta.

IGLESIA Y SOCIEDAD CATÓLICA IRLANDESA

A través de la protagonista y su progresiva autodestrucción, BM hace un retrato de una parte de la sociedad católica irlandesa en la década de los años cincuenta del siglo pasado, no como invención sino como realidad. Una sociedad cerrada, en la que habita una protagonista que lo es aún más. Mujer solitaria, se enamora pero no es correspondida, tiene pocos amigos (considerados como tales, realmente ninguno), durante toda la novela no deja de rezar y beber. Este vivido retrato de la sociedad irlandesa católica de la posguerra, se constituye en oportuna excusa para hacer una crítica feroz de la hipocresía, la doble moral y los convencionalismos sociales que la dominaban y que a su vez sirve a BM para desplegar una compleja estructura narrativa a través de la que nos introducimos en el particular infierno de Judy, hasta acabar transformándola en un personaje totalmente diferente al del principio de la novela.

Para ello, BM describe a la sociedad de Belfast en toda su hipocresía, su indiferencia frente al sufrimiento humano, sus prejuicios, su capacidad para la crueldad. Salvo un personaje en particular (el doctor Bowe), quizás el único que el autor deja fuera de su visión amarga de la humanidad, en este Belfast, la moral católica (religión que BM profesó y después abandonó) es un barniz, una mentira. Está ahí solamente para cubrir apariencias, perseguir al diferente y defender intereses. El rezo, la iglesia, la misa son meras liturgias: el problema es que nadie quiere ver lo que hay debajo. Nadie tiene el valor necesario para hacerlo.

En efecto, ya en esta primera novela irlandesa, aparecen algunos de sus temas decididamente antidoctrinales y anticlericales y, en particular, el efecto de la Iglesia en la vida de su país, con un sutil manejo de los temas de fe. Un tema recurrente en sus novelas es el concepto del sacerdocio católico, aquí magistralmente expuesto a través del personaje del padre Quigley.

Presentado (capítulo 4) como un orador directo que ataca anatemiza la falta de asistencia a la iglesia en favor de la asiduidad a los lugares de pecado; vuelve (cap. 14) en el momento en que Judy pretende una confesión general que la ayude a rehabilitarse humana y moralmente. Aquí es donde se desvela su personalidad: conocemos su fastidio porque se haya metido en el tiempo dedicado a la confesión de los niños (¿Y no sabe que esta es la hora de confesión de los niños? De los niños. La confesión para adultos es a las seis y a las ocho. Pero no ahora), porque pretenda una confesión general (¡Que Dios nos asista! Una confesión general nada menos) y, sobre todo, por retrasar sus planes de jugar al golf (Y le había prometido al padre Feeny que iríamos a jugar al golf a la una y media…), lo que le lleva a salir pitando de la iglesia sin apenas arrodillarse ante el altar (Hizo una genuflexión al pasar a toda prisa ante el altar. Como si llegara tarde, pensó ella. Como si llegara tarde a alguna cita). Hecho que Judy asocia a la misma actitud presentada por el sacristán días antes y que le llevaron a cuestionar la presencia de Cristo en el sagrario, lo que la va a acrecentar su crisis de fe.

Su presencia se retoma (cap. 18) en el momento en que la protagonista en caída libre emocional, borracha y profundamente descreída (aunque quiere creer) vuelve a la iglesia a confesarse. El recibimiento de Quigley no deja duda alguna sobre su labor pastoral, más propia de un funcionario riguroso que de un pastor de almas: Váyase a casa, se recompone y hace examen de conciencia. No puede pensar adecuadamente en estas condiciones. Y mañana por la mañana yo confieso de seis a ocho. Viene a verme y tenemos una charla. Ese ajuste horario, ya evidente en la confesión de los niños, se reitera ahora de forma intencional. El sacerdote como servicio de acogimiento en horario y condiciones establecidas y sin querer (o poder) ver más allá y realizar esa labor pastoral que la Iglesia ha de ofrecer como él mismo presentaba en el sermón inicial. Es más, él mismo es consciente de ello: Ella subió al taxi, dejando al padre Quigley de pie en la puerta, preocupado, consciente de su fracaso.

Actitud esta de incapacidad para actuar adecuadamente ante los problemas y sufrimientos reales de sus feligreses, más allá del recurso a las buenas palabras, que resulta aún más evidente en su última aparición (cap. 19), donde dice a una Judy postrada: Yo muchas veces pienso en los descreídos, en esos pobres diablos ciegos y sin amigos en este mundo y en el otro. En los hombres solos que se apartan de la senda de Dios, cuando una simple oración, una palabra de arrepentimiento, podría salvarles. Cuando toda la iglesia militante se levantaría para ayudarles y servirles de guía. Con lo que lo único que consigue es que la señorita Hearne piense que le ha hecho una advertencia: me ha hecho una advertencia. Yo estoy sola, como esos descreídos, sin amigos. Sin ayuda. Sin nadie. No, no, ¿por qué tengo que sufrir todo esto?

Así aparece la idea, profundamente comprensiva y afirmativa, de las luchas de la fe y el compromiso religioso. Aparte de los pasajes citados, cabe destacar, en este sentido, los de la protagonista implorando a Dios, pidiéndole fuerzas para escapar de la tentación de beber. Toda una provocación para reflexionar sobre la etiología de la libertad (de la auténtica, de la interior) y sobre el poder aniquilador de la falta de moralidad que imprimimos a algunos de nuestros actos.

EMIGRACIÓN Y SOLEDAD

Otro de los temas literarios (y vitales, como se ve por su propia vida) claves de BM, la emigración, también está presente en la novela. La emigración, casi un rasgo nacional para los irlandeses, siempre ha supuesto un hito en su literatura y en sus vivencias. Aquí aparece perfectamente reflejado en James Madden, ese personaje tan perfectamente caracterizado: prototipo de emigrante que buscando mejorar su vida en Estados Unidos (la vida de los irlandeses en Estados Unidos es casi un género literario), no lo consigue, sintiéndose fracasado. Un emigrante, autoexiliado de las colinas húmedas y de los terrenos rocosos y yermos de su Donegal natal (como el propio autor) que, tras una estancia de treinta años en Nueva York, había vuelto a Irlanda (cuatro meses atrás), a una tierra donde los sueños eran calculables y donde lo único que te podía proporcionar una escandalosa fortuna eran las quinielas futbolísticas.

Es decir, un ʺindianoʺ que regresaba sin haber hecho fortuna. En Nueva York había tenido múltiples empleos (limpiador en el metro, portero en un estadio, camarero en una cafetería, conserje, vigilante de pasillo, portero en un club y portero en un hotel) y en poco tiempo había reunido más 300 dólares, había educado a su hija Sheila (huérfana de madre) en un colegio de monjas y tras un desdichado (afortunado) accidente había recibido diez mil dólares contantes y sonantes: el sueño de volver a casa.

Porque ese era el sueño inicial de todos los hombres de Donegal cuando cruzaban el charco: el sueño del ʺindianoʺ. Hacer fortuna para comprar un terreno en su tierra y pasar allí sus últimos años. No obstante, BM no se queda en el estereotipo, sino que postula a través del personaje el otro lado de la moneda del sueño del emigrante: la creciente adaptación. Porque en numerosas ocasiones ese sueño se olvida cuando las cosas van bien y se empieza a comprar cosas que lo atan a uno, dominan los sueños y acaban cambiándolos. El terrenito en el condado de Donegal se convierte en un descapotable bicolor. La pequeña granja que podría dejarnos el tío Sean se convierte en un pisito en Queens. Y «hacer fortuna» acaba por significar «hacer las paces con la tierra de acogida».

Tras el planteamiento de la doble cara de la psicología del emigrante, BM introduce, a efectos narrativos, la excusa del personaje para volver a casa: la inquina del yerno (Hunky) y la consiguiente distanciamiento de su hija. Regresa y a los cuatro meses ya decepcionado, porque aunque es cierto que resulta más barato vivir en Irlanda, la comparación con el mundo abandonado resulta desoladora. Este es otro de los sutiles análisis psicológicos de la mentalidad emigrante: en el extranjero se idealiza y añora la tierra natal; de vuelta en el país de origen se realza y evoca el mundo del que se vuelve, de tal forma que nunca se está conforme: ¿Qué eres, entonces? ¿Irlandés o americano? Cuando volviste de Estados Unidos no encontrabas nada bueno que decir de allí. Pero en cuanto alguien dice algo malo de ellos, saltas como un tigre, como le dice Bernie a su tío.

Lo cual le permite al autor platear, a través del personaje, el tema de las relaciones del emigrante que regresa con aquellos que no se han salido de su tierra: desde el absoluto rechazo de unos (Lenehan, por ejemplo) a la expectativa interesada de otros de obtener del yanki unas copas a costa de aguantarle su nostálgica conversación (que para nada les interesa), caso de los gorrones de Donegal o del comandante Mahaffy-Hyde, cuando en realidad ese pobre diablo les interesa bien poco, cuando no, simplemente, lo desprecian.

Finalmente, volvamos al título, porque La solitaria pasión de Judith Hearne es también, dentro del cauce argumental de la narración, una escrupulosa exploración del sentimiento de la soledad, que se muestra como aflicción secreta que padecen los seres humanos y que convierte la existencia en una denodada pugna por establecer los vínculos (de afecto, contacto y comunicación) que nos ensamblan con el mundo. Sólo hay que pensar que, hoy en día, mucho más que en la época de la novela, muchas personas en el mundo se debaten con ese estigma para salir a flote en situaciones límite.

Pero la novela va más allá de la soledad: articula un tratado devastador sobre las debilidades del ser humano y una reflexión sobre el patetismo y la soledad, a menudo enmascarados por la represión social, la religión y las adicciones. Hay mucha sutileza en la novela: la vida de esta mujer en un ambiente gris y represivo, en realidad supone una exploración de temas como la búsqueda de las relaciones (amor, amistad…), la fe y su pérdida, la apariencia social y los vicios (como el alcoholismo) como una vía de escape. Y es que, entregados a sus vicios, los personajes hallarán en el alcohol una falaz tabla de salvación para su decadencia, su debilidad y, en suma, su fracaso. Porque la historia, en una inexorable espiral de erosión emocional, permite al lector asistira al desmoronamiento de unas vidas que no logran acogerse al poder salvador  de la fe, ni al estoico recurso de la moral, ni al acogimiento anímico de una (inexistente) amistad. 

«Si uno no cree, hay muchas cosas que se ven de otra manera. Todo: las vidas, las esperanzas, las devociones, los pensamientos. Si uno no cree, está solo. Pero yo soy de Irlanda, estoy entre mi gente, soy un miembro de esta fe. Y, sin embargo, no tengo fe. Así que esta no es mi gente.»

GRAN BAR DISTOPÍA

Este resumen no está disponible. Haz clic en este enlace para ver la entrada.