«EL AÑO DEL PENSAMIENTO MÁGICO»Joan Didion (2005)
«Todo está yendo normal y cuando uno menos lo espera se va todo a la mierda.»
EL AÑO DEL
PENSAMIENTO MÁGICO
(2005) es un ensayo testimonial o crónica personal, escrito por la
norteamericana Joan Didion (1934-2021) tras un año horrible, que de inmediato se convertiría en un
referente de la llamada literatura
sobre el duelo: en Estados Unidos se convirtió en un éxito de ventas con más
de 600.000 libros en el primer año. Éxito que se materializó con su
nominación como finalista tanto del Premio del Círculo Nacional de Críticos de
Libros como del Premio Pulitzer de Biografía o Autobiografía y, sobre todo, con la obtención
de National Book Award de 2005.
Su
éxito continuado determinó la adaptación por
parte de la propia Joan Didion (JD) en forma de monólogo para Broadway, que, dirigida por David Hare y
protagonizada su amiga Vanessa Redgrave, se estrenaría el 29 de marzo de
2007 en el Booth Theatre de Nueva York. La obra amplía el contenido del libro,
abordando además de la muerte de su marido John Gregory Dunne también la de su hija Quintana Roo
Dunne Michael. Se mantuvo en cartelera durante 24 semanas y al año
siguiente Redgrave repitió su papel en el National Theatre
de Londres, y con cuya producción realizaría después una gira por todo el mundo.
Esta adaptación en diferentes versiones no se ha dejado de representar en
distintas ciudades y países (España incluida).
Gracias a este título (y a la
campaña de publicidad que hizo para la marca de lujo Céline) se ha
mantenido en la primera plana de la cultura. Notoriedad que se prolongará en el tiempo, sin ir más lejos,
en 2019, ocuparía el puesto 40 en la lista de los 100 mejores libros del siglo XXI
según The Guardian. Y se anuncia para el 22 de abril de este año
la publicación de su diario bajo el título Notes to John (que en España
se espera sea publicado en junio como Apuntes para John).
LA NIÑA DEL CUADERNO
JD nació en Sacramento (California) en
1934, ciudad donde nació también su pasión por la lectura y la escritura: con
solo 5 años ya escribía todo lo que rondaba por su cabeza en un pequeño
cuaderno que su madre le había proporcionado para que anotase sus pensamientos
y no diese la lata. Así empezó una vida dedicada a la escritura porque es lo único que
sabía hacer, para años después pasar de la libreta a la máquina de escribir
para copiar las novelas de Ernest Hemingway, como ella misma contaría en
el documental Joan Didion: el centro cederá (2017), dirigido por su sobrino Griffin
Dunne (hijo del reputado periodista y escritor Dominic Dunne y hermano
de la actriz Dominique Dunne, asesinada por su novio) que se puede ver
en Netflix. Documental
que despliega un recorrido por la vida de una mujer menuda de mirada alucinada,
aspecto frágil y macilento, que a la mitad de su vida comenzó a vagar por las sombrías
galerías de la soledad y a afrontar la supervivencia en solitario.
De ese modo, JD se iniciaría en el ritmo de la prosa, a la vez
que cultivaba un amor por las letras que la llevarían a convertirse en una de
las más reconocidas periodistas de la lengua inglesa (además de ensayista
cronista, y guionista novelista).
Tras graduarse en la universidad de
Berkeley (California), ganaría el concurso de ensayos patrocinado por la
revista Vogue (el mismo al que Sylvia Plath hace mención
en La campana de cristal). Comenzaría
a escribir en la revista en 1956 y será ahí donde empiece a descollar por su
estilo. Cronista brillante, sus artículos en primera persona y su capacidad de
trabajo propulsaron pronto su carrera. En esta época conocería a quien acabaría
convirtiéndose en su marido, además de ser su mayor apoyo e inspiración, el
también periodista John Dunne. Ambos
empezarían a trabajar juntos escribiendo guiones de películas. Su vida se
centró en escribir: durante el día en la redacción y por la noche en su primera
novela, Run, River (1963).
Tras Vogue firmaría incisivos artículos de crítica social como profesional
independiente (freelance) en otras publicaciones como Life
o The Saturday Evening Post. Labor que compaginaría con la
escritura de ensayos y relatos periodísticos que le irían haciendo hueco y dándole
voz tanto en la literatura norteamericana del siglo XX como en el llamado Nuevo
Periodismo. De hecho, gracias a sus dotes de narradora y su compromiso
social y político, está considerada como una de sus figuras clave, junto a Truman
Capote, Gay Talese, Hunter S. Thompson o Tom Wolfe.
Se trata de un movimiento
periodístico surgido en los Estados Unidos durante la década de 1960,
caracterizado por la incorporación de técnicas narrativas de la literatura de
ficción en los textos informativos. Supuso una renovación en la forma de
redactar reportajes, crónicas y entrevistas, al integrar recursos estilísticos
como la construcción de escenas, el desarrollo de personajes, el uso del
diálogo y la descripción detallada, sin abandonar el rigor de los hechos propio
del periodismo.
Al poco de casarse con John Dunne, que en aquel momento trabajaba en la
revista Times, se fueron a California y en 1966 adoptaron a Quintana. Ambos escribieron (como freelance)
para Esquire, The New York Post, The New York
Times, al tiempo que escribían
conjuntamente guiones para películas (lo que realmente les daba dinero) como The Panic in Needle Park (1971) o True Confessions
(1981) y cada uno sus propios libros, ensayos y novelas.
LA MUJER MENUDA DE MIRADA ALUCINADA
Nunca dudó en tocar temas peligrosos
u oscuros, y tampoco denunciar al sistema, al gobierno o a quien hiciese falta.
Desenmascaró el glamour de la cultura de las drogas en la California de
los '60 cuando encontró (y mostró) a una niña pequeña chupando LSD. Se introdujo
en la guerra civil de El Salvador para esclarecer la implicación del gobierno
de Ronald Reagan en la contienda. Criticó el sistema sanitario de
Estados Unidos duramente. Le compró a Linda Kasabian el vestido con
motivos mexicanos con el que se subió al estrado para declarar sobre su
participación en los crímenes de la Familia Manson.
No obstante, seguramente su trabajo
más arduo y comprometido fue esta obra que recapacita sobre la muerte, el duelo (ese lugar que no conoces hasta
que no lo visitas) y sobre el desconcierto que provoca verse sorprendido por
la muerte del ser querido, porque cuando se pierde a alguien podemos esperar
quedar en shock, pero no
que ese shock nos anule
y nos desencaje tanto el cuerpo como la mente. Y, a la par, con el
que logró llegar a más gente y
obtener el éxito popular, hasta el punto de convertirse en un hito
consolidado de la literatura del duelo. Una gesta que,
desgraciadamente, se vería obligada a repetir en Noches
Azules (2011), donde aborda el temprano fallecimiento de su hija Quintana, a los 39 años, en agosto de 2005.
Toda
una sucesión de sinsentidos que «tuve que escribir porque nadie me
había dicho nunca cómo era» (confesión que hace la escritora en el
documental de Netflix). No lo tuvo fácil: las únicas dos personas que daban
sentido a su vida acabaron convertidas en fotografías en la pared, su
particular forma de enterrar a sus muertos para seguir viviendo (?). Mujer de ideas claras,
se mantuvo resolutiva y calmada, convencida de «observar todo lo que se
pueda para luego escribirlo», porque sólo así podremos sumergirnos en un
viaje de recuerdos cuando la mente quiebre. «Sólo así nos podremos
recordarnos tal y como fuimos». Porque «cuando
todo acaba, resulta más fácil señalar el principio de las cosas que su final».
Con su discurso acabó con el tabú estadounidense
sobre el fin de la vida.
Más allá de escribir
rozando la línea del desnudo emocional, JD cuenta
con una amplia obra que combina el ensayo y la autobiografía con guiones cinematográficos (escritos en solitario
o en tándem con su marido) y obras de ficción y de no ficción (su autobiografía póstuma De donde soy, 2003),
pero sobre todo crónicas de estilo oscuro, caótico,
neurótico, con aire de ciencia ficción y bastante narcisistas que han marcado a
varias generaciones: ahí están El río en
la noche (1961), Según venga el juego
(1970), Los que sueñan el sueño dorado (2003), Sur y Oeste (2017), Río
revuelto (2018), Su último deseo
(2019), Lo que quiero decir (2021).
Murió en Nueva York el 23 de
diciembre de 2021, a la edad de 87 años, por problemas derivados de la
enfermedad de Parkinson que venía padeciendo desde hacía unos años.
ESPIRAL EN TORNO AL VACÍO
El
25 de diciembre de 2003, Quintana, la
hija adoptiva de JD y John Dunne, cae enferma repentinamente. Lo que parece una gripe en seguida deriva
en neumonía y finaliza en choque séptico. Es ingresada en la unidad de cuidados intensivos
de un hospital de Nueva York, mantenida en coma inducido y con respiración asistida, durante
semanas. La joven, que contaba 37 años, se había casado ese año con
el músico Gerry Michael. Sus padres acuden diariamente al hospital para visitarla: la
víspera de Nochevieja, tras haberla visitado y poco antes de la cena, en el
salón de su casa John sufre un agudo infarto a consecuencia del cual fallece. En un instante la
vida cambió.
El comienzo refiere ese momento en que ella prepara la
ensalada y su marido toma una copa mientras habla sobre la Primera Guerra
Mundial, para, de improviso, quedarse callado… Narrado de forma casi
cinematográfica, porque los recuerdos parecen fotogramas de una escena completa,
transmite los sentimientos que experimentó (lo que cualquiera sentiría en tal
coyuntura): la irritación inicial ante una supuesta broma pesada, la subsiguiente
incredulidad y el horror ulterior. Llama a emergencias. Al poco, llegan los
paramédicos. Relato preciso de lo que recuerda, con huecos, pero también con
detalles (la memoria es así) como esa impaciencia por percibir la esperanza (o
no) en la cara rostros de los médicos.
A los ocho meses de la muerte de su
marido (con quien había vivido durante 40 años), decide escribir este libro
para intentar poner orden en su cabeza tras lo vivido y canalizar en cierto
modo el dolor y el duelo consiguiente. Aquí relata sus vivencias tras la muerte su marido, a la vez que recoge
sus experiencias con la paralela enfermedad de Quintana,
quien, tras enterarse de la muerte de su padre, es dada de alta en marzo en el hospital de Nueva York. Tras depositar las cenizas de su padre en la catedral St.
John the Divine en Nueva York, se va su marido Gerry a California con la intención de recuperar fuerzas
en el Malibú de su infancia. Al llegar se desmaya en el Aeropuerto
Internacional de Los Ángeles, se golpea la cabeza y la ingresan grave de nuevo
en el Centro Médico UCLA (donde moriría el 26 de agosto de 2005).
A lo
largo de ese 2004, JD revive y vuelve a analizar la muerte de su
marido, además de vivir la preocupación y la angustia (el cuidado) por la
enfermedad de Quintana. Este ejercicio de memoria se va plasmando de
tal forma que cada repetición del acontecimiento introduce cambios de perspectiva
en aspectos físicos y emotivos de la experiencia. Evocaciones que JD acompaña
con referencias de investigaciones psicológicas y clínicas sobre el duelo y la
enfermedad.
La obra se abre con
las tres primeras frases que pudo escribir tras el hecho: La vida cambia deprisa.
/ La vida cambia en un instante. / Te sientas a cenar y la vida que conocías se
acaba. / La cuestión de la autocompasión. El papel de la escritura en ese
duelo se revela como sustancial desde esas primeras líneas, como puente para
salir de ese bloqueo, constituyéndose en su forma de asimilar
lo inadmisible, de reflexionar sobre la pérdida desde la experiencia íntima.
De este modo recapitula
los acontecimientos de ese año del pensamiento mágico tomando como punto
de partida el paro cardiaco súbito de su marido, se retrotrae al pasado inmediato,
días antes, semanas antes, meses antes, regresando incesantemente al dramático episodio
de la muerte y sus detalles. Paralela y alternativamente se remonta también en
la cronología, describiendo las primeras jornadas del duelo… y vuelve de nuevo
atrás. Luego desciende en sus recuerdos a 40 años antes: el momento en que se
conocieron, el matrimonio y la vida en común, las múltiples viviendas, los numerosos
viajes, las incontables vivencias compartidas. Y, otra vez, vuelta al hecho
dramático, refiriendo los mismos sucesos de forma diferente, en un constante
movimiento de vaivén narrativo que le permita seguir manteniendo la inútil
esperanza del regreso de quien se ha ido.
CRÓNICA DE UN MAREMOTO
La escritura, como la
propia experiencia de admisión de la muerte, sigue una trayectoria espiral que
gira alrededor del vacío de la pérdida que absorbe a la autora al principio y
que se esfuerza por intentar racionalizar mediante el análisis de cada una de
las acciones anteriores a la defunción, los antecedentes clínicos o los
informes forenses. En primer término, sufrió un cierto sentimiento de culpa por
no haber advertido señales o indicios: Dijo
estas cosas en el taxi que nos llevaba del Berth Israel North a nuestro
apartamento tres horas antes de morir o veintisiete horas antes de morir:
intento recordarlo y no puedo. Luego, si en relación con la enfermedad de Quintana había recurrido a los
libros (escritos clínicos y la literatura especializada) en busca de soluciones
como siempre había hecho (En
épocas difíciles, me habían enseñado desde niña, lee, aprende, prepárate,
recurre a la literatura), hasta el punto de ser recriminada en más de una ocasión por los
médicos, ahora acude a la teoría (ensayos o publicaciones) y a la literatura),
insertos que se constituyen en guías de tracción que facultan la progresión.
Recurrirá a obras sobre
la pena, el dolor y el duelo para intentar interpretar y, en lo posible,
gestionar su estado anímico.
Pero esta literatura no la deja satisfecha. Había
poemas, obras de ballet, ensayos profesionales y guías de autoayuda, pero poca
narrativa: Teniendo en cuenta que el dolor por la pérdida es la aflicción
más común, su literatura parecía notablemente escasa. Estaba el diario que C.S.
Lewis escribió tras la muerte de su esposa, A Grief Observed. Había pasajes
ocasionales en alguna u otra novela, por ejemplo, las descripciones de Thomas
Mann en La montaña mágica del efecto que produce en Hermann Castorp
la muerte de su esposa. De las reducidas lecturas que encuentra (William Auden, T.S.
Elliott o D.H. Lawrence, entre otros) será A Grief Observed (1961) -Una pena en
observación: Anagrama, 1994- donde halla más correspondencias o
semejanzas con su estado.
Sin embargo, al avanzar
la lectura, se comprueba que este proceso pretendidamente clarificador, en
realidad busca justificar la ilusoria posibilidad del regreso de John: responde a la
pretensión de instilar en la razón ese deseo (recóndito e irrealizable) de traerlo
de vuelta, como la propia JD declara más adelante. Da marcha atrás para analizar sus propios escritos.
Y, en una de las vueltas de esa espiral, empieza a darse cuenta de los
mecanismos que ha ido utilizando para capear su dolor. Una vez más, vuelve
al hecho dramático, relatando los mismos hechos de manera distinta, todo ello
en un movimiento constante de sístole y diástole narrativo, como para darle
vida en lo escrito a ese corazón que ya se ha detenido.
El periodo entre la
muerte y el duelo que en la sociedad occidental no suele prolongarse más allá
de 2 o 3 días (morgue, tanatorio y funeral) para JD se dilató durante 3 meses. Tuvo mucho tiempo (minutos, horas,
días) para elaborar ese pensamiento mágico que relaciona causa y efecto
sin fundamento empírico alguno: JD buscaba quedar sola en su casa para que su marido pudiera volver.
No donaba sus ojos porque no podría ver.
No tiraba sus zapatos porque los necesitaría a su regreso…
Entre la lectura y la escritura, va acompañando y
reformulando sus días. La escritura le permite distanciarse temporal y
afectivamente de la muerte como hecho e ir interpretándola como parte natural
de una cadena. Como respuesta psicológica, comienza aferrándose al
acontecimiento y sus causas inmediatas, reconociendo señales premonitorias,
alertas que podrían haber ignorado, atribuyéndose la culpa que la une al hecho,
porque desea desprenderse del marido incluso de tal modo. Luego, poco a poco,
va comprendiendo que somos individuos solos, y que nuestro poder de interferir
en ese dominio es limitado. Todo responde a un patrón de respuesta frecuente y
común para la mayoría de las personas. Pero lo que acredita El
año del pensamiento mágico, es cómo esa aceptación
de la pérdida viene sustentada por una variación en el estilo: la prosa es
menos factual, más evocadora; las frases son más largas, más reflexivas.
JD comienza El año del
pensamiento mágico el 4 de octubre de 2004 y lo termina el 31 de diciembre,
justamente un año y un día después de la muerte de John. Las cuatro frases
citadas (La vida cambia deprisa…) fueron las primeras líneas que
escribió, en enero de ese año, pero no consiguió enfrentarse de verdad al
trabajo hasta 8 meses después, tras haber desmenuzado
la reflexión sobre esa tormenta emocional. Las notas que tomó durante las
hospitalizaciones de Quintana pasaron a formar parte del libro: su hija fallecería
a consecuencia de una pancreatitis el 26 de agosto de 2005, pero la
autora no revisó el texto y ese suceso no lo incluyó en el libro. Lo
que hizo fue dedicar un segundo libro, Blue Nigths –Noches azules– (2011) a la muerte de Quintana.
En el capítulo final, JD, haciendo referencia a
un seísmo de 9 grados que se había producido en la costa del Océano Índico
cerca de Sumatra, escribe: Lo que quiero ver sucedió bajo la superficie,
comparándolo con ese maremoto demoledor, que silente lo destruye todo mientras
el mundo sigue girando, que es muerte del ser amado. Qué gran reportera:
asocia metafóricamente la muerte de su marido con un maremoto de 9 grados.
Poco más se puede decir.
POR QUÉ EL AÑO DEL PENSAMIENTO MÁGICO
El
título se refiere al pensamiento mágico en su acepción
antropológica: si se efectúan las operaciones oportunas o se cree en algo lo
suficiente se puede sortear un acontecimiento irreparable. JD ofrece
varias muestras de su pensamiento mágico, como el de no poder regalar
los zapatos de John porque los necesitaría cuando volviera. Por
otra parte, también
cuenta el incidente tuviera lugar en la fecha simbólica del
30 de
diciembre del 2003, pues el título hace no referencia al año que finaliza, sino
que alude al año que comienza: el año del dolor pertinaz, del duelo dilatado,
de la incertidumbre tras una pérdida (que se cree) imposible de asumir.
Ahí incide el título, en ese año en que la pérdida se
prolonga circunscrita en la bruma del desconcierto y la incomprensión donde el pensamiento
mágico le permite imaginar que puede con todo y la voluntad le basta para
cambiar las cosas. De hecho, ella misma declara abiertamente haber llegado a creerse portadora del poder
mágico que a su hija, cuando pequeña, le decía poseer: No dejes que el
Hombre Roto me coja, decía Quintana cuando se despertaba de una pesadilla. / Estás
a salvo. Estoy aquí. Me había llegado a creer que nosotros teníamos ese poder.
La razón del título resulta
pues clara, pero la cuestión radica en por qué JD eligió ese título para su libro.
Desde las primeras páginas va suministrando indicios explicativos. El primero lo
revela ya la noche que su marido fallece: necesitaba aquella primera noche para estar sola.
Necesitaba estar sola para que él pudiera volver. Este fue el comienzo de mi
año del pensamiento mágico. No es que ella, de forma irracional, pensase que en
realidad John no había fallecido,
sino que pensaba como
los niños pequeños, como si mis pensamientos y deseos tuvieran el poder de
alterar la narración, cambiar el desenlace. Este infantilismo especulativo
lo asumirá a lo largo de la dilatada enfermedad de Quintana en numerosas
ocasiones. Al relatar cómo vivió esos meses, tras la muerte de John, atendiendo a su
hija enferma los «Qué
pasaría si tal o cual» son frecuentes (Qué pasaría si..., Si no le hacían la traqueotomía, etcétera.) en
un deseo ilógico de controlar lo imposible (ese aleatorio integrante de la vida).
Situación que continúa durante ocho
meses, hasta que casi al final es consciente, tras el repaso (ahíto de enajenación y
angustia) de ese lapso de tiempo, de que la vida continúa, de que si
hemos de continuar viviendo llega un momento en que debemos abandonar a los
muertos, dejarlos marchar, mantenerlos muertos. Momento en que empieza a
abandonar ese pensamiento mágico.
DISTANCIAMIENTO INFORMATIVO
A lo largo de 190 páginas, distribuidas en 22 capítulos, JD reproduce
la voz del dolor mientras va aprendiendo que el dolor hay que enfrentarlo, como
se vigila a una serpiente de cascabel (su gran fobia), para evitar que haga
daño.
Ante este clásico moderno lo que
primero cabe cuestionar son los motivos que lo hacen capaz de generar una
profunda emoción, que lo constituyen en una narración plenamente vigente veinte
años después. Uno fundamental reside en el talento de JD con las palabras en esa etapa de su vida, una habilidad
adquirida tras décadas de reporterismo, narración y elaboración de guiones.
Luego, está el hecho de haberlo escrito con la herida abierta y, así, poder
plasmar (casi en directo) una inédita visión sobre el duelo y sobre los insólitos
mecanismos de la mente para bregar con la traumática pérdida del ser amado: ese
modo tan preciso de describir cada pensamiento mágico desencadenado por ello,
tratando su duelo como la incisiva reportera que era.
Especialmente interesante resulta la
perspectiva de JD sobre afrontar el duelo
desde la rutina: Todo ese relato de cómo convivir con la ausencia, con la
pérdida, con el dolor… lo remite (cual eco práctico de todo eso) a los aspectos
más mundanos: Fuera de la zona franca del Beverly Wilshire, yo planificaba
mis rutas, me mantenía en guardia. Detalles como encontrar al
ausente en la ropa, en la apertura de un armario, en la escucha de un mensaje
antiguo… JD va describiendo de una forma
certera e inspirada la convivencia con el vacío cotidiano dejado por quien ha
sido fundamental en su vida y de repente ya no está. Y tú tienes que seguir
viviendo y seguir siendo una persona medianamente funcional mientras te asaltan
de manera constante todos estos golpes o destellos de ausencia.
JD refiere su penosa
experiencia con detalle y sinceridad: desde el principio, durante aquellos
primeros momentos de desconcierto en que los trámites y las obligaciones sociales
embrollan la realidad; cuando se fija en las triviales circunstancias que rodean
el incidente (volvía tranquilamente del trabajo; era un día de
domingo como otro cualquiera o el cielo era azul), hasta ese proceso
(moroso e íntimo) de aceptar la pérdida, aliviar el duelo y emprender una vida sin el otro.
Ante
estos temas tan inasequibles como íntimos, JD emplea
el mismo estilo de distanciamiento informativo característico de su producción
escrita: en su experiencia de duelo por su esposo y de acompañamiento en la
enfermedad de su hija, hay pocas expresiones de emoción descarnada. Se trata de un escrito
cuidadosamente elaborado, donde la propia autora se somete a una profunda observación
desde una perspectiva radicalmente subjetiva para generar un libro emotivo a la
vez que distante.
Utiliza
la alusión indirecta, mediante la observación y análisis de los cambios en su
propio comportamiento y facultades, para ir va manifestando el nivel de
devastación que le está generando el dolor. Va dejando constancia de cómo le
angustian las cuestiones en torno a los detalles médicos de la muerte de John, a la
posibilidad de que su marido lo hubiese barruntado y a si ella podría haber intervenido
para que el tiempo que le quedaba de vida hubiera sido más relevante. De esta
forma, consigue que los instantáneos recuerdos de sucesos y los incesantes
fragmentos de conversaciones entabladas con él adquieran un sentido inesperado.
Lo cual, salpimentado por los continuados problemas de salud y
hospitalizaciones de Quintana complican (y agravan) aún más el proceso
natural del duelo. Consigue así que «aunque el material es literalmente
terrible, la escritura es estimulante y lo que se desarrolla se asemeja a una
narrativa de aventuras» (The New York Times Book
Review).
LITERATURA, MODELO DE VIDA
Un elemento estilístico y temático
al mismo tiempo que enriquece el libro es la asunción de la ficción como modelo
de vida. Un ejemplo claro es esa escena en que JD llega al hospital E. Campbell,
escribe: tan decidida a evitar cualquier reacción inapropiada (lágrimas, rabia,
risas incontroladas ante aquel silencio digno de Oz). La ficción (El mago de Oz) reviste la vivencia (la
percepción del silencio). Que continúa, cuando al observar a Quintana, no puede impedir que le vinieran a la
cabeza estos versos: «A cinco brazas yace tu padre. / lo que eran sus ojos ahora
son perlas». Y es que, como apuntaba Juan Gabriel Vásquez en El ruido de las cosas al caer (2011): «La poesía
nos acosa en los momentos más inesperados.»
Porque ese es otro rasgo, la poesía
como recurrencia en momentos complicados. Así el libro está repleto de escenas
donde la poesía está temática o argumentalmente presente. Ahí están los versos
o las referencias a Gerard Manley Hopkins, Cátulo, Matthew
Amold o Delmore Schwartz.
La literatura dentro de la
literatura resulta impagable en ejemplos tan significativos y bellos como el
cuento del niños de oro, la leyenda de Sir Garwain en
el Cantar de Roldán o la alusión a Alcestis, la bella obra de Eurípides.
Momentos capaces de potenciar y embellecer el dolor, la angustia y el
desconcierto.
No es casual, porque los supervivientes,
según JD, viven por medio de símbolos.
Y en el capítulo 13, dedicado a los sueños se pregunta a sí misma: ¿Acaso yo
sólo podía averiguar lo que pensaba soñando o escribiendo? Toda una clave
de lectura.
Como lo es también la recurrencia a
las reiteraciones, como mantras del recuerdo y de la exploración de los
símbolos. Desde la frase emblemática de Sir Garwain:
«Yo os digo que no viviré dos días»; a la maternal frase protectora dedicada
a su hija: Estás a salvo. Estoy aquí; o la auto inculpatoria: No le
había prestado suficiente atención.
Todo ello mientras intenta explicar el pasado a la luz de la muerte de John, e intenta configurarse como esa mujer fuerte que los demás quieren ver en ella, aunque, realista e incisiva como siempre, se pregunte a sí misma: qué se le permitiría hacer a una mujer nada fuerte. ¿Venise abajo? ¿Necesitar sedación? ¿Gritar?
Mediante esa narrativa íntima sobre
el duelo y el distanciamiento emocional, modulada mediante intensas
descripciones y hondas reflexiones, articula un relato subjetivo de
supervivencia, en línea con otras obras de no ficción de este siglo, como When the Breath Becomes Air (2016) el libro póstumo de Paul
Kalanithi por ejemplo. Su distintivo radica en la habilidad con que JD afronta la muerte de su marido y la enfermedad
de su hija como un tránsito de interpelación, reflexión y autodescubrimiento,
sustentado en una prosa precisa y sobria, sin permitirse caer nunca en la sensiblería,
de modo que esa distancia quirúrgica, rasgo habitual de su estilo, aquí responde
de forma inmejorable al relato íntimo de su duelo. Esa prosa fluida, rica y
sensible, a ratos intempestiva y directa, va desplegando incisiones anímicas donde
anidan el dolor, la rabia, la desorientación, la negación, la culpa, la duda y
la espera, y los detalles cotidianos que dejan en evidencia la desaparición de
su pareja y la reconstrucción de una vida en la que siempre habrá un ausente.
DIVISIÓN DE OPINIONES
Esta obra híbrida, a caballo entre
la autobiografía, la novela, la crónica y el ensayo se constituye como un hito no
solo de la literatura del duelo, sino también de la literatura sobre las
relaciones, la maternidad, la enfermedad y el cuidado, y, en suma, sobre la
vida. El
libro supuso un acontecimiento mediático en Estados Unidos que el periodista y
crítico estadounidense Andrew O'Hehir atribuyó a la fascinación de la
sociedad americana por las historias reales como compensación por su
propia falta de experiencia. Pero, aún más interesante, es su interpretación de
la tragedia familiar de la autora como un indicio de la pérdida de poder de la
generación del baby boom: cuando la mujer cuyo cometido consiste en
explicar en sus obras la sociedad y la cultura norteamericanas al público se ve
obligada a admitir el derrumbe de su mundo personal, se abre una brecha
epistemológica para el mundo en general.
No siendo una lectura cómoda,
iluminada por la perspicacia propia de JD, tampoco resulta un texto amargo. Lejos del manual
de autoayuda (aunque, paradójicamente logre ayudar), JD ha escrito un libro de una honestidad
radical: ni edulcora, ni ofrece su dolor como resiliencia y, por supuesto,
elude presentar moraleja alguna. De lo que habla es de desconcierto e
incredulidad. Incluso de negación y de pensamiento mágico. Su
lectura supone acceder a la mente de alguien que está intentando entender lo
incomprensible, que registra con minuciosidad las horas, los diagnósticos clínicos,
los gestos, las palabras dichas (y no dichas), como si de ese inventario
pudiera brotar un sentido.
Si toda persona es un universo, este libro permite, página a
página, descubrir una parte del de JD a través de sus
recuerdos de un amor que recorrió países y localidades; que, como todos, fue
construyendo sus códigos, rutinas y hábitos; que acomodó la creación de libros,
guiones y proyectos de vida. A través de toda una serie de decisiones que se
vio obligada a enfrentar, ante las circunstancias e intervenciones que su hija
en coma y debatiéndose entre la vida y la muerte, le obligaban a tomar; a
través de las lecturas de estudios médicos que, acometida por las dudas y el
miedo, se obliga a consultar a fin de comprender y orientarse en ese proceso de
cuidado y responsabilidad.
En este sentido, conviene recordar que una circunstancia que
ha distanciado a muchos lectores de
la historia radica en la indudable desahogo económico del matrimonio de Dunne. John procedía
de una pudiente familia de origen irlandés y JD
era de clase media acomodada. John muere en
su piso de Nueva York, con 4 dormitorios y 4 baños. Los recuerdos de la vida
familiar que JD evoca aluden a su mansión de
Hollywood y su casa de Malibú. Desplazándose de un domicilio a otro cuando
podían. Además viajaban a cualquier parte del mundo siempre que querían y su
trabajo se lo permitía. Tras visitar a su hija en el hospital, consideraban a
qué restaurante iban a cenar... Qué duda cabe de que, desde una posición
socioeconómica desigual, puede resultar difícil identificarse con esa situación, pero igualmente indudable es que
este extremo puede servir incluso para reforzar el contenido del libro, pues su
corolario sería que ni todo el dinero (ni todo el talento) del mundo puede evitar sufrir el duelo por
el ser amado.
DE LA MUERTE Y OTROS TEMAS
Las reflexiones y pensamientos de
JD se centran con frecuencia en la idea de qué es la muerte para ella, es
decir, para el mundo occidental. Y, a partir de una profusa consulta
bibliográfica, llega a la conclusión de que desde hace más de un siglo los
occidentales viven dándole la espalda a la muerte: alrededor de 1930, en la
mayoría de países occidentales y sobre todo en Estados Unidos, se inicia una
revolución de las actitudes aceptadas frente a la muerte. «La muerte
—escribió— tan omnipresente en el pasado que resultaba familiar, se
borraría, desaparecería. Se convertiría en algo vergonzoso o prohibido.»
(el entrecomillado lo toma de Historia de la
muerte en Occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días –1973–
de Philippe Ariès).
En teoría (y cuando nos sentimos
seguros, inconsecuentemente alejados de la muerte) asumimos que algún día hemos
de morir, que somos mortales. Sin embargo cuando la muerte nos ronda la negamos
y no la aceptamos JD se da (y nos da) una
explicación, dura pero posible y racional: Somos imperfectos mortales,
conscientes de nuestra mortalidad aun cuando tratemos de eludirla, vencidos
ante nuestra propia complejidad, tan acorralados que cuando nos dolemos por los
que hemos perdido, también nos dolemos, para bien o para mal, por nosotros
mismos. Por lo que fuimos. Por lo que ya no somos. Por la nada absoluta que un
día seremos. Así, de forma tan precisa describe un
destino que aguarda a todos.
Otra reflexión, entre las múltiples
que despliega en el libro se refiere al duelo. Si bien la literatura, el cine y la
televisión han divulgado dilatadamente las fases del duelo, lo cierto es que se
trata de un proceso que no se experimenta de forma perfectamente secuenciada (negación,
ira, negociación, depresión y aceptación). Depende de la persona: cada una la
vive de forma personal y es habitual que las fases se entremezclen. En muertes
repentinas como la de John
Dunne
suele darse, en primer término, la incredulidad: «no puede ser».
Sin embargo, no cesa aunque el tiempo pase. De ahí que la autora no pueda tirar
los zapatos de su marido. Aquí está una de las claves del libro: su valor
reconfortante, pues observar que ideas tan peregrinas las tenga también alguien
tan brillante como JD sin duda
reconforta. Ese es el valor de la literatura, en general, y de este libro, en
particular: no consolar, sino acompañar en la aflicción.
Asimismo el libro da una visión subjetiva de la forma de
vivir un duelo. Desde el comienzo de su narración JD especifica que la sociedad
anglosajona aconseja una aflicción contenida, rechaza la autocompasión y
pondera el pudor. Así, esas pautas sociales en que ha nacido y vivido
determinan que el control del dolor le facilite una cierta protección ante la
dura tarea de recomponer su mundo, porque someterse a la autocompasión supone
aceptar el significado de la muerte. En realidad, el doliente tiene apremiantes
razones, incluso una apremiante necesidad de sentir lástima de sí mismo. Pero, al mismo tiempo, tales pautas constituyen una camisa de
fuerza de la que, a medida que avanza el libro, pretende deshacerse.
Desde el punto de vista
estilístico, cierta parte de la crítica ha tildado el libro de «confuso»
por el tratamiento que JD da al tiempo, pues
la presentación de su duelo no sigue una cronología lineal, sino que, como se
ha dicho, se va contando en espiral, con vaivenes de retroceso, estancamiento o
avance: repite una y otra vez los mismos momentos, palpando la herida para cerciorarse
de su cicatrización o comprobar si sigue abierta. Pero lo cierto es que tal circularidad
constituye otro rasgo de estilo reconocible: la autora especula sobre cada uno
de esos momentos para analizarlo, revisando lecturas, textos y autores.
Otra aspecto, derivado de su
predisposición a recordar momentos de su vida, se pone de manifiesto cuando el
30 de agosto de 2004, por primera vez en 8 meses, JD
acepta cubrir para su periódico la convención demócrata igual que hiciera en el
pasado. Al acceder a la Torre C del Madison Square Garden donde se desarrolla
el evento, la acomete una serie de pensamientos y recuerdos sustrayéndola
mentalmente del presente, para llegar a la conclusión de que lo único que ha
hecho durante ese tiempo ha sido escapar, huir del presente, refugiarse en el
pasado para así no asumir la realidad, en un mágico (e infantil) intento
de que el tiempo retrocediera, de rebobinar la película. Algo que
hacemos constantemente, pero que se convierte en reflejo y compulsivo ante la
pérdida.
El libro concluye en el
mismo término en que comenzó: admitiendo que lo irremediable es irremediable JD no pretende ofrecer un
cierre liberador, porque sabe que no existe. Aunque, de forma paradójica, sus
palabras logran crear un territorio donde poder reconocerse.
Aunque, puestos a enjuiciar con escrupulosidad, podría
decirse que en su tramo final el escrito va desfalleciendo, de modo que podría
haberse cerrado mejor abreviando esa parte, si bien hay que ser conscientes de
que debe resultar muy difícil cerrar una obra de este tenor con un final
redondo. Puede que no sea un libro redondo, pero no deja de ser una
obra equilibrada, justificada, por una parte, en la carencia del phatos
(la apelación a las emociones, sentimientos y empatía del lector para conmoverlo)
que suele caracterizar los textos en torno a la muerte de los seres queridos;
y, por otra, por un estilo que determina que la emoción, embridada por el
ajustado distanciamiento que adopta la autora en cada una de las etapas de su
escritura, cala discreta pero profundamente en el ánimo del lector. Quizá por ello se ha
convertido en un clásico moderno del duelo.
Sea como fuere, la lectura del
libro se convierte en una experiencia tan personal que supone para el lector un
proceso de inmersión que, vivido o no con anterioridad, le lleva a poder seguir
ese año posterior al deceso como algo propio.
«Sé por
qué intentamos mantener con vida a los muertos: intentamos mantenerlos con vida
para tenerlos con nosotros.»

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