miércoles, 14 de enero de 2026

LOS ALEMANES


«LOS ALEMANES»
Sergio del Molino (2024)

 


«Es sobre la Biblia, el pecado original. Shakespeare decía que significaba que «los pecados del padre recaerán sobre el hijo». Esencialmente, que somos responsables de los pecados de nuestros antepasados, y ellos son responsables de los nuestros.»
La quinta víctima (2018), J. D. Barker

ZARAGOZANO DE ADOPCIÓN

Sergio del Molino (Madrid, 1979) es un escritor y periodista cultural, autor de novelas y ensayos, zaragozano de adopción, que se reconoce tan desarraigado y apátrida como sus personajes. Ha publicado unos quince libros (de narrativa, ensayo y crónica periodística), entre los que destacan dos ensayos narrativos sobre la despoblación y "la idea de país" y que lo situaron en primer plano de actualidad, pues abrieron un debate social y político sobre la despoblación y el abandono rural: La España vacía (2016), que obtuvo el premio al mejor ensayo del Gremio de Libreros y el Premio Cálamo, además de entrar en las listas de "mejores del año" de toda la prensa cultural, y Contra la España vacía (2021). Con anterioridad había ganado los premios Ojo Crítico y Tigre Juan con la emotiva novela La hora violeta (2013), donde relata la enfermedad y muerte de su hijo, el pequeño Pablo; y, después, el Premio Espasa con Lugares fuera de sitio (2018).

Además, ha publicado otras novelas que han transitado fundamentalmente por la autoficción: Lo que a nadie le importa (2014) y La mirada de los peces (2017); así como el breve ensayo biográfico Calomarde. El hijo bastardo de las luces (2020); una autobiografía novelada sobre su relación con la enfermedad, La piel (2020); y Un tal González (2022) sobre la figura de Felipe González. Sergio del Molino (SdM) es columnista del diario El País y colaborador de Onda Cero Radio, entre otros medios. Sus obras han aparecido en más de quince países.

En Los alemanes brinda una novela más ortodoxa, aunque como veremos no lo sea del todo. Fue presentada al Permio Alfaguara con el título de El espíritu de la escalera y bajo el seudónimo de Patricia Bieger. Tras seis años consecutivos en que el Premio había sido otorgado a escritores latinoamericanos (desde del mexicano Jorge Volpi al peruano Gustavo Rodríguez), con él en 2024 volvió a recaer en un autor español.


 PARATEXTOS ENGAÑOSOS

Los paratextos del libro, tanto las citas iniciales como la especificación de la base histórica de la obra, ya suponen toda una declaración de intenciones. La primera de las citas corresponde a La paradoja del comediante de Denis Diderot y hace referencia a un concepto que motivo el título original de la novela y que se explica en su interior: Ya sabes a qué me refiero, l’esprit de l’escalier, esas palabras que se te ocurren cuando ya has salido de la habitación y estás bajando a la calle. Concepto que consigna la respuesta tardía, la que se nos ocurre cuando ya no hay posibilidad de réplica o reparación. Siguiendo tal pista podría pensarse que el libro va cuestionar la comunicación inconclusa y frustrada que no se puede retomar para decir lo que no se ha dicho.

La segunda corresponde a un párrafo de los Diarios de Franz Scubert, cuya vida y música aparte de generar numerosas referencias dentro del texto, constituye, vía Spotify (en la tercera página de paratextos: un código de barras), la banda sonora del mismo. Su música sobrevuela sobre la novela como mecanismo de inmersión cultural que pretendidamente sirve para entender el mundo cultural en el que viven los personajes: el propio SdM r dice haber escuchado mientras lo escribía, llegando a afirmar que ello ha dotado de un pensamiento musical a su manera de escribir. La cita hace mención al desconocimiento que tenemos de quienes nos rodean y que, como se verá es una de las bridas con la que SdM pretende ceñir la narración, pues la intenta fundamentar en el desconocimiento que se tiene de la propia familia.

La tercera, quizá la más importante, pertenece a Hannah Arendt, concretamente a su libro Eichmann en Jerusalén (1963): «Únicamente en sentido metafórico puede uno decir que se siente culpable no por lo que uno ha hecho, sino por lo que ha hecho el padre o el pueblo de uno. (Moralmente hablando, casi tan malo es sentirse culpable sin haber hecho nada concreto como sentirse libre de toda culpa cuando se es realmente culpable de algo)». Sea como fuere, de la cita se desprende que el libro va a tratar sobre la culpa, y no la culpa personal, sino la que se hereda.

Pero el autor vuelve a recurrir a Arendt dentro de la novela: conforme avanza, los soliloquios de los protagonistas desembocan en ese tópico contemporáneo de la banalidad del mal, tan recurrente (casi insistente), y no siempre justificado, en las últimas décadas. Loi cierto es que actúa como un motor argumental y permanece como uno de los principales ejes temáticos. Es más, uno de los protagonistas, profesor en la Universidad de Ratisbona, ha escrito un artículo sobre el libro de Arendt y va a descubrir en su familia a un tipo banal que, sin haber matado a nadie materialmente, tiene en sus manos la sangre de mucha gente, siendo también, igual que Eichman (forzada comparación mediante), un poco tonto: «Que no fuera el responsable máximo no le exime de culpa. Eichmann es un criminal en tanto que miembro de una organización criminal, y ni el más tonto y prescindible de los gánsteres puede alegar obediencia cuando juzgan a la mafia». Por lo que podría pensarse que la obra trata también sobre el mal.

En la hoja siguiente aparece un epígrafe histórico preliminar que, pese a su extensión, merece la pena reproducir: «El 2 de mayo de 1916, los vapores Cataluña e Isla de Panay atracaron en el puerto de Cádiz. Transportaban a seiscientos veintisiete alemanes procedentes de la colonia de Camerún, conquistada por los aliados en febrero de ese año en uno de los episodios menos conocidos y menos comentados de la Gran Guerra. En lugar de rendirse a sus enemigos, los alemanes se entregaron a las autoridades españolas en Guinea. España, como potencia neutral, los acogió como internados. Ya no abandonaron el país y se instalaron, sobre todo y entre otras ciudades, en Alcalá de Henares, Pamplona y Zaragoza. Pronto se harían famosos y serían conocidos como los alemanes del Camerún». Su inclusión lleva a pensar que, a partir de estos hechos, se va a desarrollar una novela histórica.

Sin embargo, aunque la trama va a partir de ellos, el salto hacia la ficción se hace viable cuando SdM traba relación con el abogado Pablo Bieger, nieto de uno de aquellos alemanes, como aclara en el capítulo epílogo (Una deuda y alguna gratitud), dedicado a quienes le ofrecieron los mimbres para escribir la novela a partir del material proporcionado por Severiano Delgado, bibliotecario de la Universidad de Salamanca, y por el propio Bieger. Y el vínculo se encontró en unos panfletos y discursos de Goebbels impresos en español para aquellos 627 alemanes que residían en la España franquista.

A partir de ahí, SdM inventó el contexto para la novela: «la historia cuenta el final de una familia en la actualidad, empieza en un cementerio alemán con la muerte del mayor de los tres hermanos, y los otros dos hermanos teniendo que enfrentarse a la revelación de un secreto que tiene que ver con su padre, con el pasado de la familia y que está muy vinculado con el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, con todo lo que fue los crímenes y el Holocausto; es una novela familiar con el trasfondo de las grandes violencias del siglo XX». El texto se presenta pues como una novela histórica y una saga familiar, pero el resultado final no es ni una cosa ni la otra. La propuesta es prometedora, pero como tantas promesas, queda incumplida. El texto está muy lejos de ser una novela histórica, pues si SdM pretende dar a conocer una parte desconocida de la historia de esos alemanes del Camerún, al finalizar el libro, el lector sabe tan poco de aquellos como al inicio. Igualmente inapropiado es, como veremos, ubicarla como una saga familiar, pues se reduce a mostrar quién era más nazi o quién debía sufrir la deshonra y cargar con el estigma del familiar fascista.


LA SOBERANÍA DEL LECTOR

La narración parte del hecho real (sintetizado en el paratexto mencionado) que, desde su juventud, interesó al escritor y que le llevó a investigarlo y publicar su indagación periodística en el ensayo Soldados en el jardín de la paz (2009). Ese episodio, fue «una fuente de inspiración literaria y de meditación sobre uno de los temas recurrentes de mi obra: el desarraigo y la identidad. De una forma u otra, la epopeya de estos desubicados está en todos mis escritos y me ha ayudado a entender mi propia desubicación». 

Ahora lo retoma en la novela, como punto de partida de una ficción que pretende ser un retrato creíble de una comunidad, bastante prospera y endogámica en sus comienzos, de españoles de nacimiento en sucesivas generaciones, pero aferrados en espíritu a un germanismo ya ha dejado de existir. Precisamente, ese es el drama íntimo de los personajes, pues el autor ha pretendido escribir una novela de personajes, en ellos está la esencia de la obra, teniendo como telón de fondo la historia reciente de España, de Zaragoza y de Alemania, que los condiciona y alimenta la trama de suspense, tan falta de matices como de profundidad psicológica aquellos.

Los alemanes se inscribe pues en esa corriente de novelas documentales (o de no-ficción) que utilizan materiales reales (históricos) respaldados por afanosos trabajos de investigación. Uno puede preguntarse el motivo por el que un autor consigna toda esa documentación como ʺnovelaʺ. La respuesta que se me ocurre es que eso le permite escamotear la subordinación a la verdad. Al exponer esos materiales como ʺnovelaʺ, el escritor prescinde del compromiso de someterse a la constatación de los hechos presentados, al quedar su estructuración y significación a disposición del autor-narrador. Como ʺnovelistaʺ, tiene la potestad de utilizar los hechos como quiera, excluyendo toda responsabilidad al respecto, pues ha dejado claro que se trata de una ʺnovelaʺ.

Ahora bien, frente a esta decisión autoral, también el lector puede mostrase liberado en el enfoque de su lectura: puede no aceptar este pacto unilateral que le plantea el autor y, obviando considerar la obra una ʺnovelaʺ, la lea como una ʺcrónicaʺ o como (en este caso) un ʺensayoʺ. Decisión que al autor ni le va ni le viene, impávido y seguro bajo el paraguas genérico y ético de la ʺnovelaʺ (donde cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia).


NOVELA CORAL DE INTRIGA

Argumentalmente Los alemanes (2024) se presenta como un dudable relato de suspense (thriller) con matices históricos, sociológicos e incluso políticos. La intriga radica en aplazar el descubrimiento, por parte de los hermanos protagonistas (y del lector) de los antecedentes filonazis del padre, que se remontan a su infancia y juventud, en las décadas finales del siglo XX. Pero como todo en la ficción, esa sujeción a la intriga conlleva rebajar la verosimilitud de la historia. Se pretende que el lector crea que una brillante política municipal (brillas porque entiendes el mundo mejor que otros) de Zaragoza (una ciudad provinciana, donde todo se sabe, y más en los círculos cerrados, como el de los alemanes de Camerún), y un profesor universitario germanista, especializado en la literatura judía de Alemania, hayan pasado su vida ignorando la vinculación activa de su padre con el neonazismo, su financiación de comandos terroristas en Alemania y su estrecha relación de mecenazgo con Léon Degrelle, el dirigente nazi refugiado en Málaga tras la guerra. Dicho así, no parece desde luego muy verosímil. Más teniendo en cuenta la propensión nazi a exhibir parafernalia y discurso, cuanto más en aquella España donde el neonazismo se expresó con impunidad.

Estructuralmente está escrita a modo de novela coral: la narración parte de la pretensión de que cada personaje tenga su voz, su mundo, su manera de expresarse, aunque con desigual importancia en el relato. Las voces de los protagonistas de forma polifónica se van a turnar para desvelar en primera persona su intervención en la trama, sus recuerdos, impresiones, sentimientos, conversaciones, reflexiones e intenciones. Cada capítulo, lo protagoniza uno de ellos (dando su nombre título al capítulo), que habla en primera persona de sí mismos y de su relación con los demás, proporcionando así una visión (a menudo contradictoria) subjetiva y parcial de los hechos

Recurso este de la pluralidad de puntos de vista que, aunque en principio, puede aportar una información contrastada y la posibilidad de introducir variados matices, conlleva también un evidente riesgo, la credibilidad de la voz narrativa, ese rasgo que hace creer al lector que cada voz es un personaje psicológica y narrativamente individualizado, por una parte, y «que la historia se la están contando realmente los descendientes de una de estas familias alemanas». Credibilidad que, en ambos casos, no está plenamente conseguida. 


HERMANOS SCHUSTER & CIA

La trama, ambientada en la Zaragoza de hoy (100 años después de la llegada de los alemanes del Camerún), cuenta la historia de tres hermanos (Gabriel, Eva y Federico) descendientes de una de esas familias que llevan varias generaciones en Zaragoza: los Schuster. Descendientes del bisabuelo, Hans, el Schuster primigenio, procedente de la colonia africana y fundador en la ciudad de una fábrica de salchichas, muy próspera en sus comienzos y que el padre dejó endeudada y obsoleta, pues no se había preocupado de modernizarla.

Una familia que, aunque se ha integrado plenamente en la sociedad zaragozana, siempre ha mantenido un fuerte vínculo con la cultura alemana, con su historia, tradiciones y especialmente su cultura. En realidad, los problemas que los protagonistas afrontan, y que constituyen el eje de la trama, siempre se relacionan con las contradicciones entre esas dos vertientes de su identidad: la española y la alemana.

Los tres hermanos, marcados por el peculiar origen de su familia y criados en un hogar disfuncional, odian al padre tiránico, Juan, que aunque está vivo, no es muy consciente de ello: no es más que una sombra, un personaje esquemático y tópico: irascible, ausente y nazi; y reniegan de una madre melancólica, Ana Higueras Wishental, ya fallecida, que se replegó sobre sí misma y no los protegió en la infancia y adolescencia: siempre al piano, siempre escuchando música clásica alemana (especialmente de Schubert), siempre ausente de las inquietudes de sus hijos y, a buen seguro, atemorizada ante el padre.

Los tres hermanos buscan su lugar en el mundo y dejar atrás ese pasado. Gabi acabó siendo un conocido cantautor roquero (Gabi Ese) de vida rebelde y disoluta. Eva es concejal del Ayuntamiento de Zaragoza y, apoyada por el alcalde próximo a retirarse, se ha convertido en promesa de la política a punto de dar el gran salto desde la esfera municipal a la nacional de su partido (que no se especifica, pero se supone sea el PSOE). Fede es un profesor un tanto amargado que imparte clases en la universidad germana de Ratisbona (Baviera).

Los tres hermanos buscan su lugar en el mundo y dejar atrás ese pasado. Eva es concejal del Ayuntamiento de Zaragoza y, apoyada por el alcalde próximo a retirarse, se ha convertido en promesa de la política a punto de dar el gran salto desde la esfera municipal a la nacional de su partido (no se especifica cuál, pero se supone sea el PSOE-Aragón). Fede es un profesor un tanto amargado que imparte clases de Filosofía en la universidad germana de Ratisbona (Baviera). Y Gabi acabó siendo un conocido cantautor roquero (Gabi Ese) de vida rebelde y disoluta.

La trama se inicia en el entierro de Gabi, su ausencia brinda la nota sardónica y confiere un cierto tono trágico a todo el libro, resultando un protagonista de rasgos imprecisos que se va perfilando a través de la visión de otros personajes, pero igualmente decisivo de forma indirecta en el desarrollo de la acción, porque el libro retrocede y avanza. En esas exequias están su amiga de infancia y adolescencia Berta Klein y otros miembros de la comunidad de descendientes de los alemanes del Camerún, y se produce el reencuentro de Fede y Eva. resucita en el recuerdo de sus hermanos y de su amiga Berta Klein,

A partir de ahí, comienzan las remembranzas, el desarrollo de la historia de la familia, contada siempre a través de monólogos interiores de los cuatro personajes-narradores. Durante años, Eva y Fede, a su modo, han abdicado de su pasado y vivido en relativa paz, pero con la sombra de la violencia que su padre ejerció (trasunto doméstico de la violencia del pasado alemán), mientras, en el presente, lidiarán con la herencia recibida.

El nudo narrativo se abre cuando dos israelíes, que han comprado el Real Zaragoza club de fútbol, irrumpen en la ciudad con intenciones especulativas y dispuestos a levantar la alfombra de la memoria desvelando las sombras que se esconden bajo ella. La aparición del israelita Ziv Azoulay, comprometido en turbios negocios inmobiliarios que requieren del apoyo político de Eva, complica aún más la situación, pues utilizará el pasado de Juan Schuster, para chantajear a sus hijos con el fin de lograr ese apoyo, lo que les obligará no solo a conocer ese pasado, sino también a lidiar con él.


ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA

Así, estructurada polifónicamente el relato sigue el peso espectral de los ancestros a través de monólogos y diálogos rememorados por los cuatro narradores: en gran parte por Fede (13 capítulos) y Eva (10), y en menor medida por Berta Klein (5) y Ziv Azoulay (4). En realidad, los dos hermanos son los protagonistas-narradores directos de la trama y a través de ellos vamos conociendo sus pensamientos y sus sesgadas opiniones sobre los otros. El tercer personaje protagonista es Berta (quizá el personaje mejor definido) esa antigua amiga de juventud de Gabi que, en el funeral, vuelve a ponerse en contacto con Fede. Lo interesante de Berta, aparte de algún diálogo que mantiene con Fede sobre un artículo de éste dedicado a Hanna Arendt (y su banalidad del mal que tanto ha interesado al personaje y al autor) es introducir un contrapunto familiar entre los Klein y los Schuster. Su abuelo, Oskar Klein, llegó a Zaragoza en 1916 con Hans Schuster. Sin embargo, la trama presenta como muy distintos a los dos hombres y a sus dos familias. Pues no en vano SdM ha destacado la importancia de la familia, «ese núcleo fundacional de tu vida que también puede ser terrorífico

Los Schuster eran de aquellos alemanes que no llegaron a poner la tricolor de Weimar, que consideraban una bandera de vendepatrias. Nunca aceptaron la república. Se habían mantenido fieles al káiser, cuyo retrato presidía el salón, pero abrazaron el nuevo Reich con una alegría avasalladora. Descolgaron a Guillermo y pusieron a Adolfito en su lugar, y Adolfito, encantado, los regó con marcos frescos. Sin embargo, Oskar Klein no simpatizaba con aquello, pero sus tintorerías dependían de los alemanes, no podía ponerse a mal con ellos. Fue nazi por posibilismo, no por convicción (evidente paradoja: ¿el posibilismo cae dentro de la banalidad del mal?). O al menos, así le ha llegado la historia a Berta, que la ha asumido y no piensa cambiarla: quiere que su mundo sea el que le dibujaron, con un abuelo muy distinto de los Schuster y el resto de los alemanes de la colonia zaragozana. Solo se conoce la versión de Berta (ventajas del narrador subjetivo…) y, de este modo, la historia de Oskar (Cuando volvió de Rusia), contada por ella, verifica el contrapunto a todo lo que los Schuster supervivientes van a descubrir acerca de su padre (quizá Gabi, el único con la capacidad y el valor de enfrentarse a su padre, ya la había descubierto), pues la trama actual hunde sus raíces en la historia familiar.

El cuarto personaje-narrador (que ejerce de antagonista) es el tiburón financiero Ziv Azoulay, un judío sefardita cazador de nazis y descendiente de otro, que se cree la reencarnación moderna del judío errante, al menos en cuanto al temor que produce en los enemigos de su pueblo (todo un personaje: ¡judío errante-tiburón financiero-cazador de nazis!).

Cabe apuntar, en el sentido estilístico el registro de los hermanos Schuster: se diferencia por ser más explícito y vulgar que el de los otros narradores: poniendo cara de correrse… / lo cabrón que era / puta madre / que sí, jode… Quizá como muestra de su herencia (¿?) la exteriorización de su mundo interior se muestra a veces grosera y brusca. Tal modo de proferir contenidos desde su conciencia en forma de confesiones no parece tanto una alternativa de caracterización como un mecanismo para concitar una interesada relación dialógica con el lector (supuesto receptor) y el resto de los personajes: así, por ejemplo, a través de este mecanismo habilita al Rapsoda, sacerdote laico que honraba el anticlericalismo del difunto sin ofender la fe de los asistentes durante el funeral de Gabi, para afirmar que había más curas y eran más feos y más sucios y se follaban a más niños… De ese modo que permite al narrador atribuir a un catolicismo viscoso (el de la ficción), un estigma (subliminal si se quiere) aplicable al catolicismo de la realidad con la salvaguarda de que solo se trata de ʺun juicio gratuito utilizado con licencia por uno de los narradores. 


PERSONAJES, EL TRAMPANTOJO

El principal problema de una novela coral es que sus personajes sean meras figuras funcionales. Precisamente el caso que nos ocupa, estamos ante unos personajes mensajeros de un discurso histórico-cultural denso y enfático, cuya integración en la narración resulta muy poco natural. La novela zozobra en la consistencia de los soliloquios y de los diálogos y el trabajo de documentación acerca de la cultura alemana, literaria, histórica y musical se diluye en digresiones más o menos interesantes, más o menos cargantes, más o menos justificadas.

En este sentido resulta paradigmático, para advertir el mecanismo de los monólogos que constituyen la novela, este pasaje que aparece en la página 316 como muestra inequívoca de incongruencia narrativa y estilística (las notas en rojo la señalan):

Subió después una de sus sobrinas, creo que Carmen, y entonó a capela un lied [¿a quién se dirige?]. Lo identifiqué pese a mi oído de piedra [Fede ha venido reiterando a lo largo de toda la novela su incapacidad y desinterés por la música]. Era Einsamkeit, es decir, soledad [¿para quién traduce?]. Mientras escuchaba la primera estrofa pensé en la belleza morfológica de la palabra alemana. Einsamkeit es un sustantivo que se construye a partir del número uno, eins. En español sería algo así como uniedad, la propiedad de ser uno. Aunque me gustaba descomponer las palabras compuestas, no solía prestar atención a las etimologías ni a la historia de las lenguas. Siempre me parecieron material de relleno erudito, la falsa poesía de los falsos poetas [¿a quién le explica todo eso?].

Aparte de la incoherencia reveladora del pasaje, está la de la consistencia narrativa: estando en el flujo de conciencia del personaje no se entiende todas esas explicaciones. Es decir, la novela no solo es cuestionable por su planteamiento artificioso (por no decir manipulador) del tema (lo que cuenta), sino también por cómo lo cuenta.

Buena parte del nudo de la novela gravita sobre el cuestionamiento de las aptitudes de los personajes y las posiciones que ocupan en la vida pública. En el caso de Fede, el contraste entre sus cualidades docentes e investigadoras en el desempeño de su carrera en la universidad de Ratisbona, y su plasmación narrativa como un personaje bastante simple y mediocre, reproductor de enseñanzas y lugares comunes de la cultura académica. Y en el de Eva, el discurso sobre la actividad política que la envuelve y justifica como personaje no pasa de una confortable visión idílica-populista de magazine de sobremesa.


NOVELA MALOGRADA…

La novela histórica, en cuanto narra hechos históricos, ha de fundir la realidad con la imaginación, de forma que el ensamblaje proporcione al lector una visión de la época, su mundo y sus hechos. Ésta sin duda no lo consigue, como tampoco logra el equilibrio (tan difícil de encontrar) en esa constante mezcla de peripecias y reflexión: lejos de ser una interesante saga familiar o un serio cuestionamiento de las relaciones de España con el nazismo, como narración resulta demasiado ensayística. Por otra parte, una novela que se pretende coral, con la plasmación de cuatro voces narrativas habría de observar una perfecta caracterización de las diferentes sensibilidades de los personajes, pero lamentablemente, esa polifonía, en este caso, tampoco se consigue, pues el lector apenas nota diferencias en las psicologías de los monologantes (en algunos capítulos, sin el título con el nombre del monologante, sería difícil diferenciarlos), solo se oye la voz de SdM reiterando tópicos sobre los que ya ha escrito muchas veces.

En realidad, la trama pone en escena toda una variedad de personajes y conflictos cuya lógica interna (plagada de clichés y contradicciones) falla: la novela no entra en materia, diserta sobre toda una variedad de temas e informaciones, proponiendo respuestas que solo sirven para sortear el cuestionamiento del pasado y sus ramificaciones en el presente (pese a advertir que el pasado se vuelve presente en cuanto lo tocas. No importa que no hayas intervenido en él, no importa lo inocente que seas o lo libre que te sientas).

En este sentido, cabe destacar ese intento fallido de construir un relato circular comenzando y terminando la novela con un entierro que, al mismo tiempo, sirva de contraste metafórico (confirmando el hilo argumental, apenas desarrollado a lo largo de la trama, de la contraposición dialéctica entre las dos familias: los Schuster y los Klein). Ambas pretensiones quedan en la más pura inanidad, no solo por el desarrollo narrativo, sino sobre todo por cuestión de estilo, pues junto a su perjuicio simbólico, están esos personajes de límpida figura que lloran como llora la tierra, sin darse importancia, dejando que el agua arrastre los sedimentos y que las civilizaciones florezcan mansas en sus orillas. Un inopinado final que raya en lo cursi, por no decir bochornoso.

Todo ello desarma un poco el Premio Alfaguara 2024, pues su verosimilitud se ve mermada y la narración de las relaciones entre Eva, Asteri, Fede, Berta, Rapsoda y Ziv se muestra como un relato que acusa inquisitorialmente, de tal manera que la anécdota hinchada de Los alemanes deja mucho que desear.

Aunque bien escrita, resulta una promesa incumplida: no solo se termina sin saberse casi nada de los alemanes del Camerún, sino que el interés de las primeras páginas se pierde ante la debilidad de la trama y su abrupto (y pretencioso) final. La trama de la novela está plagada de disquisiciones de diversa índole e interés (de acuerdo, me imagino, del gusto de cada lector), pero este libro no es un ensayo centrado en este tipo de análisis, sino que pretende ser una novela. Lo que ocurre, desde mi modesto punto de vista, es que se queda a medio camino entre ambos: no tiene el vigor narrativo (novelesco) de la novela, ni el rigor argumental del ensayo. 


…ENSAYO PARCIAL

La colonia de alemanes del Camerún en Zaragoza fue para SdM una fuente de inspiración literaria y de meditación sobre uno de los temas recurrentes de mi obra: el desarraigo y la identidad. De una forma u otra, la epopeya de estos desubicados está en todos mis escritos y me ha ayudado a entender mi propia desubicación.

Teniendo en cuenta que SdM parece moverse con mayor soltura en el ensayo que en la novela, ha creado, como se ha dicho, unos personajes que le permiten desplegar un amplio abanico de temas para a través de ellos abordar los manejos políticos de la actualidad (Eva), las ideas y el debate académico (Fede), la música y el arte en general (Gabi), o la ciencia y la reflexión histórica (Berta), la visión judía (Ziv) de la historia, en general, y del Holocausto, en particular.

Pero en las digresiones de los personajes también destacan las reflexiones sobre la banalidad del mal (y las ideas de Hanna Arendt) como justificación del Holocausto; el sentimiento de culpa que puede lastrar a todo un pueblo; el peculiar concepto alemán de Heimat (patria chica o algo así), la libertad, el sentido de la vida, y, por supuesto, si la culpa como algo hereditario y extensible a los descendientes, además de la responsabilidad, la venganza… Y, en segundo y tercer plano, muchos otros temas, desde la historia de Europa, hasta las relaciones (familiares y de amistad), pasando por los efectos perniciosos de sistemas como el colonialismo o el nazismo (y el refugio en España de criminales de guerra nazis), la memoria histórica y la falsificación u ocultación interesadas de la historia, la conciencia de clase, la música, la política, la corrupción política municipal y el pelotazo urbanístico o el chantaje, el victimismo semita reconvertido en sionismo opresor e, incluso, el lenguaje o la autoconcepción que tiene la ciencia de sus límites. En efecto, son muchos los temas que el autor va introduciendo a lo largo de la trama, al compás de citas filosóficas y culturales que no prescinden de alusiones lingüísticas y musicales en alemán.

Además el libro está repleto (en demasía, para una narración novelesca) de multitud de detalles. Alusiones musicales y su conexión con la emotividad y el estado de ánimo de los personajes. Múltiples reflexiones sobre el estoicismo filosófico, explotado por la retórica y el cristianismo, y tan difícil de poner en práctica. Paralelismo literario (forzado) entre la huida de los colonos alemanes, atravesando Camerún, con el Anábasis de Jenofonte, único momento de referencia a los avatares de los alemanes del Camerún, curiosamente desde la épica. Asociación (insólita) entre la resignada pasividad de los protagonistas y el cuadro El triunfo de la muerte en el palacio Abatellis de Palermo, hasta el punto de comparar a Gabi con el hombre del laúd de la pintura; o más adelante con Orson Welles, quizá por la gordura que había desarrollado; sea como fuere no aparece en ningún caso debidamente justificado.

La ambición temática de la obra, trufada de discursos disfrazados de teorías, acaba por asfixiarla: son demasiados para el desarrollo coherente y fluido de una novela. Pero también para un ensayo cabal, pues al ser tratados en pequeñas porciones expositivas carecen del rigor y desarrollo argumental necesarios para un análisis congruente, recordando el estilo de manual divulgativo, de disertación cultural que no deja de ofrecer una incómoda sensación de futilidad

Además de la carga ensayística que lastra la novela, aunque SdM evite comprometerse y concluya el relato de forma elusiva, toda la argumentación de su libro gravita sobre una misma idea recurrente: los hijos no son culpables de lo que han hecho sus padres y por tanto el pasado no debería ejercerse de forma canceladora sobre el presente. Ahí reside el peso argumentativo de la novela (la tesis), que se despliega a través de los diversos monólogos de los personajes. Es más, cuando se plantea un tipo de antítesis o discurso dispar, se sustenta en razonamientos endebles o deslavazados. Así, la sensación que queda, al final, es que la novela está escrita para darse la razón.


CULPA, RESPONSABILIDAD Y CANCELACIÓN

Cabe recordar que la representación de unos temas es una decisión autoral y como tal responsabilidad del escritor, con todas sus consecuencias. Es más, la plasmación de la memoria misma es también una representación que implica una responsabilidad. Por eso esta novela, más allá de su aspecto literario (tan malogrado), ha de ser juzgada por sus representaciones: por su retórica filosófica, ética y sociológica, para nada inocentes.

Y es que, mediante la excusa moralizadora de la culpa, tanto cada uno de los narradores, en particular, como la propia novela, en general, soslayan el arduo tema, cardinal en el debate contemporáneo, de la responsabilidad sobre la herencia histórica y las respuestas éticas a sus implicaciones. En su lugar se recurre al artificio que apuntala la trama consistente en utilizar una miscelánea de hojas que impidan ver el bosque: desde la parodia del movimiento ecologista (incluida una bochornosa caricatura de Greta Thumberg), a la cínica simplificación de la cultura de la cancelación, pasando por la milagrosa (e inexplicable) desnazificación y, cómo no, la candorosa idealización de unos supuestos valores superiores de la política de la transición.

Con todo ese derroche elusivo Los alemanes se malogra en una deliberada confusión entre culpa y responsabilidad. Calibrar la responsabilidad sobre el legado recibido y articular las acciones subsiguientes a su aceptación forma parte de una proceso ético individual y colectivo que no suele ser uniforme ni estar determinado y que, por tanto, se configura como materia de indagación novelística (la obra de J. M. Coetzee es un buen ejemplo). Llevar este desafío histórico, filosófico y moral al terreno de la culpa (sentimiento o condición que el individuo expía interiormente) y de la sañuda exclusión social (la cancelación), significa truncar la posibilidad de exploración, justamente lo que ha hecho SdM. En este sentido, además de Coetzee, resulta paradigmático el tratamiento novelístico de la responsabilidad individual y colectiva sobre la herencia recibida que hace La promesa del también sudafricano Damon Galgut, ganadora del Premio Booker 2021, con saga familiar e historia del país de fondo. Pero la primera novela sobre el fenómeno de la cancelación (tan tentadora para la industria editorial), escrita por un autor español y con gran éxito comercial, se queda en el mero eje argumental del chantaje y la posterior difamación de sus protagonistas.

SdM evita situar su planteamiento sobre el asunto más común de la denuncia de la cancelación (cuando se trata de un castigo social justificado en un hecho indecente) y achacarla a los sospechosos habituales posmodernos (colectivos racializados, identidades de género u orientaciones sexuales no normativas y feministas…). En un más difícil todavía, la denuncia de cancelación viene motivada por hechos cometidos por otros, en un pasado que ya ha empezado a diluirse y ocasionada por una confabulación de intereses espurios. Así la reprobación se plantea como un hecho intrínsecamente injusto e instrumentalizado por fuerzas e intereses oscuros. Una trama tan retorcida, un escenario de rechazo social tan delirante y conspiranoico determinan que el intento de delatar y desacreditar las denuncias, críticas y reivindicaciones legítimas que habitualmente se encuadran en la llamada cultura de la cancelación quede diluido en el desconcierto, la indiferencia o el aburrimiento, según el umbral de aguante del lector.

El conflicto es también algo forzado: los pecados del padre (en particular de uno cuyo estado senil le impide hacerse responsable o ser juzgado) no son responsabilidad de los hijos, que no solo no continuaron el crimen, sino que lo desconocían. Pero Fede, y en particular Eva, acaban por aceptar de forma muy gratuita el sufrimiento por crímenes que no les pertenece ni los representan. Los dos hacen suyo el pasado de su padre y de su pueblo. Sienten la culpabilidad heredada de la que hablaba Hannah Arendt. Y no solo de manera teórica, no solo en su propia conciencia, sino en sus vidas y entornos (donde se verán afectadas personas e instituciones ajenas a todo ello).

Así, una obra que habría permitido introducir el tema de la reparación histórica, sobre hasta qué punto deben responder las generaciones presentes que se beneficiaron de crímenes realizados por sus antepasados (un tema del que se ha hablado respecto a descendientes de familias que acumularon riqueza y capital con base en la esclavitud) se ha quedado en lo inocuo y convencional. En este sentido, uno recuerda Corazón tan blanco (1992) de Javier Marías con sus secretos familiares y crímenes del pasado, incluyendo los del padre, poniendo en cuestión la verdad, el secreto, la memoria y los vínculos humanos.


AGENTES DE LA CANCELACIÓN Y OTROS MENSAJEROS

Cabe recordar que la representación de unos temas es una decisión autoral y como tal responsabilidad del escritor, con todas sus consecuencias. Es más, la plasmación de la memoria misma es también una representación que implica una responsabilidad. Por eso esta novela, más allá de su aspecto literario (tan malogrado), ha de ser juzgada por sus representaciones: por su retórica filosófica, ética y sociológica, para nada inocentes.

Mas específicamente, la cancelación aquí se genera a partir de un sombrío tinglado de urbanismo sin escrúpulos, capitales transnacionales, mafia israelita y resentimiento delirante y sádico (con ecos de la tópica conspiración judeomasónica). Y sus agentes se presentan como unos tontos útiles en la trama (marionetas al servicio de una narración facilona). De la caricatura de un juntaversos parásito, ambicioso y desagradecido, el Rapsoda. Al estereotipo (borrachuzo, recién divorciado con dos hijas cuya pensión alimenticia y cuyo colegio no podía pagar, con un embargo de salario inminente, con deudas de juego e hipotecas, en fin, todo el paquete) del periodista en las últimas, José Juan (Yeiyei): la clase de periodista que (…) cogía el sobre y se lo guardaba sin contar los billetes. Pasando por un personaje episódico sin entidad, el innominado estudiante de doctorado oportunista atraído por el aura de estrella del rock del filósofo Byung-Chul Han (casualmente, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025). Pero cumplen su función: suministrar al novelista las herramientas para articular un discurso victimista, centrado en la denuncia de la cultura de la cancelación, un marco funcional para defender un paradigma moral y un orden jerárquico cada vez más puestos en cuestión.

El resto no dejan, como se ha dicho, una función semejante: se relatan los unos a los otros cosas evidentes, sucesos que ya saben, utilizando (inadecuadamente) los diálogos para acotar la información. Esas digresiones esgrimidas para referir la historia de la pequeña comunidad de alemanes de Zaragoza (los alemanes del Camerún) o perfilar a los personajes acumula tópicos, hasta reproducir incluso el cliché del mercader judío taimado y desaprensivo o caracterizar al personaje de Alfonso como un personaje áspero revestido de una complejidad pretenciosa: Alfonso era, además, un historiador aficionado bastante solvente. Más de una vez le había visto asombrar a catedráticos [topicazo: la supuesta muestra de sabiduría que supone, para el ignorante] que no sospechaban que conociese tan a fondo las guerras napoleónicas o las diferencias dogmáticas entre Plejánov y Lenin.

Por cierto, pese a que SdM ha venido repitiendo que todos los personajes son ficticios, aunque sus biografías estén ancladas en un contexto real, en el caso del alcalde de Zaragoza se reconocen rasgos de Javier Lambán (una muestra más de la inclinación de SdM por la vieja guardia socialista).

  

En fin, lo cierto es que todo ello, sobrepasa de sobra las convencionales licencias que el pacto de ficción permite. Qué duda cabe que una novela puede subvertir las convenciones narrativas y establecer sus propias condiciones de exposición; el problema aparece en aquellas que no observan las convenciones sin preocuparse por erigir otras alternativas. En fin, las Salchichas Schuster, origen de la fortuna familiar de los protagonistas, podrían tomarse como maliciosa metáfora de esta novela como producto literario de fácil consumo.

 

 

«No he querido saber, pero he sabido»
Corazón tan blanco (1992), Javier Marías

 

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GRAN BAR DISTOPÍA

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