viernes, 27 de febrero de 2026

KIOTO

 «KIOTO» (KOTO)
Yasunari Kawabata (1962)

«Tu felicidad flota en el aire como una fragancia»


UN JAPONÉS UNIVERSAL

Yasunari Kawabata (Osaka, 1899- Zushi,1972) además de ser el primer japonés al que se concedió el premio Nobel de Literatura (1968), fue el embajador de la literatura japonesa en España antes de Yukio Mishima y de Haruki Murakami.

Precisamente en sus fotografías de la gala del Nobel se percibe la distancia cultural entre oriente y occidente en esa época emblemática (la del Mayo del '68). En efecto, su vida fue, como la de muchos japoneses de la primera mitad del siglo XX, un recorrido de pérdidas, regeneraciones y conmociones internas, además de un tenaz empeño de mantener su identidad en la fluctuación de cambios culturales y sociales originados por la Segunda Guerra Mundial. Huérfano de toda familia siendo adolescente, asumió las tradiciones como opción para conservar el viejo Japón en su vida. Y esta es la primera clave a tener en cuenta al leer «KIOTO» (1962).

Yasunari Kawabata (YK) nació en una familia acomodada (su padre era médico). A los cuatro años de edad quedó huérfano y fue a vivir con sus abuelos paternos. A su hermana mayor, que fue adoptada por una tía, solo la volvería a ver tan una vez más, cuando la niña tenía diez años, ya que moriría a los once. Su abuela murió en 1906 y su abuelo en 1914, cuando YK contaba 15 años. Tras la muerte de sus abuelos paternos, se fue a vivir con los maternos (los Kuroda). Pero ya en enero de 1916 se trasladó a una pensión, cerca de una escuela a la cual se llegaba en tren y se graduó en 1917. Esta orfandad temprana, esos arraigos efímeros, seguidos de desarraigos frecuentes y, sobre todo, esa emancipación temprana, constituyen otra de las claves de lectura de la obra que nos ocupa.

En 1920 comenzó en la Universidad Imperial de Tokio la carrera de literatura en lengua inglesa, pero un año después se cambió a la de literatura japonesa. Mientras cursaba la Universidad, revivió la revista literaria Shinjicho (la nueva tendencia del pensamiento), dato clave por cuanto fue donde publicó algunos de sus trabajos y abrió su trayectoria en el mundo literario.

Finalizó sus estudios universitarios en 1924, época en que funda la revista Bungei Jidai (La Era Artística), opuesta al realismo social que prevalecía en la literatura japonesa del momento. El grupo de intelectuales y artistas congregados en torno a esta revista vindicó su carácter neo sensualista, convirtiéndose así YK en portavoz de la nueva generación. Por lo tanto, los Shinkankaku-ha o «Escuela de las Nuevas Sensaciones» surgen como reacción al realismo y al naturalismo, buscando plasmar la realidad a través de las sensaciones directas, la intuición y nuevas técnicas literarias. Pretendían captar la realidad mediante la percepción sensorial, confiriéndole a la descripción literaria un sesgo innovador, de ordinario enfocándose en la subjetividad de la experiencia. Pues bien, esta tendencia, que marca buena parte de la obra del autor, se plasma magistralmente en Kioto.

UN ESCRITOR JAPONÉS

En consonancia con esa postura, se traslada a Kamakura, la vieja capital samurái, para apreciar mejor las raíces estéticas del viejo Japón y afianzarse en ellas. En 1935 dando inicio a su prolífica obra con la novela País de nieve: una descripción del mundo tradicional japonés cuyo ritmo cadencioso y lenguaje pulido hacen resaltar las sutilezas del amor, la belleza y el paisaje. Rasgos estilísticos compartidos casi treinta años después por Kioto.

Durante la Segunda Guerra Mundial se autoexilia en Manchuria, pretendiendo así evitar polemizar con las belicistas tendencias ideológicas de la época. Ya en 1954, El sonido de la montaña, tiene como escenario principal la región de Kamakura, donde los personajes oscilan en una superposición de tiempos viviendo en el recuerdo. El follaje y la textura de los árboles, los pájaros, el mar, la montaña, las máscaras del teatro Noh o un encuentro en el Parque Shinjuku constituyen los elementos orgánicos de la novela.

Su obra literaria presenta temas reiterativos, como la representación del paisaje, entreverado con los ciclos de vida en la sociedad japonesa, cuyo mejor ejemplo de los son los ocho cuentos de Primera nieve en el Monte Fuji (1959): equilibrados en su estructura y con una aguda penetración en la sensibilidad humana, rozan la perfección literaria. La obra se completa con una obra de teatro situada en el siglo XII que describe un Japón envuelto en su propia cultura, con sus rasgos más tradicionales.

Sin embargo, pese a lo que todo esto pueda llevar a pensar, YK no fue un inmovilista: también se nutrió de las vanguardias europeas para forjar un estilo híbrido que se concreta en una especie de impresionismo literario japonés precisamente en Kioto, convirtiéndola en una de sus más novelas estilísticamente más trascendentes.

El título toma deliberadamente el nombre de la antigua capital que por más de un milenio fue sede del imperio japonés (hasta 1868), y compone un análisis alegórico de los dos países y las dos generaciones que cohabitaron en un mismo espacio repleto de templos y antiguas creencias, en una ciudad que, exonerada de los bombardeos de la guerra, comenzó a registrar el inexorable avance hacia una nueva senda de incertidumbres. Porque la capital milenaria, al constituir inicialmente un objetivo estratégico de la operación estadounidense de destrucción masiva del país en 1945, pudo haber sido destruida por una bomba atómica. Solo la mediación del Secretario de Guerra de los Estados Unidos, Henry I. Stimson, ante el presidente Harry Truman, consiguió que Kioto abandonara la lista de las ciudades objetivo: como se sabe, al final, la decisión recayó sobre Nagasaki.

Respetado y reconocido en su tiempo, fue mentor de grandes escritores japoneses, entre ellos Yukio Mishima (1925-1970), con quien comparte su participación en el medio cinematográfico: YK como actor en su juventud y Mishima como guionista. Coincidieron también en un trágico final: Mishima mediante un suicidio ritual (seppuku) en 1970; YK, aquejado de una grave enfermedad degenerativa y deprimido por la muerte de su discípulo y amigo, suicidándose en un pequeño apartamento a orillas del mar, mediante inhalación de gas dos años después.

LAS FLORES DE LA PRIMAVERA

«Kioto» relata la vida de una pequeña familia de artesanos tradicionales y comerciantes que se dedica a la manufactura tradicional de diseño y venta de kimonos, con la búsqueda de la belleza y la armonía como elemento central, y el lento decaer de oficios ancestrales y tradiciones de trasfondo. Su eje narrativo se asienta en un pequeño secreto (a voces) de la familia: una niña abandonada, una adopción, la búsqueda de los antepasados desde el amor y el cariño a los padres adoptivos. Un hilo conductor que, en realidad, sólo es un marco en el que transcurre la vida cotidiana de unos personajes intemporales, con sus antiguas relaciones paterno-filiales y jerárquicas; los primeros pasos de un cortejo; las ocupaciones artesanales; las Casas de Té pobladas de geishas, esas artistas profesionales japonesas (y no prostitutas como se suele pensar) especializadas en música, danza tradicional, la ceremonia del té y el arte de la conversación, dedicadas a entretener con refinamiento en ozashiki (banquetes privados) y guardianas de la cultura tradicional que requieren una larga formación (como maikos o aprendices)…

Centrada en Chieko, la joven adoptada por la familia, que siente la necesidad de conocer su origen a pesar de contar con todo lo que una joven de la época puede soñar: una familia cariñosa y una buena situación económica. En busca de su pasado, experimenta sucesivas emociones y encuentros que la llevan a desvelar el misterio de su nacimiento, como hija expósita de una familia pobre y desgraciada. En un escenario urbano basado en el más puro estilo tradicionalista japonés, Chieko conoce a su hermana melliza Naeko, casi idéntica a ella, cuando asiste al santuario de Goryosho, en Shinkyogoku. Según sus padres adoptivos, Chieko había nacido bajo los capullos de cerezos nocturnos de Gion. Guiada por ese precepto, al recordar las veces que había visitado las montañas con su padre para observar los capullos de cerezos, decide ir a la aldea de cedros (aquí YK utiliza una fina descripción kinética, que será clave en la geografía de la trama): en compañía de su amiga Masako se dirige en autobús hacia allá y es allí cuando su acompañante, al observar a las muchachas que bajaban de la montaña, distingue entre los cedros, a alguien muy parecido a Chieko y se lo comenta. Eso motiva una gran inquietud en la protagonista, que la lleva a buscar a aquella muchacha a la que solo ha visto de lejos. La encontrará de nuevo, poco después, en Goryosho, justamente en el proceso de un ritual tradicional (Ritual de las siete vueltas) que ambas están realizando. Así es como, ya avanzada la novela, aparece Naeko, hermana melliza que presenta como una joven campesina.

Ese primer encuentro entre Chieko y Naeko es puramente emocional. Se produce en las límites de la ciudad, en los linderos del bosque. La casualidad tiene sus efectos, tras conocerse personalmente, comienzan a hablar y descubren su pasado común insinuándose un sutil ordenación (de clase social) entre sus identidades, conscientes de que la felicidad es efímera y huidiza. Tras la turbación inicial, Naeko le cuenta que sus verdaderos padres ya han fallecido y que ella había tenido que trabajar duramente para sobrevivir en el bosque de cedros.

Luego, tendrá lugar un emotivo momento marcado por una confusión experimentada por Hideo, un artesano amigo de Chieko, cuyo padre, Sosuke, posee un taller artesanal con telares de madera. Hideo confunde a Naeko con Chieko: sucede al cruzar justamente el puente de Goryosho. A partir de ahí el interés amoroso (affaire) de Hideo por Chieko se traslada a Naeko (momento en que su papel de alter ego queda plenamente evidenciado), quien mostrará su turbación e incomodidad personal ante el acercamiento de Hideo: El joven corazón de Naeko había discernido los sentimientos del joven, y entonces le había contado a Chieko su extraña teoría de la ilusión.(p. 225) Hideo está en vías de convertirse en un gran estilista y diseñador de obis (cinturones largos y muy anchos empleados para sujetar los kimonos), y a partir del encuentro en el puente (instigador de ideas y sentimientos) toma una decisión relativa a la distinción sentimental y afectiva entre Chieko y Naeko. Después de hacer una visita al negocio de Takichiro, aún se encontraba confundido respecto a en quién inspirarse para elaborar el diseño que le habían encomendado: también.

Hideo aún parecía considerar que el obi era para Chieko. No, era el obi de Naeko, por tanto debería diseñarlo de tal manera que no discrepase con el estilo de vida de la joven. Así se lo había dicho a Chieko...Hideo se encaminó hacia el puente de Shijo donde se había encontrado con la 'Naeko de Chieko' o con la 'Chieko de Naeko', pero hacía calor bajo el sol del mediodía. Apoyándose en la baranda, en el extremo del puente, cerró los ojos. Se quedó allí escuchando, no el ruido de la gente o de los trenes, sino el sonido casi imperceptible de la corriente del río. Escena simbólica en la que se sitúa en un puente (punto de transición) a un joven artesano confundido entre el destino de su obi (objeto artesanal) y, por tanto, del diseño (tradicional o moderno).

También será en el mismo puente, en medio de un festival de verano, que un amigo suyo de la infancia, Shin'ichi, se encuentre casualmente con Chieko y sea la ocasión para presentarle a Ryusuke, su hermano mayor, joven decantado hacia los nuevos caminos de la industria y el comercio. A partir de este momento, Ryusuke quedará prendado de Chieko, a quien buscará y ayudará en su negocio familiar. Ambos hermanos son hijos de Mizuki, dueño de un gran comercio mayorista de Muromachi, quien después hablará con Takichiro a propósito de su hija y de los negocios familiares. La cita es en un restaurante frente al parque Murayama. La ciudad de nuevo como testigo de los ficticios avatares de los personajes.

PERSONAJES INTEMPORALES

YK va más allá de la mera plasticidad y compone unos personajes con unas señas de identidad definidas por los rasgos de la naturaleza. Así, mientras que Chieko es la naturaleza domesticada y refinada, la de los grandes jardines llenos de flores delicadas (la presentación del personaje se realiza, no en vano, en los inicios de la primavera, asimilándola a unas sencillas violetas que crecen en el tronco de un viejo arce), su hermana Naeko es la naturaleza en estado puro, la de los grandes árboles, las montañas, la rusticidad y lo salvaje.

El personaje protagonista, Chieko, la joven expósita adoptada por Takichiro, el comerciante de telas, y su mujer Shigue, que un día descubre que fue abandonada por sus verdaderos padres y que tiene una hermana que vive en una aldea a las afueras de la gran ciudad, se constituye en la representación del nuevo Kioto: una personaje afable y consciente de sus raíces debido a la relación que tiene su padre adoptivo con el comercio de los kimonos y el apego a las múltiples costumbres ancestrales de su comunidad. Pero también una mujer interesada por los nuevos negocios y religiosidades (expresiones modernas de fe o búsqueda de sentido) y consciente de esa nueva vida conectada por los trenes y la amalgama de factores que ha traído consigo la invasión cultural y tecnológica de occidente.

Naeko, la hermana melliza reencontrada, representa al Japón campesino totalmente inmerso en las viejas tradiciones y creencias que unen su vida a los dioses de la naturaleza y los elementos que permiten la subsistencia humana y que se niegan a aceptar el paso a la modernidad. Por eso le resulta tan complejo poder relacionarse con su hermana encontrada. A pesar del amor filial que les une, hay un dejo de ese orgullo oriental por no dejarse someter ante lo diferente y contrario a sus creencias.

Otro personaje que fundamenta este tránsito difícil de las antiguas costumbres a la modernidad es Takichiro Sada, el padre adoptivo de Chieko, quien siendo joven, inspirado en las corrientes culturales europeas, comenzó a diseñar kimonos con una influencia pictórica basada en el impresionismo y la abstracción, además de tener ayuda de estimulantes para crear sus diseños adolescentes, pero el paso del tiempo, afianzado en la vuelta a los viejos preceptos y rituales, ya sin el uso de estupefacientes, lo han tornado en un diseñador en decadencia, más preocupado por el porvenir de su negocio, que por el de seguir un camino artístico. Acaso sea la representación del propio YK, quien, añorante de sus viejas glorias y sus viejas pasiones de juventud, ya no encuentra cabida en un mundo que avanza con vértigo hacia un futuro desapegado de todo lo que conoció y lo formó como escritor.

Como contraste con él está la nueva generación. Hideo Otomo, hijo de Sosuke, propietario de un taller artesanal, encarna al diestro artesano que en su relación con Chieko-Kioto inicia un proceso de confusión, duda y especulación sobre el diseño de sus artículos. Shin'ichi, amigo de Chieko, es un joven sensible con alma de artista cuyo padre era dueño de un gran comercio mayorista con muchos amigos influyentes; y su hermano, Ryusuke, que aunque está en la universidad, le interesa más el negocio familiar, representando así el nuevo impulso comercial e industrial de Kioto (simbolizado en su interés por Chieko).

OTRO TIEMPO, OTRO MUNDO

La novela se sitúa en el Japón de postguerra durante los años '50 del siglo pasado, concretamente en Kioto, lo que determina un ambiente netamente oriental, todavía completamente ajeno a la cultura occidental. Una época de transición a la posmodernidad japonesa, cuando ya están presentes, aunque en formato reducido, sus atributos urbanos y tecnológicos actuales (automóviles, redes de carreteras, autobuses suburbanos y trenes, turismo, nuevos artefactos electrónicos…). La selección no es casual, pues responde a esa tensión entre lo viejo y lo moderno, expresada en su protagonista, Chieko, que a sus 20 años celebra cada estación del año con emoción: Comienza con el florecimiento de las violetas en el tronco del viejo arce, ante la contemplación admirativa de Chieko, y termina con los primeros copos de nieve que se derriten en la noche apenas tocan sus cabellos. (Silvio Mattoni, Prologo: p. 15).

La trama se puede ubicar apenas cronológicamente por una escueta referencia a las tropas americanas afincadas en el Jardín Botánico, vedado en esa época a los lugareños, o por la referencia al empleo de las pinturas de Paul Klee (1879-1940) como inspiración para el diseño de bordados para obis.

Por su parte, el espacio de la novela se desdobla en dos, distinguiendo entre los lugares emblemáticos de la novela, los desplazamientos de sus personajes y los espacios frecuentados (el paisaje imaginado), por un lado; y, por otro, la representación de las emociones en el tiempo y en el espacio (la kinética de la novela). Al ser Kioto y sus alrededores el escenario principal, las descripciones kinéticas, es decir, los movimientos corporales, gestos, posturas y expresiones faciales que componen el lenguaje no verbal (y que constituyen una forma de comunicación transmisora de mensajes, emociones y actitudes, ya sea de manera consciente o inconsciente) que aparecen en sus sucesivos capítulos exigen un análisis e interpretación pues vienen asociadas a un paisaje al mismo tiempo natural e intervenido.

Es decir, las abundantes coordenadas espaciales del texto sobre Kioto han de diferenciarse de las descripciones kinéticas. Un ejemplo del espacio está en el comienzo del capítulo "El Distrito de los kimonos": Aunque Kioto es una ciudad grande, el color de las hojas es muy bello allí. Los bosquecillos de pinos de Gosho y de la villa imperial de Shugakuin y los árboles de los amplios jardines del viejo templo llaman la atención del viajero, tanto como las hileras de sauces llorones del centro de la ciudad, sobre las riberas del río Takase. En Kiya, Gojo y Horikawa, los sauces verdaderamente lloran; sus ramas caen como si quisieran tocar el suelo. Qué delicados esos sauces, y los pinos rojos de Kitayama, cuyas ramas dibujan suaves círculos y parecen unirse entre sí (p. 67).

En efecto, numerosos párrafos completos integran la geografía del texto, esa parte de la narrativa en la que según James Kneale no se produce directamente una interacción entre personajes y espacio, conformando el escenario de fondo, pero sin intervenir ni modificar los sucesos. La diferencia con una geografía en el texto (la kinética del espacio) consiste precisamente en que ésta influye en la trama.

Por eso hay que distinguir y tener en cuenta la subjetividad de los personajes, la manera en que el autor relaciona el espacio con la modificación de pautas de conducta, toma de decisiones, alternativas de acción, pues son claves textuales. Un fragmento donde se aprecia la kinética del paisaje abre el capítulo "El Festival de Gion": Chieko salió del negocio llevando un gran canasto de compras. Iba a cruzar la calle Oike para ir al local Yubahan de Fuyamachi, pero se detuvo un momento en la calle Oike para mirar el cielo, que ardía como un incendio desde Heizan hasta Kitayama. Era demasiado temprano en un largo día estival para que se tratara del resplandor sanguíneo del crepúsculo; el color del cielo no era melancólico. Las grandes llamas se extendían a través del cielo...No me había dado cuenta de que había espectáculos como este. Es la primera vez que veo algo así (p. 117). Chieko refleja la subjetividad del paisaje: un paisaje sublimado, saturado de interpretación personal.

Un ejemplo de kinética pura forma parte del mismo capítulo y sucede poco antes del súbito encuentro entre ambas hermanas: Chieko extrajo un pequeño espejo y observó su propio rostro en medio de los colores de las nubes. / No lo olvidaré en toda mi vida. No hay duda de que el ser humano es una criatura emocional (p. 117). YK acomoda las piezas para generar una mayor intensidad en el relato: el mundo de las emociones, el paisaje sublimado, la casualidad del encuentro y, como fondo las calles de Kioto en un festival popular.

Otro ejemplo se da en el capítulo "Los cedros de Kitayama", cuando Chieko le explica a su madre los motivos por los que le gusta ir a la aldea de los cedros de Kitayama: –Los cedros son tan erguidos, rectos y bellos. Querría que los corazones humanos crecieran de esa manera. / –¿Entonces tú no eres como ellos? –preguntó su madre. / –No, soy encorvada y retorcida... (p. 104). Luego, mientras dialoga con sus padres, Chieko gira el rostro hacia el jardín interior de su casa y observa que han desaparecido las violetas de la primavera. Momento en que le pregunta a su madre dónde ha nacido en realidad. Shiege, le pasa la cuestión a Takichiro, que responde rotundamente: Bajo los capullos de cerezos nocturnos de Gion (p. 105).

KIOTO ON MY MIND

Así, en la novela las coordenadas espacio-temporales no son un mero trasfondo de un relato. Tiempo y espacio se funden para representar los estados de ánimo de Chieko. También le van a proporcionar algunas claves en momentos decisivos de su inquieta juventud, de forma que, por ejemplo, el paso por un puente puede generar nuevas hilos en la trama. YK construye su historia desde la casualidad del encuentro en un puente o desde la abstracción del entorno social al detenerse en el puente para sumergirse en una honda reflexión sobre objetivos de vida, lo que, precisamente, confiere fundamento al contenido, que hubiera tenido que ser distinto de haberse construido de otra manera.

Porque la ciudad no sólo sirve de decorado de fondo, sino que asume la condición de ente vivo que fluye al ritmo de las estaciones, y los estados de ánimo de sus habitantes se traducen y reflejan en los cambios de la naturaleza y las estaciones del año. En este sentido, la interrelación de los personajes con la naturaleza es fundamental para describir su personalidad y sus conflictos interiores.

A través de Chieko se representa con gran fuerza un paisaje natural en las cuatro estaciones del año: de las flores de primavera del comienzo a las de invierno del capítulo final. En Kioto se trata más bien de paisajes sembrados, pues casi todos los paisajes naturales han sido tocados por el hombre. La ciudad se distingue por paisajes diseñados expresamente por los antiguos planificadores de la ciudad al servicio del Imperio. Hubo entonces una intervención humana previa a la presentación de sus majestuosos jardines para hacer del paisaje urbano un objeto de la estética de una época de gloria imperial que, además de glorificarla, ofrecía deleite, paz y armonía a sus habitantes. Asimetría, equilibrio y rigor en el detalle se conjugan para diseñar un paisaje sembrado (y literario). Detalle central en la novela, pues por encima de la tensión trasmitida a sus personajes, prevalece la parsimonia de una sociedad que celebra la vida ceremoniosamente.

Así los dos escenarios, el del paisaje natural y el recreativo como espacios simbólicos: los ríos y montañas como hitos del paisaje por un lado, mientras que los jardines forman parte sustantiva de la trama. En los jardines se realizan los grandes festivales de la ciudad. Por ello se convierten en un lugar de encuentro, un espacio de identidad para muchos de sus habitantes. Un espacio público que adquiere connotaciones distintas según lo marquen las estaciones del año.

FOLLETÍN ESTÉTICO

La otra parte de la narrativa urbana parece ser el tiempo de la naturaleza, que florece en sus suburbios, en sus jardines caseros, en el espacio sacro de los templos. La naturaleza es celebrada en fiestas de larga tradición: Aoi Matsuri, Gion Matsuri, Damon-Ji, Kurama-no-Himatsuri, etcétera. En este contexto, la novela se configura en una alegoría, en la que una chica huérfana y adoptada representa la vitalidad y fuerza de una cultura con hondas raíces históricas.

El significado cultural de Kioto en principio está arraigado a su naturaleza, pero asimismo a su legado cultural. Es una ciudad donde abundan los festivales que honran tradiciones y formas de vida. Destaca, en este sentido el pasaje de la despedida que sus habitantes hacen del viejo sistema de tranvías, restos de una época no tan remota, que se identifica con el periodo Meiji (durante el cual se dieron los primeros pasos para la modernización de Japón en el último tercio del siglo XIX). En la novela, los pasajeros disfrutan de los últimos viajes, rememorando otras épocas: en uno de esos trayectos se produce el diálogo entre dos pasajeros acerca de los lugares identitarios del viejo Kioto. No es casual que YK lo incluya en la obra como uno de los momentos de la transición urbana de Kioto, donde, como en otras ciudades, el tranvía sería sustituido por el autobús urbano y el tren subterráneo (o subway) que hacia la década de los '80 llegará a Kioto.

Igualmente, Kioto, ciudad atravesada por ríos y rodeada de montañas (de los que ningún habitante podría prescindir en su entorno cotidiano), va a sufrir una progresiva expansión urbana hacia sus suburbios ocasionando que zonas distintivas como, Kitayama, distinguida como una aldea de cedros, se tuviese que fundir con la ciudad y aun así conservase sus prácticas culturales. Al mismo tiempo que como ocurría en los barrios de Ginza y Nihonbashi, en Tokio, muchos de los mayoristas de Nakagyo habían empezado a comprar casas aparte y a viajar todos los días a sus negocios (p. 167).

Una de las principales características de las novelas de YK es la primacía del ideal estético sobre el discurso meramente narrativo. La trama pasa a un segundo plano en favor de una literatura casi pictórica, donde el paisaje, las estaciones, los colores, la textura de una tela, los sonidos de la montaña, la nieve o la perfección de un juego de té constituyen los principales focos de atención. Kioto es un claro ejemplo de este tipo de narración tan personal. Así, el planteamiento «folletinesco» de la trama adquiere un sentido totalmente distinto, porque Kioto es mucho más que la historia de Chieko. Como en otras obras del escritor, la novela gira en torno a una serie de preocupaciones estéticas que dotan de una profundidad y complejidad al discurso narrativo.

El título de cada capítulo es el anticipo de descripciones kinéticas sobre la naturaleza, los rituales, los colores y las vidas de sus personajes en las cuatro estaciones del año. En cada una de ellas sucede algo nuevo ligado a la experiencia de vivir y percibir la ciudad y el entramado natural que la envuelve. Chieko y Naeko son flores de primavera que algún día serán sucedidas por las de invierno. Porque el año que transcurre no es intrascendente, pues es el momento en que el escritor recrea una ficción, para exponer lo que está sucediendo en ese peculiar espacio y con esos personajes hasta cierto punto orgullosos de su pasado. Lo que se mantiene es, no obstante, una peculiar mirada en los secretos del presente, puesto que el porvenir apenas se anuncia.

«Me pregunto si con el tiempo Kioto se convertirá en una ciudad posada más… como la zona que rodea el templo de Kodaiji. La franja entre Kioto y Osaka se ha convertido en zona industrial»


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