miércoles, 11 de marzo de 2026

EL AÑO DEL PENSAMIENTO MÁGICO

 «EL AÑO DEL PENSAMIENTO MÁGICO»
Joan Didion (2005)



«Todo está yendo normal y cuando uno menos lo espera se va todo a la mierda.»


EL AÑO DEL PENSAMIENTO MÁGICO (2005) es un ensayo testimonial o crónica personal, escrito por la norteamericana Joan Didion (1934-2021) tras un año horrible, que de inmediato se convertiría en un referente de la llamada literatura sobre el duelo: en Estados Unidos se convirtió en un éxito de ventas con más de 600.000 libros en el primer año. Éxito que se materializó con su nominación como finalista tanto del Premio del Círculo Nacional de Críticos de Libros como del Premio Pulitzer de Biografía o Autobiografía y, sobre todo, con la obtención de National Book Award de 2005.

Su éxito continuado determinó la adaptación por parte de la propia Joan Didion (JD) en forma de monólogo para Broadway, que, dirigida por David Hare y protagonizada su amiga Vanessa Redgrave, se estrenaría el 29 de marzo de 2007 en el Booth Theatre de Nueva York. La obra amplía el contenido del libro, abordando además de la muerte de su marido John Gregory Dunne también la de su hija Quintana Roo Dunne Michael. Se mantuvo en cartelera durante 24 semanas y al año siguiente Redgrave repitió su papel en el National Theatre de Londres, y con cuya producción realizaría después una gira por todo el mundo. Esta adaptación en diferentes versiones no se ha dejado de representar en distintas ciudades y países (España incluida).

Gracias a este título (y a la campaña de publicidad que hizo para la marca de lujo Céline) se ha mantenido en la primera plana de la cultura. Notoriedad que se prolongará en el tiempo, sin ir más lejos, en 2019, ocuparía el puesto 40 en la lista de los 100 mejores libros del siglo XXI según The Guardian. Y se anuncia para el 22 de abril de este año la publicación de su diario bajo el título Notes to John (que en España se espera sea publicado en junio como Apuntes para John).

LA NIÑA DEL CUADERNO

JD nació en Sacramento (California) en 1934, ciudad donde nació también su pasión por la lectura y la escritura: con solo 5 años ya escribía todo lo que rondaba por su cabeza en un pequeño cuaderno que su madre le había proporcionado para que anotase sus pensamientos y no diese la lata. Así empezó una vida dedicada a la escritura porque es lo único que sabía hacer, para años después pasar de la libreta a la máquina de escribir para copiar las novelas de Ernest Hemingway, como ella misma contaría en el documental Joan Didion: el centro cederá (2017), dirigido por su sobrino Griffin Dunne (hijo del reputado periodista y escritor Dominic Dunne y hermano de la actriz Dominique Dunne, asesinada por su novio) que se puede ver en Netflix. Documental que despliega un recorrido por la vida de una mujer menuda de mirada alucinada, aspecto frágil y macilento, que a la mitad de su vida comenzó a vagar por las sombrías galerías de la soledad y a afrontar la supervivencia en solitario.

De ese modo, JD se iniciaría en el ritmo de la prosa, a la vez que cultivaba un amor por las letras que la llevarían a convertirse en una de las más reconocidas periodistas de la lengua inglesa (además de ensayista cronista, y guionista novelista).

Tras graduarse en la universidad de Berkeley (California), ganaría el concurso de ensayos patrocinado por la revista Vogue (el mismo al que Sylvia Plath hace mención en La campana de cristal). Comenzaría a escribir en la revista en 1956 y será ahí donde empiece a descollar por su estilo. Cronista brillante, sus artículos en primera persona y su capacidad de trabajo propulsaron pronto su carrera. En esta época conocería a quien acabaría convirtiéndose en su marido, además de ser su mayor apoyo e inspiración, el también periodista John Dunne. Ambos empezarían a trabajar juntos escribiendo guiones de películas. Su vida se centró en escribir: durante el día en la redacción y por la noche en su primera novela, Run, River (1963).

Tras Vogue firmaría incisivos artículos de crítica social como profesional independiente (freelance) en otras publicaciones como Life o The Saturday Evening Post. Labor que compaginaría con la escritura de ensayos y relatos periodísticos que le irían haciendo hueco y dándole voz tanto en la literatura norteamericana del siglo XX como en el llamado Nuevo Periodismo. De hecho, gracias a sus dotes de narradora y su compromiso social y político, está considerada como una de sus figuras clave, junto a Truman Capote, Gay Talese, Hunter S. Thompson o Tom Wolfe.

Se trata de un movimiento periodístico surgido en los Estados Unidos durante la década de 1960, caracterizado por la incorporación de técnicas narrativas de la literatura de ficción en los textos informativos. Supuso una renovación en la forma de redactar reportajes, crónicas y entrevistas, al integrar recursos estilísticos como la construcción de escenas, el desarrollo de personajes, el uso del diálogo y la descripción detallada, sin abandonar el rigor de los hechos propio del periodismo.

Al poco de casarse con John Dunne, que en aquel momento trabajaba en la revista Times, se fueron a California y en 1966 adoptaron a Quintana. Ambos escribieron (como freelance) para Esquire, The New York Post, The New York Times, al tiempo que escribían conjuntamente guiones para películas (lo que realmente les daba dinero) como The Panic in Needle Park (1971) o True Confessions (1981) y cada uno sus propios libros, ensayos y novelas.

LA MUJER MENUDA DE MIRADA ALUCINADA

Nunca dudó en tocar temas peligrosos u oscuros, y tampoco denunciar al sistema, al gobierno o a quien hiciese falta. Desenmascaró el glamour de la cultura de las drogas en la California de los '60 cuando encontró (y mostró) a una niña pequeña chupando LSD. Se introdujo en la guerra civil de El Salvador para esclarecer la implicación del gobierno de Ronald Reagan en la contienda. Criticó el sistema sanitario de Estados Unidos duramente. Le compró a Linda Kasabian el vestido con motivos mexicanos con el que se subió al estrado para declarar sobre su participación en los crímenes de la Familia Manson.

No obstante, seguramente su trabajo más arduo y comprometido fue esta obra que recapacita sobre la muerte, el duelo (ese lugar que no conoces hasta que no lo visitas) y sobre el desconcierto que provoca verse sorprendido por la muerte del ser querido, porque cuando se pierde a alguien podemos esperar quedar en shock, pero no que ese shock nos anule y nos desencaje tanto el cuerpo como la mente. Y, a la par, con el que logró llegar a más gente y obtener el éxito popular, hasta el punto de convertirse en un hito consolidado de la literatura del duelo. Una gesta que, desgraciadamente, se vería obligada a repetir en Noches Azules (2011), donde aborda el temprano fallecimiento de su hija Quintana, a los 39 años, en agosto de 2005.

Toda una sucesión de sinsentidos que «tuve que escribir porque nadie me había dicho nunca cómo era» (confesión que hace la escritora en el documental de Netflix). No lo tuvo fácil: las únicas dos personas que daban sentido a su vida acabaron convertidas en fotografías en la pared, su particular forma de enterrar a sus muertos para seguir viviendo (?). Mujer de ideas claras, se mantuvo resolutiva y calmada, convencida de «observar todo lo que se pueda para luego escribirlo», porque sólo así podremos sumergirnos en un viaje de recuerdos cuando la mente quiebre. «Sólo así nos podremos recordarnos tal y como fuimos». Porque «cuando todo acaba, resulta más fácil señalar el principio de las cosas que su final». Con su discurso acabó con el tabú estadounidense sobre el fin de la vida.

Más allá de escribir rozando la línea del desnudo emocional, JD cuenta con una amplia obra que combina el ensayo y la autobiografía con guiones cinematográficos (escritos en solitario o en tándem con su marido) y obras de ficción y de no ficción (su autobiografía póstuma De donde soy, 2003), pero sobre todo crónicas de estilo oscuro, caótico, neurótico, con aire de ciencia ficción y bastante narcisistas que han marcado a varias generaciones: ahí están El río en la noche (1961), Según venga el juego (1970), Los que sueñan el sueño dorado (2003), Sur y Oeste (2017), Río revuelto (2018), Su último deseo (2019), Lo que quiero decir (2021).

Murió en Nueva York el 23 de diciembre de 2021, a la edad de 87 años, por problemas derivados de la enfermedad de Parkinson que venía padeciendo desde hacía unos años.

ESPIRAL EN TORNO AL VACÍO

El 25 de diciembre de 2003, Quintana, la hija adoptiva de JD y John Dunne, cae enferma repentinamente. Lo que parece una gripe en seguida deriva en neumonía y finaliza en choque séptico. Es ingresada en la unidad de cuidados intensivos de un hospital de Nueva York, mantenida en coma inducido y con respiración asistida, durante semanas. La joven, que contaba 37 años, se había casado ese año con el músico Gerry Michael. Sus padres acuden diariamente al hospital para visitarla: la víspera de Nochevieja, tras haberla visitado y poco antes de la cena, en el salón de su casa John sufre un agudo infarto a consecuencia del cual fallece. En un instante la vida cambió.

El comienzo refiere ese momento en que ella prepara la ensalada y su marido toma una copa mientras habla sobre la Primera Guerra Mundial, para, de improviso, quedarse callado… Narrado de forma casi cinematográfica, porque los recuerdos parecen fotogramas de una escena completa, transmite los sentimientos que experimentó (lo que cualquiera sentiría en tal coyuntura): la irritación inicial ante una supuesta broma pesada, la subsiguiente incredulidad y el horror ulterior. Llama a emergencias. Al poco, llegan los paramédicos. Relato preciso de lo que recuerda, con huecos, pero también con detalles (la memoria es así) como esa impaciencia por percibir la esperanza (o no) en la cara rostros de los médicos.

A los ocho meses de la muerte de su marido (con quien había vivido durante 40 años), decide escribir este libro para intentar poner orden en su cabeza tras lo vivido y canalizar en cierto modo el dolor y el duelo consiguiente. Aquí relata sus vivencias tras la muerte su marido, a la vez que recoge sus experiencias con la paralela enfermedad de Quintana, quien, tras enterarse de la muerte de su padre, es dada de alta en marzo en el hospital de Nueva York. Tras depositar las cenizas de su padre en la catedral St. John the Divine en Nueva York, se va su marido Gerry a California con la intención de recuperar fuerzas en el Malibú de su infancia. Al llegar se desmaya en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, se golpea la cabeza y la ingresan grave de nuevo en el Centro Médico UCLA (donde moriría el 26 de agosto de 2005).

A lo largo de ese 2004, JD revive y vuelve a analizar la muerte de su marido, además de vivir la preocupación y la angustia (el cuidado) por la enfermedad de Quintana. Este ejercicio de memoria se va plasmando de tal forma que cada repetición del acontecimiento introduce cambios de perspectiva en aspectos físicos y emotivos de la experiencia. Evocaciones que JD acompaña con referencias de investigaciones psicológicas y clínicas sobre el duelo y la enfermedad.

La obra se abre con las tres primeras frases que pudo escribir tras el hecho: La vida cambia deprisa. / La vida cambia en un instante. / Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba. / La cuestión de la autocompasión. El papel de la escritura en ese duelo se revela como sustancial desde esas primeras líneas, como puente para salir de ese bloqueo, constituyéndose en su forma de asimilar lo inadmisible, de reflexionar sobre la pérdida desde la experiencia íntima.

De este modo recapitula los acontecimientos de ese año del pensamiento mágico tomando como punto de partida el paro cardiaco súbito de su marido, se retrotrae al pasado inmediato, días antes, semanas antes, meses antes, regresando incesantemente al dramático episodio de la muerte y sus detalles. Paralela y alternativamente se remonta también en la cronología, describiendo las primeras jornadas del duelo… y vuelve de nuevo atrás. Luego desciende en sus recuerdos a 40 años antes: el momento en que se conocieron, el matrimonio y la vida en común, las múltiples viviendas, los numerosos viajes, las incontables vivencias compartidas. Y, otra vez, vuelta al hecho dramático, refiriendo los mismos sucesos de forma diferente, en un constante movimiento de vaivén narrativo que le permita seguir manteniendo la inútil esperanza del regreso de quien se ha ido.

CRÓNICA DE UN MAREMOTO

La escritura, como la propia experiencia de admisión de la muerte, sigue una trayectoria espiral que gira alrededor del vacío de la pérdida que absorbe a la autora al principio y que se esfuerza por intentar racionalizar mediante el análisis de cada una de las acciones anteriores a la defunción, los antecedentes clínicos o los informes forenses. En primer término, sufrió un cierto sentimiento de culpa por no haber advertido señales o indicios: Dijo estas cosas en el taxi que nos llevaba del Berth Israel North a nuestro apartamento tres horas antes de morir o veintisiete horas antes de morir: intento recordarlo y no puedo. Luego, si en relación con la enfermedad de Quintana había recurrido a los libros (escritos clínicos y la literatura especializada) en busca de soluciones como siempre había hecho (En épocas difíciles, me habían enseñado desde niña, lee, aprende, prepárate, recurre a la literatura), hasta el punto de ser recriminada en más de una ocasión por los médicos, ahora acude a la teoría (ensayos o publicaciones) y a la literatura), insertos que se constituyen en guías de tracción que facultan la progresión.

Recurrirá a obras sobre la pena, el dolor y el duelo para intentar interpretar y, en lo posible, gestionar su estado anímico. Pero esta literatura no la deja satisfecha. Había poemas, obras de ballet, ensayos profesionales y guías de autoayuda, pero poca narrativa: Teniendo en cuenta que el dolor por la pérdida es la aflicción más común, su literatura parecía notablemente escasa. Estaba el diario que C.S. Lewis escribió tras la muerte de su esposa, A Grief Observed. Había pasajes ocasionales en alguna u otra novela, por ejemplo, las descripciones de Thomas Mann en La montaña mágica del efecto que produce en Hermann Castorp la muerte de su esposa. De las reducidas lecturas que encuentra (William Auden, T.S. Elliott o D.H. Lawrence, entre otros) será A Grief Observed (1961) -Una pena en observación: Anagrama, 1994- donde halla más correspondencias o semejanzas con su estado.

Sin embargo, al avanzar la lectura, se comprueba que este proceso pretendidamente clarificador, en realidad busca justificar la ilusoria posibilidad del regreso de John: responde a la pretensión de instilar en la razón ese deseo (recóndito e irrealizable) de traerlo de vuelta, como la propia JD declara más adelante. Da marcha atrás para analizar sus propios escritos. Y, en una de las vueltas de esa espiral, empieza a darse cuenta de los mecanismos que ha ido utilizando para capear su dolor. Una vez más, vuelve al hecho dramático, relatando los mismos hechos de manera distinta, todo ello en un movimiento constante de sístole y diástole narrativo, como para darle vida en lo escrito a ese corazón que ya se ha detenido.

El periodo entre la muerte y el duelo que en la sociedad occidental no suele prolongarse más allá de 2 o 3 días (morgue, tanatorio y funeral) para JD se dilató durante 3 meses. Tuvo mucho tiempo (minutos, horas, días) para elaborar ese pensamiento mágico que relaciona causa y efecto sin fundamento empírico alguno: JD buscaba quedar sola en su casa para que su marido pudiera volver. No donaba sus ojos porque no podría ver. No tiraba sus zapatos porque los necesitaría a su regreso…

Entre la lectura y la escritura, va acompañando y reformulando sus días. La escritura le permite distanciarse temporal y afectivamente de la muerte como hecho e ir interpretándola como parte natural de una cadena. Como respuesta psicológica, comienza aferrándose al acontecimiento y sus causas inmediatas, reconociendo señales premonitorias, alertas que podrían haber ignorado, atribuyéndose la culpa que la une al hecho, porque desea desprenderse del marido incluso de tal modo. Luego, poco a poco, va comprendiendo que somos individuos solos, y que nuestro poder de interferir en ese dominio es limitado. Todo responde a un patrón de respuesta frecuente y común para la mayoría de las personas. Pero lo que acredita El año del pensamiento mágico, es cómo esa aceptación de la pérdida viene sustentada por una variación en el estilo: la prosa es menos factual, más evocadora; las frases son más largas, más reflexivas.

JD comienza El año del pensamiento mágico el 4 de octubre de 2004 y lo termina el 31 de diciembre, justamente un año y un día después de la muerte de John. Las cuatro frases citadas (La vida cambia deprisa…) fueron las primeras líneas que escribió, en enero de ese año, pero no consiguió enfrentarse de verdad al trabajo hasta 8 meses después, tras haber desmenuzado la reflexión sobre esa tormenta emocional. Las notas que tomó durante las hospitalizaciones de Quintana pasaron a formar parte del libro: su hija fallecería a consecuencia de una pancreatitis el 26 de agosto de 2005, pero la autora no revisó el texto y ese suceso no lo incluyó en el libro. Lo que hizo fue dedicar un segundo libro, Blue Nigths Noches azules (2011) a la muerte de Quintana.

En el capítulo final, JD, haciendo referencia a un seísmo de 9 grados que se había producido en la costa del Océano Índico cerca de Sumatra, escribe: Lo que quiero ver sucedió bajo la superficie, comparándolo con ese maremoto demoledor, que silente lo destruye todo mientras el mundo sigue girando, que es muerte del ser amado. Qué gran reportera: asocia metafóricamente la muerte de su marido con un maremoto de 9 grados. Poco más se puede decir.

POR QUÉ EL AÑO DEL PENSAMIENTO MÁGICO

El título se refiere al pensamiento mágico en su acepción antropológica: si se efectúan las operaciones oportunas o se cree en algo lo suficiente se puede sortear un acontecimiento irreparable. JD ofrece varias muestras de su pensamiento mágico, como el de no poder regalar los zapatos de John porque los necesitaría cuando volviera. Por otra parte, también cuenta el incidente tuviera lugar en la fecha simbólica del 30 de diciembre del 2003, pues el título hace no referencia al año que finaliza, sino que alude al año que comienza: el año del dolor pertinaz, del duelo dilatado, de la incertidumbre tras una pérdida (que se cree) imposible de asumir.

Ahí incide el título, en ese año en que la pérdida se prolonga circunscrita en la bruma del desconcierto y la incomprensión donde el pensamiento mágico le permite imaginar que puede con todo y la voluntad le basta para cambiar las cosas. De hecho, ella misma declara abiertamente haber llegado a creerse portadora del poder mágico que a su hija, cuando pequeña, le decía poseer: No dejes que el Hombre Roto me coja, decía Quintana cuando se despertaba de una pesadilla. / Estás a salvo. Estoy aquí. Me había llegado a creer que nosotros teníamos ese poder.

La razón del título resulta pues clara, pero la cuestión radica en por qué JD eligió ese título para su libro. Desde las primeras páginas va suministrando indicios explicativos. El primero lo revela ya la noche que su marido fallece: necesitaba aquella primera noche para estar sola. Necesitaba estar sola para que él pudiera volver. Este fue el comienzo de mi año del pensamiento mágico. No es que ella, de forma irracional, pensase que en realidad John no había fallecido, sino que pensaba como los niños pequeños, como si mis pensamientos y deseos tuvieran el poder de alterar la narración, cambiar el desenlace. Este infantilismo especulativo lo asumirá a lo largo de la dilatada enfermedad de Quintana en numerosas ocasiones. Al relatar cómo vivió esos meses, tras la muerte de John, atendiendo a su hija enferma los «Qué pasaría si tal o cual» son frecuentes (Qué pasaría si..., Si no le hacían la traqueotomía, etcétera.) en un deseo ilógico de controlar lo imposible (ese aleatorio integrante de la vida).

Situación que continúa durante ocho meses, hasta que casi al final es consciente, tras el repaso (ahíto de enajenación y angustia) de ese lapso de tiempo, de que la vida continúa, de que si hemos de continuar viviendo llega un momento en que debemos abandonar a los muertos, dejarlos marchar, mantenerlos muertos. Momento en que empieza a abandonar ese pensamiento mágico.

DISTANCIAMIENTO INFORMATIVO

A lo largo de 190 páginas, distribuidas en 22 capítulos, JD reproduce la voz del dolor mientras va aprendiendo que el dolor hay que enfrentarlo, como se vigila a una serpiente de cascabel (su gran fobia), para evitar que haga daño.

Ante este clásico moderno lo que primero cabe cuestionar son los motivos que lo hacen capaz de generar una profunda emoción, que lo constituyen en una narración plenamente vigente veinte años después. Uno fundamental reside en el talento de JD con las palabras en esa etapa de su vida, una habilidad adquirida tras décadas de reporterismo, narración y elaboración de guiones. Luego, está el hecho de haberlo escrito con la herida abierta y, así, poder plasmar (casi en directo) una inédita visión sobre el duelo y sobre los insólitos mecanismos de la mente para bregar con la traumática pérdida del ser amado: ese modo tan preciso de describir cada pensamiento mágico desencadenado por ello, tratando su duelo como la incisiva reportera que era.

Especialmente interesante resulta la perspectiva de JD sobre afrontar el duelo desde la rutina: Todo ese relato de cómo convivir con la ausencia, con la pérdida, con el dolor… lo remite (cual eco práctico de todo eso) a los aspectos más mundanos: Fuera de la zona franca del Beverly Wilshire, yo planificaba mis rutas, me mantenía en guardia. Detalles como encontrar al ausente en la ropa, en la apertura de un armario, en la escucha de un mensaje antiguo… JD va describiendo de una forma certera e inspirada la convivencia con el vacío cotidiano dejado por quien ha sido fundamental en su vida y de repente ya no está. Y tú tienes que seguir viviendo y seguir siendo una persona medianamente funcional mientras te asaltan de manera constante todos estos golpes o destellos de ausencia.

JD refiere su penosa experiencia con detalle y sinceridad: desde el principio, durante aquellos primeros momentos de desconcierto en que los trámites y las obligaciones sociales embrollan la realidad; cuando se fija en las triviales circunstancias que rodean el incidente (volvía tranquilamente del trabajo; era un día de domingo como otro cualquiera o el cielo era azul), hasta ese proceso (moroso e íntimo) de aceptar la pérdida, aliviar el duelo y emprender una vida sin el otro.

Ante estos temas tan inasequibles como íntimos, JD emplea el mismo estilo de distanciamiento informativo característico de su producción escrita: en su experiencia de duelo por su esposo y de acompañamiento en la enfermedad de su hija, hay pocas expresiones de emoción descarnada. Se trata de un escrito cuidadosamente elaborado, donde la propia autora se somete a una profunda observación desde una perspectiva radicalmente subjetiva para generar un libro emotivo a la vez que distante.

Utiliza la alusión indirecta, mediante la observación y análisis de los cambios en su propio comportamiento y facultades, para ir va manifestando el nivel de devastación que le está generando el dolor. Va dejando constancia de cómo le angustian las cuestiones en torno a los detalles médicos de la muerte de John, a la posibilidad de que su marido lo hubiese barruntado y a si ella podría haber intervenido para que el tiempo que le quedaba de vida hubiera sido más relevante. De esta forma, consigue que los instantáneos recuerdos de sucesos y los incesantes fragmentos de conversaciones entabladas con él adquieran un sentido inesperado. Lo cual, salpimentado por los continuados problemas de salud y hospitalizaciones de Quintana complican (y agravan) aún más el proceso natural del duelo. Consigue así que «aunque el material es literalmente terrible, la escritura es estimulante y lo que se desarrolla se asemeja a una narrativa de aventuras» (The New York Times Book Review).

LITERATURA, MODELO DE VIDA

Un elemento estilístico y temático al mismo tiempo que enriquece el libro es la asunción de la ficción como modelo de vida. Un ejemplo claro es esa escena en que JD llega al hospital E. Campbell, escribe: tan decidida a evitar cualquier reacción inapropiada (lágrimas, rabia, risas incontroladas ante aquel silencio digno de Oz). La ficción (El mago de Oz) reviste la vivencia (la percepción del silencio). Que continúa, cuando al observar a Quintana, no puede impedir que le vinieran a la cabeza estos versos: «A cinco brazas yace tu padre. / lo que eran sus ojos ahora son perlas». Y es que, como apuntaba Juan Gabriel Vásquez en El ruido de las cosas al caer (2011): «La poesía nos acosa en los momentos más inesperados.»

Porque ese es otro rasgo, la poesía como recurrencia en momentos complicados. Así el libro está repleto de escenas donde la poesía está temática o argumentalmente presente. Ahí están los versos o las referencias a Gerard Manley Hopkins, Cátulo, Matthew Amold o Delmore Schwartz.

La literatura dentro de la literatura resulta impagable en ejemplos tan significativos y bellos como el cuento del niños de oro, la leyenda de Sir Garwain en el Cantar de Roldán o la alusión a Alcestis, la bella obra de Eurípides. Momentos capaces de potenciar y embellecer el dolor, la angustia y el desconcierto.

No es casual, porque los supervivientes, según JD, viven por medio de símbolos. Y en el capítulo 13, dedicado a los sueños se pregunta a sí misma: ¿Acaso yo sólo podía averiguar lo que pensaba soñando o escribiendo? Toda una clave de lectura.

Como lo es también la recurrencia a las reiteraciones, como mantras del recuerdo y de la exploración de los símbolos. Desde la frase emblemática de Sir Garwain: «Yo os digo que no viviré dos días»; a la maternal frase protectora dedicada a su hija: Estás a salvo. Estoy aquí; o la auto inculpatoria: No le había prestado suficiente atención.  

Todo ello mientras intenta explicar el pasado a la luz de la muerte de John, e intenta configurarse como esa mujer fuerte que los demás quieren ver en ella, aunque, realista e incisiva como siempre, se pregunte a sí misma: qué se le permitiría hacer a una mujer nada fuerte. ¿Venise abajo? ¿Necesitar sedación? ¿Gritar?

Mediante esa narrativa íntima sobre el duelo y el distanciamiento emocional, modulada mediante intensas descripciones y hondas reflexiones, articula un relato subjetivo de supervivencia, en línea con otras obras de no ficción de este siglo, como When the Breath Becomes Air (2016) el libro póstumo de Paul Kalanithi por ejemplo. Su distintivo radica en la habilidad con que JD afronta la muerte de su marido y la enfermedad de su hija como un tránsito de interpelación, reflexión y autodescubrimiento, sustentado en una prosa precisa y sobria, sin permitirse caer nunca en la sensiblería, de modo que esa distancia quirúrgica, rasgo habitual de su estilo, aquí responde de forma inmejorable al relato íntimo de su duelo. Esa prosa fluida, rica y sensible, a ratos intempestiva y directa, va desplegando incisiones anímicas donde anidan el dolor, la rabia, la desorientación, la negación, la culpa, la duda y la espera, y los detalles cotidianos que dejan en evidencia la desaparición de su pareja y la reconstrucción de una vida en la que siempre habrá un ausente.

DIVISIÓN DE OPINIONES

Esta obra híbrida, a caballo entre la autobiografía, la novela, la crónica y el ensayo se constituye como un hito no solo de la literatura del duelo, sino también de la literatura sobre las relaciones, la maternidad, la enfermedad y el cuidado, y, en suma, sobre la vida. El libro supuso un acontecimiento mediático en Estados Unidos que el periodista y crítico estadounidense Andrew O'Hehir atribuyó a la fascinación de la sociedad americana por las historias reales como compensación por su propia falta de experiencia. Pero, aún más interesante, es su interpretación de la tragedia familiar de la autora como un indicio de la pérdida de poder de la generación del baby boom: cuando la mujer cuyo cometido consiste en explicar en sus obras la sociedad y la cultura norteamericanas al público se ve obligada a admitir el derrumbe de su mundo personal, se abre una brecha epistemológica para el mundo en general.

No siendo una lectura cómoda, iluminada por la perspicacia propia de JD, tampoco resulta un texto amargo. Lejos del manual de autoayuda (aunque, paradójicamente logre ayudar), JD ha escrito un libro de una honestidad radical: ni edulcora, ni ofrece su dolor como resiliencia y, por supuesto, elude presentar moraleja alguna. De lo que habla es de desconcierto e incredulidad. Incluso de negación y de pensamiento mágico. Su lectura supone acceder a la mente de alguien que está intentando entender lo incomprensible, que registra con minuciosidad las horas, los diagnósticos clínicos, los gestos, las palabras dichas (y no dichas), como si de ese inventario pudiera brotar un sentido.

Si toda persona es un universo, este libro permite, página a página, descubrir una parte del de JD a través de sus recuerdos de un amor que recorrió países y localidades; que, como todos, fue construyendo sus códigos, rutinas y hábitos; que acomodó la creación de libros, guiones y proyectos de vida. A través de toda una serie de decisiones que se vio obligada a enfrentar, ante las circunstancias e intervenciones que su hija en coma y debatiéndose entre la vida y la muerte, le obligaban a tomar; a través de las lecturas de estudios médicos que, acometida por las dudas y el miedo, se obliga a consultar a fin de comprender y orientarse en ese proceso de cuidado y responsabilidad.

En este sentido, conviene recordar que una circunstancia que ha distanciado a muchos lectores de la historia radica en la indudable desahogo económico del matrimonio de Dunne. John procedía de una pudiente familia de origen irlandés y JD era de clase media acomodada. John muere en su piso de Nueva York, con 4 dormitorios y 4 baños. Los recuerdos de la vida familiar que JD evoca aluden a su mansión de Hollywood y su casa de Malibú. Desplazándose de un domicilio a otro cuando podían. Además viajaban a cualquier parte del mundo siempre que querían y su trabajo se lo permitía. Tras visitar a su hija en el hospital, consideraban a qué restaurante iban a cenar... Qué duda cabe de que, desde una posición socioeconómica desigual, puede resultar difícil identificarse con esa situación, pero igualmente indudable es que este extremo puede servir incluso para reforzar el contenido del libro, pues su corolario sería que ni todo el dinero (ni todo el talento) del mundo puede evitar sufrir el duelo por el ser amado.

DE LA MUERTE Y OTROS TEMAS

Las reflexiones y pensamientos de JD se centran con frecuencia en la idea de qué es la muerte para ella, es decir, para el mundo occidental. Y, a partir de una profusa consulta bibliográfica, llega a la conclusión de que desde hace más de un siglo los occidentales viven dándole la espalda a la muerte: alrededor de 1930, en la mayoría de países occidentales y sobre todo en Estados Unidos, se inicia una revolución de las actitudes aceptadas frente a la muerte. «La muerte —escribió— tan omnipresente en el pasado que resultaba familiar, se borraría, desaparecería. Se convertiría en algo vergonzoso o prohibido.» (el entrecomillado lo toma de Historia de la muerte en Occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días –1973– de Philippe Ariès).

En teoría (y cuando nos sentimos seguros, inconsecuentemente alejados de la muerte) asumimos que algún día hemos de morir, que somos mortales. Sin embargo cuando la muerte nos ronda la negamos y no la aceptamos JD se da (y nos da) una explicación, dura pero posible y racional: Somos imperfectos mortales, conscientes de nuestra mortalidad aun cuando tratemos de eludirla, vencidos ante nuestra propia complejidad, tan acorralados que cuando nos dolemos por los que hemos perdido, también nos dolemos, para bien o para mal, por nosotros mismos. Por lo que fuimos. Por lo que ya no somos. Por la nada absoluta que un día seremos. Así, de forma tan precisa describe un destino que aguarda a todos.

Otra reflexión, entre las múltiples que despliega en el libro se refiere al duelo. Si bien la literatura, el cine y la televisión han divulgado dilatadamente las fases del duelo, lo cierto es que se trata de un proceso que no se experimenta de forma perfectamente secuenciada (negación, ira, negociación, depresión y aceptación). Depende de la persona: cada una la vive de forma personal y es habitual que las fases se entremezclen. En muertes repentinas como la de John Dunne suele darse, en primer término, la incredulidad: «no puede ser». Sin embargo, no cesa aunque el tiempo pase. De ahí que la autora no pueda tirar los zapatos de su marido. Aquí está una de las claves del libro: su valor reconfortante, pues observar que ideas tan peregrinas las tenga también alguien tan brillante como JD sin duda reconforta. Ese es el valor de la literatura, en general, y de este libro, en particular: no consolar, sino acompañar en la aflicción.

Asimismo el libro da una visión subjetiva de la forma de vivir un duelo. Desde el comienzo de su narración JD especifica que la sociedad anglosajona aconseja una aflicción contenida, rechaza la autocompasión y pondera el pudor. Así, esas pautas sociales en que ha nacido y vivido determinan que el control del dolor le facilite una cierta protección ante la dura tarea de recomponer su mundo, porque someterse a la autocompasión supone aceptar el significado de la muerte. En realidad, el doliente tiene apremiantes razones, incluso una apremiante necesidad de sentir lástima de sí mismo. Pero, al mismo tiempo, tales pautas constituyen una camisa de fuerza de la que, a medida que avanza el libro, pretende deshacerse.

Desde el punto de vista estilístico, cierta parte de la crítica ha tildado el libro de «confuso» por el tratamiento que JD da al tiempo, pues la presentación de su duelo no sigue una cronología lineal, sino que, como se ha dicho, se va contando en espiral, con vaivenes de retroceso, estancamiento o avance: repite una y otra vez los mismos momentos, palpando la herida para cerciorarse de su cicatrización o comprobar si sigue abierta. Pero lo cierto es que tal circularidad constituye otro rasgo de estilo reconocible: la autora especula sobre cada uno de esos momentos para analizarlo, revisando lecturas, textos y autores.

Otra aspecto, derivado de su predisposición a recordar momentos de su vida, se pone de manifiesto cuando el 30 de agosto de 2004, por primera vez en 8 meses, JD acepta cubrir para su periódico la convención demócrata igual que hiciera en el pasado. Al acceder a la Torre C del Madison Square Garden donde se desarrolla el evento, la acomete una serie de pensamientos y recuerdos sustrayéndola mentalmente del presente, para llegar a la conclusión de que lo único que ha hecho durante ese tiempo ha sido escapar, huir del presente, refugiarse en el pasado para así no asumir la realidad, en un mágico (e infantil) intento de que el tiempo retrocediera, de rebobinar la película. Algo que hacemos constantemente, pero que se convierte en reflejo y compulsivo ante la pérdida.

El libro concluye en el mismo término en que comenzó: admitiendo que lo irremediable es irremediable JD no pretende ofrecer un cierre liberador, porque sabe que no existe. Aunque, de forma paradójica, sus palabras logran crear un territorio donde poder reconocerse.

Aunque, puestos a enjuiciar con escrupulosidad, podría decirse que en su tramo final el escrito va desfalleciendo, de modo que podría haberse cerrado mejor abreviando esa parte, si bien hay que ser conscientes de que debe resultar muy difícil cerrar una obra de este tenor con un final redondo. Puede que no sea un libro redondo, pero no deja de ser una obra equilibrada, justificada, por una parte, en la carencia del phatos (la apelación a las emociones, sentimientos y empatía del lector para conmoverlo) que suele caracterizar los textos en torno a la muerte de los seres queridos; y, por otra, por un estilo que determina que la emoción, embridada por el ajustado distanciamiento que adopta la autora en cada una de las etapas de su escritura, cala discreta pero profundamente en el ánimo del lector. Quizá por ello se ha convertido en un clásico moderno del duelo.

Sea como fuere, la lectura del libro se convierte en una experiencia tan personal que supone para el lector un proceso de inmersión que, vivido o no con anterioridad, le lleva a poder seguir ese año posterior al deceso como algo propio.

«Sé por qué intentamos mantener con vida a los muertos: intentamos mantenerlos con vida para tenerlos con nosotros.»

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GRAN BAR DISTOPÍA

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