«EL RUIDO DE LAS COSAS AL CAER»
Juan Gabriel Vásquez
(2011)
«No
hay manía más funesta, ni capricho más peligroso, que la especulación o la
conjetura sobre los caminos que no tomamos.»
Cuando Juan Gabriel Vásquez
(Bogotá, 1973), a los 38 años, recibe el premio Alfaguara 2011 había publicado
con anterioridad un libro de relatos, Los
amantes de Todos los Santos; dos novelas, Los informantes e Historia
secreta de Cartagena; una colección de ensayos, El arte de la distorsión, donde e incluían el ensayo
ganador del Premio Simón Bolívar en 2007 y una biografía corta de Joseph
Conrad. Er columnista de El Espectador y desde 1999 residía en
Barcelona.
EL RUIDO DE LAS COSAS
AL CAER (2011) cuenta, a través de la historia de un solo individuo, la inopinada
incorporación de Colombia en el hecatombe del narcotráfico: los personajes se
ven introducidos en ese torbellino de forma gradual, apacible, con cierta
naturalidad y casi inadvertidamente. El proceso se inicia, como suele ocurrir,
con lo que no dejaba de ser una falta leve, una infracción menor (el menudeo de
marihuana), pero la situación se irá agravando a medida que se convierta sin
paliativos en tráfico de estupefacientes y el dinero obtenido por la acción
delictiva se incremente exponencialmente. Las autoridades comenzarán entonces a
intervenir y los peones de los grandes capos de la droga, como el
personaje central, Ricardo Laverde, irán siendo detenidos la Agencia Antidroga Norteamericana
(DEA) y encarcelados en prisiones estadounidenses por el comercio ilegal.
HISTORIA ÍNTIMA COLOMBIANA
Para ello, la trama parte de la
vida de Antonio Yammara, un joven
profesor universitario de Derecho que tiene frecuentes escarceos sentimentales
con sus alumnas. Con una de ellas, Aura,
formalizará la relación y tendrán una hija, Leticia.
Incidentalmente entabla relación en un billar del centro de Bogotá con el
misterioso Ricardo Laverde, un hombre
ya maduro con el que conversa y del que se sabe poco sobre su pasado. Aunque la
acción transcurra entre 1996 y 1999, en la narración se producen (especialmente
en 1999) constantes retrocesos a los años '70 y '80. A través de las indagaciones
realizadas por Antonio, se refiere la
genealogía familiar (abuelos y padres) de Ricardo,
así como también el mundo doméstico de este insondable personaje, es decir, el mundo
de su mujer Elaine y el de su
hija Maya, coprotagonistas de la
novela. La trama se articula como un constante y desordenada analepsis
(retrospectivas o flash-back) cuyas piezas Antonio
necesita reordenar en su cabeza para dotar de sentido a su vida, que se ha
visto alterada a raíz de su casual encuentro con Ricardo
en 1966. Porque la incipiente y distante relación entre ellos tiene un
punto de inflexión un día, cuando al salir de la Casa de la Poesía, la antigua
residencia del poeta modernista José Asunción Silva (cuyos versos se
integran al desarrollo de la acción), ambos serán tiroteados. Laverde, que había acudido allí para poder
escuchar una cinta de audio, muere y el protagonista resultará gravemente
herido.
Tras una larga temporada
hospitalizado, en 1998 Antonio se ve
impulsado a descubrir quién era en realidad aquel hombre que murió a su lado. Una
primera aproximación le lleva a la pensión donde vivió y a una patrona que
posee la cinta que Laverde escuchó poco
antes de morir: se trata de la caja negra de un avión comercial que acaba
estrellándose, muriendo todos los pasajeros: La cinta recoge la conversación de
los pilotos entre ellos y con la torre de control.
A partir de ahí, Laverde pasa a convertirse en auténtico
protagonista que, poco a poco se va desvelando, tanto a través de las pesquisas
de Antonio como también a través de su hija Maya, convertida en apicultora en una pequeña
hacienda, próxima al río Magdalena, que su padre le regaló a su madre: un auténtico
paraíso, según Elaine se la describe a su
familia en una de sus cartas.
Ambos van reconstruyendo, gracias a
un baúl de papeles diversos, cartas y recuerdos, partes de la personalidad de Ricardo Laverde, un apasionado de la aviación, encarcelado
durante 20 años en una prisión estadounidense, hecho que Elaine le ocultó a su hija, diciéndole desde niña,
que había muerto.
Tan intenso es el deseo de Antonio de comprender lo que tres años antes le había
sucedido en aquel atentado que se arriesga a perder la relación con su pareja y
su hija, pese a que según dice, sean la razón de su vida. Es un amor sin
excesiva pasión, narrado por alguien que huye de cualquier atisbo romántico. De
hecho, sus difíciles relaciones culminarán con el abandono de Ariel y Leticia
del domicilio familiar.
Aunque apenas se revela su vida
interior o privada, Antonio y Maya se juzgan producto generacional de los inicios
de la Colombia del narcotráfico, cuando Laverde
viajaba en pequeños aviones cargados de droga al interior de Estados Unidos.
Por contra, se despliega con
bastante más profundidad la vida de una incauta Elaine/Elena y de los Cuerpos de Paz norteamericanos que
actúan en el interior del país colaborando en su desarrollo. En esta línea
argumental entra el personaje del cooperante Mike
Barbieri, uno de los instructores de Elaine
y, años después, colaborador de Laverde en
sus actividades delictivas. Quizá sea el personaje mejor caracterizado y desde
luego el que vive, por una parte, un simbólico proceso inicial de adaptación y otro
posterior de desapego al país.: y, por otra, un profundo amor por su marido, aun
conociendo sus actividades (de hecho regresa junto a él cuando sufre el
accidente mortal de aviación).
Resaltan en la trama dos guiños
autorales curiosos. Por una parte, la apreciación que Elaine
hace a sus padres sobre Cien años de soledad:
título exagerado y melodramático/.../ he tratado de leerlo, juro que he
tratado, pero el español es muy difícil y todo el mundo se llama igual. Y,
por otra, la visita de Maya y Antonio a las antiguas posesiones de Pablo Escobar, que incluía un zoológico, en ese
momento abandonado y custodiado por el ejército. Episodio que supone uno de los
fragmentos más logrados de la obra.
ESTILEMAS Y VOCABLOS
El ruido de las cosas
al caer puede
considerarse una novela compleja en cuanto a su estructura, narrada en tono de (falso)
thriller (político) y con toda una serie de capas que van más allá de la
mera anécdota: JGV utiliza una trama
poliédrica para dejar vislumbrar, sin que el lector apenas llegue a advertirlo,
el origen y desarrollo del tráfico de drogas en Colombia, adentrándose en un
mundo y un tiempo ingenuos, pero viciados. Pretende, en un primer nivel,
relatar una compleja historia sin desenlace, salvo el fracaso vital de al menos
dos generaciones, mediante el uso de varios tiempos que se van entrecruzando,
la sucesión de ambientes y paisajes y, sobre todo, un estilo siempre al
servicio de lo narrado. Nunca se adorna ni pretende deslumbrar, aunque bien es
cierto que no adolezca de momentos líricos
Sin duda, una de las
características capitales de la literatura de JGV
es el estilo tan particular de su prosa, donde las palabras fluyen y llevan de
la mano al lector. Como en ese fragmento en que describe el súbito proceso de
corrupción de los veteranos de los Cuerpos de Paz: esos lugares, donde unos
veteranos de los Cuerpos de Paz, que acababan de pasar tres años en el Cauca y
en Putumayo, se habían convertido de la noche a la mañana en expertos en éter y
en acetona y en ácido clorhídrico, y donde se armaban ladrillos de producto que
podrían alumbrar un cuarto oscuro con su fosforescencia. O aquel otro en
que Antonio transmite su enamoramiento al
hablar de lo que Aura está suponiendo para
él: Aura, aquella mujer extraña que se acostaba conmigo en las noches y
comenzaba a soltar anécdotas propias o ajenas, y al hacerlo fabricaba para mí
un mundo absolutamente novedoso donde la casa de una amiga olía a dolor de
cabeza, por ejemplo, o donde un dolor de cabeza podía perfectamente saber a
helado de guanábana.
Pero además de la cuidada belleza
formal, otro de los rasgos estilísticos del autor es el sentido del humor,
también presente aquí. Pese a los graves temas que toca, intercala detalles de
humor inteligente., como el nombre de la coprotagonista, Maya Fritts, que se dedica, cómo no, a la
apicultura; o el episodio, un tanto iconoclasta, en que Antonio se duerme durante la proyección de Simón del desierto, película de culto de Luis
Buñuel: había un ciclo de Buñuel, esa tarde daban, me dormí a los quince
minutos.
Por otra parte, como nos suele
ocurrir a los lectores españoles con la literatura hispanoamericana, los
americanismos propios del habla de la zona geográfica del autor tienden a
enriquecer, desde nuestro punto de vista comunicativo, el escrito. Como es
lógico, la singularidad terminológica de JGV
reside en el uso de modismos colombianos en los diálogos de los personajes o en
las descripciones del narrador. Sin duda resulta gratificante esa profusión de palabras
que, a la vez que nos suscitan cierta dificultad de comprensión lectora, despiertan
nuestra curiosidad y complacencia al comprobar la variedad del idioma en el
mundo; además de percibir la enorme musicalidad de buena parte de esas
palabras: aventón (acercar a alguien a un lugar), bañadera
(bañera), berma (arcén), remezón (terremoto suave),
ruana (poncho sin mangas), timón (volante), trancón
(embotellamiento), entre otros. También recurre a muchos anglicismos,
algunos adoptados tal cual, como coach (entrenador), joint (porro)
o site training (lugar de preparación para algo); mientras que
otros los utiliza con su correspondiente adaptación gráfica y fonética
españolas, como overol (mono de trabajo o de vestir),
palabra derivada de la unión en un solo vocablo de dos procedentes del inglés
('over' y 'all').
REMINISCENCIAS
Desde el mismo comienzo de la
lectura, La novela me ha recordado al Roberto Bolaño de Estrella distante (1996) por su acusado
paralelismo argumental y temático. Bolaño se
servía de un narrador anónimo para contar la penetración del fascismo y el
terror en Chile, a través de la historia de un misterioso y atrayente
personaje, Alberto Ruiz-Tagle, que en
realidad era un piloto (otra casualidad) de La Fuerza Aérea de Chile Carlos Wieder, al que se va desenmascarando a
medida que avanza el libro y va desplegándose su historia.
Pero la lectura de esta novela no
solo me ha llevado a pensar en Bolaño,
también me ha resonado a Gabriel García Márquez. Desde frases que
remiten a Crónica de una muerte anunciada
–1981– (El día de su muerte, a comienzos de 1996, Ricardo Laverde había
pasado la mañana caminando por las aceras estrechas de La Candelaria, en el
centro de Bogotá) o a Cien años de soledad
–1967– (Mucho más tarde, recordándolos para su hija o para sí misma,
Elaine tendría que aceptar), entre otras. A algunas construcciones
sintácticas, como las repeticiones de unas mismas frases para introducir
oraciones sucesivas con la intencional pretensión estilística de producir un
efecto rítmico, que evoca la escritura de García
Márquez:
Bien
lo sabía él.
Bien
lo sabía él, que acompañó a Ricardo (...).
Bien
lo sabía él, que estaba junto a Ricardo cuando (...).
Bien
lo sabía él, que ayudó con sus propias manos a (...).
Bien
lo sabía él, que vio despegar el Cessna y (...).
Bien lo sabía él.
Bien lo sabía él, que doce horas antes de llegar a (...).
De todos modos, el propio JGV suele repetir, cuando se le compara con Gabriel García Márquez (no hay que olvidar que una
parte de la crítica en sus comienzos le consideró como el nuevo García
Márquez): «ningún escritor colombiano que tenga un mínimo de ambición se
atrevería a seguir por los caminos ya explorados por la obra de García Márquez;
pero ningún escritor con dos dedos de frente despreciaría las puertas que esa
obra nos ha abierto, las libertades que nos ha heredado.»
Si bien la estela de la novela no
se reduce a García Márquez, sino que se inscribe
en el marco de la literatura colombiana, a la que JGV
claramente homenajea. Homenaje que, aparte de las alusiones que hace al premio
Nobel y a su obra cumbre, se manifiesta en las referencias directas a consagrados
escritores colombianos como León de Greiff; Aurelio Arturo, poeta
al que hace referencia en la última de los seis partes que conforman el libro;
o José Asunción Silva, cuyos versos (pertenecientes a su poemario
Nocturno III –1891–) van
entremezclándose con la audición privada que en ese momento Ricardo Laverde está haciendo de una cinta de audio,
un instante central (y esencial) en el desarrollo de la trama. Una noche / una
noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas. (…).
POSTALES DESDE EL NARCOTRÁFICO
En cuanto a la temática del
narcotráfico y sus consecuencias, conviene resaltar la notable distancia que media
entre la novela de JGV y brillantes acercamientos
anteriores como son Leopardo al sol (1993)
de la colombiana Laura Restrepo, La
virgen de los sicarios (1994) del
colombiano Fernando Vallejo o El poder
del perro (2005) del estadounidense Don Wislow, por citar las más
sobresalientes.
La de Restrepo, considerada una de las mejores novelas colombianas sobre el narcotráfico, tienen como tema a dos familias enfrentadas cuyo motor es la venganza durante el momento de esplendor del tráfico de marihuana previo a la aparición de Pablo Escobar; abordados con un realismo con toques de superstición y magia como método literario: se puede decir que es una novela todavía cercana (y deudora) de la literatura de Gabriel García Márquez.
La de Vallejo, se acerca al mundo de las drogas, mafias y violencia que caracterizaron el Medellín de lo '.90 a través de un intelectual cincuentón que, tras 30 años ausente, regresa a su ciudad natal y establece una relación sentimental con un adolescente, que resulta ser sicario de las comunas populares de Medellín, lo que da pie a la recreación de la atmósfera de violencia y homicidio causado por las guerras urbanas del narcotráfico; escrita en primera persona oscila entre un estilo casi poético en alternancia con el descarnado y crudo lenguaje local y la jerga de los sicarios: novela más alejada de la estela de García Márquez y más próxima al thriller negro.
Finalmente, la de Wislow, inscrita en el thriller norteamericano con
elementos del literatura documental, cuenta las peripecias de una serie de
personajes relacionados con el tráfico de drogas, los cárteles y la violencia en México desde ambos lados de la ley, donde los límites siempre resultan difusos; al
tiempo que introduce una dura crítica a las políticas norteamericanas contra la
industria de la droga y a la permisividad que se tiene con organizaciones que
formando parte de la estructura criminal de los cárteles reconvierten sus
operaciones mediante la modernización.
La de JGV,
sin embargo, se centra en dos familias a las que el narcotráfico afecta profundamente
a través del miedo en un tiempo donde la violencia va cediendo paso a la
cicatrización de las heridas. En suma: un relato sobre el miedo contado con un realismo
reflexivo, que incluye breves y significativos momentos de evocación. El miedo a
salir de noche o salir a la calle; miedo de recordar; miedo cada vez que se ve
una sombra o se oye un ruido; miedo a que el cuerpo no responda; miedo del
futuro… Miedo a la vida. Miedo porque un buen día, paseando con un conocido por
Bogotá, desde una motocicleta unos sicarios les dispararon, matando al
acompañante y dejándole herido a él. Y luego el miedo como un eco permanente.
Ahí están plasmadas las tribulaciones
de una generación que durante su infancia y adolescencia padeció el horror de
la violencia del narcotráfico, y que intenta a desprenderse de él. Violencia
legal y también paramilitar: violencia del Ejército contra los cárteles y
contra el frente guerrillero, de éstos contra el Estado. Diez años, de la que apenas
parecen salir. Porque parece que todo ha finalizado ya: la guerra tal vez acabó,
pero el miedo y sus secuelas permanecen como cicatrices indelebles. Cuando la
violencia ha decrecido, cuando el ruido de las bombas y la metralla en las
calles solo es un recuerdo, El ruido de las
cosas al caer supone un ejercicio de memoria histórica para los
colombianos y una advertencia para todos los demás sobre lo que ocurre cuando
nos dejamos llevar pensando que con pequeñas trasgresiones, pequeñas cesiones
de derechos nada puede pasar. Ese es el valor de la literatura: mientras la
memoria se va desvaneciendo, las obras literarias permanecen como testimonios
elocuentes del presente que vivimos.
OTRAS CAPAS, OTROS TEMAS
En otro nivel, JGV toca un tema infrecuente, y para mí poco
conocido más allá de la canción Who Needs the
Peace Corps? de Frank Zappa (corte del álbum We’re Only in It for the Money de 1968): el relativo a los llamados Cuerpos
de Paz norteamericanos, creados en 1961 por el presidente John Fitgerald
Kennedy: [la historia] comenzaba en agosto de 1969, ocho años después de
que el presidente John Fitzgerald Kennedy firmara la creación de los Cuerpos de
Paz. Esa entidad formada por jóvenes voluntarios que se desplazaban a
países en desarrollo para mejorar la vida de sus ciudadanos. Aquí representada
por Elaine, que llega a Colombia en 1969
formando parte de una de las remesas de aquellos jóvenes idealistas. Paradójicamente,
al estar muchos imbuidos de antiamericanismo por su oposición a Richard
Nixon y a la sangrienta guerra de Vietnam, en muchas ocasiones hicieron
causa con los campesinos colombianos y colaboraron con ellos en la mejora de
los cultivos de marihuana para que su rendimiento fuese mayor (caso de Mike Bandini, otro personaje de Los Cuerpos de
Paz:). Y lo mismo hicieron, instruyéndoles en la fabricación de la pasta de
coca, cuando la droga solicitada por los narcotraficantes desde USA fue la
cocaína.
Por otra parte, la novela ofrece, a
diverso nivel, abundantes detalles sobre la vida y la historia de Colombia:
desde la mención a algunos de los asesinatos políticos ejecutados por sicarios de
los narcotraficantes, como Pablo Escobar al que se hace referencia en
varias ocasiones: Yo tenía catorce años esa tarde de 1984 en que Pablo
Escobar mató o mandó matar a su perseguidor más ilustre, el ministro de
Justicia Rodrigo Lara Bonilla. Narcotraficante que, además de
indudablemente temido, era también apreciado por muchos compatriotas (algunos
de los cuales trabajaban para él). Entre las referencias a este personaje, la
novela recoge una anécdota poco conocida fuera de Colombia y que da la medida
de la colosal cantidad de dinero acumulada por Escobar
con el tráfico: Era la Hacienda Nápoles, el territorio mitológico de Pablo
Escobar, que en otros años había sido el cuartel general de su imperio y había
quedado abandonada a su suerte desde la muerte del capo en 1993. La
Hacienda Nápoles contenía una reserva zoológica con animales de todas las
procedencias del mundo, que era visitada por excursionistas de todo tipo, niños
incluidos
Otro aspecto, claramente reflejado
e íntimamente relacionado con ese ambiente generalizado de violencia que vivió el
país, reside en el progresivo proceso de envilecimiento de la ciudadanía, cuya
manifestación palmaria fueron las toleradas y generalizadas mordidas,
tal como se deja cuando las pesquisas indagatorias que realiza Antonio solo se hacen posibles dejando unos pocos
billetes en manos de policías y funcionarios públicos. Por contra, la novela no
hace referencia a las guerrillas y grupos paramilitares que han venido condicionado
la vida del país durante décadas. Guerrillas que abiertamente sufragadas mediante
del tráfico de drogas. Tampoco hace referencia a la implicación que los señores
de la droga, como la del propio Escobar,
en esos movimientos guerrilleros. Sobre todo, teniendo en cuenta que el tráfico
de drogas resulta esencial para el desarrollo de lo que les ocurre a los
personajes (tanto a la pareja Elena-Ricardo, como después a Maya
y Antonio). Habrá que esperar más de un
decenio para que, de la mano de la historia del cineasta colombiano Sergio
Cabrera y su familia, JGV entre de lleno
en la revisión del mundo de la guerrilla colombiana con (la que posiblemente
sea su mejor novela) Volver la vista atrás
(2024).
Ahora bien, un aspecto muy bien
recogido es la plasmación literaria de su ciudad natal, Bogotá, que la
convierte en un espacio dramático con matices que responden más a la
caracterización de un personaje que a la descripción de un mero telón de fondo.
El ruido de las cosas
al caer es una
novela compleja de sugerentes cabos sueltos, pues no cierra los temas, permitiendo
que el lector conjeture más allá de lo que se le relata. Una posible clave de
lectura la proporciona el propio autor cuando dice que Recordar cansa, esto
es algo que no nos enseñan, la memoria es una actividad agotadora, drena las
energías y desgasta los músculos.
¿Qué ruido hacen las cosas al caer?
Depende de qué sea lo que cae. El estruendo de un avión al caer es terrible, en
esta novela donde caen varios aviones. El primero, en 1938, en una exhibición
aérea, donde un héroe de la aviación colombiana intenta hacer una pirueta y
estrella su avión, hiriendo en el rostro al padre de Ricardo
Laverde. Otro avión es el que hace estallar Pablo
Escobar creyendo que en él viajaba César Gaviria, heredero de los
ideales de Lara Bonilla, un juez que se opuso a Pablo Escobar y fue
asesinado. El tercero es la clave (por a quién lleva y a quién afecta) de la
novela: cae alrededor de la página 83 y no deja de mantener su eco hasta el
final. Es al que alude el título: Es el ruido de las cosas al caer desde la
altura, un ruido interrumpido y por lo mismo eterno, un ruido que no termina
nunca, que sigue sonando en mi cabeza desde esa tarde y no da señales de querer
irse, que está para siempre suspendido en mi memoria, colgado en ella como una
toalla de su percha. / Ese ruido es lo último que se oye en la cabina del vuelo
965.
«Colombia
produce escapados, eso es verdad, pero un día me gustaría saber cuántos de
ellos nacieron como yo y como Maya a principios de los años setenta, cuántos
como Maya o como yo tuvieron una niñez pacífica o protegida o por lo menos
imperturbada, cuántos atravesaron la adolescencia y se hicieron temerosamente
adultos mientras a su alrededor la ciudad se hundía en el miedo y el ruido de
los tiros y las bombas sin que nadie hubiera declarado ninguna guerra, o por lo
menos no una guerra convencional, si es que semejante cosa existe.»

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