miércoles, 28 de enero de 2026

EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES

 «EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES»
Tatiana Ţîbuleac (2017)

«pero los recuerdos, como todas las cosas buenas, son caros»

 

VIENTO DEL ESTE

Los países del este de Europa siguen ocupando un lugar destacado en el panorama literario internacional, la calidad y relevancia de sus autores y obras no deja lugar a dudas de su nivel literario. Pues bien, hace nueve años la moldava Tatiana Ţîbuleac ha emergido de ese marco con su primera novela, «EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES» (2017), obra de gran calidad y profusamente galardonada (con el Premio de Literatura de la Unión Europea, entre otros).

La autora, que dice haberse inspirado en un verano que pasó con su propio padre y nieto para explorar el amor y la percepción de la vida. explora en esta novela emotivamente cruda la relación compleja y dolorosa entre un hijo y su madre, marcada por el resentimiento y la pérdida de su hermana pequeña, culminando en un verano de reconciliación ante la enfermedad terminal de ella, a través de una prosa intensa y poética que usa el color de los ojos de la madre como metáfora central de su turbulenta historia.

Pero, quién es esta novelista, que también ejerce de traductora y periodista. Tatiana Ţîbuleac () nació en 1978 en Chisináu, Moldavia. Estudió periodismo y comunicación. Trabajó como periodista escribiendo la columna Historias verdaderas en el prestigioso diario rumano Flux y haciendo reportajes para la televisión.

Su primer libro, Fábulas modernas (2014), es una colección de 50 relatos breves e intensos (que hasta la fecha no se ha traducido al español) sobre la migración y la vida lejos del hogar, abordando el desarraigo y las relaciones con una enfoque sentimental y destemplado. El libro tuvo su origen en varias publicaciones en Facebook, con el propósito de inspirar a las personas que vivían lejos de su hogar y presentar la migración desde una perspectiva diferente. Las opiniones y debates generados en la red social hicieron del libro un fenómeno de los más populares del año en el país.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2017), su primera novela, ha recibido varios premios, entre los que destacan el otorgado por la Unión de Escritores Moldavos (y la revista literaria rumana Observator Cultural) que le supuso el salta a la fama: en Bucarest llegó a hacerse una obra de teatro de la novela. La crítica destacó la poesía que destila el estilo descarnado de la autora. En 2018 publicó su segunda novela, Jardín de vidrio, por la que le concedieron el Premio de la Unión Europea de Literatura. Actualmente trabaja como periodista y vive en París.

DE REPENTE, EL ÚLTIMO VERANO

Con una trama aparentemente simple (un pintor en crisis creativa que revisita el último verano junto a su madre en un pequeño pueblo francés), TŢ compone un viaje íntimo a los rincones más escondidos de la culpa y la reconciliación.

Comienza con el viaje que la madre, para festejar su 39 cumpleaños, emprende hacia un pueblo francés, donde abruptamente cambia su forma de ser (apática y deprimida) hacia su hijo Aleksy, que sufre una enfermedad psiquiátrica que le imposibilita mantener la calma y no logra concebir el encierro con una madre a quien dice odiar. Los primeros días los vive ensimismado, pero es tal el aburrimiento que decide participar en las actividades que su madre propone: pasean, bailan, conversan, ríen. Día a día la actitud del hijo hacia la madre va cambiando según va conociendo secretos que ella ha guardado y se remonta a los recuerdos que tiene sobre su primera infancia, su padre ausente, su fallecida hermana Mika y la falta de ternura materna. El cambio es tal que Aleksy va pasando del odio al amor: se va encontrando bien con su madre, con sus palabras, con sus caricias, con su demorado afecto. De este modo, un verano que pretendía anodino termina siendo un verano inolvidable.

Así lo escribe un Aleksy adulto, convertido en un reconocido pintor que sufre un pertinaz bloqueo artístico. El motivo de tal escritura es la recomendación de su psiquiatra para intentar solucionarlo. A través de este regreso al pasado, reconsidera su infancia, su concepción de sí mismo y de su entorno familiar y con ello va a recuperar el recuerdo de la figura materna y de sí mismo: Estos recuerdos son mi parte más valiosa, la perla deslumbrante nacida de una ostra hueca. El brote verde de la carroña humana que soy. A veces, cuando pienso en la muerte y me pregunto qué pasa con las personas después, a continuación, al final… los recuerdos son mi respuesta. El paraíso, para mí al menos, significaría vivir una y otra vez aquellos pocos días como si fuera la primera vez.

La historia está por tanto escrita en primera persona por ese pintor famoso (narrador subjetivo), que recuerda (el verano en que su madre tuvo los ojos verdes) cuando era un adolescente con problemas mentales (Mi enfermedad tenía un nombre de dieciséis letras) ingresado en una escuela inglesa para alumnos con problemas de salud mental; donde tenía sus dos mejores amigos, Jim y Kalo, con los que planeaba hacer un viaje iniciático a Ámsterdam; cuando su madre le propuso un trato: pasar el verano juntos en Francia a cambio de un coche y otros regalos.

Durante ese verano que pasan juntos, Aleksy va a descubrir que su madre padece un cáncer terminal y le quedan pocos meses de vida. Él, que ha deseado su muerte, afronta ahora tal encrucijada. Es así como este postrero tiempo compartido se convierte en una oportunidad para el diálogo, la comprensión y la regeneración. En ese breve lapso, Aleksy va reconstruyendo el verdadero ser de su madre, reconociendo que no es la madre fracasada que suponía, sino una mujer bella, con humor y capacidad de amar, con deseos e inteligencia y, por supuesto, con unos hermosos ojos verdes (lo que más va a extrañar cuando no esté). Aleksy va a comprender por primera vez que su madre no es solamente la mujer desabrida que lo relegó cuando más la necesitaba, sino también una mujer que logró sobreponerse a la pérdida de su hija pequeña, en un accidente del que el libro apenas habla.

EL FACTOR HUMANO

En esencia, de lo que habla la novela es de dos personajes (con la encarnadura de personas), un hijo y su madre que esperan la muerte de ella como si se tratara de un nacimiento; y en esa espera, sin énfasis alguno, comienzan a reencontrarse. La manera en la que narra sin apenas acción pero con potentes descripciones, el tema central que se intercala entre los capítulos (Los ojos de mi madre lloraban hacia adentro / Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos) y la caracterización de esos personajes hacen de la novela una obra conmovedora, alejada de toda sensiblería.

No son unos protagonistas tiernos y perfectos, ya que los muestra como individuos reales (por más que duelan o se hagan incómodos) tanto por la caracterización que de ellos se hace como por su evolución. Así, por ejemplo, siendo Aleksy un artista muy reconocido por sus pinturas, la forma de escribir sus recuerdos tiene detalles artísticos o quizás poéticos que le dan un toque especial. Por eso, la forma en que percibía los ojos de su madre, como si a través de ellos pudiera ver el reflejo de lo que sentía ella, no resulta cursi o absurdo, pues responde a su caracterización como personaje.

La familia de Aleksy, inmigrantes polacos que viven en Londres, está representada como una familia disfuncional: un padre violento que abandona a la madre y al hijo, una hermana muerta, una madre demasiado herida como para hacerse cargo del padecimiento de su otro hijo y una abuela ciega y muy especial. Una semblanza que linda en lo melodramático, pero que el narrador sortea riéndose, por momentos, de sí mismo y evitando dejarse contagiar por la retórica del dolor.

Junto a ellos despliega toda una serie de personajes secundarios que sirven para matizar o reforzar la mirada del narrador. Caso de Moira, la pareja de Alexy a la que conoce en ese verano francés; o de sus amigos adolescentes, Jim y Kalo, compañeros de escuela y aquejados también de alguna enfermedad mental; o Karim, el inefable tendero, mezquino y generoso a partes iguales. Otro tanto se puede decir de los episódicos que dotan de una atmósfera nostálgica a aquel verano. Desde los vecinos del pueblo: John, el casero borracho; la señora de los conejos; Odille, la entrañable panadera; Ra, el atractivo monitor de canoa del lago; a la evanescente Jude, objeto de su deseo adolescente. Sin olvidar a los que pueblan su vida adulta: María, la mujer que le cuida; Sacha, el asistente médico convertido en su secretario para todo; el psiquiatra… En fin, todo un entorno humano que hace la trama más creíble y amena.

NARRADOR AIRADO

Pero sobre todo, ŢT ha creado un protagonista difícil de olvidar: perfectamente construido, con unos desequilibrios mentales que no sólo emocionan o repugnan por igual, sino que también ayudan a entender la soledad del diferente y como el arte, en ocasiones, actúa como la única forma de comunicarse con un mundo en el que, individualmente, ha dejado de existir (aunque sea una pastilla que palia pero no cura). Lejos de mostrarse políticamente correcta, se atreve a presentar sin ambages qué puede pensar y sentir un muchacho con un trastorno mental cuando se sabe víctima de malos tratos y abandono por parte de quienes debieron amarlo y cuidarlo.

La autora plasma como el chico jamás se lo dice a la madre, sino que se lo guarda y lo vuelca en su relato años después. Detalle crucial por cuanto implica que no existe sentimiento de venganza sino la necesidad de expresar por escrito su legítimo dolor. Así la historia narrada desde la perspectiva de los recuerdos de Aleksy, ese joven marcado por el resentimiento y el dolor, especialmente hacia su madre (que poco a poco se va entendiendo) y una enorme sensación de abandono. En ese verano, acomete una doble reparación: regenerar la relación con su madre y superar la dramática muerte de su hermana pequeña, raíz del desastre, del desequilibrio mental y del caos familiar: Mika murió de frío al extraviarse un invierno, con tan solo 5 años, y aquello sumió el mundo de la familia en la postración.

Lo primero que conocemos del personajes es esa rabia no siempre contenida que lo ciega, ese rencor por una madre que lo desatendió y con la que apenas habla. Con una hermana muerta, un padre que se marchó y una madre ausente, Aleksy se ha criado con su abuela. De hecho, llega a afirmar que las únicas mujeres que lo han querido han sido su abuela y su hermana. Es decir, Aleksy tiene detrás el sufrimiento de todo lo que ha vivido, sobre todo por culpa del comportamiento de su madre: Me costaba bromear con alguien con quien apenas había hablado en los últimos ocho años. Alguien que me había apartado de un puntapié como a un perro cuando yo estaba dispuesto a ser un perro solo por sus caricias. Frases de este tipo (u otras igual de duras) muestran sus emociones y dan rienda suelta a todo su dolor tal cual lo vive, sin edulcorar.

Porque en realidad nunca se ha sentido querido. Desde bien pequeño siempre se ha creído fuera de lugar, un hijo no deseado en aquel núcleo familiar disfuncional a la sombra de una hermana adorable que, por desgracia, fallece. Su padre es el ausente, el que nunca está, el que un día hizo las maletas y se largó de casa: En la contribución de mi padre no quería ni pensar. La idea de mi padre me hacía vomitar. (…). Mi padre también me habría matado a mí si no hubiera estado seguro de que me moriría enseguida.

Figura fantasmal que contrasta con la de su madre, que queda bien clara desde el primer párrafo: «Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba a la puerta de la escuela como una pordiosera. La habría matado con medio pensamiento. Con solo 5 frases ŢT ha presentado a su narrador. Un adolescente con problemas psiquiátricos (que se acentúan cuando deja la medicación), mal estudiante y cuya única preocupación es el viaje con sus amigos. Un joven que no oculta su enfermedad y que observa a su progenitora con una mirada perturbada y exasperada, como a través de un espejo deformado que le devuelve el reflejo de alguien con todos los defectos posibles.

Es el último día de clase, y la madre acude a recogerlo a la puerta de la escuela. Decide retratarse más de una hora mientras la contempla desde la ventana, sufriendo con la espera: la autora aprovecha para describirnos el carácter del lugar y para mostrarnos de una forma indirecta las zonas más oscuras de su personalidad. El carácter y circunstancias de Aleksy quedan, de esa forma, configuradas: En el segundo piso, junto al despacho de la psiquiatra, me detuve y garrapateé con las llaves, en la pared, ʺPUTAʺ. Si me hubiera visto alguien, le habría dicho que era mi agradecimiento por todos aquellos años de terapia.

No obstante, siguiendo los preceptos clásicos de la narración, el personaje cambia, hay un tránsito que el lenguaje acompaña: la vida de Aleksy avanza y la crudeza se vuelve más amable. El Aleksy adulto y desequilibrado escribe una narración inestable porque sus recuerdos van desde el desafío adolescente a la comprensión de la madurez, con saltos constantes de atrás hacia adelante y viceversa: a medida que avanza el relato (sobre todo a partir del momento en el que la enfermedad de la madre irrumpe en su vida) se va produciendo un cambio paulatino.

RASGOS DE ESTILO

ha contado en algunas entrevistas que escribió la novela en dos meses, lo que significa un ritmo de escritura enfebrecido, que no ha restado calidad al escrito, por el contrario la novela es un claro ejemplo de habilidad narrativa, de personalidad literaria y sobre todo de un diestro manejo de las emociones.

En efecto, estilísticamente la novela se caracteriza por el uso de una voz narrativa fragmentada, la de un Aleksy adulto y desequilibrado, que escribe una narración inestable, de capítulos cortos (algunos de ellos seguidos/precedidos por esas frases-verso que celebran esos ojos verdes del título) y saltos temporales. Alternando pasajes del pasado con el presente el joven narra en primera persona los hechos acontecidos durante el último verano que pasa con la madre, así como los que ocurren años después y los que vive en el momento actual. Saltando en el tiempo, la narración juega con las temporalidades, en ocasiones habla del presente, en ocasiones del pasado y sobre todo habla desde el recuerdo: eso que estuvo antes, pero que sigue vigente, creando una especie de laberinto temporal. La autora tiene la capacidad de hacer mirar hacia atrás y hacia adentro, revisando las miradas que nos constituyen como individuos en el mundo. La arquitectura textual, a golpe de retrospectivas (analepsis) y anticipaciones (prolepsis), junto a la técnica del racconto (retrospectiva prolongada hacia un momento largo del pasado de la narración que se relata de forma entera, incluso aportando detalles significativos), añade un gran dinamismo a este texto sobrecogedor.

El lenguaje por momentos lírico, que junto al estilo de escrito (la voz narradora no es oral, sino escrita) subjetivo de un personaje conflictivo que se expresa de forma directa y llana, consigue aligerar el dramatismo que encierra la historia, sin convertirla en un texto sombrío. Es esa alternancia de pasajes de prosa delicada y cuidada con momentos descarnados tratados con sencillez dotan a la novela con un efecto turbador.

La narrativa de es ágil y fluida, debido en parte por la estructura de la novela: 77 capítulos muy cortos (lo que hace la lectura ágil y fluida), algunos auténticos microrrelatos y otros (nueve: 4-11-18-24-28-33-49-55-63) brevísimos, poéticos, de una sola frase en una sola línea, casi un aforismo, en los que Aleksy trata de describir los ojos de su madre: «Los ojos de mi madre eran cicatrices en el rostro del verano. Hilvana así el desarrollo en torno a esa metáfora central: los ojos verdes de la madre como símbolo recurrente de esperanza, vida y la parte más pura de su vínculo materno-filial, contrastando con la crudeza de su relación. Porque Aleksy, que cuenta de forma directa algunas cosas muy duras, en otros casos recurre a metáforas y sutilezas.

Esa alternancia de crudeza y lirismo dota a la prosa de de una cualidad directa, sin maquillar el dolor. A través de un lenguaje crudo y poético, que sigue las impresiones y los pensamientos tortuosos del narrador , despliega originales metáforas no exentas de humor: Mi madre parecía una planta de interior sacada al balcón. Yo parecía un criminal lobotomizado. Éramos, al fin, una familia. Porque los elementos determinantes para entender tanto la historia como el estilo de la autora radican en su manejo de lo sensorial (hace sentir las sensaciones que tienen los protagonistas cuando van al mercado, a la playa, beben, comen o fuman...), lo poético, lo emotivo y en especial, lo metafórico.

Así se va construyendo una historia fragmentada donde el narrador va entregando su historia a trocitos, a trompicones, de forma que hasta varias páginas después, cuando aparece algún detalle asociado, no se tiene constancia de la envergadura de lo que ha contado. Algunos capítulos se inician con párrafos que no continúan lo que venía contando el anterior, con virajes a un presente que es futuro, desde un pasado que fue presente y a veces futuro. En este narrador y su forma de narrar reside el atractivo de la novela: en lo (aparentemente) imperfecto, en lo (buscadamente) abrupto. Aunque, claro está, todo tienen un sentido, que no es aleatorio; lo que busca (y consigue) es generar intriga y el deseo de seguir leyendo.

ASÍ SE CUENTA

El capítulo de apertura comporta una crueldad y brutalidad especiales. El primer párrafo del texto expresa sin ambages los sentimientos de Aleksy en esos momentos: Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años.

En el segundo se descubre desde dónde se está narrando lo que se va a leer: Hasta el día de hoy, cuando soy casi tan viejo como ella aquel verano. Más adelante, se aclara que los sucesos ocurrieron 14 años antes cuando el narrador contaba 17 años) y que toda la novela es una gran analepsis (recurso narrativo que interrumpe la secuencia cronológica de una historia para retroceder a un suceso o escena del pasado) que alberga otras más pequeñas en su interior. Porque la novela va remontado un flujo narrativo, contada desde el presente por la voz espontánea y directa de Aleksy, que por indicación de su terapeuta centra sus recuerdos en aquel último verano que pasó con su madre. La novela se plantea, por tanto, como un ejercicio de memoria y de escritura terapéuticos. Pero la forma en que la novela va a ir tomando cuerpo la va a ir convirtiendo en una obra casi lírica.

Desde aquí, empiezan a desgranarse unos recuerdos acerbos en su crueldad e inspirados en su delicadeza. Recuerdos procedentes de la memoria de un joven que, al inicio, odia intensamente a su madre: la considera culpable de numerosas negligencias, desde el rechazo que le ha mostrado durante mucho tiempo, a la peor, quizás, la muerte de Mika, su hermana pequeña. Demasiadas culpas para una existencia marcada por la enajenación y el abandono.

La novela continúa con el choque entre el carácter de la madre, que intenta recuperar el amor del hijo, y lo que el propio hijo piensa de sí mismo y de la vida que ha tenido hasta ese momento. Al padre le dedicará página y media en el capítulo 3, para después abandonarlo. En ese capítulo, Aleksy habla con dureza y desapego de él: En la contribución de mi padre no quería siquiera pensar. La idea de mi padre me hacía vomitar. Un padre que, según él, no hubiera dudado en matarlos, a él y a su madre, si no temiera a las consecuencias. Al final obtuvo un divorcio ventajoso que le alejó de ambos. Mas, de repente, en mitad de esas infamias, aparece la primera manifestación lírica del texto mediante una reflexión del chico sobre los ojos verdes de su madre, unos ojos verdes tan bonitos que parecía un despropósito malgastarlos en un rostro fermentado como el suyo. Y a continuación, el primero de esa serie de esas frases que se intercalaran de forma poética, en el seno de una narración oscura: Los ojos de mi madre eran un despropósito.

MANERA DE ESCRIBIR

Queda, así, establecida la estructura de la novela. Esa fricción entre lo más terrible del dolor y del odio y lo balsámico de las percepciones del protagonista, breves y contundentes, junto a las referencias metaliterarias sobre la propia construcción del texto que está escribiendo.

El primer capítulo, de forma breve pero rotunda (una de las marcas de identidad de la narrativa de la autora) ha mostrado nítidamente los dos universos que van a colisionar. Y por si fuera poco, se robustece ese principio con dos apuntes más que advierten sobre el probable comportamiento conflictivo y peligroso del muchacho. La recomendación de Jim: mi mejor amigo, me saludó con la mano y gritó que no me suicidara en verano. Y la confesión de Aleksy que cierra el capítulo: Los siete años que había perdido allí a lo tonto (…) No había cambiado nada. Mika seguía muerta y yo todavía quería pegar a la gente. ha demostrado con este arranque que golpea al lector todo su potencial. Abre así un estado de alerta y ansiedad en la lectura que se mantiene hasta el final. Ese final escueto y tranquilo que pone broche mediante lo que no fue (y no lo que podría haber sido).

El libro arranca con una indolente y abrumadora violencia verbal, para culminar con una vínculo casi metafísico y sanador. Las primeras páginas son un grito desabrido, casi adolescente (que puede llegar a intimidar), pero que pronto revela su sentido: es el modo en que la autora hace que entremos en la cabeza de Aleksy, tal como se recuerda a sí mismo, sin filtros o condicionantes previos.

Porque la gran originalidad del libro reside, precisamente, en esa manera de escribir. Es como si la autora (y por tanto el lector) viviera dentro de la mente de alguien profundamente herido, alguien cuya salud mental está muy quebrantada y con muchos recuerdos extraviados. Mediante el uso del estilo, el tono, el ritmo y, sobre todo la caracterización del personaje a través del lenguaje, la autora consigue trasmitir al lector una plétora de emociones que incluso llegan a acongojar: amor enmudecido, frustración, olvido (en cuanto mecanismo de defensa), miedo, perdón póstumo (como refugio final).

La belleza reside en los detalles, en las frases contundentes, en los momentos de puro lirismo, como cuando el protagonista empieza a mirar a su madre con otros ojos, que le permiten, por fin, verla como un ser humano lleno de cicatrices.

Contada con un ritmo áspero, vivo y a la par confesional, recuerda la escritura de Jack Kerouac, J. D. Salinger o Charles Bukowski: por esa prosa, por cierta urgencia adolescente, por su desgarro desbordado. Como en ellos, su escritura es sencilla en apariencia, pero tiene enorme filo; la psicología de los personajes está cuidada, no hace falta dar grandes explicaciones; abundan los pasajes dolorosos que obligan a detenerse, a respirar hondo… Pero eso es, a fin de cuentas, lo que la literatura debería provocar: incomodidad, alivio, resistencia, vértigo, lucidez.

TEMÁTICA DE LOS RECUERDOS

Decía Stefan Zweig que «nada es más difícil de describir que el vacío, nada más complicado de ilustrar que la monotonía.». Pues bien, la trama de la novela, un pintor en crisis creativa que revisita el último verano junto a su madre en un pequeño pueblo francés, es uno de esas ocasiones: los días fluyen, pasan sobre esas vidas, en apariencia sin tocarlas, pero el tiempo cambia imperceptiblemente a las personas y el mundo que las rodea. La madre tiene que sentirlo en su interior, lo que ahora no se haga ya no se hará. El hijo lo fue sintiendo en su momento y lo siente ahora, cuando escribe sus recuerdos.

En esos recuerdos tiene especial significación la enfermedad, como hito de revisión de nuestra vida y de la de quienes nos rodean, aquí sustanciada en la simbólica ceguera de la abuela, en el cáncer terminal de la madre y, sobre todo, en el desequilibrio mental del narrador. El libro ofrece la visión de la enfermedad mental ligada al trauma, derivado de su vida en el seno de una familia disfuncional; interpelando así sobre la mirada que se adopta sobre las personas con enfermedades mentales, planteando que, quizá, a esas personas con trastorno mental el trauma les desintegró su mente (tal como, hoy en día, se está planteando como hipótesis plausible de la psicosis).

Una manera de tratar de recomponerla, aliviar el sufrimiento y resistir es gracias al genio creativo que emerge en algunos y les convierte en significativos artistas. Porque cuando hay dolor en algunas personas con talento suele emerger la capacidad para crear belleza, como las pinturas Aleksy y las obras de cientos de pintores y artistas a lo largo de la historia. En este sentido, resulta relevante la especulación sobre la relación del arte y la sanación: por una parte, Aleksy escribe sobre aquel verano como terapia para superar un bloqueo artístico, usando el pasado para entender su presente; por otra, él mismo advierte como sus garabatos formaban parte de la terapia que tenía que liberarme de las pesadillas ligadas a la muerte de mi madre, pero no solo no me liberaron, sino que, por el contrario, me las inflamaron como unas lentes puestas al sol.

Mientras que la muerte de Mika, como catalizador de la crisis familiar y del viaje emocional de Aleksy, sirve a la autora para reflexionar sobre el duelo y la pérdida. Cuando un ser querido o alguien muy próximo fallece nos cuestionamos si hemos quedado en paz con esa persona, si le dijimos lo que necesitábamos decirle o se nos ha quedado algo pendiente. El dilema es para quienes quedamos suspendidos en el duelo.

Por eso, el libro plantea la necesidad de hablar, de reconstruir la historia personal, familiar e íntima: no para justificar, sino para comprender. Pocas cosas hacen tanto daño como no haber hablado, como no haberse conocido. Los años pasan y las personas con las que se vive pueden volverse ajenas.

En relación con ello, la novela juega con la forma en que se recuerda y juzga a los padres. La figura materna se ha asentado incorruptible en nuestra sociedad, cuando en realidad las madres son seres de carne y hueso. Mujeres que como cualquier persona tienen una personalidad poliédrica, plagada de peculiaridades y una personalidad propia. No son perfectas y la actualidad literaria parece haberse dado cuenta por fin de esa realidad tantas veces ignorada. No son pocos los libros que ahondan y reflexionan entorno a su figura, a su concepto, a su cuerpo; ningún campo parece quedarse atrás en esos análisis. En este campo se sitúa este libro.

Una reflexión añadida es la de buscar refugio en los momentos felices del pasado para afrontar los del presente. En diversas entrevistas, la autora ha comentado que el pasado podría cambiarse, al menos en la forma en que uno se relaciona con él, a través de cómo uno decide recordarlo, por ejemplo. El protagonista dice revivir el verano con su madre cada día porque se lo prometió, pero lo que hace es pintar cuadros sobre ella como una vía para desahogarse y, tal vez, de mantener las buenas sensaciones de ese momento. Todo una reflexión sobre el tema de la percepción y la memoria.

Otro tema central, sin duda, es el del perdón, la capacidad de superar rencores y odios y procurar la reconciliación. Lo que, en una relación maternofilial, puede resultar incluso más peliagudo, dado que a nadie se quiere, ni se puede odiar tanto, como a una madre, como parece decir Aleksy en el primer capítulo. El perdón como regenerador, en cierto modo como el recuerdo, suscita emociones que pueden aliviar las heridas más dolorosas. Aleksy, respondiendo a la terapia marcada, al escribir acerca de ese último verano con la madre, recompondrá los momentos de dolor para, conectando con esos momentos de su adolescencia, lograr superarlos y ser capaz de seguir adelante.

Lo que queda claro es que, al tratar grandes temas literarios (la muerte, el dolor o las relaciones familiares en momentos extremos, etcétera), no edulcora el relato, no cae en la autocomplacencia de lo trivial o de lo cursi; al contrario, mantiene su escritura invariable, matizada tan solo por la efusión de sus recursos líricos.

EL EJE MATERNO-FILIAL

Pero el tema central que aborda con hondura y rigor es el de las relaciones maternofiliales a través de la observación del odio, amor, culpa y búsqueda de perdón entre madre e hijo. Porque, a lo largo del relato, la relación materno-filial experimenta una transformación, produciéndose un cambio en la mirada de Aleksy sobre la madre. Realmente el auténtico logro del libro reside en esa tarea subrepticia de ambos personajes por recuperar a la madre guapa y ya no ajena: ahí radica la función narrativa, el esfuerzo de la autora para mostrar los pasos que conducirán a una reconciliación conmovedora. El libro arranca con una enorme descarga de ira (en esa primera frase ya citada) y se prolonga en un recorrido turbador que sigue el crucial itinerario de Alesky desde el odio y el rencor hasta el (re)descubrimiento de la figura materna de la que tanto ha abominado.

Empieza accediendo a pasar el verano con su madre porque esta se encarga de prometerle algo material (lo funcional, que es el modo en que estos muchachos han aprendido a sobrevivir) para lograrlo, pues sabe que por motivos afectivos no lo lograría.

En el pueblito francés al que van, Aleksy descubrirá por qué le ha invitado a pasarlo con ella. Su madre le comunica, en mitad de un campo de girasoles, que padece un cáncer incurable y no va a sobrevivir el verano. Aleksy empieza a cambiar en el momento en que es consciente de que su madre lo necesita: comprende que están allí para que ella muera. Ese momento marca el antes y el después de su relación, que va a experimentar una serie de cambios (que componen el núcleo de la novela), añadiéndole un sentimiento de urgencia y melancolía. Porque la novela cuenta la transformación del vínculo madre-hijo, pero a la vez narra el pasaje de la vida a la muerte. Así cobra sentido que pudiendo escapar para reunirse con su dos mejores amigos en el tan esperado viaje de iniciación, elige quedarse a desayunar con su madre palomitas con cerveza (muestra palmaria del desastre que es la madre). Metafóricamente, los alimentos poco a poco se tornarán más sanos gracias a las compras en el mercado del pueblo (muestra de la progresiva madurez de Aleksy).

A medida que pasa el tiempo, comienza a notar cambios en su madre, tanto en su apariencia (reflejada en sus ojos verdes) como en su comportamiento: se vuelve más abierta y vulnerable, permitiéndole ver aspectos de ella que antes ignoraba. Comienzan a mantener conversaciones profundas, recuerdos, y momentos que nunca antes habían experimentado juntos. El auténtico viaje de iniciación será para Alesky un viaje estático en ese pueblo francés. Allí su personalidad desarrollará sensaciones, reducirá la distancia que lo separa de la madre e iniciará la senda de la responsabilidad con una epifanía que verbaliza en el (micro)capítulo 11: Los ojos de mi madre fea eran los restos de una madre ajena muy guapa

Aleksy, que siempre ha visto a su madre distante y fría, comienza ser consciente de su propia responsabilidad en la frialdad de su relación, así como de la sensibilidad y fragilidad de su madre. Un aprendizaje que se muestra en pequeños detalles que le hacen ver una madre menos estúpida o anodina de la que había representado desde el abandono y el desamor. En el fondo, ve que era una mujer con proyectos, ilusiones y sueños que se vieron desbaratados en el momento en el que se quedó embarazada (de él) sin quererlo y tras cometer el error de casarse con el padre, quien no resultó ni buen marido ni buen padre. La maternidad quebrantada, la personalidad ignorada por parte del hijo y sus constantes acometidas hacen que su historia quede totalmente oculta, al menos durante la primera parte. Algo que se corrige en la segunda, donde la poética se hace cada vez más relevante y ella y su vida (irónicamente, a punto de consumirse) toman protagonismo.

En esos meses de verano, Aleksy se acerca a su madre en un lento proceso de reconciliación, de relativo entendimiento y de perdón, a través de silencios, paseos al mercado, desayunos extravagantes, conversaciones y visitas a la playa. Proceso de redescubrimiento y reconciliación que incluye dolor y culpa, pero también empatía y amor. La relación entre ambos se transformará de cuidador servicial (que por dentro esconde gran ira) y madre vulnerable (que se aferra a la vida con energía), a vínculo afectivo subsanado donde el amor y el perdón (genuinos, sin presión externa) afloran, convirtiéndose en los ingredientes necesarios para tal reparación afectiva. Cuando se pregunta: ¿Por qué no había empezado mi madre a morir antes?, está indicando su necesidad de haberla recobrado antes.

OJOS Y TRANSFORMACIÓN

En ese verano de metamorfosis, Aleksy experimenta diversas transformaciones: ajustará su odio materno hasta convertirlo en amor y acabará por abrir la coraza en que se resguardó cuando falleció su hermana. Mientras, su madre va deteriorándose a causa del cáncer. Se produce un desarrollo paralelo entre su ruina física y su acrecentamiento maternal a los ojos del hijo. Aquí radica uno de los asuntos esenciales del libro, una relación causa-efecto entre ambos personajes. A medida que la madre entra en el declive, Aleksy va creciendo emocionalmente purgando sus zonas oscuras.

Ese proceso de transformación de la relación se certifica en las poéticas metáforas sobre los ojos verdes de la madre. Desde el inicio Aleksy hace énfasis en los ojos de su madre. Le empiezan pareciendo un despropósito; pero esta percepción va cambiando y con ella los sentimientos de odio y rabia iniciales se vuelven ambivalentes (odio-rabia / pena-ternura) para terminar transformándose en sentimientos de amor (un tanto indulgente) y perdón: Pasamos casi todo el día hablando sin parar, comiendo nueces y manzanas, pero sin decir lo esencial. Me separé de mi madre sin que ella supiera que la había perdonado. Ese verano Aleksy también encontró la ternura en la mirada de su madre.

Otra gran metáfora radica en la atmósfera de desenfreno en que ambos viven su último verano juntos: bebiendo y comiéndose la vida como si no hubiera un mañana (como es el caso, más allá de la metáfora) sabiendo que no habrá más experiencias compartidas...

Pero el verano no solo trae la reparación del vínculo afectivo, sino también la consciencia de lo que es perderlo y sufrir por ello: lo que supone sentir que tiene una madre y comprender que la perderá irremisiblemente. Tanto que el duelo le descompensará de su enfermedad mental. En efecto, si bien el verano ha constituido un periodo de sanación para Aleksy, la reconciliación ha llegado demasiado tarde.

Cabe destacar finalmente que todo este proceso no se da con un giro de 360 grados: «quizá sea ingenuo pensar que unos meses pueden cambiar una vida, pero creo sinceramente que puede suceder, que siempre hay tiempo para hacer las paces. Incluso puede suceder después de la muerte. Creo que estos son los mensajes del libro, la reconciliación y el perdón, que las cosas pueden repararse a pesar del tiempo y a pesar de todo, aunque sea en el último momento». Aleksy no acaba endiosando ni amando del todo a su madre (no concordaría con su temperamento). La autora equilibra sus nuevos sentimientos hacia su madre con su personalidad: así, por ejemplo, desea que se calle cuando habla demasiado; pero ya sin desear verla muerta y ayudándola a realizar todo aquello que desea y su enfermedad le permite.

Pero no todo es hermoso en esta historia. La sombra de la muerte se acrecienta con el paso de páginas y capítulos, y ni tan siquiera el paso del tiempo (que permite a Alesky convertirse en un desequilibrado artista de éxito) consigue alejarle de su recuerdo y de sus particulares demonios interiores. Porque, en el momento en el que más solo se va quedando, es cuando, paradójicamente, comienza a entender a su madre y a recuperar su cariño y su amor: Querencias harto efímeras, pues el verano pasa con rapidez.

AL FINAL, EL LECTOR…

Sin duda se trata de una historia provocadora e intensa, pero, afortunadamente, se aleja de las representaciones edulcoradas de la maternidad o de la relación afectiva, constituyendo una lectura fresca y emocionante que se lee de un tirón.

La autora no trata al lector como un niño, no explica todo con detalle, sino que va proporcionado elementos para que él mismo pueda aplicar el análisis y la intuición (sin que se vuelva algo complejo). Por ejemplo, no ahonda demasiado en el problema mental que tiene Aleksy, sus mismos pensamientos, actitudes y diálogos nos demuestran la falta de cordura. Simplemente con que su odio hacia su madre aumente por algo tan tonto como el vestido que lleva puesto ese día, da a entender que ese sentimiento no sea exactamente porque la madre lo merezca, sino que es tan solo un reflejo del odio que tiene hacia sí mismo, sus traumas y otras cuestiones psicológicas.

Asumiendo que la prueba del algodón de la verdad literaria es que no somos los mismos antes y después de la lectura, este libro la supera con creces. De ahí su conveniencia para estos tiempos complejos que vivimos y soportamos.

Finalmente precisar que, si bien podría pensarse que he desvelado mucho de la novela, he de decir que no es así. Esa es otra de sus cualidades: el libro contiene tal cantidad de asuntos que esta reseña apenas deja entrever algunos, solo he vislumbrado una exigua porción del hilo argumental y temático. En su engañosa sencillez el relato se ramifica en numerosos tentáculos, aborda multitud de cuestiones, desarrolla diferentes hilos narrativos.

«No —me dijo Moira asustada—, no escribas, Aleksy, por favor. Es posible olvidar los colores, las palabras, no.»

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GRAN BAR DISTOPÍA

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